Hubo una época en que una interpretación defectuosa hizo pensar a muchos que quien quería de veras ser santo debía incorporarse a la vida religiosa. Hoy, el Concilio Vaticano II ha vuelto a poner de relieve el dato bíblico del llamado universal a la santidad, que se realiza a través de diversas vocaciones cristianas.

Es oportuno comenzar estas reflexiones recordando las palabras del Santo Padre Juan Pablo II en su Carta Apostólica “Tertio millennio ineunte”.

La santidad

“En primer lugar, no dudo en decir que la perspectiva en la que debe situarse el camino pastoral es la de la santidad. ¿Acaso no era éste el sentido último de la indulgencia jubilar, como gracia especial ofrecida por Cristo para que la vida de cada bautizado pudiera purificarse y renovarse profundamente?

“Espero que, entre quienes han participado en el Jubileo, hayan sido muchos los beneficiados con esta gracia, plenamente conscientes de su carácter exigente. Terminado el Jubileo, empieza de nuevo el camino ordinario, pero hacer hincapié en la santidad es, más que nunca, una urgencia pastoral.

“Conviene además descubrir en todo su valor programático el capítulo V de la Constitución dogmática Lumen gentium sobre la Iglesia, dedicado a la ‘vocación universal a la santidad’. Si los Padres conciliares concedieron tanto relieve a esta temática no fue para dar una especie de toque espiritual a la eclesiología, sino más bien para poner de relieve una dinámica intrínseca y determinante: “descubrir a la Iglesia como ‘misterio’, es decir, como pueblo ‘congregado en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo’. Lleva a descubrir tambie´n su ‘santidad’, entendida en su sentido fundamental de pertenecer a Aquel que por excelencia es el Santo, el ‘tres veces Santo’ (cf. Is 6,3). Confesar a la Iglesia como santa significa mostrar su rostro de Esposa de Cristo, por la cual Él se entregó, precisamente para santificarla (cf. 5, 25-26). Este don de santidad, por así decir, objetiva, se da a cada bautizado”.

“Pero el don se plasma a su vez en un compromiso que ha de dirigir toda la vida cristiana: ‘Esta es la voluntad de Dios: vuestra santificación’ (1 Ts 4,3). Es un compromiso que no afecta sólo a algunos cristianos: ‘Todos los cristianos, de cualquier clase o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor’.

“Recordar esta verdad elemental, poniéndola como fundamento de la programación pastoral que nos atañe al inicio del nuevo milenio, podría parecer, en un primer momento, algo poco práctico. ¿Acaso se puede ‘programar’ la santidad? ¿Qué puede significar esta palabra en la lógica de un plan pastoral?

“En realidad, poner la programación pastoral bajo el signo de la santidad es una opción llena de consecuencias. Significa expresar la convicción de que, si el Bautismo es una verdadera entrada en la santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad superficial. Preguntar a un catecúmeno ‘¿quieres recibir el Bautismo?’, significa al mismo tiempo preguntarle: ‘¿quieres ser santo?’. Significa ponerle en el camino del Sermón de la montaña: ‘Sed perfectos como es perfecto vuestro Padre Celestial’ (Mt 5, 18).

“Como el Concilio mismo lo explicó, este ideal de perfección no ha de ser malentendido, como si implicase una especie de vida extraordinaria, practicable sólo por algunos “genios” de la santidad. Los caminos de la santidad son múltiples y adecuados a la vocación de cada uno. Doy gracias al Señor que me ha concedido beatificar y canonizar durante estos años a tantos cristianos y, entre ellos, a muchos laicos que se han santificado en las circunstancias más ordinarias de la vida. Es el momento de proponer de nuevo a todos con convicción este “alto grado” de la vida cristiana ordinaria”. La vida entera de la comunidad eclesial y de las familias cristianas debe ir en esta dirección. Pero también es evidente que los caminos de la santidad son personales y exigen una pedagogía de la santidad verdadera y propia, que sea capaz de adaptarse a los ritmos de cada persona. Esta pedagogía debe enriquecer la propuesta dirigida a todos con las formas tradicionales de ayuda personal y de grupo, y con las formas más recientes ofrecidas en las asociaciones y en los movimientos reconocidos por la Iglesia” (Tertio millennio ineunte, nn.30-31).

Jesucristo, el Santo

El nombre de Santo y el atributo de la santidad son propios de Yavé: ¿Quién puede estar delante de Yavé este Dios santo?... es la pregunta que se hacen, heridas por una plaga, las gentes de Bet Semes (1 Sam 6, 20). Esa santidad de Dios se demuestra ya en el Antiguo Testamento, en la misericordia y en el perdón: “… se han conmovido mis entrañas (dice Yavé). No llevaré a efecto el ardor de mi cólera… porque yo soy Dios y no un hombre, soy santo en medio de ti, y no me complazco en destruir” (Os 11, 8s). La santidad de Dios está a una distancia infinita de los hombres: “…¿Qué es el hombre para creerse puro, para decirse justo al nacido de mujer? Si (Dios) ni en sus santos confía, ni los cielos son bastante puros a sus ojos, ¡cuánto menos un ser abominable y corrompido, el hombre que se bebe como el agua la impiedad!” (Job 15, 14-16). Ésa es la razón por la que el Sumo Sacerdote judío sólo una vez al año, y mediante un especial rito de purificación, pudiera entrar en el “santuario de la tienda de la alianza” (cf. Lev 16, 1-31), llamado también “santuario de la santidad) (cf. Lev 16,33). La santidad de Yavé se manifiesta en la gloria de sus aparicioes o teofanías. En el Nuevo Testamento hay muchas referencias a la santidad de Dios Padre: Jesús mismo lo llama “Padre Santo” (Jn 17, 11); a Él dicen los cuatro misteriosos vivientes: “Santo, santo, santo es el Señor Dios Todopoderoso, el que era, el que es y el que viene” (Ap 4, 8); santo es su nombre (Lc 1,49), su ley (Rom 7,12), su alianza (Lc 1,72), su templo, que somos nosotros (1 Cor 3,17) y la Jerusalén celestial (Ap 21,2). Jesús es Santo porque es el Hijo de Dios, concebido por obra del Espíritu Santo (Mt 1, 18.20; Lc 1,35). Al ser bautizado en el Jordán, recibió la unción del Espíritu Santo (Mt 3, 16; Mc 1, 10; Lc 3 22; Hch 10,38) y quedó lleno de él (Lc 4,1). Tal es su santidad, que así como en el Antiguo Testamento la cercanía de Dios provocaba un sentimiento de la propia indignidad e impureza (cf, Is 6,5), así también sucede con Jesús, “viendo (el milagro), Simón Pedro se postró a los pies de Jesús, diciendo Señor, apártate de mí, que soy pecador” (Lc 5,8.), reacción muy natural ante aquel a quien nadie puede “argüir de pecado” (Jn 8,46), “que no conoció pecado” (Heb 4,16), y que, por el contrario, “nos ama y nos ha absuelto de nuestros pecados por la virtud de su sangre” (Ap 1,5). Cuando Jesús expulsa a los espíritus impuros, éstos, al reconocer el poder y la santidad de Dios en él, le dicen: “¿Has venido a perdernos? Te conozco: eres el Santo de Dios” (Mc 1,24); esos mismos espíritus “al verle, se arrojaban ante Él y gritaban diciéndole: Tú eres el Hijo de Dios” (Mc, 2,11), lo que sugiere la identidad de ambos nombres. Pedro le da también los nombres “Santo de Dios” (Jn, 6,69) y de “Mesías de Dios, el Hijo del Dios vivo” (Mt 16,16.); en la predicación primitiva también se lo llama así: “vosotros -dice Pedro a los judíos- negasteis al Santo y al Justo” (Hch 3,14), y se invoca al Padre “por el nombre de tu Santo siervo Jesús” (Hch 4,30). De Cristo glorioso se habla así: “esto dice el Santo, el Verdadero, el que tiene la llave de David, que abre y nadie cierra y cierra y nadie abre” (Ap 3,7), y a él se dirigen las almas de los que fueron “degollados por la palabra de Dios y por el testimonio que guardaban, y clamaban a grandes voces diciendo: ¿Hasta cuándo, Señor, Santo, Verdadero, no juzgarás y vengarás nuestra sangre…?” (Ap 6,9s). La santidad de Jesús es la misma que la del Padre: “Padre santo, guarda en tu nombre a éstos que me has dado, para que sean uno como nosotros (lo somos)” (Jn, 17,11). Finalmente, la gran plegaria de Jesucristo al Padre, en la víspera de su pasión y muerte es: “Santificados (a los discípulos) en la verdad, como tu palabra es verdad. Como tú me enviaste al mundo, así yo los envié a ellos al mundo, y yo por ellos m santifico en la verdad” (Jn 17,17-19). Jesús se va a “santificar” entregándose a la muerte de cruz, de modo que su obediencia destruya la desobediencia de Adán. Esa obediencia es la causa de nuestra justificación y salvación, y por lo mismo es la destrucción de la mentira que es inherente al pecado. La muerte de Cristo restablece la verdad, o sea, el reconocimiento de la santidad de Dios, ante quien somos pecadores, y esa verdad nos introduce en la vida de hijos del Padre. Esa obra de salvación se traduce en que los cristianos están “santificados en Cristo Jesús y llamados a ser santos” (1 Cor 1,2), y son, en cierta medida, “santos” (Flp 1,1), siendo su meta: “sed perfectos, como perfecto es vuestro Padre celestial” (Mt 5, 48), mediante la gracia de Dios por la cual cada discípulo de Cristo puede hacer suyas las palabras de San Pablo: “todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Flp 4,13) de manera que “nadie puede gloriarse ante Dios” (1 Cor 1, 29), sino que, como María, digamos humildemente: “mi alma glorifica al Señor y exulta mi espíritu en Dios, mi Salvador, porque ha mirado la humildad de su sierva…, porque ha hecho en mí maravillas el Poderoso, cuyo nombre es santo” (Lc 1,46-49).

