Imagen de portada: La Transfiguración, por Fra Angelico. Fresco en San Marcos, Florencia.

«El Tú de Dios, y esta es la genialidad del catolicismo, nos llega a través de un “tú” humano». Esto es el porqué de que se pueda aprender la fe de nuestra abuela, como le ha sucedido al Papa Francisco. «Todos tenemos necesidad de un testigo, uno que viviendo en primera persona la fe ha hecho posible para nosotros la adhesión personal al don de Dios». La fe es una luz que no viene de nosotros, sino que ha entrado en la historia de los hombres y se transmite de persona a persona, como una llama, dice la nueva encíclica Lumen fidei. Una “llama” que no quita nada a nuestra libertad de hombres. Habla Javier Prades, teólogo de la Facultad San Dámaso de Madrid. Rector de la Universidad de San Dámaso de Madrid.

–La nueva encíclica del Papa Francisco explica la fe con la metáfora de la luz. ¿Por qué?

–En Occidente la metáfora de la luz para indicar el conocimiento de la verdad tiene una larga tradición que nace de Platón y es retomada posteriormente por Aristóteles. Por esto, podemos decir que el hombre que consigue comprender la realidad “ve”, gracias a la “luz” de la razón. Esta tradición se encuentra con la riqueza de la Sagrada Escritura donde San Juan y San Pablo presentan a Jesús como Aquel que es la luz y viene a traer la luz definitiva al mundo.

La encíclica es precisa en el usar el término “corazón” en sentido bíblico, que no tiene nada que ver con una reducción sentimental del corazón como normalmente se suele hacer en la literatura o en el sentido coloquial del término. (…)

–“Quien cree, ve; ve con una luz que ilumina todo el recorrido del camino”, dice la encíclica, precisamente porque no es una luz humana. Entonces, el que no cree ¿qué ve?

–No es exacto decir que la luz de la fe no es humana. Mejor sería decir que es una luz que no viene de nosotros, aunque ciertamente coincide con aquello que más deseamos. Es luz de Dios y como tal no es producto de nuestras propias fuerzas; por esto, el que cree es potenciado y ayudado a comprender la realidad del mundo y de sí mismo hasta su origen último y fundamental, que es Dios mismo. ¿Qué ve el que no cree?, me preguntaba usted. Ve muchas cosas, porque el hombre está dotado de una razón que es luz para ver. Gracias a la ciencia, a la filosofía y a todas las modalidades de conocimiento, los hombres ven muchas cosas. Pero quedan aún dos cuestiones abiertas: como la luz de la razón se ha oscurecido por el pecado, es muy frecuente que los hombres vivan en la confusión o en la apariencia: por otra parte, la razón no consigue conocer todo hasta el fondo, sino que siempre es empujada a un más allá al que no puede llegar sola.

–Parece que la fe, como don de Dios, implica dos aspectos: la iniciativa de otro y nuestra respuesta a ella, como adhesión a algo o alguien. ¿Prevalece Dios o nuestra elección?

–Si nos fijamos bien, la alternativa contenida en su pregunta es extraña a la experiencia cristiana. Es el fruto de una separación de fe y razón que se ha consumado en Occidente en los últimos siglos, por la cual son concebidas extrañas la una a la otra. La fe viene siempre de otro: la iniciativa es Dios, pero también nuestra respuesta es posible por este don, por su presencia en nosotros, que suscita nuestra respuesta.

¿Nos podría explicar mejor este punto?

 –No es una proporción inversa –más don, menos libertad–, sino una proporción directa: la sobreabundancia de don hace posible y más fácil la respuesta libre. Se podría documentar por analogía también en el plano de la experiencia elemental del hombre: cuanto más intenso es el amor, inesperado, conmovedor, más somos capaces de procurarle una respuesta. ¡Su iniciativa nos precede siempre y hace posible la nuestra! No por casualidad la encíclica pone al lado la fe tanto a la verdad como al amor.

(…) Corazón es el yo humano en su totalidad y en la unidad de todos sus dinamismos afectivos, volitivos y cognitivos. El corazón es la verdadera sede del don de Dios, que toca la profundidad del hombre interesando a toda su persona.

