14 de septiembre de 2017

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En esta Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, debemos estar en guardia antes dos tentaciones que se pueden presentar cuando nos encontramos ante de la Cruz de Cristo: pensar en un Cristo sin cruz y pensar en una cruz sin Cristo.

La Liturgia nos habla de la Cruz como de un árbol noble y fiel. No siempre es fácil entender la cruz. Solo con la contemplación se puede avanzar en ese misterio de amor. Y Jesús, cuando quiere explicárselo a Nicodemo, como recuerda el Evangelio de hoy, usa dos verbos “subir” y “bajar”: Jesús que baja del Cielo para llevarnos a todos a subir al Cielo. Ese es el misterio de la cruz.

En la Primera Lectura, para explicarlo, San Pablo dice que Jesús se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Esa es la bajada de Jesús: hasta lo hondo, hasta la humillación, se vació a sí mismo por amor, y por eso Dios lo exaltó y lo hizo subir. Solo si logramos entender esta bajada hasta el final, podemos comprender la salvación que nos ofrece este misterio de amor.

Pero no es fácil, porque siempre están las tentaciones de considerar una mitad y no la otra. Tan es así que San Pablo empleó palabras fuertes con los Gálatas cuando cedieron a la tentación de no entrar en el misterio de amor, sino de explicarlo. Como la serpiente había encantado a Eva y en el desierto había envenenado a los israelitas, así fueron encantados por la ilusión de un Cristo sin cruz o de una cruz sin Cristo. Esas son las dos tentaciones que debemos evitar. La primera es la de un Cristo sin cruz, es decir, hacer de él un maestro espiritual, que te lleva adelante tranquilo. Un Cristo sin cruz, que no es el Señor: es un maestro, nada más. Quizá era lo que, sin saberlo, buscaba Nicodemo. Es una de las tentaciones. Sí, ¡Jesús, qué buen maestro!, pero… sin cruz. ¿Quién os ha encantado con esa imagen? ¡La rabia de Pablo! Presentan a Jesucristo, pero no crucificado.

La otra tentación es la cruz sin Cristo, la angustia de permanecer abajo, hundidos, con el peso del pecado, sin esperanza. Es una especie de “masoquismo espiritual”. Solo la cruz, pero sin esperanza, sin Cristo. La cruz sin Cristo sería entonces un misterio de tragedia, como las tragedias paganas. Pero la cruz es un misterio de amor, la cruz es fiel, la cruz es noble.

Hoy podemos tomarnos unos minutos y que cada uno se pregunte: ¿Cristo crucificado, es para mí un misterio de amor? ¿Yo sigo a Jesús sin cruz, a un maestro espiritual que llena de consuelo, de buenos consejos? ¿Sigo la cruz sin Jesús, siempre quejándome, con ese masoquismo del espíritu? ¿Me dejo llevar por ese misterio del abajamiento, vacío total y alzamiento del Señor?

Pidamos al Señor que nos conceda la gracia, no digo de comprender, sino de entrar en ese misterio de amor. Luego, con el corazón, con la mente, con el cuerpo, con todo, comprenderemos algo.


Fuente: almudi.org

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