El nombre de Santo aplicado a Jesús tiene relación con os de Maestro, Mediador, Vida, Jesús, Sumo Sacerdote e Hijo de Dios, entre otros.

¿Qué es la santidad?

Hay pocos textos de la Sagrada Escritura que describen la santidad. San Pablo dice que “somos nueva creatura, creados en justicia y santidad verdaderas” (Ef 4,24). “Nueva creatura” es una oposición al “hombre viejo”, pecador, que lleva en sí la imagen de Dios maltratada y desfigurada. Esa “novedad” es un retorno a la condición original del hombre, creado a “imagen y semejanza de Dios” (cf. Gn 1,27).

Las carta a los Efesios nos enseña que el Padre “nos ha elegido en Cristo antes de la fundación del mundo, para ser santos e inmaculados en su presencia, en el amor… para alabanza y gloria de su gracia” (Ef 1,4-6). Este texto subraya la santidad como la finalidad de la creación del hombre, e indica que la “atmósfera” de la santidad es el amor. Recalca también que la santidad es la glorificación de la gracia de Dios, o sea, del don gratuito de la salvación y de la justificación. En la segunda carta de San Pedro se nos dice que el poder divino del Padre nos ha concedido cuanto se refiere a la vida y a la piedad “para que nos hiciéramos partícipes de la naturaleza divina, huyendo de la corrupción que hay en el mundo por la concupiscencia” (cf. 2 Pe 1, 3-4). Aquí hay una reacción entre la “vida” y la “participación en la naturaleza divina”, lo que es muy sugestivo, pues la vida en Dios es la verdadera vida. Esa participación en la naturaleza, divina se hace posible por nuestra inserción en Cristo, la verdadera vid, de la que obtienen vida sus discípulos, comparados por Jesús a los sarmientos (cf. Jn 15,22). La santidad es la gracia y la vida verdadera, en tanto que el pecado es muerte (Jn 8, 21-214) y esclavitud (Jn 8,34).

En la carta a los romanos San Pablo nos exhorta “por la misericordia de Dios, a que ofrezcamos nuestros cuerpos como una víctima viva, santa, agradable a Dios, porque tal será nuestro culto espiritual”, y nos advierte que no nos acomodemos al mundo presente, antes bien que nos transformemos “mediante la renovación de nuestra mente, de modo que podamos distinguir cuál es la voluntad de Dios, lo que es bueno, lo que es de su agrado, lo que es perfecto” (cf. Rm 12, Is). En este texto la santidad aparece en clave litúrgica, haciendo del cristiano una víctima sacrificial, consagrada y entregada totalmente a Dios, lo que no puede ser realidad sin un profundo cambio de mentalidad para repudiar la “sabiduría del mundo” y poder discernir lo que es grato a Dios.

En la misma carta a los romanos, el Apóstol afirma que “ninguno de nosotros vive para sí mismo; como tampoco ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; y si morimos, morimos para el Señor. Así es que ya vivamos, ya muramos, somos del Señor” (Rm 14, 7s).

Es posible interpretar el texto griego del bautismo (Mt 28,19) como si su sentido fuera; “sumergidos en el agua para que muera el hombre viejo y para salir del poder de Satanás, a fin de ser consagrados para llevar una vida dedicada a la gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Entendida así, la fórmula bautismal no es otra cosa que una expresión del llamado a la santidad, don de Dios que es infundido mediante el sacramento del bautismo. La primera y fundamental consagración del cristiano, antes que la consagración sacerdotal o la de la vida religiosa, es, precisamente, la consagración bautismal, la que nos hace a todos iguales en cuanto a la meta común por alcanzar. La bienaventuranza que proclama “dichosos los puros de corazón, porque ellos verán a Dios” (Mt 5,8) invita a considerar la pureza como la perfecta transparencia frente a Dios, sin que haya nada que empañe su presencia ni su acción. Esta bienaventuranza hace alusión a los objetos materiales que son genuinos, sin mezclas ni impurezas, como la pureza de un diamante, o de un metal, o de un animal de fina raza. Pero insinúa también que la pureza perfecta es el resultado de un proceso de purificación a través del cual el corazón del hombre llega a ser genuino, verdadero, sin torceduras o, dicho de otro modo, capaz de buscar solamente la gloria de Dios y no la propia (cf. Lc 1, 46; Jn 8,50) y, por lo mismo, ajeno al pecado. Vista así, la santidad es la condición normal del cristiano: “Sed perfectos, como es perfecto vuestro Padre celestial” (Mt 5,48). Es sinónimo de vida verdadera, de alegría, de realización, de coherencia con la fe, de perfecta comunión con todos los miembros de Cristo. No es una casualidad que uno de los calificativos dados a los cristianos de la primeras generaciones haya sido el de “santos” (cf Flp 4,21; 1 Cor 6, Is: Rm 1,7; 12,13: 1 Tim 5,10; 15,25: Hch 9,13; Ef 3,18; 6,18; etc.).

