La historia de la comunidad cristiana en Japón creada por el apostolado de san Francisco Javier y de los primeros misioneros es una historia de fe profunda sellada con la sangre de sus mártires. Esta sangre aún espera sus frutos en el Japón moderno. Pero sólo el Señor conoce el tiempo de la cosecha.

Según los estudiosos especialistas de la época, la historia de la primera evangelización en Japón, comenzada por Francisco Javier en 1549, puede dividirse en tres períodos. El primero, desde 1549 hasta 1582, significó la difusión rápida del cristianismo. El segundo, desde 1582 hasta 1623, estuvo caracterizado por las persecuciones, primero incruentas, como el exilio de 1614, y luego, cada día más cruentas, inhumanas y cruelmente refinadas. En el tercer período se declaró una guerra sin tregua al cristianismo hasta el exterminio físico de todos los misioneros y de miles de cristianos, con la intención de sofocar y desarraigar completamente todo brote de fe cristiana.

El primer período se abre con la predicación del apóstol del Oriente, san Francisco Javier. El primer gran misionero jesuita y patrón de las misiones había oído hablar en 1547 en Malaca de la maravillas y grandezas de este imperio a tres japoneses, entre ellos Yajiro, samurái de Kagoshima. Éstos fueron los tres primeros cristianos japoneses catequizados y bautizados por Francisco Javier, que vio en este encuentro una ocasión propicia para ir a Japón con ellos.

Con otros dos jesuitas, el padre Cosme de Torres y el hermano laico Juan Fernández, desembarca en Japón con los tres neófitos. Shimazu Takahisa, daimio (señor feudal) de Satsuma les recibió con gran cortesía y les concedió el permiso para predicar el Evangelio.

Shimazu Takahisa toleró durante un año a los misioneros con la vana esperanza de atraer hacia sus puertos las naves comerciales portuguesas. Pese a la presencia de los misioneros en Satsuma, las naves seguían arribando a Bungo. Shimazu se sintió decepcionado y alejó a Francisco Javier de sus dominios. También el jesuita quedó decepcionado, pues siempre había cultivado la esperanza de que el daimio le ayudara a llegar a Kyoto, capital del imperio, y así poder ver al emperador. A pesar de todo, el gran misionero no se desanimó y con sus propios medios emprendió el viaje hacia la capital, donde llegó el mes de enero de 1551, con la esperanza de ganarse el favor del emperador, y quizás de convertirlo, y de este modo abrir las puertas a las conversiones de masa. Pronto se dio cuenta de que el emperador no ejercía ninguna autoridad política efectiva y que el shogun (jefe político y militar efectivo de Japón) estaba a merced de los daimyo. Llegó, pues, a la conclusión de que tenía que dialogar con los daimio y samuráis e intentar convertirlos. El 20 de diciembre de 1551 Francisco Javier salió hacia China, fuente cultural del Japón, para comenzar desde allí el anuncio del Evangelio. Morirá a sus puertas, en la isla de Sanchón, el 3 de diciembre del año siguiente. Su anuncio misionero en Japón no había obtenido en apariencia ningún resultado grandioso, pero había colocado sólidamente los primeros cimientos del futuro cristianismo japonés.

Tras las huellas de san Francisco Javier

En los años siguientes el cristianismo creció en Japón con sorprendente rapidez, gracias a la situación política del país y a la apertura de los japoneses a la experiencia cristiana. La gran capacidad de renovación de los corazones, la santidad de vida de los misioneros en comparación con la vida escandalosa de los ministros budistas, suscitaba asombro y deseo de seguirlos.

Los misioneros, siguiendo las huellas de Francisco Javier, sin abandonar a las clases más humildes, se dirigieron con preferencia hacia las personas más influyentes de la sociedad, y especialmente a los daimyo. En 1563 fue bautizado el primero de estos nobles, Sumitada Bartolomé, señor feudal de Omura, junto con varios samuráis y numerosos súbditos suyos.

En 1571 el jesuita Gaspar Vilela calculaba que los cristianos en la isla Kyushu eran unos 25.000. En el último cuarto de siglo el cristianismo se propagó en varios feudos entre miembros de distintas familias. Se convirtieron incluso un hijo del emperador Go Yosei (1586-1611) y el mismo gobernador de Nagasaki. En 1587 los cristianos eran ya 200.000, y diez años más tarde superaban los 300.000, a pesar de la cruel persecución de Hideyoshi, de lo que hablaremos más adelante.

