Ana María Stuven y Vasco Castillo
Ediciones Universidad Diego Portales
Santiago, 2020

141 págs.

Este ensayo se hace eco de las palabras del Papa Francisco, quien, a raíz de la crisis de los abusos sexuales cometidos por sacerdotes develados en el último tiempo, ha puesto en entredicho al clericalismo, “una forma desviada de concebir la autoridad de la Iglesia”, pero adopta una perspectiva histórica y comprensiva para examinar este problema.

La parte más densa y rica en documentación histórica está contenida en el capítulo 3, que trata acerca de las luchas anticlericales del siglo XIX chileno, donde se jugó el destino del poder temporal de la Iglesia construido pacientemente en la fase imperial (capítulo 1), pero que se pone en jaque durante la fase de construcción de los estados nacionales (capítulo 2). Durante cientos de años apenas hubo clericalismo, es decir, conciencia y crítica del poder temporal de la Iglesia a pesar de las fricciones muchas veces abiertas con el poder secular (como en la famosa querella de las investiduras y la lucha del papado contra la simonía, la venta de cargos eclesiásticos).

La querella del clericalismo comienza propiamente con la modernidad política y la pretensión del Estado Nacional de otorgarse a sí mismo una legitimidad propia, independiente de la Iglesia sobre la que había reposado tanto tiempo. Todavía Portales – interesado como estaba en el orden social de la naciente república– es capaz de decirle a Mariano Egaña: “Ud. don Mariano, cree en Dios, y yo creo en los curas” (cita en p. 62, tomada del libro anterior de Ana María Stuven La seducción de un orden. Ediciones UC, 2000, especialista precisamente en las polémicas religiosas del siglo XIX). Es también la conciencia propia del clero de la época al decir de Juan Egaña: “Pero ¿cómo puede un gobierno, cualquiera que sea, prescindir de la religión?” (también citado en p. 59). A los gobiernos liberales les costó casi un siglo realizar esa prescindencia, no siempre por la tozudez de la jerarquía eclesiástica –que la hubo por doquier–, sino por la propia debilidad del Estado Nacional para crear las condiciones necesarias para ofrecer un orden y convivencia razonables.

La contribución de la Iglesia al orden social se apoyaba mucho en la unanimidad religiosa, por lo que se opuso de una manera actualmente incomprensible a la libertad religiosa, algo que incluía la oposición al matrimonio mixto y a enterrar a los disidentes en cementerios parroquiales. Ello abrió las puertas de las leyes laicas que entregaron al Estado la facultad de registrar nacimientos, realizar matrimonios y abrir cementerios laicos. La Iglesia decimonónica nunca pudo encontrar un fundamento apropiado para la libertad de conciencia. Pío Nono decía que “el fundamento de la fe no es la razón, sino la autoridad” (en Singulari quidem. Encíclicas t.1, pp.353-385, citado de Ives Chiron; Pío IX. Palabra, Madrid, 2002), de modo que la fe no podía sostenerse en la libertad, sino en la autoridad que ofrecía doblemente el trono y el altar. Sin los estados pontificios, ¿cómo podría sobrevivir el papado? Al margen del soporte estatal, la fe se desmoronaría, tanto como al margen del soporte eclesiástico la autoridad del Estado se haría humo. Esta convicción propiamente clericalista hizo desbordar continuamente la actuación del clero hacia la soberanía temporal en busca de apoyo para la religión, al tiempo que ofrecía el apoyo de la religión para el gobierno estatal.

Todo esto terminó, sin embargo, con el delicado y prolongado proceso a través del cual Iglesia y Estado se separaron, cuya consumación puramente formal data de 1925, pero que se había registrado mucho antes, y que se puede datar quizás con la fundación de la Universidad Católica en 1888, que marca el momento en que la Iglesia comprende cabalmente que debe batírselas por sí misma.

Debe admitirse, sin embargo, que en el mismo momento en que se firmaba la separación entre la Iglesia y el Estado en los años veinte, el orden social comenzaba a desestabilizarse gravemente a raíz de la cuestión social y el Estado se mostraba incapaz de ofrecer la estabilidad y el orden necesarios, lo que permitió que la Iglesia volviera a ocupar un lugar destacado en la esfera pública durante todo el siglo XX. El sueño liberal de privatizar la religión no tuvo ningún asidero entonces. ¿Lo tendrá en el siglo actual?