–En la encíclica, aparece 23 veces la palabra “corazón”. ¿Qué significado tiene este término a propósito de la fe?

–La encíclica es precisa en el usar el término “corazón” en sentido bíblico, que no tiene nada que ver con una reducción sentimental del corazón como normalmente se suele hacer en la literatura o en el sentido coloquial del término. Corazón es el yo humano en su totalidad y en la unidad de todos sus dinamismos afectivos, volitivos y cognitivos. El corazón es la verdadera sede del don de Dios, que toca la profundidad del hombre interesando a toda su persona.

–En la introducción se lee que la cultura contemporánea ha relegado la fe a la “oscuridad”, contraria a la fe de la razón. “Nuestra cultura ha perdido la percepción de esta presencia concreta de dios, de su acción en el mundo”. ¿Existe un camino para redescubrir la fe hoy?

–Sí. Ya que la fe es un don, el camino para redescubrirla es adentrarse en un encuentro gratuito con una Persona, en un acontecimiento. La fe no es producto de factores antecedentes, sino don de Dios en el sentido “puro”: el hombre no puede, por decirlo así, construir una escalera que poco a poco lo lleve hasta la posesión del Dios vivo y verdadero. Hasta que Cristo no se dona, haciéndose presencia humana para el hombre en la comunidad cristiana, no hay camino alternativo que haga posible la fe cristiana.

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«Es una bellísima síntesis sobre la fe, que da valor a cuanto se ha propuesto en los documentos del Concilio y en las encíclicas de Juan Pablo II y de Benedicto XVI. Ahora, por primera vez, tenemos una enseñanza sistemática del magisterio sobre la fe.»

–Pero existe una disposición del hombre a la verdad.

–En el hombre hay un conjunto de exigencias y de evidencias que hacen más fácil reconocer y acoger el don en su verdadera envergadura. Si hay un camino a la fe, es el de adentrarse en el encuentro con Jesús con la sencillez del Evangelio, con un corazón de niño.

¿Existe un camino para redescubrir la fe hoy? Sí. Ya que la fe es un don, el camino para redescubrirla es adentrarse en un encuentro gratuito con una Persona, en un acontecimiento. (…)

–En la Vigilia de Pentecostés (18 de mayo) al que le preguntaba cómo había podido alcanzar en su vida “la certeza de la fe”, Francisco le respondió “fue sobre todo mi abuela (…) que marcó mi camino de fe”. Hay otros que también la han recibido de esta manera y luego la han perdido.

–Al ser algo que viene de fuera de mí, la fe está intrínsecamente ligada a una relación, porque es en una relación donde se da el don entre personas. El Tú de Dios –y esta es la genialidad del catolicismo– nos llega a través de los “tú” humanos. El ejemplo del Papa es claro porque demuestra que todos necesitamos un testigo, uno que viviendo en primera persona la fe ha hecho posible para nosotros la adhesión personal al don de Dios. Este entramado de relaciones que constituyen el mundo de la vida es el cauce por el que llegan tantos bienes, tantos conocimientos, tantos beneficios para nuestra vida, y Dios se ha querido plegar a este método para comunicarse, a través de testigos. Con el gran escándalo de muchos; y, sin embargo, es el método que ha elegido Dios.

(…) La fe no es producto de factores antecedentes, sino don de Dios en el sentido “puro”: el hombre no puede, por decirlo así, construir una escalera que poco a poco lo lleve hasta la posesión del Dios vivo y verdadero. Hasta que Cristo no se dona, haciéndose presencia humana para el hombre en la comunidad cristiana, no hay camino alternativo que haga posible la fe cristiana.

–¿Por qué María es “el icono perfecto de la fe”?

–Porque en María se realizan en plenitud todas las dimensiones de la fe. Por ejemplo, la dimensión histórica: es hija de Sión, es decir, se introduce en la tradición de “los justos de Israel”, aquellos que esperan el cumplimiento de la promesa de Dios; o la dimensión existencial, porque ella ha acogido el don del Altísimo en la plenitud de su humanidad, como ningún otro puede hacer. Ha sido hasta tal punto agraciada por el don divino, que en ella la libertad como adhesión ha sido pura.

–¿Qué quiere decir?

