Quedan pocos días para la realización de la Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe, que tendrá lugar, en su fase presencial, entre los próximos 22 y 28 de noviembre en el santuario de Nuestra Señora de Guadalupe en México, y simultáneamente en varios otros lugares de toda la región.

Será un hito en la historia de la Iglesia en América Latina y el Caribe pues en ella participará todo el pueblo de Dios desde su raíz. No es una Conferencia del Episcopado Latinoamericano, sino que una Asamblea que reunirá a toda la Iglesia que peregrina en nuestro continente. Por ello, la Asamblea aspira a tener una plena y amplia participación de todo el pueblo de Dios para que sea una verdadera “celebración de nuestra identidad eclesial al servicio de la vida”.


Programación de la Asamblea

El Programa general de la Primera Asamblea Eclesial de América Latina y El Caribe se encuentra disponible según el horario de cada país, organizado por regiones, de este modo podrá acceder a la hora exacta a cada una de las actividades previstas. 

Ver la programación


Documento para el discernimiento comunitario

Ya se encuentra disponible el “Documento para el discernimiento comunitario”, un insumo elaborado a partir de las múltiples contribuciones del Pueblo de Dios durante el proceso de escucha.

Con este subsidio los más de 1.000 asambleístas que participarán, tanto de manera presencial como de forma virtual, tendrán una herramienta para el desarrollo de los trabajos en los diferentes grupos que se encontrarán entre el 21 y 28 de noviembre.

Desde el Celam se ha mencionado que “la participación activa de tantas personas ha sido una gracia, una experiencia fuerte de sinodalidad. Invitamos a leer el Documento de modo pausado, en actitud orante y discerniente, es decir, dando espacio para que Dios nos hable a través de sus letras”.

Para ello, a lo largo de este texto se han propuesto una serie de preguntas para convocar “a contemplar los diferentes aspectos vinculados con cada uno de los temas centrales, reflexionándolos al caminar juntos como peregrinos enamorados del Evangelio, abiertos a las sorpresas del Espíritu”.

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Chile contará con 30 participantes en la Asamblea Eclesial de América Latina y El Caribe

Esta delegación chilena, que estará conformada por 30 asambleístas, se constituyó en base a múltiples criterios, entre ellos: contar con la mayor diversidad posible, representados en distintos sexos, edades, regiones y procedencias culturales.

En desglose, este equipo se conforma de la siguiente manera: 9 representantes del laicado, de los cuales 7 son mujeres y 2 hombres; las periferias territoriales o existenciales estarán representadas por 3 participantes. La vida consagrada contará con 6 delegados, escogidos desde la Conferencia de Religiosas y Religiosos de Chile (Conferre), de estos 6, 4 son religiosas y 2 religiosos.

Los delegados por el clero serán 6, los cuales se distribuyeron en 3 presbíteros y 3 diáconos. Estos delegados que representarán al clero fueron elegidos tras una consulta con las comisiones de Agentes Pastorales de la Conferencia Episcopal chilena (CECh). Por su parte, los obispos tendrán su representación en el presidente de la Conferencia Episcopal, según lo estableció el Celam, y a este se sumarán 6 pastores quienes fueron escogidos en votación por integrantes del episcopado.


Curso gratuito “Aparecida: Discípulos y misioneros de Jesucristo”

La Conferencia Episcopal Latinoamericana junto con Catholic.net han desarrollado este curso como instrumento de reflexión rumbo a la 1ª Asamblea Eclesial de América Latina y El Caribe en donde haremos memoria, como discípulos misioneros, de lo acontecido en la V Conferencia General en Aparecida, y mirando contemplativamente nuestra realidad con sus desafíos, reavivaremos nuestro compromiso pastoral para que, en Jesucristo, nuestros pueblos tengan una vida plena en y por los nuevos caminos hacia el 2031 - 2033.

