La salvación viene de la gracia recibida en el bautismo y no del encargo o cargo y su respectivo desempeño.

© Humanitas 93, año XXV, 2020, págs. 76 – 87.


Los fieles laicos, junto con los sacerdotes ordenados, forman el edificio espiritual de la Iglesia de Cristo. Partícipes de la altísima dignidad de ser hijos de Dios, cada uno vive esta participación en la unción de Cristo de manera diferente, pero complementaria. La especificidad de cada una de ellas no ha de ser opacada en el reconocimiento de su diferencia, sino todo lo contrario.

Participación en el único sacerdocio de Cristo

El cristianismo es deudor, en parte, de la comprensión del sacerdocio del Antiguo Testamento. Junto al sacerdote dedicado exclusivamente al culto, el pueblo judío entonces aplicaba a todo el pueblo la calidad de sacerdotes capaces de llegar al altar de Dios y de ofrecerle ofrendas. Ciertamente, en Cristo tenemos al Sacerdote único y definitivo, pero que a la vez por el bautismo hace participar a todo su pueblo de su unción, transformándolos en otros “cristos” o “ungidos”: sacerdotes, profetas y reyes. De ahí que, en su calidad de sacerdote “participado”, a todo bautizado le es inherente el poder ofrecer el sacrificio de alguna víctima para satisfacer el pecado o la injusticia, aunque esta ofrenda adquiera formas diversas (sea material o espiritual) y obtenga sentido pleno solo unida a la ofrenda de Cristo, Víctima, sacerdote y altar.

PROCESION 01
“Procession” de John August Swanson (2007).

 

Uno de los textos clave sobre el sacerdocio común que en Cristo nos hace ser “otro Cristo” y formar parte del edificio espiritual como piedras vivas es la carta de san Pedro:

Acercándoos a Él, piedra viva, desechada por los hombres, pero elegida, preciosa ante Dios, también vosotros, cual piedras vivas, entrad en la construcción de un edificio espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales, aceptables a Dios por mediación de Jesucristo. […] Sois pueblo escogido, familia real y sacerdotal, nación santa, pueblo adquirido por Dios». (1 Ped 2, 4-5, 9)

Es Cristo, y no nuestros méritos, el que nos consigue tal estado.

Por el Bautismo somos hechos partícipes de la vida divina, y configurados con Cristo sacerdote, profeta y rey. Nos hace miembros Suyos, que es la Cabeza, y por tanto miembros del pueblo de Dios, caracterizado por “la dignidad y libertad de los hijos de Dios”, entre los que “existe una verdadera igualdad […] en lo referente al valor y a la acción común de todos los fieles para la edificación del cuerpo de Cristo”.

Esta es una verdad central de la fe: no hay mayor dignidad posible que la otorgada por la unción al bautizado al hacerle hijo en el Hijo, heredero de sus promesas, templo vivo por el Espíritu Santo, miembro vivo del Pueblo elegido por Dios, capaz por Su gracia de entrar a la presencia de Dios y presentarle “sacrificios espirituales”. De ahí la jubilosa afirmación de Pedro Damián: “Con todo derecho somos sacerdotes, pues hemos sido ungidos con el óleo y el crisma del Espíritu Santo”.

Esto es bueno resaltarlo para contrarrestar cierto ocultamiento de esta realidad como reacción, en buena medida, a la exagerada relevancia dada en la doctrina protestante, y por temor al “neomodernismo teológico, […] pero la realidad contundente y consoladora es que todo cristiano participa del mismo sacerdocio de Jesucristo”. Justamente esta capacidad para presentarse ante la divinidad y presentarle oraciones y ofrendas es lo característico de todo sacerdocio. En este sentido, a esto responde la costumbre de la Iglesia de los primeros siglos de permitir a los catecúmenos participar únicamente en la liturgia de la Palabra mientras que se les excluía de la eucarística, reservada exclusivamente para los bautizados. En efecto, solo los que participaban ya del sacerdocio de Cristo se encontraban capacitados para acercarse literalmente al altar de Dios y unirse a la ofrenda de Cristo con sus propias vidas.

Esto viene confirmado por el Catecismo de la Iglesia Católica al declarar que el Bautismo consagra a los fieles para el culto religioso, los capacita y compromete a servir a Dios mediante una participación viva en la santa Liturgia de la Iglesia ejerciendo su sacerdocio bautismal con el testimonio de una vida santa y una caridad eficaz.

Precisamente, a mi entender, es este acceso al servicio de Dios gracias a la participación en el sacerdocio de Cristo lo realmente específico del sacerdocio, concretado en la oración –de intercesión, de alabanza, de acción de gracias– o en la ofrenda de víctimas espirituales. En los laicos, su acción sacerdotal encuentra, así, una doble manifestación: la participación ya desde ahora en la liturgia celeste, cuyo Sumo Sacerdote es Cristo, y que actualiza al vivir activamente la Santa Misa; y la ofrenda a Dios de la liturgia de su vida, unido a Cristo en el doble sacrifico de la caridad y la alabanza.

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Sumario:

  • Los fieles laicos, junto con los sacerdotes ordenados, forman el edificio espiritual de la Iglesia de Cristo. Partícipes de la altísima dignidad de ser hijos de Dios, cada uno vive esta participación en la unción de Cristo de manera diferente, pero complementaria. En este artículo se reflexiona sobre los rasgos del sacerdocio bautismal o común de los fieles, resaltando su especificidad y reconociéndose como complementarios a los del sacerdocio ministerial u ordenado.

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