La separación entre Iglesia y Estado permitió también el descubrimiento del laicado, muy tardío en un catolicismo pertinazmente clerical como el chileno que no tuvo civilización parroquial ni laicado comprometido en la obra social hasta muy tarde. “La Iglesia llama a los laicos a la acción” se titula el capítulo 4 para describir el proceso de activación laical del siglo XX, aunque el asociacionismo católico –cuyo modelo en este período será la Acción Católica– fue concebido como “participación de los seglares en el apostolado jerárquico” según la fórmula acuñada por Pío XI. Nada de iniciativas que no tuvieran una clara dirección y gobierno clerical. Podría recordarse en consonancia con el tenor de este ensayo, la observación de Jean Luc Marion acerca del laico como espejo del sacerdote, el lugar donde el sacerdote se mira a sí mismo, que definió el carácter del compromiso laical del siglo, todavía bastante alejado de la eclesiología del Pueblo de Dios del Concilio Vaticano II.

Separar la Iglesia del Estado ha sido más fácil que separar fe y autoridad, una tarea que continúa hasta ahora. Se puede concluir del ensayo –aunque no se dice expresamente– que a medida que la Iglesia dejó de contar con el favor del Estado (del que incluso solo podía esperar incomprensión y recelo) se reforzó el poder clerical sobre los creyentes, exacerbando la exclusividad de la competencia religiosa del clero y acentuando el origen místico de la profesión (en un proceso paralelo al de la infalibilidad papal). También es esta la tesis de Michel Foucault citada en la parte final del libro acerca del pastoralismo de la Iglesia Católica –exacerbada en el catolicismo moderno– como estrategia de control individualizado, aunque el declive del sacramento de la confesión y la desaparición del terror al infierno la vuelve poco plausible en el tiempo actual.

Comprender que la fe es un acto de la libertad donde la autoridad, el hábito, la tradición o la cultura pueden intervenir como premisa, pero nunca como fundamento, es la base de una justa posición del clero frente al creyente. Este ensayo ofrece un material inigualable de reflexión sobre las lecciones que ofrece la historia y la posibilidad que tenemos hoy de sobrepasar el clericalismo en el nuevo siglo.

Eduardo Valenzuela

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El cardenal Mario Grech, Secretario General para el Sínodo de los Obispos, ha definido el proceso sinodal que atraviesa la Iglesia como un tiempo para hablar. El cardenal cita el Eclesiastés 3,7, donde se escribe que existe un tiempo para hablar y otro para callar, y señala que ambos tiempos se requieren mutuamente. “El discurso sin silencio se convierte fácilmente en palabras huecas. El silencio sin palabras puede conducir fácilmente a un estado de apatía e irresponsabilidad” [1] . Muchas veces la Iglesia ha caído en este desbalance, ha permanecido en silencio cuando ha debido hablar (especialmente cuando ha sido testigo de injusticias que clamaban al cielo) o, viceversa, ha hablado demasiado cuando convenía guardar silencio. En su homilía el cardenal Grech llama la atención, sin embargo, sobre los tiempos propicios para hablar y callar, no hacia afuera, sino dentro de la propia Iglesia. 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Nuestras controversias no tienen ningún potencial cismático y versan casi todas respecto de la relación de la Iglesia con el mundo y con el grado de adecuación a los cambios culturales que cruzan las sociedades modernas. No se trata de desmerecer la importancia de las divisiones que tenemos entre manos, pero tampoco de exagerarlas. Hablar no significa decir cualquier cosa, sino concurrir en una intelección común de la verdad, es hablar con otros que provienen de experiencias distintas y tienen otros puntos de vista, en procura de encontrar un entendimiento. Demasiadas veces se identifica la religión con el fanatismo y la intransigencia, es decir, la incapacidad de diálogo que se disfraza de convicciones e intransables por todos lados. Hablar significa abrir la puerta a quienes no saben nada, pero tienen la lámpara de la fe prendida. 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