Hasta 1593 solamente los jesuitas habían trabajado en Japón como misioneros. En julio de este año llegaron también los primeros cinco franciscanos. En 1602 se sumaron los dominicos y los agustinos, y en 1623 los agustinos reformados; casi todos estos misioneros eran españoles y buena parte serán mártires.

La expansión del cristianismo fue muy rápida en los primeros años, pero pronto encontró grandes y progresivas dificultades. En 1587 el shogun promulgó el primer edicto de expulsión de los misioneros. Sucesivamente prohibió que los daimyo recibieran el bautismo (1606). En algunos feudos, sobre todo en los de Omura (1605), Endo y Arima (1613), había comenzado una verdadera persecución. Por otra parte, el esfuerzo evangelizador de los misioneros contribuyó a mantener y aumentar el número de los cristianos, de modo que los 300.000 del año 1600 pasaron a ser 500.000 (de un total de 20 millones de habitantes de todo el Japón de entonces) en 1614, cifra nunca superada hasta nuestros días, a pesar de los profundos cambios de la posguerra: crecimiento demográfico (la población actual de Japón es de 125 millones de habitantes) y la apertura tecnológica.

Tras un período de aparente tranquilidad, el shogun ordenó de nuevo en 1614 la expulsión de todos los misioneros de Japón, pero ya existía una floreciente cristiandad. Esta joven Iglesia con medio millón de fieles contaba con 116 jesuitas (64 padres y 52 hermanos laicos) que administraban 85 residencias y dos colegios, ayudados por 250 dojukus o catequistas nativos. A éstos hay que añadir 14 franciscanos, 9 dominicos, 3 agustinos y 6 sacerdotes del clero diocesano y el obispo Luis de Cerqueira, que murió en este mismo año de 1614. La Iglesia estaba presente con numerosos centros de beneficencia, asilos, hospitales, lazaretos en varias provincias. Existía también un buen número de confraternidades. Estas confraternidades serán una fragua de mártires.

Tras la expulsión de los misioneros en 1614, casi todas las iglesias fueron destruidas y quedaron en Japón sólo 27 religiosos misioneros y 5 sacerdotes del clero diocesano ayudados por un centenar de catequistas. Los misioneros regresaron entre 1620 y 1630 y lograron hacer volver a la fe a muchos cristianos que habían apostado e hicieron también muchas conversiones.

La persecución fue, sin embargo, tan cruel y persistente que en 1644 había acabado con todos los misioneros. Muchos cristianos apostaron de su fe y otros se vieron obligados a huir a los montes y ocultar su pertenencia al cristianismo. A pesar del odio y el control político de este Estado tirano ejercido familia por familia y el exterminio físico de miles de ellos, un gran número de cristianos se mantuvo fiel a Cristo, como se pudo comprobar en la segunda mitad del siglo XIX, tras la apertura de Japón al Occidente. En 1873 se descubren más de catorce mil cristianos, número que aumentó después. Habían permanecido en la clandestinidad más absoluta, sin sacerdotes, sacramentos ni otras manifestaciones públicas durante casi tres siglos. Significativa y conmovedora es la narración de los signos que los “clandestinos” buscaban en los nuevos evangelizadores: la Santísima Virgen, el Papa, el celibato.

Nagasaki, la “pequeña Roma”

En estas circunstancias apenas bosquejadas con amplias e incompletas pinceladas tiene lugar la primera página del martirologio cristiano japonés, precisamente a partir del centro del catolicismo del país: Nagasaki, la “pequeña Roma”, como ha sido llamada. Situada en la parte occidental de la isla Kyushu, esta ciudad, hoy conocida por la bomba atómica y por sus industrias, en el siglo XVI era una pequeña aldea de pescadores. Pertenecía como feudo, primero a la familia Nagasaki y más tarde a la de Omura. El jesuita Luis de Almeida, todavía hermano laico, visitó la aldea por primera vez en 1567; en poco tiempo consiguió convertir y bautizar a 200 vecinos. Almeida era un comerciante y médico que conoció a los jesuitas en Japón y quedó tan fascinado que entró en la Compañía, en el mismo Japón, en 1556: trabajó en varias regiones del país edificando iglesias y casas y fue ordenado sacerdote en Macao (a las puertas de China) en 1579. Volvió enseguida a Japón donde permaneció hasta su muerte en 1586. Luego llegó el padre Gaspar Vilela que convirtió a otras 300 personas y edificó una pequeña iglesia dedicada a Todos los Santos; también él había conocido a los jesuitas en misión, pero en India, y había pedido ingresar en la Compañía en 1553. Fue a Japón en 1556. En 1570 regresó a la India, donde murió en 1572.

