La Constitución que está por escribirse ¿podrá ayudarnos a comprendernos como una comunidad que compartimos una misma humanidad y que estamos llamados a vivir los unos para los otros, -lo que conducirá a la anhelada fraternidad a la que nos invita el Papa Francisco- o se conformará con sentar las bases para que podamos vivir, al menos, sin agredirnos, o según la lógica del premio o del castigo?

Si bien es cierto la Constitución de un país no es un tratado de filosofía, no menos cierto es que sus bases están impregnadas de ideas y conceptos de orden filosóficos. 

En mi opinión, la Constitución de un país, en último término, no es otra cosa que la respuesta a las preguntas que –desde siempre- se han hecho los seres humanos respecto de sí mismos y de los demás. Es por ello que la tarea de los constituyentes es fascinante, ardua y compleja. 

Es imposible generar un pacto social o leyes de cualquier índole sin responder a la pregunta acerca de qué significa ser un ser humano, qué valor se le atribuye a sus actos y de qué manera ha de responder frente a ellos. Esta verdad se impone por sí misma toda vez que sólo es posible saber qué hacer -típica pregunta de la ética filosófica y teológica- si sabemos quiénes somos –típica pregunta de la antropología filosófica y teológica-. Y ello en todos los ámbitos de la vida personal, familiar, social, político y económico. No hay acciones humanas neutras, todas tienen un impacto en quien las realiza, en los demás y en el entorno. Todas surgen desde lo más profundo del ser. El hacer se sigue del ser. Es tan cierto que el hacer se sigue del ser que bien podemos afirmar que “hacemos lo que somos” y “somos lo que hacemos”. Esta máxima se aplica tanto en el ámbito privado como público.

Las preguntas acerca del hombre, de la mujer y de las relaciones humanas en sus más diversas instancias, nos llevarán a un debate acerca de la pregunta por su esencia, su ser originario, y el sentido de su existencia. 

A veces de manera explícita, otras de manera implícita, pero siempre de manera real saldrán una y otra vez, aunque muchos tratarán de soslayarla. Y lo harán porque saben que si se desconocen algunas notas propias e inherentes al ser humano estaremos en serias dificultades redactar una Constitución que tenga autoridad en toda la población.

En efecto, la Constitución tendrá que hacerse cargo de las inquietudes del hombre, ser pensante que siente, anhela, y espera, que se comprende a sí mismo -aunque no lo tematice- “como un ser por hacerse”. Este “hacerse”, -a diferencia de otros seres vivientes- siempre será en comunidad, dada su condición de ser social. Los constituyentes tendrán la tarea de sopesar de manera muy cuidadosa qué es aquello que se le puede atribuir a la cultura y aquello que está enraizado en ser humano, en cuanto tal. Ello porque lo cultural -en cuanto construcción humana- por cierto que es modificable, pero no así su naturaleza, puesto que es dada desde fuera del ser.

En efecto, la experiencia nos dice que en todo hombre está el anhelo de crecer en humanidad y es por ello que siempre estamos “buscando algo o a alguien” que nos llene esa carencia, casi ontológica, de la que estamos dotados desde que tenemos conciencia de ser parte de la realidad.

Esta experiencia de búsqueda -personal, intransferible, única, siempre presente y sólo atribuible a los seres humanos-  resulta tan evidente que la inmensa mayoría de los constituyentes –que representan muy bien la pluralidad del país- se han referido a ella –aunque no siempre de manera consciente- cuando han dicho que la nueva Constitución debe poner al centro la dignidad del ser humano, es decir su ser personal en vías a alcanzar la plenitud de su humanidad.

En este contexto, cuando aparezca la cuestión de lo “propiamente humano”, el debate alcanzará su plenitud porque se intentará explicar qué significa aquello de “la dignidad del ser humano”, porque obligará a responder si el ser humano, tiene o posee dignidad o es digno. Tema no menor porque los verbos tener y poseer son transitivos en cuanto pueden estar como no estar en el sujeto, a diferencia del verbo ser que es intransitivo en cuanto que queda en la persona como fundamento y por lo tanto parte de su ser.

