Massimo Faggioli
Bayard, Inc.
2021.
176 págs.


Massimo Faggioli (1970, Italia), autor de varios libros sobre el pontificado de Francisco (The Liminal Papacy of Pope Francis: Moving toward Global Catholicity. Orbis, 2020; The Church in a Change of Era: How the Franciscan Reforms are Changing the Catholic Church. Twenty-Third Publications, 2020), ha publicado, inmediatamente después de la elección presidencial en Estados Unidos, este libro sobre Biden y el catolicismo norteamericano.

¿Qué significa tener nuevamente un presidente católico en Estados Unidos? Biden es el segundo después de John F. Kennedy, y se suma a otros dos candidatos que perdieron la elección presidencial, Al Smith (1928) y John Kerry (2004). La primera parte de este libro está dedicada al análisis de estos cuatro momentos del catolicismo norteamericano. De más está decir que los cuatro han sido católicos de origen irlandés y todos ellos representantes del Partido Demócrata. Smith perdió estrepitosamente su elección contra Herbert Hoover (1928-1932), lo que da cuenta del clima de hostilidad y rechazo que despertaba todavía el catolicismo en Estados Unidos: demasiado afincado en inmigrantes recientes y relativamente pobres. Además, Smith adhería al catolicismo social inaugurado por León XIII –una tradición prácticamente desconocida en los EE. UU. (que el New Deal de Roosevelt hará progresar en parte unos años después)– y se insertaba en un partido de honda raigambre liberal que nunca quiso convertirse en partido socialdemócrata o socialcristiano como sucedió con los partidos obreros europeos.

Desde el fracaso de Smith hasta el triunfo de Kennedy se observa, sin embargo, un cambio en la posición relativa de los católicos en Norteamérica. Kennedy representa a la clase media irlandesa que ha prosperado en la posguerra y que comienza a alcanzar los grados universitarios y la riqueza de la élite protestante. Kennedy nunca hizo gala de su catolicismo y adhirió firmemente a la estricta doctrina de la separación entre religión y política que había prevalecido desde el comienzo en la tradición constitucional de Estados Unidos (la doctrina Jefferson denominada “a wall of separation”). Kennedy representa la reconciliación definitiva entre el catolicismo y la democracia liberal y sintoniza rápidamente con las enseñanzas del Concilio que reconoce la justa autonomía de la esfera de los asuntos temporales y acepta de buena gana la fundación democrática de la autoridad política.

La poderosa imagen de la renovación católica que proyectaron Kennedy y el Papa Juan XXIII a comienzos de los años sesenta continúa grabada en la retina hasta el día de hoy. Kennedy nunca tuvo que enfrentar, no obstante, las contiendas morales que atravesarán al catolicismo a propósito de Humane vitae y la anticoncepción (1968) y de la despenalización del aborto (Roe vs. Wade, 1973) y que continúan hasta hoy con la legalización del matrimonio homosexual y la eutanasia y el apogeo de las ideologías de género.

Alojados en un partido liberal, los católicos norteamericanos que votaban casi unánimemente demócrata, se encontraron enfrentados crecientemente con sus obispos, que adoptaban posiciones cada vez más firmes en estos aspectos (al calor de los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI). John Kerry recibe todo el peso de esta contienda que los norteamericanos llaman “culture war” hasta el punto de que muchos obispos sugirieron su excomunión ante la amenaza de que resultara electo (aunque finalmente perdió la elección a manos de George W. Bush, 2004-2008, y la sangre no llegó al río). Con una opinión católica dividida en los temas cruciales de la disputa (aborto, sobre todo, algo menos en anticoncepción y matrimonio homosexual, que han contado mucho más con el favor público), la unanimidad demócrata se comenzó a resquebrajar y hoy en día una proporción relevante de los católicos vota republicano, e incluso se cree que esa proporción fue decisiva en la victoria de Trump en 2017.

Biden se encuentra en una encrucijada similar a la de Kerry, aunque en el marco de un pontificado como el de Francisco, que no está disponible para llegar a extremos y respecto del cual puede anudar contactos significativos en otros temas igualmente sensibles. La segunda parte del libro está dedicada a examinar esta compleja relación entre Estados Unidos y el Vaticano, y en particular con la agenda del Papa Francisco. La tradición católica norteamericana conformada en lo principal por inmigrantes europeos blancos nunca puso énfasis en las demandas de equidad racial –respecto de la cual los católicos no tuvieron el protagonismo de las iglesias evangélicas y bautistas que representan mucho mejor al mundo de color–, pero, en cambio, ha adoptado hasta hoy un programa decididamente proinmigración, como corresponde a un catolicismo conformado por inmigrantes irlandeses, italianos y ahora hispanos, que han llegado y siguen llegando masivamente a Estados Unidos. Biden representa mucho mejor esta tradición que Trump, desde luego.