La aldea de pescadores pronto atrajo a muchos cristianos de otras regiones. En 1570 contaba con 1.500 habitantes, todos católicos. Se pensó, pues, en edificar una verdadera ciudad con un verdadero puerto donde pudieran atracar las naves portuguesas. Nació así la ciudad de Nagasaki. En 1580 tenía 400 casas, una residencia de jesuitas y una floreciente vida comercial. Su verdadero creador fue el padre Torres que con la ayuda del padre visitador Valignano, organizador de todas las misiones de Oriente, dio a la ciudad fueros especiales, aprobados por las autoridades japonesas. Fue una ciudad abierta, acogedora, un centro de intercambio cultural entre oriente y occidente. Poco a poco la ciudad se convirtió en la sede principal de la Iglesia japonesa; en 1560 entraba en ella el que sería en 1592 el primer obispo de Japón, Pedro Martín, jesuita portugués, que había sido provincial en India. Moriría en 1597 cerca de Malaca. Su sucesor también será jesuita, Luis de Cerqueira, que morirá en Japón el 16 de febrero de 1614, poco antes de que estallara la segunda persecución.

No tardó el shogun Hideyoshi en sofocar la libertad de Nagasaki. A partir de 1587 quiere controlar su vida, que dependerá a menudo de la disposición de ánimo y de la política de los varios shogun. En 1587 fueron confiscadas la casa y la iglesia de los jesuitas y en 1592 fue ordenada su demolición; pero el año siguiente el shogun, por temor de que no volvieran a atracar las naves en aquel puerto, permitió su reconstrucción. A pesar de las persecuciones la ciudad cristiana siguió su ritmo de crecimiento. En 1609 contaba con 8 parroquias (4 de la Compañía y 4 del clero diocesano japonés) y más de 50.000 cristianos; además también los dominicos y los agustinos tenían sus iglesias.

Los mártires de Nagasaki

¿Quiénes fueron los primeros mártires de Nagasaki? El shogun Hideyoshi promulgó el citado edicto de expulsión de los misioneros que en parte fue ejecutado, si bien la mayor parte de los jesuitas se quedó, continuando silenciosamente su obra misionera. Sin embargo, los misioneros franciscanos, que habían venido de Filipinas en 1593, quisieron comenzar con gran estruendo una predicación pública. Esta imprudencia, en un momento tan delicado, con otros incidentes, dio como resultado la detención de los franciscanos y de algunos neófitos japoneses. Las detenciones ocurrieron en momentos diferentes: 6 franciscanos, a los que se añadieron 3 jesuitas japoneses, fueron encarcelados el 29 de diciembre de 1596. Quince laicos japoneses fueron detenidos el 31 de diciembre de 1596 en Meako, y otros dos japoneses el año siguiente en Nagasaki. Misioneros y fieles japoneses, excepto los últimos dos, fueron torturados en Meako y expuestos al escarnio público, para enseguida ser llevados andando, entre los insultos de la gente, a la colina de Nagasaki, lugar de su martirio. Se intentaba inútilmente hacerles apostatar.

El 5 de febrero de 1597, 26 mártires cristianos fueron crucificados y traspasados en aquella colina, que desde entonces los cristianos llamarán “santa colina”. Entre los mártires sobresalen los jesuitas japoneses Pablo Miki, Juan Soan de Goto y Santiago Kisai. Pablo Miki, desde la cruz, perdonó a sus enemigos y verdugos y predicó el perdón. Era hijo de una familia acomodada de Kyoto. Nacido en 1557, recibió el bautismo a la edad de 5 años, y tenía 20 cuando entró en el seminario de los jesuitas, pasando dos años después al noviciado de la Compañía de Jesús. Conocía muy bien la cultura budista, que le fue muy útil en sus conversaciones con sus compatriotas. Recorrió el Japón anunciando el Evangelio y ya los contemporáneos escribían que nadie daba tanto fruto a las almas como él ni tenía un celo evangélico tan grande. Los otros dos jesuitas habían sido sus compañeros de noviciado. Estos protomártires japoneses, torturados hasta la indecible, emplearon los últimos instantes de su vida en la cruz perdonando y anunciando a Cristo como único Salvador, mientras invitaban a todos a la fe cristiana. Su actitud suscitó una intensa emoción y también conversiones. El padre Miki se dejó crucificar mientras recitaba las palabras del salmo repetidas por Jesús en la cruz: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Urbano VIII los beatificó el 3 de julio de 1627, cuando la persecución en Japón seguía cobrándose numerosos mártires. Pío IX los canonizó en 1862. Fueron los primeros santos japoneses canonizados.