Este debate no será fácil. Primero, porque estamos en una era que se percibe una ausencia notoria y manifiesta de un pensar auténticamente metafísico. Segundo porque el proceso que desembocó en la Convención Constitucional no ha sido fruto de una reflexión serena acerca de qué es lo mejor para Chile y sus habitantes, sino que como respuesta a un generalizado descontento social –muy comprensible por lo demás-. Ello traerá el peligro, propio de un contexto de “urgencia”, de centrarse más en los fenómenos sociales que en los fundamentos que los causan. Una carta de esta magnitud está por su naturaleza a apelar a los fundamentos. Y lo más probable es que allí nos encontremos con una deficiencia seria.

Por otro lado, esta Constitución se escribirá en un contexto cultural y social donde de manera sistemática –fruto de la ausencia de reflexiones de orden filosófico- se niega que la realidad lleve grabada una verdad en sí misma y que todo hombre abierto sinceramente a la verdad puede descubrir. Me parece de toda lógica que la pregunta por el ser humano y su vínculo con los demás, lleve necesariamente consigo la pregunta por la verdad.

La Constitución será redactada en medio de un gran escepticismo frente a la posibilidad de conocer la verdad. Sería complejo que esta gran ausencia sea reemplazada por sutiles estrategias de marketing o bien por promesas que no son factibles de cumplir. 

¿Será posible una búsqueda sincera de la verdad en el contexto cultural actual donde el emerger de la subjetividad del individuo se ha entronizado –casi como valor absoluto- en desmedro de lo objetivo? Tengo la impresión, a la luz de los acontecimientos, que se impondrá el emerger de los deseos personales como realidades incuestionables. De ser así no es mucho lo que se puede esperar dado que la Constitución no será otra cosa que la notaría de cada uno de ellos. La aparición de algunos derechos en este contexto necesariamente colisionarán entre sí, además que no irán de la mano de los deberes que llevan implícitos. 

Allí aparecerá otra pregunta de orden metafísico respecto de qué es el bien para el ser humano – en el sentido de aquello que lo hace crecer en humanidad-, y si es posible lograr el máximo despliegue de sus dones, habilidades, pericias y destrezas durante su vida, o está determinado por las circunstancias o la cultura imperante. A ello se le suma otra cuestión a analizar: si el bien entendido como la consecución de los deseos individuales se levanta como la condición de posibilidad de una Constitución y su fundamento, ¿será posible aspirar al bien común, que de suyo implica postergar lo personal en aras de lo comunitario?

También habrán importantes debates acerca de si las expresiones propia - y solamente atribuibles a nuestra especie-, como el pensar filosófico, la creación de cultura, el conocimiento científico, la búsqueda incesante de lo bello, lo bueno y verdadero, así como el anhelo de trascendencia y de amar y ser amado, son meros epifenómenos de la materia o responden a un principio espiritual que nos lleva a reconocer en cada ser humano a un ser único e irrepetible dotado de valor y no de precio, que ha de ser considerado como alguien y nunca como algo, que se eleva a la condición de bien moral, que vale por sí, y que jamás puede ser considerado un mero bien instrumental. 

Si se logran despejar estas cuestiones aparecerán otros temas de orden antropológicos de cuantía mayor al preguntarse acerca de si el ser humano –hombre o mujer- debe ser conducido por las leyes que lo rigen a “ser más” o a “tener más”. Ello llevará la discusión por los intrincados caminos de la convivencia y la pregunta acerca de qué significa el otro, no se dejará esperar. Interesante pregunta en medio de guerras fratricidas, de una violencia desatada que se respira en cada rincón del mundo y de Chile, y de distancias cada vez más grandes entre las personas. 

La Constitución que está por escribirse ¿podrá ayudarnos a comprendernos como una comunidad que compartimos una misma humanidad y que estamos llamados a vivir los unos para los otros, -lo que conducirá a la anhelada fraternidad a la que nos invita el Papa Francisco- o se conformará con sentar las bases para que podamos vivir, al menos, sin agredirnos, o según la lógica del premio o del castigo? En medio de una convivencia tan dañada esta pregunta es de vital importancia. Sería lamentable que la nueva Constitución sólo se conforme con regular fuerzas de poder y no levante sus alas hacia una convivencia basada en el valor de los demás y el respeto que cada uno de sus habitantes se merece. Ello, sea dicho de paso, sólo será posible si la sociedad toda es capaz de reconocerse con una meta común y compartida por todos. En este clima de división en el ámbito de quienes están llamados a velar por el bien común –la política- se ve muy difícil.