También en temas de sustentabilidad y cambio climático Biden está más cerca de Laudato si’, como lo estaba Kerry en su momento. En otras áreas puede haber más distancia. Faggioli considera que el Papa Francisco impulsa un proceso descentralizado de globalización, con fuerte incidencia de la periferia, de la cual puede ser su principal portavoz. La diplomacia vaticana ha seguido siendo hostil a la intervención norteamericana en el mundo islámico que desestabiliza gravemente a las comunidades cristianas que habitan en esos lugares (como ha dejado al descubierto la reciente visita del Papa a Irak) y deteriora las relaciones con el islam que el Papa ha tratado de resguardar tanto por razones geopolíticas como inmigratorias. La hostilidad norteamericana hacia China y Rusia tampoco es bien vista por motivos similares. Un proyecto de globalización autocentrado en la hegemonía norteamericana (o europea) está muy lejos del proyecto pontificio.

En la última parte del libro, Faggioli examina la delicada posición de Biden en el catolicismo norteamericano, cuya polarización no ha hecho sino aumentar en las últimas décadas en el marco de una “guerra cultural” agria y profunda. Muchos denominan a esto un “cisma blando” (soft schism) alimentado por un episcopado (que incluye a muchos obispos y a una parte considerable del clero) que extrema sus posiciones conservadoras, y que se enfrenta cada vez más ásperamente al establishment liberal de la política demócrata y de las universidades (también católicas) en los problemas cruciales de la moral sexual, la agenda de género y la libertad religiosa. La radicalización del episcopado norteamericano se aprecia en el abandono del catolicismo social y la adopción de una actitud cada vez más crítica respecto de cualquier desarrollo del estado social, y una concentración aguda en los temas de la agenda cultural. La variante conservadora se exacerba con posiciones derechamente integristas o fundamentalistas que revolotean por doquier en torno a los obispos con su doble desmentido a la doctrina conciliar y al pontificado de Francisco (la asonada de Viganó se incubó en Washington y si en alguna parte consiguió apoyo fue el de varios obispos norteamericanos).

El neoconservadurismo avanza en torno a dos posiciones: una neoconstantiniana que estrecha la relación entre religión y política, al punto de hacer inviable la adhesión católica al partido demócrata, con el riesgo de convertir a la Iglesia en un partido político de derechas; y otra mucho más radical todavía que da por perdida la batalla política y cultural contra el liberalismo y el secularismo (que cuenta con el favor de la opinión pública incluso católica en algunos de sus temas principales como el aborto y el matrimonio del mismo sexo) y llama a construir el Arca para sortear el diluvio con el riesgo de convertir a la Iglesia en una secta separada tajantemente del mundo y conformada por una comunidad de perfectos que mantienen incólumes la santidad de la tradición y la doctrina (algo que se ha llamado impropiamente “la opción benedictina” por referencia al libro muy influyente de Rod Dreher).

La opción benedictina ha llegado al extremo de rescatar las tesis de Ivan Illich acerca de la desescolarización, escritas bajo la montura del radicalismo político de los años sesenta con el fin de evitar incluso el contacto con el sistema educativo acusado de contaminación secularizadora. Mejor educar a un niño en la casa bajo la mirada protectora de sus padres. La deriva sectaria de muchos movimientos neoconservadores dentro de la Iglesia católica es otra manifestación de la “opción benedictina”.

También del lado del catolicismo liberal puede haber posiciones extremas como aquellas que llaman prácticamente a disolver el sacerdocio ministerial bajo pretexto de clericalismo. Biden representa un liberalismo católico observante (misa dominical, algo que muchos católicos liberales ya no hacen) y políticamente moderado, es contrario al aborto en términos personales, pero no está aparentemente dispuesto a intervenir sobre el dictamen constitucional que lo permite, a pesar de que por primera vez en la historia norteamericana la mayoría de los miembros de la Corte Suprema son católicos. La posibilidad de moderar el clima de polarización en que se desenvuelve la Iglesia norteamericana constituye –al decir de Faggioli– el principal desafío del presidente Biden.

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