Si se reflexiona sobre el Padrenuestro en sus diversas peticiones, se ve que cada una de ellas tiene relación con la santidad. La “santificación del nombre del padre” no es otra cosa que buscar su gloria. La venida de su Reino es en definitiva que Él lo sea todo en todas las cosas (cf. 1 Cor 11, 28), es decir, que nada se sustraiga a su soberano señorío. El perfecto cumplimiento de su voluntad es, ante todo, nuestra santificación (1 Tes 4,3). El pan de cada día es la palabra de Dios (Lc 4,4) y el cuerpo de Cristo que alimentan y transforman nuestra vida hasta que llegue a ser plena verdad la expresión de San Pablo: “yo vivo, pero ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20). El perdón que suplicamos es la reparación de las idolatrías, distorsiones y desamor que el pecado ha dejado en nosotros, así como el perdón que ofrecemos es el deseo ferviente de que nuestro corazón se asemeje al corazón misericordioso del Padre. Pedimos no caer en tentación porque el pecado es el peor de todos los males que nos pueden ocurrir, y pedimos ser libres del Malo porque su obra es conducirnos al pecado y, como consecuencia, a la muerte, destruir la santidad y lograr que se frustre en nosotros el designio de la creación y de la redención.

El apóstol San Pablo se explaya en la carta de los Gálatas en el tema de las obras de la carne y de las obras del Espíritu (Gal 5, 16-26).

Las obras del Espíritu son la expresión de la santidad, de la fuerza transformante del Espíritu que “hace nuevas todas las cosas” (Ap 21,5), en tanto que las obras de la carne son frutos del pecado y desfiguración del rostro interior del hombre llamado a ser hijo del Padre, miembro de Cristo y templo del Espíritu Santo. Así se ve como la moral cristiana es mucho más que una sujeción externa a preceptos y prohibiciones: es el modo de vida propio de quienes han sido llamados a la santidad, han recibido gratuitamente la gracia y la justificación, y tratan cada día, con la gracia de Dios, de poder decir en verdad “para mí la vida es Cristo” (Flp 1, 21).

La frase de Jesús: “sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto” (Mt 5, 48) es al mismo tiempo un llamado, un imperativo y una promesa posible porque la “sangre de Cristo nos limpia de todo pecado” (1 Jn 1,7), es decir, es el precio y la prenda de la santidad. Séame permitido hacer aquí una reflexión complementaria acerca de la santidad y la fe. Los teólogos distinguen tres formas de emplear el verbo “creo”, “credo”. “Credere Deum” es decir que creemos que Dios existe. “Credere Deo” es afirmar que creemos que lo que Dios dice es la verdad. “Credere in Deum” es profesar que el único sentido de la vida es Dios y que nada merece adhesión al margen de Dios. La expresión “Credo in Deum” es, pues, equivalente a una adoración que compromete toda la vida y cada momento de ella: es exactamente el mismo sentido de la expresión de San Pablo “nosotros vivimos para Dios”.

La vocación universal a la santidad en la Iglesia

Es este el título de la Constitución dogmática Lumen gentium del Concilio ecuménico Vaticano II. En el primitivo proyecto estos capítulos V y VI eran uno solo: la doctrina sobre la vida religiosa (actual capítulo VI) formaba un todo con la “vocación universal a la santidad”, siendo la vida religiosa uno, no el único, de los caminos posibles hacia la santidad, meta de todo cristiano. Diversas consideraciones hicieron que el texto único se separara en dos, sin que por ello se modificara la redacción, la cual fue solamente separada en dos, introduciendo el título “los religiosos”. En realidad el capítulo sobre la “vocación universal a la santidad en la Iglesia” está en cierta forma preanunciado en el capítulo II de Lumen gentium, y especialmente en el n. 9, donde se describen las características del Pueblo de Dios. Allí se lee: “En todo tiempo y lugar ha sido grato a Dios el que le teme y practica la justicia (cf. Hch 10,35). Sin embargo (Dios) quiso santificar y salvar a los hombres no individual ni aisladamente, sin conexión entre sí, sino hacer de ellos un pueblo para que le conociera de verdad y le sirviera con una vida santa” (LG, II,9). Tomando como punto de referencia la santidad, se puede decir que ella es la finalidad de la creación, el motivo de la Encarnación, el fruto de la redención, la obra del Espíritu Santo, la razón de ser del hombre, su plenitud, su perfección y su consumación.

Uno podría preguntarse por qué ningún Concilio antes del Vaticano II ha hablado acerca de la “vocación universal a la santidad en la Iglesia”. Una respuesta podría ser que esta verdad fue siempre profesada por la fe de la Iglesia, que afirma en el Símbolo su fe en la “comunión de los santos”. Otra respuesta adicional podría ser que esta verdad de fe, tan claramente enunciada en las Escrituras, nunca fue directamente rechazada por alguna corriente herética. A ello se podría agregar que el Concilio de Trento, al exponer la doctrina sobre la “justificación” (DH 1520-1583), estableció una enseñanza íntimamente relacionada con la santidad. Por lo demás, la costumbre más que milenaria de la Iglesia de venerar entre sus hijos como santos o beatos a hombres y mujeres de las más diversas condiciones, edades y estados de vida, constituye una expresión válida de su fe en que la santidad es la meta de toda vida cristiana. La presencia de este tema en forma explícita en el cuerpo doctrinal del Concilio Vaticano II, y señaladamente en la Constitución Lumen gentium, tiene su explicación en la evolución homogénea de la eclesiología en los últimos cien años previos al Vaticano II y, muy especialmente, en la valoración del estado laical como forma auténtica y no secundaria de la vocación cristiana.

Es precisamente en el capítulo IV de la Constitución Lumen gentium (capítulo que en una primera etapa de la redacción formaba una unidad con el Cap. II) donde se lee que “el Pueblo elegido de Dios es, por tanto, uno: ‘un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo’ (Ef 4,5). Los miembros tienen la misma dignidad por su nuevo nacimiento en Cristo, la misma gracia de hijos, la misma vocación de la perfección”, una misma gracia, una misma fe, un amor sin divisiones. En la Iglesia y en Cristo, por tanto, no hay ninguna desigualdad por razones de raza o nacionalidad, de sexo o condición social pues ‘no hay judío ni griego; no hay siervo ni libre; no hay hombre ni mujer. En efecto, todos sois uno en Cristo Jesús’ (Gal 3, 28gr; cf. Col 3,11). Aunque en la Iglesia no todos vayan por el mismo camino, sin embargo “todos están llamados a la santidad y les ha tocado en suerte la misma fe por la justicia de Dios (cf. 2 Pe1,1)” (LG II,32).

Hubo una época en que una interpretación defectuosa de los “estados de perfección” hizo pensar a muchos que quien quería de veras ser santo debía incorporarse a la vida religiosa y el código de derecho canónico de 1917 exhortaba a los clérigos “a llevar una vida más santa que la de los laicos” (can. 124). Hoy, el Concilio Vaticano II ha vuelto a poner de relieve el dato bíblico del llamado universal a la santidad.

