En sociedades secularizadas, la Iglesia ha llegado a ser guardiana de la memoria.

“Haced esto en memoria mía”. Muy pocas frases del Nuevo Testamento tienen el mismo peso de esta expresión. Se repite la misma en dos pasajes, refiriéndose ambos a la institución de la Eucaristía (Lc 22, 19 y 1 Co 11, 24-25). Como haciendo eco, San Pablo escribía a su vez: “Acuérdate de Jesucristo” (2 Tm 2, 8). En cada misa, el sacerdote renueva la invitación. Esto permite intuir que existe una estrecha relación entre la Iglesia y la memoria. Hacer memoria es propio de la esencia de la misión de la Iglesia.

En los tiempos en que yo enseñaba, los estudiantes siempre me constreñían a precisar el significado de las palabras que empleaba. “¿Dijo usted memoria? ¿Pero qué es memoria?”. Respondía que era aquello que permite ir adelante en la vida con una certeza reforzada año tras año. La memoria es ese lugar íntimo donde almacenamos los hechos de la vida para volver a encontrarlos en el momento oportuno en forma de experiencia, cada vez que es necesario, para hacer que sean más seguras las decisiones por tomar. Podríamos también llamarla nuestro cofre de los tesoros. Aumenta a medida que dejamos de lado recuerdos y obtenemos enseñanzas. Gracias a ella avanzamos más en nuestro camino de vida y adquirimos más seguridad.

La memoria tiene un rol comparable con el de la quilla de una embarcación. El motor transmite a esta última los impulsos necesarios para avanzar, y el timón mantiene la dirección tomada, pero la quilla es la que garantiza la estabilidad. Lo que es verdad para la persona también es válido para la sociedad.

Al ser nombrado Bibliotecario y Archivero de la Santa Iglesia Romana, recibí en cierto modo el Ministerio de la memoria. El Secretario de Estado destacaba la existencia de un vínculo entre esos dos servicios, una interdependencia entre pasado y futuro. ¿Cuál era este vínculo? ¿Es verdad que la memoria prepara el futuro? ¿Y cómo?

Identidad y confianza

En su exhortación apostólica Evangelii gaudium [1], el Papa Francisco explica que “la memoria es una dimensión de nuestra fe que podríamos llamar «deuteronómica», en analogía con la memoria de Israel. Jesús nos deja la Eucaristía como memoria cotidiana de la Iglesia” (§ 13). En el Antiguo Testamento, Dios, dirigiéndose a su pueblo para revelarle lo que quiere llevar a cabo para él y enseguida lo que espera recibir del mismo, comienza haciendo memoria de todo cuanto ya ha realizado en su favor. Antes de entregarle la Ley, Él se presenta en estos términos: “Yo soy Yahvé tu Dios, que te he sacado del país de Egipto, de la casa de servidumbre” (Dt 5, 6). Es evidente entonces que en el acto de recordar hay una doble función. Por una parte, la memoria permite acceder a la identidad, en este caso a la identidad de Dios; pero la observación también es válida para los seres humanos: cuando una persona tiene dudas sobre su identidad, recurre a su memoria; le recuerda hechos pasados o las circunstancias de un encuentro anterior, que le permitirán ubicarse.

Por otra parte, el acto de la memoria coloca los fundamentos para la confianza: de hecho, precisamente por cuanto Dios lo ha liberado de la esclavitud de Egipto, el pueblo puede otorgar crédito a sus peticiones —en este caso la obediencia a la Ley— y a sus promesas; pero esta observación también es válida para la vida social: precisamente porque conservo la memoria del bien realizado por una persona en el pasado para mí, puedo confiar en la forma en que esa persona se comportará en el futuro en relación conmigo.

Identidad, confianza: estos dos términos nos sirven de hilo conductor en nuestro camino.

La cohesión de un grupo social, político o religioso, y más aún su futuro, dependen en gran parte de la capacidad de hacer memoria sobre los propios orígenes. La adhesión a Europa, por ejemplo, no será ciertamente la misma en caso de referirnos a los “padres fundadores”, Robert Schumann y Alcide De Gasperi, es decir, a quienes quisieron crearla y al espíritu con el cual dieron los primeros pasos, o si se considera que Europa no necesita plantearse interrogantes sobre sus propios orígenes, por ser una idea que debe reinventarse constantemente. ¿Tiene raíces cuyo recuerdo podría iluminar los desafíos de hoy? ¿O aspira simplemente a convertirse en un inmenso mercado sin fronteras geográficas, sin pasado ni cultura? Se trata además de una cuestión esencial de identidad.