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Últimas Publicaciones

El cardenal Mario Grech, Secretario General para el Sínodo de los Obispos, ha definido el proceso sinodal que atraviesa la Iglesia como un tiempo para hablar. El cardenal cita el Eclesiastés 3,7, donde se escribe que existe un tiempo para hablar y otro para callar, y señala que ambos tiempos se requieren mutuamente. “El discurso sin silencio se convierte fácilmente en palabras huecas. El silencio sin palabras puede conducir fácilmente a un estado de apatía e irresponsabilidad” [1] . Muchas veces la Iglesia ha caído en este desbalance, ha permanecido en silencio cuando ha debido hablar (especialmente cuando ha sido testigo de injusticias que clamaban al cielo) o, viceversa, ha hablado demasiado cuando convenía guardar silencio. En su homilía el cardenal Grech llama la atención, sin embargo, sobre los tiempos propicios para hablar y callar, no hacia afuera, sino dentro de la propia Iglesia. Demasiadas veces se ha escogido el camino de guardar silencio sobre aquello que sucede dentro de la Iglesia y se ha ensalzado la reserva y la prudencia como atributos institucionales que han ido modelando una cultura del silencio. En el Evangelio se recuerda el detalle del demonio que enmudece a su víctima y la fuerza a permanecer en silencio. “Cuando elegimos callar, en lugar de hablar, porque es más conveniente, estamos colaborando con este mal”. Aparte de los abusos sexuales, existe un manto de silencio mucho más ominoso que pesa sobre la vida de la Iglesia, dice el cardenal Grech: se trata de las divisiones entre los católicos, las diferencias entre los que fa-vorecen esta posición o la otra en materias delicadas, como el puesto que debe ocupar la mujer dentro y fuera de la Iglesia, el alcance del sacerdocio común de los bautizados, el celibato sacerdotal, la propia sinodalidad de la Iglesia y las atribuciones de la autoridad episcopal, sin contar otras materias controvertidas, como la anticoncepción, el divorcio o el reconocimiento del matrimonio homosexual. Son cuestiones que todos reconocemos presentes pero sobre las que preferimos guardar silencio. O, peor aún, optar por plantear estos temas en grupos más pequeños formados por personas que tienen una opinión común. En lugar de tener una discusión abierta y franca, terminamos en una Iglesia formada por pandillas. En lugar de dialogar, tenemos una cultura de nosotros contra ellos. La Iglesia debería hablar sobre estos temas, pero muchas veces opta por permanecer en silencio. El proceso sinodal es un tiempo para dialogar, dice el cardenal: “Es hora de dejar que los lados liberal y conservador de la Iglesia hablen, franca y abiertamente, y expongan sus preocupaciones”. Hablar no significa desconocer la autoridad ni la tradición, aunque el diálogo debe admitir que no todo está zanjado de una vez y para siempre y que todas las materias que dividen a los católicos son susceptibles de una debida consideración. Jean Luc Marion ha señalado que los católicos de hoy no están divididos por ninguna materia teológicamente decisiva como lo estuvieron en los primeros siglos con las controversias cristológicas que ponían en entredicho el corazón mismo de la fe, o siglos después con el cisma protestante que cuestionó severamente la realidad sacramental de la Iglesia. Nuestras controversias no tienen ningún potencial cismático y versan casi todas respecto de la relación de la Iglesia con el mundo y con el grado de adecuación a los cambios culturales que cruzan las sociedades modernas. No se trata de desmerecer la importancia de las divisiones que tenemos entre manos, pero tampoco de exagerarlas. Hablar no significa decir cualquier cosa, sino concurrir en una intelección común de la verdad, es hablar con otros que provienen de experiencias distintas y tienen otros puntos de vista, en procura de encontrar un entendimiento. Demasiadas veces se identifica la religión con el fanatismo y la intransigencia, es decir, la incapacidad de diálogo que se disfraza de convicciones e intransables por todos lados. Hablar significa abrir la puerta a quienes no saben nada, pero tienen la lámpara de la fe prendida. Ya no en su homilía, sino en su conferencia en el simposio de Oxford, el cardenal Grech mira las cosas desde el otro lado y define el proceso sinodal como una Iglesia que escucha. Para que alguien hable verdaderamente, debe haber otro que permanece en silencio y escucha. En el momento actual es la autoridad la que escucha el talante profético del “sensus fidei” para luego discernir y actuar. El dogma de la Inmaculada Concepción de María tiene la fama de ser el colmo de la autoridad pontifical, pero en realidad fue la coronación de un sentir popular que se había conformado y madurado durante siglos. El proceso sinodal depende casi enteramente de la capacidad de estimular la capacidad de que todos hablen, con ponderación y humildad, pero que se diga lo que muchos tienen que decir, con franqueza y sinceridad de corazón. Ojalá ninguna autoridad religiosa menosprecie lo que digan sus fieles bajo pretexto de que no saben o no están suficientemente enterados. Tampoco que diga que no le importan las encuestas, que detesta las redes sociales o que ya no ve televisión, que son también maneras de escuchar. La tarea de una autoridad, dice Grech, es discernir aquello que escucha, no dejar de hacerlo. Lo mismo debe suceder con los propios fieles, entre los cuales el deber de escucharse mutuamente debe prevalecer, así como evitar situarse al menos de un modo permanente en grupos o comunidades cerradas con experiencias parecidas y opiniones afines, y sobre todo dejar hablar a todo el mundo. San Benito exigía que sus monjes se reunieran periódicamente y exhortaba a que en la asamblea se dejara hablar a los jóvenes, a los novicios que tenían menos experiencia y pocos años en el monasterio y que a menudo eran desplazados por los ancianos. Tiempo para hablar, dice el cardenal Grech, tiempo también para escuchar lo que otros tienen que decir. Notas [1] Todas las citas corresponden a una traducción propia de la homilía en la misa de apertura de la conferencia sobre sinodalidad que se realizó en Champion Hall, Oxford, el 23 de marzo de 2022.
Ad portas de la presentación del texto oficial de la propuesta de Nueva Constitución, nuestro amigo y colaborador Nello Gargiulo propone una reflexión que tiene como punto de partida su experiencia de vida en Chile relacionada con un texto histórico del magisterio del Cardenal Raúl Silva Henríquez.
“¡Soy libre, estoy libre!” fueron las primeras palabras que escuchó la superiora de esta misionera colombiana después de un largo secuestro. Invitamos a conocer su testimonio y a unirnos este domingo 26 de junio, Día de Oración por la Iglesia Perseguida, en oración por todos los cristianos que sufren acoso, discriminación y violencia.
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