Nadia Murad
Plaza y Janés
Estados Unidos, 2019
364 págs.


El sugerente título introduce al espíritu de lucha y fe que impregnan las páginas de esta historia. Prologado por la abogada de derechos humanos Amal Clooney, marca el eco internacional que desea lograr este dramático y bien hilado relato de la yazidí Nadia Murad ante una modernidad de ojos blandos frente al genocidio de un grupo humano pobre y ajeno a intereses económicos. Los protagonistas son frágiles, viven fuera de los márgenes del poder, en la periferia —en el lenguaje del Papa Francisco a quien la novela capturó—, pero a la vez están anclados en su comunidad y tradiciones, a una vida sencilla, aunque rica en significado y relaciones, así como a una milenaria religión convertida en modo de vida.

La historia se inicia con un secuestro. El de un pastor que cuida las cien ovejas de la familia de la protagonista/escritora Nadia. Toda una pequeña fortuna en tierras resecas para un pueblo que ha construido su derecho a existir en torno al trabajo duro y la oración. Será el preámbulo de una paz desgajada ante los ojos de una niña que no comprende, que busca a su pastor y no lo encuentra. Ante una niña valiente/imprudente que no dimensiona lo que vendrá. De a poco aprende que su lugar es un espacio de equilibrios precarios donde la minoría a la que pertenece sobrevive si ese acrisolado mundo árabe sunní, chií y kurdo musulmán, lo tolera. Con honestidad desgarradora e inocencia fatal la niña/mujer va develando la impotencia de nacer y desenvolverse en un tiempo y lugar equivocados: la Siria e Irak del Estado Islámico. Y junto a ello, lo que tal vez más conmueve, la omisión de los buenos.

Kocho, el “París del Sinyar”, es el escenario. Una aldea llena de niños que “brillaba en la noche”, un microcosmos yazidí comunitario, tradicionalmente alegre, agrícola y familiar que espera sin saber las garras del león. El mundo de Nadia gira en torno a su madre, Shami, que “dedicaba su vida a asegurarnos la comida y la esperanza”. Cada mañana la hija se despierta con ese suave olor a pan y manteca de cabra y en ese mismo colchón que compartió con su madre hasta que a los 21 años fue desgarrada por el Estado Islámico. Nadia juega a ser peluquera, colecciona fotos en un álbum que hizo junto a su prima con alambicados peinados y subrayados maquillajes de novias yazidíes que roban sus sueños. Inteligente, fresca, regalona, la menor de 11 hermanos se mueve con libertad tanto en la casa de barro con hilera de piezas como en las estrechas calles de Kocho, o recostada detrás de la camioneta de su padre por los polvorientos caminos a la sagrada montaña de Sinyar. Ama ese calor infernal que capea cosechando cebollas de noche, o el barro encementado que le chupa sus zapatos al caminar. Imposible no recostarse con ella en la fresca azotea nocturna plagada de estrellas donde duerme apiñada a sus hermanos oyendo el susurro y la respiración de los vecinos como sonido de paz y seguridad. Una identidad milenaria yazidí, basada en familias numerosas como protección a la extinción.

Los yazidíes, antigua religión monoteísta sincretista del Medio Oriente, propagan su fe en forma oral a través de hombres santos que velan por la conservación y memorizan todos los relatos. De niña, Nadia imaginaba su religión como un árbol con miles de anillos, cada uno de ellos guardando un relato sobre la larga historia de su pueblo. Solo queda un millón de ellos en el mundo. Hasta hace poco la religión era lo que los definía y lo que los unía. Pero también los convertía en blanco de ataques y de la infamia indiferente, como la del profesor sunita que iba a Kocho y que su alumna yazidí tanto admiraba a pesar de tener otra visión de la historia. Cuando el Estado islámico dominó Kocho e instaló el terror, cuando ya nadie iba a la escuela, cuando los kurdos peschmergas que los protegían se esfumaron y salvaron su pellejo sin llevar a nadie, cuando el Estado Islámico disparó a mansalva sobre los hombres y antes de que maltrataran a su madre y se las llevaran a ellas como sibajja, esclavas sexuales, Nadia, su alumna, lo llamó. Y él en un tono festivo, ajeno, duro, colgó.

La convivencia interreligiosa había sobrevivido por siglos al control del imperio otomano, a la colonización inglesa, incluso a Saddam Hussein. Pero desde 2003 con la invasión norteamericana el ambiente de odio y desprecio aumentó y la distancia entre las aldeas “se volvió inmensa”. Árabes suníes acogieron a extremistas que denunciaban a los cristianos y musulmanes no suníes y consideraban a los yazidíes kuf far, o sea, no creyentes que debían morir. Estos empezaron a cavar fosas para proteger sus aldeas y los hombres jóvenes a hacer rondas de seguridad. Los yazidíes acostumbrados por siglos a la persecución, nunca imaginaron que el pasado sería superado por ellos mismos.

Los hechos reales en “Yo seré la última”, están narrados con profundidad y contexto. Tienen la riqueza de la vida íntima, de los personajes, del complemento histórico. Atrapan al lector y dejan una huella imborrable en el alma no solo por el dolor, sino por la esperanza. Por la manera en que actúan la identidad, el amor familiar y la fe religiosa empujando a resistir y permanecer con vida más allá de lo inimaginable.


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