El aumento de la diversidad religiosa y de las creencias desinstitucionalizadas –muchas de ellas de naturaleza mágica– es visible en la cultura contemporánea; pero al mismo tiempo la religión tradicional sigue siendo el ámbito donde surge la santidad, es decir, testimonios vivos de la moral más excelsa y que suscitan admiración universal.

Se ha comentado en los últimos meses que habría diversos sondeos y testimonios que mostrarían un reavivamiento religioso. Una serie de artículos de “The Economist” han sugerido esta posibilidad basada en datos como un breve repunte de la oración después de la pandemia, un aumento del interés religioso entre los jóvenes y, sobre todo, la estabilización norteamericana de la curva de crecimiento de los llamados ‘nones’ (“sin religión”). El fenómeno pop de Hakuna o el sorprendente éxito del disco ‘LUX’ de Rosalía han contribuido a alimentar esta nueva “moda de Dios”. 

Sin embargo, ninguna encuesta ha detectado un repunte significativo de la religión. En Europa, la secularización –expresada en el declive de la autoidentificación católica, de la asistencia dominical y el aumento de los ‘nones’, etc.– continúa imperturbable, aunque la creencia en Dios, en los milagros y la costumbre de rezar con frecuencia descienden con mayor lentitud. En Estados Unidos esa misma tendencia parece haberse estabilizado, según Pew Research Center, después de haber sufrido un declive súbito e inesperado. 

El principal motor de este proceso en todas partes es el recambio generacional y las crecientes dificultades para transmitir la creencia religiosa de padres a hijos. Los jóvenes presentan sistemáticamente niveles de religiosidad inferiores que el resto de la sociedad. En términos sociológicos, el efecto de cohorte prima sobre el efecto de período –por ejemplo, cuando se espera un repunte tras episodios críticos como los escándalos sexuales– o sobre el efecto de edad –cuando se espera que los jóvenes vuelvan a la Iglesia al madurar–. En rigor, no existe ningún repunte religioso estadísticamente visible entre los jóvenes, salvo en pequeños grupos o en ciertas prácticas devocionales que se vuelven más visibles en un contexto secular (ver a un joven piadoso en una iglesia hoy llama la atención). 

Chile es, en América Latina, el único país que ha entrado en esta pendiente de secularización de masas comparable a la euronorteamericana. En los demás países –con la excepción de Uruguay, secular desde hace décadas– lo que se observa es más bien un trasvasije de fieles desde el catolicismo hacia las iglesias evangélicas y pentecostales. Allí se produce una reconfiguración religiosa, más que una secularización propiamente tal. En el caso chileno, en cambio, ese trasvasije es escaso: lo que predomina es la desafiliación católica y el aumento de los ‘nones’, que según la encuesta Bicentenario se han estabilizado durante el último quinquenio, al igual que en el caso norteamericano.

¿Qué cabe esperar cuando se instala un escenario de secularización de masas? Durante algún tiempo tuvo gran influencia la hipótesis de la desecularización, sostenida por Peter Berger cuando Estados Unidos seguía siendo un país excepcionalmente religioso a pesar de su modernidad, mientras que la secularización parecía limitarse a los países europeos de mayor desarrollo. El libro “Religious America, Secular Europe” [1fue muy influyente, pero se ha vuelto obsoleto, después de que también Norteamérica entrara en la pendiente de la secularización de masas, aunque con cierto retraso histórico. Allí los ‘nones’ alcanzan ya cerca del 30%, frente al 50% o más de los grandes países europeos secularizados, lo que deja todavía un importante reservorio de religiosidad. 

En contraste, ha cobrado fuerza la tesis clásica de la secularización como proceso inexorable, según la cual la religión estaría destinada a un declive progresivo que culminaría en su desaparición. David Voas ha descrito este proceso como una ruptura en la transmisión intergeneracional de la fe: los padres encuentran cada vez más difícil transmitir la creencia religiosa, de modo que cada generación llega a la adultez con menos religión que la anterior. [2Las iglesias, según esta visión, carecerían de capacidad para revertir esta tendencia (como se hizo en los tiempos apostólicos, por ejemplo, a través de conversiones masivas). 

En el fondo de esta tesis está la conexión entre modernidad y secularización. El desarrollo económico y humano proporcionaría niveles de bienestar y seguridad tales que la religión –interpretada como un recurso simbólico para enfrentar la precariedad de la vida– se vuelve menos necesaria. 

Una versión renovada de este argumento fue formulada por Ronald Inglehart, fundador de la Encuesta Mundial de Valores, en su libro ‘Religion›s Sudden Decline’ [3]. Según su interpretación, una de las funciones centrales de la religión habría sido estimular la natalidad, ofreciendo incentivos y recompensas –incluyendo la promesa de vida eterna– para asumir una tarea ardua y riesgosa: tener hijos en contextos de alta mortalidad materna e infantil y de grandes dificultades económicas. 

De ahí que el núcleo de muchas religiones estuviera formado por normas favorables a la fertilidad: el rechazo del aborto y de la sexualidad no procreativa, la condena del divorcio, la valoración del matrimonio y de la familia numerosa, o la sospecha frente al celibato, salvo cuando estuviera religiosamente motivado. Todas estas normas pierden fuerza cuando la natalidad se convierte en una decisión segura: pocos hijos, con altas probabilidades de sobrevivir y prosperar. La secularización avanzaría entonces por la ruptura del vínculo histórico entre religión y familia. La reproducción de la vida humana –tarea esencial para el funcionamiento de la sociedad– ya no requiere del sostén religioso para operar eficazmente. 