Y después vendrán temas sustantivos respecto de qué nos dice la naturaleza acerca –compartiendo la misma dignidad - del ser hombre y ser mujer y si será posible desde allí sacar algunas conclusiones o le corresponderá decidir por votación su verdad y significado. Saldrá, sin duda, la pregunta respecto de si un niño tiene derecho a ser concebido en el seno materno, llevado en sus entrañas y educado por sus padres, o ello puede ser sustituido por la tecnología que, al paso que va, puede ser “más eficiente” al punto que permitirá tener, literalmente, “un hijo a la carta”. También aparecerá el tema de si el matrimonio como lo entiende el propio código civil es un mero constructo social que está llamado a ser superado por otro tipo de vínculos afectivos.

Discusión fascinante que se traduce en lo siguiente: ¿Los constituyentes van a hacer el esfuerzo de reconocer la realidad –que por lo demás es anterior a ellos- o la van a crear? Desde mis ideas –ideología- expondré ¿qué significa ser persona? o ¿dejaré que la persona me hable desde su realidad y se intentará de reconocer por la razón y, para los creyentes, también por la fe? 

También, aparecerán otros temas de la máxima importancia. El tema del trabajo –clave de la cuestión social- aparecerá con fuerza. Y ello porque el trabajo es una actividad típicamente humana y a la que destinamos parte importante de nuestras vidas.

Dependiendo de la respuesta que se den a estas preguntas de orden filosófico la Constitución nos mostrará el camino para responder a la cuestión de si el trabajo tiene un valor porque lo realiza una persona o es una mercancía que se transa en el mercado como un insumo más. No hay posibilidad, cuando se habla del trabajo, de soslayar el delicado asunto de su relación con el capital y de la propiedad privada. La cuestión es la siguiente, ¿podrá el hombre desplegar sus alas para tener tierra, trabajo y techo -las tres T del Papa Francisco- o se le impondrá desde fuera -el Estado o la ley de la oferta y la demanda- una vida de la que no puede ser su autor, negándole el legítimo derecho a ver los frutos de su trabajo?

La Constitución que nos regirá será el espejo  de la antropología que asuma. Si la antropología está centrada en el ser humano y ontológicamente fundamentada, habrá posibilidad de futuro para todos los habitantes de Chile. Si prescinde de esta mirada no podemos aspirar a un futuro próspero y menos a la anhelada paz. En efecto, la Constitución genera los fundamentos del modo como nos vamos a tratar los seres humanos. Si es abordado en toda su riqueza – abordándolo desde la metafísica-, tenemos futuro, si es cercenado de alguno de sus aspectos, seguirá todo igual en materia de desigualdad en tantos ámbitos de la vida social y, además, se impondrá la lógica del más fuerte. De allí a que la fuerza de la razón ceda en favor de la razón de la fuerza, hay un paso. Y se repetirá la historia, los débiles y sin voz serán los primeros en ser despojados de sus derechos y la dignidad de la que tanto se habló y prometió.

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El cardenal Mario Grech, Secretario General para el Sínodo de los Obispos, ha definido el proceso sinodal que atraviesa la Iglesia como un tiempo para hablar. El cardenal cita el Eclesiastés 3,7, donde se escribe que existe un tiempo para hablar y otro para callar, y señala que ambos tiempos se requieren mutuamente. “El discurso sin silencio se convierte fácilmente en palabras huecas. El silencio sin palabras puede conducir fácilmente a un estado de apatía e irresponsabilidad” [1] . Muchas veces la Iglesia ha caído en este desbalance, ha permanecido en silencio cuando ha debido hablar (especialmente cuando ha sido testigo de injusticias que clamaban al cielo) o, viceversa, ha hablado demasiado cuando convenía guardar silencio. En su homilía el cardenal Grech llama la atención, sin embargo, sobre los tiempos propicios para hablar y callar, no hacia afuera, sino dentro de la propia Iglesia. 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