El Capítulo V de Lumen gentium afirma sin ambages que “todos en la Iglesia, pertenezcan a la Jerarquía o estén regidos por ella, están llamados a la santidad, según las palabras del Apóstol: ‘lo que Dios quiere de vosotros es que seáis santos’ (1 Tes 4,3; cf. Ef 1,4)”. “Para todos, pues, está claro que todos los cristianos, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección del amor” (LG V, 40). “El Señor Jesús, Maestro divino y modelo de toda perfección, predicó a todos y cada uno de sus discípulos, de cualquier condición que fueran, la santidad de vida de la que Él es autor y consumador: ‘sed, pues, perfectos como vuestro Padre del cielo es perfecto’ (Mt 4,48)” (LG V, 40).

El llamado universal a la santidad, ese destino común, fruto de la gracia y de la acción del Espíritu Santo, no implica, sin embargo, una total uniformidad. Si la meta es única, los caminos son variados. Si hay instrumentos y medios comunes a todos para avanzar por el camino de la perfección cristiana, ello no implica que los estilos de vida sean siempre idénticos. La vocación universal a la santidad se realiza, en concreto, a través de diversas vocaciones cristianas, como son la vocación al ministerio ordenado, la vocación al estado religioso y otros afines, la vocación al matrimonio, etc. E incluso se puede hablar de otras vocaciones como las que orientan al ejercicio de una profesión, al desarrollo de cualidades artísticas, a la investigación, al servicio de los que sufren, etc. Lo que es claro es que cada cual, en el lugar y actividad a que Dios lo llamó, allí debe responder al común llamado a la santidad. “En los diversos géneros de vida y ocupación, todos cultivan la misma santidad. En efecto, todos, por la acción del Espíritu de Dios, obedientes a la voz del Padre, adorando a Dios Padre en Espíritu y en verdad, siguen a Cristo pobre, humilde y con la cruz a cuestas para merecer tener parte en su gloria. Sin embargo, cada uno, según sus dones y funciones, debe avanzar con decisión por el camino de la fe viva que suscita esperanza y se traduce en obras de amor”(LG V, 41).

Los medios de santificación

Es natural que la afirmación de la vocación universal a la santidad plantee la pregunta de cómo se puede alcanzar esa meta, de qué medios disponemos, o mejor dicho, qué instrumentos pone a nuestro alcance la gracia y la misericordia de Dios para ajustarnos a su designio de santidad y plenitud.

No es ésta la ocasión de examinar en detalle los medios de santificación que el Señor nos ofrece. Quien desee tener una información acerca de la doctrina de la Iglesia al respecto, puede consultar el Catecismo de la Iglesia Católica que se refiere al tema en muy diversos lugares, como por ejemplo cuando habla de los sacramentos, de la oración, de los mandamientos, etc. Pero no sería conveniente, en una exposición sobre la vocación a la santidad omitir siquiera una mención rápida acerca de los medios de santificación. Se trata, en realidad, de todo lo que la fe cristiana y católica nos proporciona, como dones de Dios que necesitan ser acogidos con transparencia y gratitud, para que se cumpla en nosotros el designio de Dios que es de justificación, de salvación, de santificación.

Digamos, antes que nada, que todo el edificio de la vida cristiana tiene como cimiento la fe: “sin la fe se imposible agradar a Dios” (Heb 11,6), y “el justo vive de la fe” (cf. Rm 1,17:Gal 3,11; Heb 10,38). La fe, que es ya un fruto de la gracia proveniente de Dios, abre las puertas al don de la adopción divina, en virtud de la cual llegamos a ser verdaderamente “hijos de Dios” (1 Jn 3,1) y participantes de la naturaleza divina (2 Pe 1,4). La fe va normalmente acompañada por la esperanza de las cosas que no se ven (cf. Heb 11, 1-3) y por la caridad (cf 1 Cor 13, 1-13). Toda vida cristiana es “vida teologal”, es decir, vida de permanente y ojalá creciente ejercicio de la fe, la esperanza y la caridad, sin descuidar por cierto las virtudes llamadas “cardinales” de la justicia, la prudencia, la fortaleza y la templanza.

La “atmósfera” de la vida cristiana es la oración, que asume muy diversas formas como son la lectura meditada de la Palabra de Dios, de la que la Virgen María es ejemplo (cf. Lc 1, 46-55; 2, 19.51), la recitación de los salmos, el rezo del Padrenuestro /cf. Mt 6,9-13: Lc 11, 2-4), verdadero programa de los “intereses” de los hijos de Dios, la contemplación de los misterios de la vida de Cristo, el santo Rosario, el recorrido del Vía Crucis, etc. La “vida de oración” no se circunscribe a los solos momentos en que nos dedicamos exclusivamente a los ejercicios de piedad, sino que va impregnando todo el día mediante el recuerdo amoroso de Dios “en que vivimos, nos movemos y existimos” (cf. Hch 17,28), recuerdo que proyecta una luz vivificadora y purificadora sobre la actividad cotidiana. Para el cristiano orar es mucho más que el complimiento de un “deber”: es la satisfacción de una necesidad.

En la economía de la Nueva Alianza, es decir en el tiempo de la Iglesia, Jesucristo ha querido poner a nuestro alcance unos instrumentos particularmente eficaces de salvación y santificación: son los santos Sacramentos. Ellos son signos sagrados establecidos por voluntad salvífica de Jesucristo para comunicar a los hijos de Dios el don de la gracia. A través de signos compuestos de elementos sensibles y de palabras, los sacramentos, o bien comunican la gracia que aún no se tiene o se ha perdido, o bien fortalecen y acrecientan la que ya se posee. Es decir, son agentes de “divinización”, de inserción cada vez más honda en Cristo, la verdadera Vid (cf Jn 15, 4s), de transformación en Él, para ir llegando a ser con verdad “alabanza de la gloria de la gracia de Dios” (Ef 1,6, 12-14). Cada sacramento confiere una gracia propia que mira a una especial situación y necesidad espiritual del hombre y por eso el cristiano se esfuerza por recibirlos, cierto de que a través de ellos se irá haciendo verdad lo que san Pablo decía de sí mismo: “ya no soy yo quien vive, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20).

El centro de los sacramentos y de la vida de la Iglesia es la celebración de la Eucaristía, el Sacrificio sacramental de la Nueva Alianza. Participando en la celebración eucarística nos incorporamos en la perfecta alabanza que rindió Cristo al Padre en la Cruz, alabanza que se hace presente en cada Misa. El sacrificio es la expresión ritual de la consagración a Dios, del reconocimiento de Dios como lo único absolutamente necesario, como el punto de referencia imprescindible para realizar correctamente todas y cada una de nuestras opciones. La ofrenda sacrificial es una expresión de absoluto rechazo al pecado: por lo mismo que el sacrificio es un acto de adoración, es consiguientemente y al mismo tiempo una expresión de consagración de la vida entera a Dios (cf, Rm 14,8) y un rechazo de todos los “ídolos” que a lo largo de nuestra existencia tratan de disputar a Dios lo que le corresponde solamente a Él, consiguiendo de los hombres que dividan su corazón, colocando a creaturas en el lugar que sólo corresponde a Dios. De ahí que el cristiano consciente de su llamado a la santidad, ve en la participación diaria en el santo sacrificio de la Misa una fuente irreemplazable para conservar y acrecentar su vida para Dios, precisamente allí donde Dios lo ha colocado.

