El Salvador está de fiesta, el pasado sábado 22 de enero fueron beatificados los siervos de Dios el padre Rutilio Grande SJ, Manuel Solórzano, Nelson Lemus y el padre Cosme Spessotto OFM. Esta ceremonia de beatificación ha sido esperada desde febrero 2020, fecha en que el Papa Francisco aprobó el decreto que reconocía su martirio, pero que fue postergada debido a la situación de emergencia por la Covid-19.

Rutilio Grande SJ

El 12 de marzo de 1977, a sus 49 años, el jesuita Rutilio Grande [1] fue asesinado por miembros de la Guardia Nacional mientras conducía su automóvil, junto a Manuel Solórzano, de 70 años, y Nelson Rutilio Lemus, de 16. 

El padre Grande era párroco de Aguilares, un pueblo cuya población estaba compuesta sobre todo por campesinos y jornaleros. En medio de ellos, a través de pequeñas comunidades eclesiales, difundía el Evangelio procurando también una promoción humana. El padre Grande es reconocido en El Salvador por su vida entregada a la gente más humilde, en una época turbulenta en el país, y cuyo compromiso y defensa de los más pobres fue su sentencia de muerte. Las razones de su asesinato las explica un exmiembro de la Guardia que participó en la emboscada: “Es que mucho hablaba en contra del gobierno”.

Proclamar el Evangelio y elegir la causa de los pobres se estaba tornando en el país cada vez más peligroso, como lo menciona Rutilo en uno de los párrafos más conocidos de una homilía realizada para honrar al expulsado padre Mario Bernal:

Mucho me temo, mis queridos hermanos y amigos, que muy pronto la Biblia y el Evangelio no podrán entrar por nuestras fronteras. Nos llegarán las pastas nada más, porque todas sus páginas son subversivas. ¡Subversivas contra el pecado, naturalmente! Me llama la atención la avalancha de sectas importadas y de slogans de libertad de culto, en este contexto, que se andan pregonando por allí. ¡Libertad de culto, libertad de culto! ¡Libertad de culto para que nos traigan un dios falso! Libertad de culto para que nos traigan un dios que está en las nubes, sentado en una hamaca. Libertad de culto para que nos presenten a un Cristo que no es el verdadero Cristo. ¡Es falso y es grave! (Homilía. 13 de febrero de 1977).

También es conocida la gran amistad que tuvo Grande con monseñor Romero, arzobispo salvadoreño declarado mártir el año 2015 y canonizado por el Papa Francisco en octubre de 2018. Monseñor Romero llegó al lugar donde estaban los cadáveres de Grande, Solórzano y Lemus y, lleno de lágrimas, se lamentó por aquella barbaridad. Para Romero, Grande había sido asesinado por una predicación que fue incomprendida:

Una doctrina social de la Iglesia que se le confundió con una doctrina política que estorba al mundo: una doctrina social de la Iglesia, que se le quiere calumniar, como subversión, como otras cosas que están muy lejos de la prudencia que la doctrina de la Iglesia pone a la base de la existencia. (Homilía lunes 4 de marzo de 1977).

Los hechos provocaron en Romero una transformación y lo prepararon, aún más, para su entrega unos años después: “Cuando yo lo miré a Rutilio muerto, pensé: si lo mataron por hacer lo que hacía, me toca a mí andar por su mismo camino. Cambié, sí, pero también es que volví de regreso” (Testimonio de una conversación con el jesuita César Jerez). Lo que cambió en él no fue su forma de pensar, pero sí su forma de vivir y enfrentarse con la realidad. En el centro de su prédica seguía estando la palabra de Dios, pero el sufrimiento de su pueblo y, en particular, el asesinato de su amigo, le habían quitado las vendas. Se dio cuenta de que habían quedado huérfanos de “padre”, y que ahora le tocaba a él, como arzobispo, ocupar el lugar incluso a costa de su propia vida.

Cuando el arzobispo viajó a Roma en 1977, Pablo VI alabó a los católicos salvadoreños porque procuraban poner en práctica las enseñanzas de la Populorum progressio, y en una audiencia privada bendijo la foto de Rutilio Grande. La resonancia internacional que adquirió la persecución de los sacerdotes llevó al Comité de Relaciones Internacionales del Congreso de EE.UU. a fijar dos audiencias sobre la persecución de la Iglesia en El Salvador.

Por iniciativa de algunos sacerdotes se programó la celebración de una única misa en la arquidiócesis para el domingo 20 de marzo con motivo del funeral del sacerdote asesinado. La misa fue realizada en la catedral de San Salvador a la que asistieron en torno a cien mil personas, la eucaristía fue presidida por Mons. Romero.

Fray Cosme Spessotto OFM 

Fray Cosme Spessotto OFM. [2], fue asesinado el 14 de junio de 1980, tres años después de Grande, Solórzano y Lemus, en el templo parroquial de San Juan Nonualco, donde fue párroco durante 27 años.

Fray Cosme Spessotto, sacerdote franciscano, nació el 28 de enero de 1923 en un pequeño pueblo de la provincia de Treviso, Italia. En 1950 navegó desde el puerto de Génova a El Salvador. Fue párroco en San Juan Nonualco, departamento de La Paz, durante 27 años, donde construyó una nueva iglesia y fundó una escuela parroquial para más de mil niños.

Al padre Spessoto, al igual que a Rutilio Grande les tocó vivir los tensos y violentos años previos a la guerra civil que azotó el país durante doce años y que dejó más de 80 mil muertos y enormes pérdidas en infraestructura.

El sacerdote franciscano en varias ocasiones rechazó la toma de la iglesia de San Juan Nonualco, tanto por la guerrilla como por la Fuerza Armada. Fue asesinado por “odio a la fe” el 14 de junio de 1980 mientras oraba antes de celebrar la eucaristía. Antes de su asesinato el Fray Spessotto escribió en su testamento espiritual “Morir como mártir sería una gracia que no merezco”. Murió asesinado el sábado 14 de junio de 1980 hacia las 7 de la noche dentro del templo parroquial, donde se encontraba orando, frente al altar mayor.



 Notas

[1] Fuente: "San Óscar Romero: Mártir de la civilización del amor"Humanitas 89, 2018. Las citas textuales se encuentran en el libro de Santiago Mata: Monseñor Óscar Romero, pasión por la Iglesia. Palabra, Madrid, 2015.
[2] Fuente: Vatican News.

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