–Que en ella don y libertad se cumplen recíprocamente. Es aquí donde se ve la superación de esa contraposición de la que hablábamos antes. La Virgen es quien ha recibido el mayor de los dones, superior a cualquier otro, el Don más alto que se pueda recibir. Por esto, es quien ha sido capaz de dar la respuesta más personal que se pueda imaginar en el mundo y la más integralmente humana a Dios.

–¿Dónde está la novedad de esta primera encíclica del Papa Francisco?

–Es una bellísima síntesis sobre la fe, que da valor a cuanto se ha propuesto en los documentos del Concilio y en las encíclicas de Juan Pablo II y de Benedicto XVI. Ahora, por primera vez, tenemos una enseñanza sistemática del magisterio sobre la fe. En segundo lugar, está clara la elección por privilegiar la dimensión de acceso a la verdad propia de la fe, frente a lo que a veces se subraya sobre la oscuridad de la fe o el no ver. En la encíclica, la fe es sobre todo un ver, es ella misma una luz que ilumina la razón haciendo posible conocer la realidad. Esto tiene, en tercer lugar, un desarrollo sacramental y eclesial, con las consecuencias decisivas para la vida personal y social, pero este es un tema que requeriría más profundidad.

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«En María se realizan en plenitud todas las dimensiones de la fe. Ha sido hasta tal punto agraciada por el don divino, que en ella la libertad como adhesión ha sido pura». La Anunciación, por Fra Angelico. Fresco en San Marcos, Florencia.

