Gabriel Guarda Geiwitz OSB

Ediciones UC

Santiago, 2016

617 págs.

Al cumplirse un año del fallecimiento del padre Gabriel Guarda, arquitecto, premio nacional de historia y monje benedictino, después de haber leído íntegramente su monumental Historia de la Iglesia en Chile, período colonial (intitulada La Edad Media de Chile. Historia de la Iglesia. Desde la fundación de Santiago a la incorporación de Chiloé: 1541-1826), querríamos decir algo de lo mucho que hay que decir sobre este libro, con el fin de incitar a otros a adentrarse en este verdadero manantial de enseñanzas, hallazgos y sorpresas. 

La obra contiene una exposición orgánica y completísima de la labor evangelizadora de España y de sus frutos de vida cristiana en nuestro país.

Sobre la base de una investigación cumplida en todo tipo de fuentes, se nos da una visión renovadora y original del trabajo evangelizador de la Iglesia. Desde luego, el autor hace ver el papel fundamental que se confió a los laicos en esta tarea, varios siglos antes de las respectivas doctrinas del Concilio Vaticano II. Ejemplos de la intervención de ellos fueron el patronato de los reyes de España, que les permitió influir en la evangelización; la enseñanza de la religión por laicos cuando faltaban sacerdotes: al principio casi siempre; el financiamiento del trabajo misionero en parte substancial por la Corona de España; la construcción de templos importantes y de innumerables capillas y oratorios por los seglares, así como la creación por ellos de variadas instituciones de piedad: hospitales, asilos, etc. Ilustra el autor la obra de los laicos con el caso del escritor de El Cautiverio Feliz, Pineda y Bascuñán, ex alumno de los jesuitas, que hecho cautivo muy joven por los indios, les enseña progresivamente la religión, les administra el bautismo y les ayuda a bien morir. Este hombre extraordinario, después de ser rescatado, siguió una brillante carrera militar y llegó a ser gobernador de Valdivia.

Ocupándose de todos los aspectos –absolutamente– el padre Guarda se refiere con detalle y según cálculos especializados que cita, al costo económico de traer un misionero desde España, al número de los que vinieron y a las penurias que solían pasar, incluso el cautiverio y el martirio.

Yendo al aspecto de la justicia para con los indígenas, refiere el autor, con cita de documentos notariales y otras fuentes, cómo –para evitar que aquellos de los sacerdotes que siguiendo al padre Las Casas estimaban ilícita la conquista, negasen la absolución a los conquistadores, según bulas obtenidas de la Santa Sede– en Chile, Perú, México, etc., se hicieron cuantiosas restituciones a los indígenas por personas que habían intervenido en la guerra. En Chile fueron numerosos los casos, y el padre Guarda menciona, entre otros muchos, los de Juan Bautista Pastene, Martín Ruiz de Gamboa, doña Marina Ortiz de Gaete, la viuda de don Pedro de Valdivia, etc. Este hecho es bastante desconocido aun entre los especialistas.

El celo de la Iglesia por la cristianización de los naturales, la llevó a disponer que la catequesis se hiciera en sus propias lenguas. Así fue –dice el padre Guarda, citando a Bravo Lira– que antes de publicarse la primera gramática de la lengua inglesa en 1584, se habían impreso ya en América cuatro de lenguas indígenas; y que en Chile, el jesuita Luis de Valdivia compuso una, y un vocabulario de la lengua araucana, con parte especial para el confesonario, publicados en Lima en 1606.

Nos enteramos por el libro del padre Guarda de que en Chile, antes de la Real Universidad de San Felipe, hubo en Concepción la Universidad Pencopolitana (1730), que comenzó como Seminario de San José; y la Pontificia Universidad de Santo Tomás de Aquino de los dominicos (1622).

Por otra parte, estuvo a cargo de los jesuitas primero, y después de los franciscanos, el Colegio de naturales instituido por Carlos II en 1697, para hijos de caciques, colegio en que había de estudiar andando el tiempo don Bernardo O’Higgins, quien llegó a dominar el mapudungún.

También se refiere el padre Guarda a los testimonios de santidad –no canonizada– de numerosos religiosos, como los mártires de los jesuitas, los mercedarios, los franciscanos, etc., y de seglares, cuya ejemplaridad consta por las vidas que de ellos se escribieron o por la aprobación pública.

Trata asimismo el autor de la inclusión en la liturgia de la música y danza de los naturales, mencionando los bailes de los chinos, que son de origen quechua, que perviven hasta hoy, y que vio con complacencia el Papa Benedicto XVI cuando estuvo en Chile como cardenal.

Es mucho más lo que podría decirse, pero no lo consienten los límites de una reseña. Solo agregaremos que la obra tiene numerosas fotografías de la más alta fidelidad, de cálices, copones, sagrarios, frontales de altares, retablos, edificios y orfebrería religiosa en plata y oro, así como de cuadros cusqueños y quiteños, y portadas y páginas de libros de la Colonia; y diremos también que el padre Guarda dedica su libro al cardenal don Raúl Silva Henríquez, destacando lo que este sabía de la materia, y refiriendo cómo lo alentaba y le brindó una importante ayuda económica.

José Joaquín Ugarte Godoy

De la Academia Chilena de Ciencias Sociales, Políticas y Morales

 

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