Recuerda a Jesucristo

El cristianismo se refiere a Jesús de Nazaret, Dios y hombre verdadero, como su fundador. Y este es el título elegido por el teólogo Joseph Ratzinger, elegido Papa con el nombre Benedicto XVI, para su trilogía publicada entre 2007 y 2012. En diciembre de 2013, la Fundación Joseph Ratzinger / Benedicto XVI [2] organizó en Roma un simposio centrado en este tema: ¿cómo podemos llegar a conocer la imagen más exacta y más auténtica posible del fundador? ¿Nos permiten los Evangelios recuperar de manera creíble la humanidad histórica de Jesús de Nazaret? Más que para otras religiones que no tienen un verdadero fundador históricamente rastreable, como el hinduismo, por ejemplo, para el cristianismo es vital mostrar la propia fidelidad a la persona de Cristo, a lo que dijo y realizó —con sus acta et passa, dirían los teólogos medievales—, pero también a lo que prometió.

Así, el cristianismo pone en práctica cuatro actos de memoria. Existe al respecto lo que podría definirse como memoria de los lugares. El creyente siente la necesidad de encontrar los ambientes mismos donde Cristo vivió, de respirar el mismo aire que Él respiró, de ver la misma luz, de recorrer esos mismos itinerarios, de tocar las piedras, de mirar los edificios que ciertamente lo vieron pasar…

Los Evangelios son sorprendentemente precisos —como señala el historiador Jean-Christian Petitfils [3]— al mencionar una aldea o un barrio de Jerusalén, o una montaña o las orillas de un río donde Jesús se dirigió a predicar, a realizar milagros o a rezar. En su libro La Galilée, Pierre Loti, cuya casa tuve el placer de ver hace poco tiempo en Valparaíso, canta la dulzura de los paisajes conocidos por Cristo. Escuchaba allí la flauta de los pastores, que no debía haber cambiado desde los siglos pasados.

Semejante deseo por parte del creyente es propio de lo que se podría llamar “estrategia amorosa”: después de dejarnos el ser amado, ¿no sentimos tal vez la necesidad de volver a encontrar los lugares y las cosas que nos siguen hablando de esa persona a pesar de su ausencia?

Por extensión, la memoria cristiana —o la memoria católica, o la memoria ortodoxa, ya que no ocurre lo mismo con la memoria protestante— busca un contacto, que podemos definir como físico, con aquellos que conocieron a Cristo de cerca. A esta segunda tipología la llamamos memoria de la cercanía (o de la proximidad). Acercarse a quienes estuvieron junto a él, por haber sido sus contemporáneos, como María, su madre, y sus discípulos, o porque la santidad de ellos elaboró imágenes especiales y particularmente conmovedoras de la santidad de Cristo, significa acercarse a Cristo mismo.

Así se explica el fenómeno de las peregrinaciones, que hace al cristianismo ser una religión sumamente física, en la cual el creyente siente la necesidad de tocar para ser él mismo tocado. Ciertamente, el peregrinaje como tal no es un fenómeno único del cristianismo: bastaría pensar en La Meca o en Benarés. A estos lugares se acude para cumplir con un precepto, realizar un voto o pedir una gracia, como una curación, por ejemplo. Estas motivaciones no son por lo demás ajenas a la práctica cristiana; pero en esta última existe además el deseo de llegar al fundador a través de las personas que pusieron su existencia en sintonía con la de Cristo: la Santísima Virgen, seguramente, en Lourdes, Loreto o Guadalupe; los apóstoles que siguieron al Maestro hasta la muerte, en Roma o en Santiago de Compostela, por hablar solamente de los lugares más frecuentados.