Todos los medios de santificación apuntan a la persona del cristiano y a su plenitud, que alcanzará su total dimensión en la vida eterna, en el Reino escatológico. Sin embargo esta dimensión personal no se vive en forma aislada e individualista, sino en el Cuerpo de Cristo (cf. Rm 12,5: 1 Cor 10, 17; 12,12ss; Ef 4, 4.16; Col 1,18), que es la Iglesia. La Iglesia es, por la acción del Espíritu Santo, el “lugar” de la santificación: ella nos comunica la Palabra de Dios que despierta la fe; en la Iglesia oramos y ella ora en nosotros; en comunión con ella se celebran los sacramentos y éstos nos vinculan más profundamente a ella. Por eso la santidad no es un asunto exclusivamente personal, sino que -en virtud de la “comunión de los santos”- interesa a todo el cuerpo eclesial, así como el pecado no sólo es nocivo para la persona del pecado, sino que perjudica en cierta forma a la misma comunidad cristiana.

De todos los medios de santificación habló, en forma concisa y exigente, el beato Josemaría, y los recomendó con encarecimiento a los miembros de su familia espiritual. No podía ser de otro modo.

La Santidad en la Vida Cotidiana

Lo cotidiano

Tratando de describir “lo cotidiano” pareciera que es interesante evocar otras palabras que tienen un contenido semejante, aunque con matices, y asimismo algunos términos que insinúan un contenido contrario.

“Cotidiano” puede traducirse por “corriente”, “ordinario”, “común”, “acostumbrado”, “usual” y evoca hechos y comportamientos que no tienen especial relieve, que no causan de suyo admiración y que, por lo mismo, pasan habitualmente desapercibidos y no reciben una particular valoración.

Lo contrario de los “cotidiano” es lo “excepcional”, lo “espectacular”, lo “desacostumbrado”, lo que sale fuera de lo habitual y, que por lo tanto, suscita admiración, atrae la atención y suele recibir una alta valoración.

No se necesita una especial perspicacia para advertir que nuestras vidas se juegan, normalmente, en el nivel de lo cotidiano. En toda vida humana hay algunos componentes, quizás los menos, que pertenecen al nivel de lo excepcional: acontecimientos, opciones, desafíos; pero esos componentes extraordinarios no son lo habitual en la trama de la existencia. Es posible que en ciertos casos lo “extraordinario” sea más frecuente que en otros, pero lo normal es que constituya una proporción reducida de la actividad y de la historia personal.

Hasta aquí se ha hablado de “lo cotidiano” en clave de comprobación experimental: lo que se ve, lo que se puede, en algún modo, medir o comparar. Pero hay que tener en cuenta que bajo la corteza de “lo ordinario” puede ocultarse una realidad extraordinaria no referida a aspectos cuantitativos sino a dimensiones cualitativas, generalmente espirituales y, por lo mismo, no directamente comprobables. Y así es perfectamente posible que algo apreciado como “ordinario” o “cotidiano” sea en realidad “extraordinario”, atendida su profundidad espiritual.

Los escritos del beato Josemaría Escrivá de Balaguer presentan una nítida insistencia en “lo cotidiano” como marcho habitual de la vida cristiana, pero insisten también con fuerza en la calidad “extraordinaria” en virtud de la intención, de la gracia de Dios y de conciencia de la vocación a la santidad.

Cuando se leen ciertas hagiografías, se tiene la impresión de que sus autores han querido, deliberadamente, poner el acento en los relieves espectaculares del respectivo santo o bienaventurado, y se presenta su vida como una sucesión ininterrumpida de acontecimientos excepcionales, como un cadena de milagros y prodigios, que dan al santo un aspecto sobrehumano, inalcanzable, inimitable, más propio para ser admirado que para servir de aliento y estímulo a sus hermanos en la vocación cristiana. Es cierto que la vida de algunos santos estuvo marcada por fenómenos sobrenaturales extraordinarios, pero no es menos cierto que esos mismos santos vivieron, paralelamente, una vida heroicamente anclada en lo cotidiano.

El ejemplo de san José, al que el beato Josemaría dedicó una hermosísima reflexión, es sumamente sugestivo. La vida del Patriarca transcurrió en una cauce ordinario: el de un artesano de pueblo, jefe de un hogar que no aparecía ante sus paisanos como extraordinario, pariente de sus parientes, sometido a la ley civil como todos, silencioso, justo, observante de los preceptos religiosos de los israelitas, reflexivo y sin plantear exigencias de consideraciones especiales ni de privilegios. Es cierto que en algunas oportunidades san José recibió mensajes de Dios para iluminar su conducta, pero esas revelaciones, habitualmente en sueños, constituyen momentos aislados de su vida, profundamente marcada por lo cotidiano: el trabajo, el sufrimiento, el sometimiento a las leyes religiosas y civiles, el desempeño delicado de sus responsabilidades de jefe de familia, tanto en lo que se refiere al sustento y protección de su esposa y de Jesús, como en cuanto a la dimensión religiosa del grupo familiar. San José constituye el modelo acabado del hombre justo que vivió extraordinariamente el marco ordinario en el que el Padre de los cielos situó su existencia. Tan “cotidiana” fue la vida de san José que su culto no se remonta mucho más allá del siglo XVI, y sus más primitivas imágenes, sobre todo bizantinas, lo colocan siempre encuadrado en los misterios de la Encarnación y de la infancia de Jesús.

Para tomar otro ejemplo, muy distante en el tiempo del Patriarca san José, podríamos fijar nuestra atención en el beato padre Pío de Pietralcina. Es cierto que fue objeto de su sobrenatural particularísimo, como fue el de haber recibido la estigmatización, pero es también cierto que ese fenómeno tan excepcional no alteró su vida cotidiana de sacerdote, de confesor, de religioso observante. Incluso es sabido que hizo lo que estuvo a su alcance para que la estigmatización pasara inadvertida y poquísimas veces hizo referencia a ella en sus numerosos escritos.

Pensemos en el santo y el humilde indio a quien se manifestó la Santísima Virgen María en la colina del Tepeyac, Juan Diego. Es verdad que Juan Diego recibió cuatro o cinco manifestaciones sobrenaturales de la “Madre de Aquel por quien se vive”, pero no es menos cierto que su vida transcurrió en la simplicidad de un modesto indígena, trabajador, atento a sus deberes religiosos, amante de su familia, humilde, paciente, obediente y que pasó los últimos años de su peregrinación terrenal dedicado al humilde cuidado de la modesta ermita primitiva en que se conservó en los primeros tiempos la tilma que lleva impresa, con sus rasgos mestizos, la imagen de Santa María de Guadalupe. Lo extraordinario marcó ciertamente la existencia de Juan Diego, pero no lo arrancó del marco deliciosamente simple de una vida transparente, humilde y dedicada a Dios. Se puede decir que Juan Diego, como todos los santos, vivió para Dios y murió para Dios (cf. Rom 14, 7s), y por eso desde muy pronto tuvo fama de santo y su figura es honra y prez de los aborígenes americanos, que ven en el vidente un símbolo sugestivo del llamado que Dios hace, sin acepción de personas, a la santidad.