Entre estas dos hipótesis polares –una que detecta signos de vitalidad religiosa incluso en sociedades modernas y otra que anuncia el fin inevitable de la religión– se han formulado también interpretaciones intermedias. 

Una de ellas es la hipótesis del reencantamiento, sostenida recientemente por el sociólogo Christian Smith, de la Universidad de Notre Dame, en ‘Why Religion went Obsolete’ [4]. Smith sostiene que la juventud rechaza la religión tradicional y que difícilmente se revertirá esta tendencia. Sin embargo, eso no significa que dejen de creer: más bien creerán en cosas nuevas y heterogéneas. 

El reencantamiento significa –igual que para Max Weber– el retorno de la magia una vez que el vínculo entre religión y moral se ha roto. Si se puede ser justo y bueno sin la ayuda de la religión (“Good without god”), entonces la creencia puede dispersarse en un abanico amplio de prácticas y convicciones que carecen de calificación o estímulo moral, como es el poder curativo de las piedras de cuarzo, la eficacia predictiva de las cartas o, si se quiere, la creencia en extraterrestres y vampiros. La religión retorna a la magia y se convierte en una colección abigarrada de creencias supernaturales que, por lo demás, carecen del sostén de una comunidad estable de creyentes. 

Otra posibilidad es la hipótesis de la postsecularización. Según esta perspectiva, la religión tradicional no está destinada a desaparecer. Aunque su influencia social disminuya, conserva la capacidad de mantener cierta relevancia en la sociedad moderna. 

Es cierto que la religión ha perdido conexión funcional con ámbitos como la política, la ciencia, la moral pública e incluso la familia. El poder político ya no necesita la religión para legitimarse, la ciencia goza de una amplia autonomía para producir conocimiento y la ética de los derechos humanos ha podido sostenerse razonablemente en sociedades plenamente secularizadas. Con todo, este mismo proceso de secularización ha puesto de manifiesto sus propias limitaciones, como han señalado pensadores como Jürgen Habermas en su diálogo con el cardenal Ratzinger, o más recientemente Hartmut Rosa, otro sociólogo de la escuela crítica alemana, en su reflexión sobre el papel de la religión en la democracia moderna. [5

La religión provee bienes irreemplazables, cosas que la mentalidad secular no produce y que se tornan socialmente relevantes: el impulso de generosidad que anima al cuidado de los más vulnerables –¿de dónde surge una Madre Teresa de Calcuta?–; la fortaleza para afrontar las adversidades que, aunque Inglehart no lo crea, perduran en las sociedades más prósperas y seguras; o la persistente pregunta por lo esencial, que la ciencia positiva no solo es incapaz de responder, sino que muchas veces acrecienta. 

También podría mencionarse la motivación religiosa que ha sostenido históricamente la apertura a la vida en contextos donde hoy comienza a escasear. En este sentido, la postsecularización no implica necesariamente un aumento de creyentes, sino el reconocimiento de que la religión conserva un lugar propio en la sociedad moderna. 

En una sociedad postsecular, las personas religiosas serán menos –si es que alguna vez fueron realmente tantas–, pero su presencia puede resultar especialmente significativa. Algo parecido ocurrió antiguamente, cuando los cristianos eran reconocidos por prácticas distintivas: cuidar a los niños enfermos o abandonados, rechazar el infanticidio o promover la paz en una cultura marcada por la violencia. No sería extraño que en el futuro comportamientos como la familia numerosa o la indisolubilidad matrimonial se vuelvan rasgos casi exclusivamente católicos. 

No sabemos exactamente cuál de estos escenarios prevalecerá. Todos poseen algún grado de verosimilitud. La pérdida de centralidad social de la religión es innegable, pero también lo son las múltiples manifestaciones de vitalidad y fidelidad religiosas. El aumento de la diversidad religiosa y de las creencias desinstitucionalizadas –muchas de ellas de naturaleza mágica– es visible en la cultura contemporánea; pero al mismo tiempo la religión tradicional sigue siendo el ámbito donde surge la santidad, es decir, testimonios vivos de la moral más excelsa y que suscitan admiración universal. 

No se trata de opciones, pero sí probablemente de transitar entre el optimismo religioso –a menudo infundado– y el pesimismo –de seguro exagerado. 


Notas

[1] Berger, Peter; Davie, Grace y Fokas, Effie; Religious America, Secular Europe. A theme and variations. Routledge, 2008. 
[2] Véase, por ejemplo, el último comentario de David Voas. Is there really a religious revival in England? Why I’m sceptical of a new report. University College of London, Inglaterra, 2025.
[3] Inglehart, Ronald; Religion’s Sudden Decline. What’s Causing it, and What Comes Next? Oxford University Press, Inglaterra, 2021.
[4] Smith, Christian; Why Religion Went Obsolete. The demise of traditional religion in America. Oxford University Press, 2025.
[5] Véase Habermas, Jürgen y Ratzinger, Joseph; Dialéctica de la secularización. Ediciones Encuentro, España, 2006; Rosa, Hartmut; Democracy Needs Religion. Polity Press, Oxford, Cambridge, Nueva York, Boston, 2024.

 

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