El tercer acto de la memoria es sorprendente. La Iglesia es llamada Cuerpo de Cristo (Lumen Gentium, 7). Por cuanto hace memoria de las palabras y los gestos de su fundador, la Iglesia no solo busca fidelidad en relación con la letra o precisión histórica, como correspondería con cualquier personaje del pasado; la Iglesia desea mostrar lo que el Viviente hoy todavía sigue diciendo y haciendo. Se compromete a hacer presente a Cristo entre los hombres de todos los tiempos y todas las civilizaciones. Esta es la misión esencial de la Iglesia peregrina. El carácter sacramental representa su esencia misma: de hecho, un sacramento transmite la vida misma de Cristo resucitado y hace partícipes de su naturaleza a quienes lo reciben; es fuente de gracia. Se puede entonces hablar con pleno derecho de memoria sacramental.

Algunos teólogos han visto en la memoria cierto carácter divino. San Agustín, por ejemplo, consideraba la memoria una facultad humana en sí misma, distinta del intelecto y la voluntad, pero a la par con estos. Veía en ella la huella más significativa de la creación del hombre a imagen de Dios.

Un jardín en el bolsillo

La preocupación por el recuerdo explica el esmero con que el cristianismo ha conservado los escritos que tratan sobre Cristo en su paso entre los hombres y sobre la Iglesia enviada en misión. Se podría hablar por último de la memoria de los escritos. Permítase al Archivero-Bibliotecario del Vaticano detenerse un poco en este último tipo de memoria, considerando en todo caso que no supera en importancia a las tres anteriores.

Desde los albores de la Iglesia de Roma, los Papas han acostumbrado registrar en su scrinium (archivo) personal los gesta martyrum, los códices litúrgicos, la memoria de las consagraciones episcopales, las donaciones hechas a la Iglesia. La exigencia de conservar estos documentos nació de la necesidad de dictar los primeros pasos de la Iglesia naciente. Estos documentos aumentaron a medida que se desarrollaba el rol del Pontífice romano como jefe de Estado que establecía relaciones diplomáticas con numerosos países y sobre todo como jefe de una Iglesia que adquiría un carácter cada vez más universal.

Es preciso esperar hasta el Papa Pablo V, en 1611-1612, para que los diversos fondos existentes se reagrupen en lo que hoy se llama Archivo Secreto Vaticano. Esta denominación despertó la fantasía de algunos novelistas, como Dan Brown, que nunca han puesto los pies en nuestra institución, pero han aprovechado, con el gran éxito popular y financiero que conocemos, la absurda idea del complot y de los secretos cósmicos que la Iglesia quisiera a toda costa ocultar. La realidad es más prosaica… y menos novelesca. Del latín secretum, el término “secreto” sencillamente significa que el archivo se encuentra a disposición del Papa, al mismo tiempo pastor y jefe de Estado. Con sus 87 kilómetros de estanterías y sus millones de documentos, aún no inventariados totalmente, el Archivo Secreto Vaticano ha llegado a ser el más rico del mundo.

Cuando el Papa Benedicto XVI me nombró para el cargo que actualmente ocupo, me confió que él mismo habría deseado desempeñarlo si no hubiese sido elegido para el trono papal. Agregó: “Le confío los tesoros de la Iglesia”. El término puede asombrar: los verdaderos tesoros de la Iglesia son más bien los santos, los sacramentos o eventualmente los pobres. Se justificaría entonces el asombro. El escritor latino Terencio decía: “Nada de lo que es humano me es ajeno”. Esto vale, con mayor razón, para la Iglesia: con sus múltiples matices, lo humano le habla de Dios, porque la humanidad fue creada a imagen de Dios. Se puede entonces ver en nuestra Biblioteca la memoria no solo de la Iglesia, sino también del humanismo tout court. En el prestigioso Salón Sixtino, las grandes bibliotecas de la humanidad están situadas frente a los concilios ecuménicos, ilustrando así el necesario diálogo entre la fe y la razón, la necesidad que cada uno tenía del otro para avanzar en su propio ámbito.

La Biblioteca Apostólica Vaticana tuvo su origen poco antes de 1450, fundada por el Papa Nicolás V, quien ya había trabajado en el nacimiento de la primera biblioteca “moderna”, en el convento dominico de San Marcos, en Florencia (donde se encuentran los maravillosos frescos del Beato Angélico). El Papa encargó la adquisición de libros en mercados de Oriente y Occidente; envió a sus hombres de confianza a las tierras más remotas para reunir las obras más representativas del genio humano. A partir de aquel entonces, las adquisiciones prosiguieron con ritmo variable, pero sin interrupciones.