No es del caso detallar la fuerte incidencia de lo cotidiano en la vida y escritos del beato Josemaría, pero lo que sí debe decirse, con toda justicia, es que subrayó e sus escritos la condición de lo cotidiano como el marco en que todo cristiano debe responder al llamado que Dios hace a todos sus hijos a la santidad. Puede decirse que el beato Josemaría exorcizó la errónea tendencia de querer identificar la santidad con lo extraordinario, poniendo el énfasis en lo espectacular en vez de situarla allí conde realmente está: en la perfección de la caridad (1 Cor 12,31-13,13). No es que el beato Josemaría haya inventado una doctrina nueva: su intuición se basa en la Sagrada Escritura, como se vio al principio, y tiene en cuenta la riquísima experiencia de la Iglesia cristalizada en la variedad multiforme de aquellos de sus hijos que ella reconoce como santos. En su particular percepción tiene como precursores, entre otros, a san Benito, san Francisco de Asís, santo Domingo de Guzmán y san Francisco de Sales, cuya “Introducción a la vida devota” conserva toda su actualidad. Pero el beato Josemaría fue elegido por Dios para poner de relieve un tesoro siempre actual de la fe católica y precisamente poco antes de la coyuntura histórica del Concilio Vaticano II, que reactualizó la doctrina de la llamada universal a la santidad. Por eso la familia espiritual que reconoce al beato Josemaría como su fundador tiene que contar necesariamente entre sus miembros a cristianos ubicados en todas las situaciones sociales y viviendo los más variados desafíos a que el discípulo de Cristo se ve enfrentado en el “hoy” de la historia. El mensaje del beato no se circunscribe a los miembros de su familia espiritual, sino que tiene validez para cualquier cristiano: su enseñanza es un acervo católico del que todos pueden sacar provecho para el bien espiritual de la persona y de la sociedad.

Algunas características de “lo cotidiano”

Parece oportuno hacer un intento de describir algunas notas que son constantes en el “cotidiano” cristiano y que se entrelazan formando un tejido espiritual, a la manera como los hijos de una tapiz se entrecruzan y dan origen al bello efecto propio de ese género artístico. Van a continuación algunas de esas características que creo merecen una especial atención.

La oración

Un venerable testimonio de la antigüedad cristiana, la “tradición Apostólica” de san Hipólito, que refleja los usos de la Iglesia en Roma a fines del siglo II y comienzos del III, nos dice que en el programa cotidiano de los fieles se contemplaban seis o siete momentos de oración, y nótese que no era ese un uso propio y exclusivo del clero, sino común a todos los fieles. Es posible que este testimonio tenga un ribete de idealización, pero lo que está fuera de dudas es que un cristiano de esa época oraba varis veces al día. Andando el tiempo, la oración oficial de la Iglesia, el Oficio Divino, el Opus Dei como lo llamaba san Benito, o Liturgia de las Horas como lo llamamos hoy, conserva, aunque reducido, el esquema de la alabanza de Dios distribuida en las principales horas del día. Hay que tener presente que la Liturgia de las Horas no está reservada exclusivamente al clero, pues aunque los sacerdotes y diáconos tienen la obligación canónica de recitarla diariamente, todos los fieles están invitados a tomar parte de ella, pública o privadamente, asociándose así a la Iglesia que eleva incesantemente su oración a Dios. Aparte de la Liturgia de la Horas, existen otras formas de oración recomendadas por la Iglesia y que los fieles practican según sus preferencias: el Santo Rosario, el Angelus, el Vía Crucis, la meditación, la lectura de las Sagradas Escrituras y otras devociones más particulares de alguna escuela de espiritualidad. Lo que es claro es que la oración diaria, en una u otra forma, pertenece al programa de cada día del discípulo de Cristo. Debería hacernos reflexionar la fidelidad con la que los musulmanes hacen cada día sus oraciones, a las mismas y determinadas horas, e incluso en las horas de la noche. Sin la oración de cada día, e incluso varias veces al día, es muy difícil mantener la vitalidad espiritual en medio de los ajetreos de la jornada. La oración es constitutivo imprescindible del cotidiano cristiano. “Es preciso orar siempre y nunca dejar de orar” (Lc 12,1) y hacerlo en todo lugar (1 Tim 2,8).

El trabajo

Las palabras ora et labora han sido tenidas siempre como un resumen condensado de la vida y de la espiritualidad benedictinas, pero son también expresión de dos características insustituibles de la vida cristiana. Es bueno tener presente que el trabajo pertenece al programa del hombre ya antes del pecado: Dios puso al hombre en el jardín del edén para que lo cuidara y lo labrara (cf. Gn 2,15); después del pecado el trabajo se hace duro y fatigoso y el hombre comerá el pan con el sudor de su frente (cf. Gn 3,17-19). Es legítimo afirmar que el trabajo es una ley de la vida humana y no sólo un medio para asegurar la satisfacción de las necesidades. Por eso no debe extrañar que san Pablo subraye que no comía su pan de balde, sino que trabajaba día y noche con fatiga y cansancio, para no ser carga para los demás (cf. 2 Tes 3) y a continuación dice severamente que si alguno no quiere trabajar, que no coma (cf. 2 Tes 3,10). El trabajo puede revestir muchas modalidades: manual o intelectual, artesanal o técnico; individual o en grupo; subordinado o independiente; remunerado o sin remuneración directa; libre o en servidumbre; al servicio del quehacer profano o como actividad apostólica, etc., pero todo trabajo viene a ser una especie de complemento a la obra que tiene su inicio con el poder creador de Dios, y que Él entregó al hombre para que prolongara lo comenzado hacia un proceso creciente.

Por eso el trabajo, aunque pueda ser, con frecuencia, cansador y hasta doloroso, constituye, sin embargo, una fuente de alegría cuando el hombre que trabaja ve coronados sus esfuerzos con el éxito, llámese éste cosecha, terminación de una obra, conocimiento más profundo de la naturaleza o frutos de la labor apostólica.

En el mundo actual, entre las plagas que amagan la existencia humana hay que contar ciertamente la desocupación, es decir, la imposibilidad para muchos de encontrar un trabajo. El trabajo no tiene sólo una significación en el plano natural y en el de la eficiencia técnica: para el cristiano es un medio de santificación, es decir, de cumplimiento amoroso de la voluntad de Dios y de cooperación a sus designios sobre el mundo y, en definitiva, sobre la salvación. No nos santificamos “a pesar” del trabajo, sino “en” y “por” el trabajo, a condición de que no lo realicemos con pereza y espíritu mercenario, sino con una perspectiva espiritual; “no para ser vistos, como quien busca agradar a los hombres, sino como quienes… cumplen de corazón la voluntad de Dios, de buena gana, como quien sirve al Señor y no a los hombres” (Ef 6,6s). Visto así el trabajo, es natural que se realice con empeño, con competencia, a cabalidad, con la mayor perfección posible, con profesionalidad, sin engaño, con puntualidad. ¿Nuestros ejemplos? Jesús, trabajador; la Virgen, dueña de casa; san José, artesano; san Pablo, fabricante de tiendas; el beato Juan Diego, barrendero; santo Tomás de Aquino, teólogo; san Francisco de Sales, escritor, y… ¡tantos otros!