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"Les ruego y les pido de todo corazón: ¡Den marcha atrás!" , le habría escrito León XIV al superior general de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, en una carta en la que también le advirtió que "desgarrar la túnica inconsútil (sin costuras) de Cristo es un pecado de extrema gravedad" 1 . Hagamos un breve recuento de esta controversia que abrió el obispo francés Marcel Lefebvre (1905-1991) hace ya más de cincuenta años. Se dice que Pablo VI no autorizó la misa tridentina solicitada por Lefebvre por temor a contravenir el Concilio Vaticano II en momentos en que se estaba recién desplegando. Luego, bajo el pontificado de Juan Pablo II, se produjeron las primeras ordenaciones episcopales (1988) que obligaron a la excomunión de cuatro obispos lefebvristas (dos de los cuales asistieron a la reciente ceremonia masiva en Écône, Suiza). El entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cardenal Ratzinger, estuvo a punto de conseguir un acuerdo que autorizaba la misa en latín y reconocía los sacramentos impartidos por los sacerdotes de la Fraternidad, pero Lefebvre no se avino a firmar el preámbulo doctrinal que reconocía la autoridad del Concilio. La controversia en torno al canon 25 de "Lumen gentium" fue el verdadero escollo: Aunque los obispos aisladamente no gozan del privilegio de la infalibilidad, sin embargo, cuando incluso dispersos por el mundo, pero en comunión entre sí y con el sucesor de Pedro, enseñan cuál es la fe y la moral auténticas, si están de acuerdo en mantener una opinión como definitiva, entonces proclaman infaliblemente la enseñanza de Cristo 2 . Lefebvre nunca reconoció el carácter inspirado y por ende autoritativo de la reforma conciliar. El cardenal Ratzinger (luego Benedicto XVI) siempre adoptó una actitud abierta y comprensiva hacia el tradicionalismo católico, tanto por razones políticas (evitar la radicalización de los sectores conservadores) cuanto por razones teológicas. En su alocución a los obispos de Chile, pronunciada con ocasión de su visita al país en 1988 3 , Ratzinger se preguntaba por el desafío que representaba monseñor Lefebvre. A su juicio, el lefebvrismo encuentra tres puntos de apoyo en las fisuras abiertas tras el Concilio. El primero es la pérdida del sentido de lo sagrado en la liturgia y la tendencia a identificar el verdadero culto exclusivamente con el amor fraterno, desplazando el centro de gravedad desde la consagración eucarística hacia la vida en comunidad y la oración común. El segundo es la interpretación del Concilio como una ruptura con la Tradición, en lugar de comprenderlo "como parte de la entera y única Tradición". Progresistas y conservadores coinciden en que el Concilio rompió con la Tradición, unos para celebrarla, otros para lamentarla, pero una interpretación justa del Concilio debería basarse en una hermenéutica delicada y precisa de la ruptura y de la continuidad. El Concilio no alteró ni un ápice la sustancia de la Fe ni la fidelidad a la Iglesia santa, pero tampoco es una mera reiteración de lo dicho. El tercero es el debilitamiento de la convicción acerca de la unicidad de la verdad, que termina por erosionar el impulso misionero al considerar a todas las religiones igualmente verdaderas. En "Summorum pontificum" (2007), Benedicto XVI declaró que la misa tridentina nunca había sido abolida y concedió a cualquier sacerdote la posibilidad de celebrarla sin necesidad de autorización episcopal. Al mismo tiempo, levantó las excomuniones de los obispos rebeldes en un esfuerzo por relajar las tensiones litúrgicas (y tal vez como una manera de detener el crecimiento sostenido de la Fraternidad en esos años). Con motivo del Año de la Misericordia (2015), el Papa Francisco concedió a los sacerdotes de la Fraternidad la facultad de absolver de manera válida y lícita los pecados (primero de forma excepcional y luego indefinidamente), y posteriormente reconoció también la validez sacramental de los matrimonios que efectuaran. Pero en Traditionis custodes (2021) restringió severamente la misa tridentina, prohibió que se hicieran en las iglesias parroquiales o que pudieran celebrarlas sacerdotes recién ordenados, y exigió que los obispos las autorizaran en lugares y con los oficiantes permitidos 4 . Durante este año, la Fraternidad ha vuelto a ordenar cuatro nuevos obispos sin mandato pontificio, bajo pretexto de que son indispensables para la orden sacerdotal. La respuesta vaticana ha sido la más severa: excomunión "latae sententiae" (ya pronunciada, es decir, que no requiere juicio previo) para los obispos implicados, ilicitud de los sacramentos impartidos por sacerdotes de la orden e invalidez en el caso de los sacramentos de penitencia y matrimonio, y excomunión simple para los fieles que adhieran (no para quienes asistan a una misa tridentina, pero que en su fuero interno permanezcan adheridos a la autoridad pontifical). La Fraternidad se define como una orden sacerdotal. "El fin de la Fraternidad es el sacerdocio y todo lo que se relacione con él y únicamente lo que le concierne, es decir, tal como Nuestro Señor Jesucristo lo quiso cuando dijo: 'Haced esto en memoria mía'" 5 . La defensa del estatuto y las prerrogativas sacerdotales y la concentración casi exclusiva en el culto eucarístico han sido desde el comienzo su motivación principal. La Fraternidad cuenta con un buen número de sacerdotes (733) y de seminaristas (264) y en los últimos cincuenta años este número ha crecido sostenidamente a pesar de las intervenciones papales, sea en severidad o benevolencia. Sorprende el carácter marcadamente europeo de la Fraternidad, pues un tercio de