Así, la Biblioteca Vaticana constituye un tesoro para la Iglesia y para la humanidad entera. De acuerdo con la voluntad de su fundador, es una biblioteca humanista, ya que procura reunir lo mejor de la cultura humana para ponerlo a disposición de los investigadores de todo el mundo, sin distinción de religión. No es por consiguiente una biblioteca eclesiástica, como es posible ver en los Seminarios o en las Facultades de Teología, si bien en estas las obras de teología, filosofía y derecho canónico se encuentran en abundancia. Distribuidos en 54 kilómetros de estantes, sus fondos más consistentes son los de la Biblia y los manuscritos antiguos, de la ciencia, la medicina, las matemáticas y la astronomía, de la historia y el arte (sobre todo música y gráfica), sin olvidar una de las colecciones más ricas de medallas en el mundo.

Nuestra Biblioteca Vaticana está orgullosa de poseer, además del famoso Codex Vaticanus, que es el manuscrito completo más antiguo de la Biblia en griego (en la Biblioteca Vaticana desde fines del siglo XV), el Papiro Bodmer XIV-XV (ahora Papiro Hanna 1 [Mater Verbi]), de reciente adquisición, que conserva los Evangelios de Lucas y Juan (datable entre los años 180 a 220). No es tan poco común sacar a la luz textos cuya existencia se desconocía totalmente. Es así como se han encontrado en época reciente el Libro VI de la obra De Republica de Cicerón, el manuscrito autógrafo del Ateísmo triunfante, de Tommaso Campanella, o incluso el único manuscrito de la Ética de Spinoza.

La historia de las bibliotecas ciertamente no se asemeja a un largo río tranquilo. La conservación de los escritos se enfrenta con tremendas dificultades. Algunas tienen relación con problemas técnicos; otras pueden atribuirse a hechos históricos desafortunados: incendios, dispersiones, destrucciones voluntarias…

Cuando quiso abatir el ánimo polaco, Hitler dio orden de aniquilar la Biblioteca de Varsovia. Como bibliotecario, fui invitado por el gobierno de Serbia a suscribir en Belgrado un acuerdo entre la Biblioteca Vaticana y la Biblioteca Nacional de Serbia. Mis interlocutores recordaban con emoción cómo en 1941 las bombas alemanas desencadenaron un fuego de siete días que redujo la biblioteca a cenizas. Me pedían buscar manuscritos antiguos que les permitiesen reconstruir parte del puzzle de su memoria desaparecida. En Francia, no fueron menores los actos de barbarie experimentados. Siendo jefe de Roma, Napoleón dio orden de trasladar a París el Archivo y parte considerable de la Biblioteca del Vaticano antes que el Congreso de Viena ordenase su repatriación… Así, bibliotecas y archivos se han convertido en símbolos de la identidad social, expuestos sobre esta base a conflictos de carácter ideológico.

Menos destructivos, pero igualmente devastadores, los conflictos internos afectan periódicamente la misión humanista de la Iglesia. Cierto romanticismo de la pobreza impulsa a la Iglesia, de manera recurrente, a deshacerse de estas “señales de riqueza y poder”. Así, su historia está salpicada de manifestaciones anti-intelectuales o antihumanistas, que proponen simplificar y abandonar la carga inútil de la cultura, como si fuese un obstáculo para la fe. “¿De qué sirve saber todo esto?”, me preguntó un día una persona después de haber yo recordado la riqueza de la cultura cristiana. “Basta tener la fe, ¡y la fe es para la gente sencilla!”: me quedé sin palabras.

Existe por lo tanto en nuestra Iglesia, desde sus orígenes, un auténtico amor a los libros y a los archivos. Decía Birgitta de Suecia: “Un libro es como un jardín que se puede poner en el bolsillo”. Sin embargo, sería un error, como ocurre demasiado a menudo en nuestros días, presentar el cristianismo como una “religión del libro”, como el Islam. Para nosotros, el libro es puramente un apoyo que apunta a abrir el espíritu y el corazón a la obra del Espíritu Santo. En sí misma, “la letra mata, mas el Espíritu da vida” (2 Co 3, 6).