La alegría

“Por lo demás, hermanos míos alegraos en el señor” (Flp 3,1). Tantas veces hemos oído decir que “un santo triste es un triste santo”. Jesús exultó de alegría (cf. Lc 10,21); la Virgen expresó en su cántico todos sus sentimientos de alegría (cf. Lc 1,46-55). San Pablo tenía una alegría sobreabundante aún en medio de sus tribulaciones (cf. 2 Cor 7,4). San Juan Bautista se alegró al ver la llegada de Jesús (cf. Jn 3,29). San Benito fue un santo con una alegría serena y discreta, como nos lo deja entrever su Regla monástica. San Francisco de Asís experimentó muchas veces la alegría, aún a causa de las cosas o circunstancias más simples, y nos dejó un verdadero tratado de la “perfecta alegría” en uno de los capítulos de las “Florecillas”. San Juan Bosco fue alegre y festivo.

Ser alegre es ser capaz de encontrar alegría en Cristo, aún en medio de las tribulaciones. Ser alegre es ser capaz de comunicar alegría y optimismo aún en medio de circunstancias adversas. Ser alegres es ser capaz de vencerse a sí mismo, para no hacer o decir cosas que pudieran entristecer a los demás. Se alegre es ser capaz de gozar de las pequeñas cosas que nos regala el Señor y no vivir centrados en las dificultades, las traiciones, los reveses, los fracasos. Ser alegre es ser capaz de tomar las demás personas como son, con sus valores y limitaciones, y no quedarnos rumiando sus defectos y facetas ingratas.

El anciano Simeón, cuando tuvo a Jesús en sus brazos, expresó una serena y profunda alegría de poder partir de este mundo habiendo visto al Salvador (cf. Lc 2,28-ss) y mi compatriota la beata Laurita Vicuña, moribunda a los doce años y nueve meses de vida terrenal, afirmaba que moría contenta porque el Señor le había concedido la gracia de la conversión de su madre, por la que había ofrecido su vida.

Hay santos que se han caracterizado por su alegría, como san Felipe Neri, pero todos los santos, sin excepción, han conocido lo que es la verdadera alegría, esa alegría que es el meollo de las Bienaventuranzas, o sea de la dicha y felicidad cristianas, no exactamente igual, por no decir muy diferente y ajena, a lo que el mundo considera como fuente de alegría y de felicidad.

La cruz

Jesús afirmó categóricamente que quien desea ser su discípulo debe tomar su cruz cada día y seguirlo (cf. Mt 10,38; Mc 8,34). Conviene subrayar lo de “cada día”, de modo que la cruz es un ingrediente cotidiano de la vida cristiana. Se discípulo de Cristo y rechazar la cruz es una contradicción existencial. San Pablo se quejaba de ciertos cristianos que se comportan como enemigos de la cruz de Cristo (cf. Flp 3,18) y que acaban siendo servidores de otros dioses (cf. Flp 3,19), verdaderos idólatras, incapaces de adorar a Dios en espíritu y verdad (cf. Jn 4, 23s).

La cruz de Cristo tiene muchas formas y nombres. Puede ser la enfermedad, o la pobreza, o la incomprensión, o la cobardía de los que se acomodan a las ventajas de este mundo, o la lucha interior contra lo que es opuesto al Espíritu de Dios, o la persecución por parte de los enemigos de la fe (que lo son aunque no se den cuenta o no confiesen ser tales), o las flaquezas y cobardías en el seno de la misma Iglesia, o incluso las actitudes ambiguas de personas que desean servir a Dios, pero que consideran que ello es posible a precio de transacciones sobre los principios, escudándose siempre en el “mal menor”. El martirio fue siempre un signo de la fidelidad en la Iglesia. Una Iglesia que ha tenido mártires tiene ejecutorias de autenticidad y de vitalidad. Cuando en una Iglesia no ha habido mártires, cabe preguntarse si ha sido capaz de ejercitar la bienaventuranza referida a quienes sufren persecución y calumnia por el nombre de Jesús. El cristiano debe al menos soportar la cruz y aceptarla. Más perfecto aún es amarla y abrazarla con alegría.

La cruz asume también la forma de la mortificaciones y penitencias voluntarias en la líneas de lo que decía san Pablo que “completaba en su carne o que falta a la pasión de Cristo” (cf. Col 1,24), y el mismo apóstol nos confidencia que “sujetaba su cuerpo y lo reducía a servidumbre” (cf. 1 Cor 9,27). El pecado original y nuestros pecados personales han dejado en nosotros huellas de desorden, de rebeldía, de concupiscencia, que deben sanar y no pueden serlo sino a través de la cruz. Tal es el sentido de las privaciones voluntarias de algo que agrada pero de lo que se prescinde por amor a Dios y para afianzar el señorío de Cristo resucitado sobre el hombre viejo, demasiado dependiente aún de las solicitaciones de la carne que militan contra el espíritu: “los que son de Cristo Jesús han crucificado la carne con sus pasiones y sus apetencias” (cf. Gal 5, 16-25).

El amor a la verdad

Jesús afirma que “la verdad os hará libres” (cf. Jn 8,32) y se da a sí mismo el nombre de Verdad (cf. Jn 14,6). Él mismo llama al demonio “padre de la mentira” (cf. Jn 8,14) y la Sagrada Escritura muestra a Satanás utilizando desde un principio el arma del engaño (cf. Gn 3, 4ss). Es penoso comprobar hasta qué punto la vida de muchos hombres está marcada por la mentira y el engaño, y hay sociedades en que la mentira parecería estar erigida en sistema. Engañar a todo nivel y con cualquier pretexto; mentir como recurso ordinario y que no provoca rechazo. Mentir por diversión, para obtener algún provecho, para ocultar un defecto o una acción reprobable, para adular, para hacernos pasar por mejores de lo que somos en realidad. Mentiras cotidianas, como con las que los mismo padres suelen enseñar a sus hijos pequeños, o mentiras clamorosas que esconden corrupción y deshonestidad. Mentiras que fortalecen el culto de las apariencias, de la vanidad, de lo falso. Todo un ambiente que no puede sino generar desconfianza y hacer ingrata la convivencia social. El hombre cristiano vive cotidianamente en el amor a la verdad, aunque por decirla tenga que soportar inconvenientes y hasta persecución, como le sucedió a Juan el Bautista (cf. Mt 14, 13-10; Mc 6, 17-29; Lc 3, 19s). Ser fiel a la verdad puede constituir una pesada cruz en un mundo habituado a la falsedad y al engaño, pero es un testimonio muy importante de coherencia y honestidad, un aporte inapreciable a la convivencia en confianza y en respeto mutuos, porque la mentira es un menosprecio de la dignidad del interlocutor y una burla a su derecho a conocer la verdad.

Lo pequeño

Es como decir “lo intrascendente”, lo que no tiene relieve, lo que no llama la atención, lo que no aparece como “valioso”. Es frecuente que los juicios sobre la importancia de cosas o acontecimientos sean equivocados, precisamente porque no se tiene conciencia de la importancia de las cosas pequeñas. No hay que ser un sabio para saber que la rotura de un capilar puede resultar mortal, o que unos miligramos de más o menos de azúcar pueden tener consecuencias gravísimas. El día de cada uno de nosotros está entretejido de cosas pequeñas, como pequeñas son las células de un organismo, o los granos de trigo de un saco.