Los seis franciscanos mártires fueron Pedro Bautista, Martín de la Asunción, Francisco Blanco, Francisco de San Miguel, Felipe Las Casas y Gonsalvo García; los primeros cuatro eran españoles. Felipe Las Casas es el primer misionero mártir y santo nacido en México. Había ido a la Filipinas en busca de fortuna y allí se había convertido después de encontrar a algunos frailes, y luego decidió hacerse franciscano; hubiera podido escapar a la muerte pero prefirió estar con sus hermanos hasta el martirio; pertenecía a la misma familia del famoso Bartolomé de Las Casas. Gonsalvo García había nacido en la India. En la historia de estos mártires y de estos misioneros impresiona la cantidad de soldados, conquistadores, mercaderes y altos oficiales que por los caminos del mundo, topándose con misioneros como Francisco Javier y otros hijos suyos quedaron fascinados, cambiaron de vida y les siguieron, haciéndose misioneros.

Los otros 17 mártires japoneses, algunos de ellos muchachos de 11 y 13 años, otros catequistas, médicos, o simples artesanos, dieron su heroico ejemplo de fidelidad. Causó admiración el joven Antonio, de 13 años, que mientras lo torturaban entonó el Laudate pueri Dominum. A pesar de esta persecución, el número de cristianos aumentó del tal manera que en 1614, año en que se desencadena de nuevo una furiosa persecución, eran, como hemos dicho, 500.000.

Luego, durante una persecución que durará hasta la segunda mitad del siglo XIX, Japón dará a la Iglesia algunos miles de mártires. Han sido comprobados unos 4.500 casos, pero las víctimas de las persecuciones son más numerosas. Los años más duros fueron los que van desde 1614 hasta 1640. La dureza de estos años quizá no tiene comparación en la historia del martirologio cristiano.

La historia de la comunidad cristiana en Japón creada por el apostolado de san Francisco Javier y de los primeros misioneros es una historia de fe profunda sellada con la sangre de sus mártires.

Esta sangre aún espera sus frutos en el Japón moderno. Pero sólo el Señor conoce el tiempo de la cosecha.

El Secreto de Nagasaki

Existe una copia manuscrita de un texto sobre el arrepentimiento. Se refiere a la ruptura con el pecado, a la reparación y a la decisión de no volver a pecar y propone finalmente una oración de contrición. El original, que no llegó hasta nosotros, se imprimió en 1603 en el colegio de los jesuitas de Nagasaki con una máquina llevada de Europa por el Padre Visitador Alessandro Valignano. Probablemente, el texto fue una disposición dejada por los misioneros a los cristianos previendo una época en la cual no sería posible la confesión sacramental, dada la ausencia de pastores a raíz de la persecución. La oración de contrición fue transmitida únicamente por una parte de los cristianos ocultos. Estos cristianos siguieron copiándola y rezándola durante los siglos de la persecución, pero otro grupo no la transmitió.

Cuando el padre Petitjean hizo su famoso descubrimiento en Nagasaki, se abrió para todos los cristianos ocultos el camino para volver a la iglesia oficial. En realidad, no todos dieron ese paso. Quienes aceptaron volver a la iglesia fueron precisamente los cristianos que habían conservado la oración de contrición; los demás terminaron cayendo en el sincretismo y permanecen hasta ahora en ese camino.

¿Qué demuestra este hecho? Que la contrición actúa como el eje de una brújula, que apunta siempre hacia el norte, por más que se haga girar la misma, ya que nos hace volver a lo recto y justo, es decir, a la condición anterior a toda acción indebida.

Nosotros podemos pedir perdón y purificarnos de nuestras culpas con los medios que nos ofrecen: el sacramento de la confesión y el acto penitencial de la Misa. En cambio, los cristianos ocultos no disponían de estos medios, para ellos no había iglesias, pastores ni misas. Con todo, el amor a Dios, que los perseguidores querían destruir mediante la violencia física y sicológica, no sólo no se extravió, sino que además llegó a ser más grande el regresar a la comunidad con los demás hermanos en la Iglesia.

Es un ejemplo y una invitación que hasta ahora nos hablan a nosotros, los cristianos de hoy.

Augustinus Satoru Obara


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