sus sacerdotes son franceses, y con suizos y alemanes se hace la mitad, aunque también se advierte un buen reclutamiento norteamericano (sobre todo por la vitalidad que está mostrando el seminario de Dillwyn). Su influencia en el continente latinoamericano es escasa, algunos argentinos (donde tienen el noviciado de La Reja), un pequeño priorato en Chile y casi nada más, porque una buena parte de los adherentes brasileños ha retornado a la comunión con el Papa. ¿Por qué el tradicionalismo católico no se asienta tan bien en suelo latinoamericano y los ecos de esta controversia nos parecen tan lejanos? Se pueden intentar varias explicaciones. La primera es que el catolicismo latinoamericano nunca fue profundamente tridentino. El tradicionalismo nace como la defensa específica de un catolicismo centrado en una liturgia solemne, el uso del latín, la exacerbación de la iglesia presbiteral, la teología escolástica y un sentido fuerte de la exclusividad institucional (fuera de la Iglesia no hay verdad ni salvación posible). Pero este modelo eclesiológico nunca penetró de manera homogénea en América Latina, donde el catolicismo ha sido más popular, mariano y devocional que doctrinal o institucional. Muy pocos han experimentado la misa —y menos aún en latín— como el centro de su identidad religiosa. El tradicionalismo europeo suele apoyarse en una memoria litúrgica muy poderosa que se remonta a la era de las catedrales y en el recuerdo vivo de un orden religioso perdido que los franceses han llamado la "civilización parroquial": la parroquia llena, las vocaciones abundantes y la escuela católica. Nada de esto hubo entre nosotros, salvo y apenas en las élites sociales. El tradicionalismo católico es marcadamente una religiosidad aristocrática incubada en colegios y universidades confesionales y en pequeños círculos intelectuales vinculados con el cultivo de las humanidades clásicas y de las ciencias jurídicas que conservan —como dice Yves Congar— una eclesiología dominada por una visión jurídica de la Iglesia como "societas inaequalis et hierarchica" 6 y que en cuanto "societas perfecta" se ofrece como modelo del conjunto de las relaciones sociales. La crítica del modernismo que está tomada de la famosa encíclica "Pascendi dominici gregis" de Pío X (1907) consiste en esto, en la incomodidad que despiertan las relaciones entre personas libres e iguales entre sí. Todo debe organizarse jerárquicamente, unos mandan y otros obedecen; de lo contrario, se cae en el desorden de la increencia y del pecado. Pío X escribió muchas veces que sin autoridad la fe se perdía irremediablemente, y algo de razón tiene, pero ¿cuál puede ser la calidad de una fe que no se ha elegido libremente? La controversia en torno a la libertad religiosa reconocida en el Concilio tiene este origen. Por otra parte, el tradicionalismo suele exigir mucho refinamiento cultural y, además de un sentido particular de la continuidad histórica, requiere una fuerte dosis de apreciación estética y una teología explícita concordante. También en este sentido es una religiosidad de élites. Debe considerarse asimismo que el tradicionalismo aparece como una religión de minorías intensivas en medio de un panorama amplio y profundo de secularización de masas. El tradicionalismo no suele prosperar donde el catolicismo todavía conserva una amplia presencia cultural y más bien florece cuando el catolicismo se ha vuelto una opción minoritaria y altamente reflexiva. Ser un católico tradicional implica una elección consciente, una identidad fuerte, en ocasiones agresivamente contracultural, y una práctica intensa que requiere tiempo y dedicación. Digamos, por último, que el catolicismo latinoamericano ha sido históricamente muy ultramontano, es decir, muy leal a la sede pontificia, un catolicismo conformista, decía Paul Johnson en su monumental "Historia del Cristianismo", que dedica apenas dos páginas a los quinientos años de catolicismo en América Latina como algo que no ha producido ninguna novedad de la que valga la pena escribir. Esta fidelidad papal se consolidó durante el siglo XIX y buena parte del XX y apenas ha vacilado en las últimas décadas. En suelo europeo, en cambio, ha existido una tradición intelectual y eclesial mucho más propensa a discutir, polemizar e incluso resistir decisiones romanas. El tradicionalismo necesita una élite religiosa, una memoria litúrgica y una disposición a resistir la autoridad eclesiástica. América Latina ha poseído algo de la primera, la segunda de forma débil y la tercera casi nunca. Notas [ 1 ] León XIV; Carta del Santo Padre al reverendo padre Davide Pagliarani, Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. 29 de junio de 2026. [ 2 ] Concilio Ecuménico Vaticano II; Constituciones, Decretos, Declaraciones . Edición promovida por la Conferencia Episcopal española. Biblioteca de Autores Cristianos, 2022, p. 54. [ 3 ] Ratzinger, Joseph; "Alocución a los obispos de Chile: unidad en la tradición de la fe". Humanitas, Cuaderno n°20, diciembre 2008. [ 4 ] García-Huidobro, Joaquín; " Traditionis custodes : Francisco ante una decisión difícil". Humanitas n°98, año XCVIII, 2021, pp. 638-647. [ 5 ] Estatutos de la FSSPX. [ 6 ] Congar, Yves-Marie; Le Concile de Vatican II . Les Éditions du Cerf, París, 1984.
A continuación presentamos un compilado de las diversas actividades realizadas por la Dirección de Pastoral y Cultura Cristiana UC entre mayo y julio de 2026.
Reflexiones del conversatorio "Desafíos de la IA", dentro del Seminario Comunicaciones e Iglesia que se realizó en la Pontificia Universidad Católica de Chile los días 27 y 28 de julio de 2026.
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