No valorar lo pequeño es muestra de gran superficialidad o de poquísima perspicacia. Pero no se trata sólo de valorar lo pequeño, sino de amarlo, de realizar los pequeños gestos poniendo en ellos tanto corazón y cuidado como si de tratara de cosas trascendentes. “Levantar del suelo un alfiler, por amor, puede salvar un alma”, decía Santa Teresa del Niño Jesús, esa santa monja que vivió en simplicidad su vida de carmelita, y en tanta simplicidad que, cuando estaba moribunda, otra monja de la comunidad expresó su preocupación acerca de qué cosa que mereciera destacarse podría decir la Priora cuando sor Teresa hubiera fallecido…

Los otros

A lo largo de la jornada uno se encuentra con muchas otras personas: los que nos saludan, los que nos piden un servicio, aquellos a quienes nosotros pedimos algo; los que nos brindan un rato de compañía gratuita, los colegas de trabajo, los que llaman por teléfono, los que nos escriben una carta, los que nos expresan su apoyo, los que nos critican (rara vez de frente), los amigos, los adversarios, los que se adelantan en las “colas”, los que nos hacen zancadillas, los que nos tratan con sinceridad, los que se acercan a nosotros cuando les conviene y se alejan cuando nuestra vecindad puede resultarles perjudicial, los que nos expresan su admiración y los que exteriorizan su rechazo hacia nosotros, aquellos a quienes hemos podido hacer un servicio y aquellos otros que pensaban poder obtener un beneficio de nosotros y no se los pudimos dar, los que son afines a nosotros en materias políticas y los que militan en posiciones que no son las nuestras, etc., etc., y habría que agregar a los que son indefinidos, blandos como los moluscos, ambiguos como los cefalópodos, tibios como tortugas o resbalosos como ranas.

Y en todos ellos tenemos que descubrir el rostro de Cristo, para servirlos, comprenderlos, no odiarlos, amarlos, valorarlos y poder convivir con ellos, no sólo como quien los soporta, sino como quien en algún modo los acepta y comprende que son parte del plan sabio y misericordioso de Dios. Como Jesús se encontró con la samaritana, con Nicodemo, con María Magdalena, con los Ángeles (tan distintos unos de otros), con su primo Juan Bautista, con Caifás, con Pilatos, con los ciegos, con la muchedumbre que escuchaba sus palabras, con el centurión, con Jairo, con el cireneo, con los sacerdotes del Templo de Jerusalén, con el paralítico de la piscina probática, con los soldados que vigilaban su ejecución, con el buen ladrón, con los discípulos de Emaús, etc., etc.

Cada hombre que cruza nuestro camino o nos trae un mensaje de Dios, o espera de nosotros una actitud que le revele a Jesús. No viene simplemente para pasar desapercibido o para hacernos sacudir la cabeza en signo de molestia, sino porque en él se nos ofrece una presencia de Dios.

Los “otros” que cruzan nuestra jornada son un desafío, una llamada a descubrir a Jesús, a servirlo, a amarlo, a llorarlo desfigurado por la importancia terrible del pecado, pro así y todo llamado a ser redimido. ¿Cómo podría ser discípulo de Jesucristo y prescindir de mis hermanos? ¿Cómo podríamos olvidar que, por acción u omisión, el Señor Jesús nos dirá un día “conmigo lo hicisteis” (cf. Mt 25, 40-45)? Lo cotidiano no es nunca puramente individual, sino siempre “personal” y, por lo tanto, marcado por una especial dimensión social, consecuencia inevitable de la doctrina paulina que nos ve como miembros de Cristo, solidarios unos con otros, no sólo pro necesidad, sino por amor (cf. 12, 12-13) y por intrínseca interdependencia de naturaleza y de gracia.

Conclusión

En la obra escrita del beato Josemaría hay un acervo amplísimo de enseñanzas acerca del llamado a la santidad y de la santificación en el quehacer cotidiano. Aunque estoy muy lejos de ser un especialista en los escritos del beato, me atrevería a decir que estos tópicos son recurrentes y que constituyen dos de los pilares que estructuran su doctrina espiritual, y ello hasta el punto de conferirle un matiz característico y distintivo.

Sería tarea de nunca acabar la de hacer una antología de los textos del bienaventurado Escrivá de Balaguer que subrayan el tema de estas reflexiones. En la imposibilidad de hacerlo -y quizás haya quien ya lo haya hecho-, me limito aquí a citar unos poquísimos textos que pueden resultar sugerentes, sin pretender por cierto que sean los más notables ni los más apropiados.

El primero se lee en una homilía de 1960 y dice así: “Convencéos de que ordinariamente no encontraréis lugar para hazañas deslumbrantes, entre otras razones, porque no suelen presentarse. En cambio no os faltan ocasiones para demostrar a través de lo pequeño, de lo normal, el amor que tenéis a Jesucristo. “También en lo diminuto -comenta san Jerónimo- se demuestra la grandeza de alma… Así, el alma que se da a Dios pone en las cosas menores el mismo fervor que en las mayores’”.

En la homilía de la solemnidad de san José, pronunciada en 1963, encontramos los siguientes textos: “Sois hombres dedicados al trabajo en diversas profesiones humanas, formáis diversos hogares, pertenecéis a distintas naciones, razas y lenguas… Pues bien, os recuerdo, una vez más, que todo eso no es ajeno a los planes divinos. Vuestra vocación humana es parte, y parte importante, de vuestra vocación divina. Esta es la razón por la cual os tenéis que santificar, contribuyendo al mismo tiempo a la santificación de los demás, de vuestros iguales, precisamente santificando vuestro trabajo y vuestro ambiente… Porque, además, al haber sido asumido por Cristo, el trabajo se nos presenta como realidad redimida y redentora: no sólo es el ámbito en el que el hombre vive, sino medio y camino de santidad, realidad santificable y santificadora”.

En el clásico “Camino” hay pensamientos brevísimos y sugerentes: “La santidad ‘grande’ está en cumplir los ‘deberes pequeños’ de cada instante” (n. 817). “Las almas grandes tienen muy en cuenta las cosas pequeñas” (n. 818). “Tu perfección está en vivir perfectamente en aquel lugar, oficio y grado en que Dios… te coloque” (n.926). en “Surco” leemos: “Ante Dios, ninguna ocupación es por sí misma grande ni pequeña. Todo adquiere el valor del amor con que se realiza” (n. 487). En “Forja” se nos dice que “si queremos de veras santificar el trabajo, hay que cumplir ineludiblemente la primera condición: trabajar, y ¡trabajar bien!, con seriedad humana y sobrenatural” (n. 698).

Me queda el consuelo de haber procurado mostrar en qué gran medida la doctrina del beato Josemaría se inscribe en la más pura tradición católica, y de haber hecho un esfuerzo por mostrar que su enseñanza no constituye una espiritualidad restringida a su familia, sino que es patrimonio de la Iglesia, como suelen serlo las enseñanzas de los grandes santos. Creo que se puede decir que el legado de Josemaría Escrivá de Balaguer está acreditado por una nota de universalidad y de catolicidad.


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