¿Cuál es el porvenir del libro? La cuestión se plantea desde que la informática ha dado acceso a todas las informaciones del mundo. Mientras en el metro de París todavía se encuentran pasajeros leyendo el diario o una novela, en el metro de Seúl, donde cada uno está inmerso en su tablet o su portátil, nada de eso se encuentra. Me doy cuenta de las enormes ventajas con que ha contribuido la informática: una mejor conservación de aquello que corre riesgo de estropearse con el tiempo. Gracias a la generosidad de una gran empresa japonesa, nuestra Biblioteca Vaticana ha comenzado por lo demás a aplicar esta tecnología a sus fondos de manuscritos antiguos. ¿Está el libro entonces condenado a desaparecer? No me atrevo a creerlo, porque un libro puede convertirse en un amigo con su “cuerpo”, su olor, su estructura, su forma y su pátina, con el lugar que ocupa en nuestra biblioteca, por último en nuestro corazón. Como dice Carlos Ruiz Zafón en su cautivadora novela: “Cada libro, cada volumen que ves tiene un alma. El alma de quien lo ha escrito y el alma de quien lo ha leído han vivido y reviven en él. Cada vez que un libro cambia de manos, cada vez que alguien recorre sus páginas con su mirada, su espíritu crece y se vuelve más fuerte” [4].

Experto en humanidad

La Iglesia es la más antigua institución continuamente activa de la humanidad: más antigua que los Estados, más que las universidades. Presente ya en Israel (Lumen gentium), ha atravesado civilizaciones devoradas por el secreto de la Historia, de las cuales en muchos casos ha conservado una parte considerable del patrimonio moral, es decir, del inmenso esfuerzo realizado por los hombres de buena voluntad para conducir una vida más feliz en una Ciudad más justa. La memoria de la Iglesia se ha convertido así en la memoria de gran parte de la humanidad. En este sentido, la memoria, incluso cristiana, no solo pertenece a la Iglesia, que a su vez no debe comportarse como si tuviese su propiedad, decidiendo arbitrariamente conservar determinadas partes y rechazar otras. No le corresponde dilapidar ni dispersar este patrimonio, so pena de incurrir en una traición a su propia misión. Por el contrario, se le impone velar escrupulosamente por este depósito, que aun cuando no sea el depósito de la fe, no es menos precioso.

Sobre esa base, la Iglesia está llamada a desempeñar un rol decisivo en el progreso moral de la humanidad. Cada avance ciertamente requiere una conciencia viva e íntegra de este patrimonio. También en las sociedades secularizadas —y en cierto modo sobre todo en estas, precisamente por su mayor inclinación a borrar el pasado—, la Iglesia ha llegado a ser guardiana de la memoria. Y precisamente a causa de la diversidad de sus opiniones y creencias —ya sea porque no comparten la fe cristiana o porque se oponen a esta— nuestros contemporáneos buscan en la Iglesia su propia memoria. La mayoría ya no le pide, como en la era de la cristiandad, normas y prescripciones; reclama, en cambio, el anuncio de valores fundamentales que a través de la diversidad cultural den testimonio del esfuerzo común de los hombres hacia lo que es “bello y bueno”.

Y se incurriría en un contrasentido si se redujese esta custodia a la de un guardián de museo. La Iglesia conserva, ciertamente, pero para salvar. Su vigilancia es la de un profeta. Presentándose por primera vez en la tribuna de las Naciones Unidas, en 1965, el Papa Pablo VI declaró de este modo la propia identidad: “Me llamo Pedro; soy experto en humanidad”. El rol de la Iglesia es velar y despertar. Con asistencia del Espíritu Santo, sabe mirar a lo lejos, incluso muy lejos: ilumina sobre aquello que podría llamarse “la profundidad de lo que está en juego”.

Esta misión profética de la Iglesia no le ahorra el conflicto con cierta modernidad según la cual la Historia no daría respuestas a las interrogantes del presente. Sin embargo, esta modernidad no está libre de contradicciones. En su dimensión técnica, se esfuerza al máximo por la conservación de los datos, que es una manera de hacer referencia a la memoria; sabe muy bien que “cada generación no reinicia el camino desde el principio”. En compensación, en los asuntos vinculados con la antropología, la filosofía, la ética, el arte de vivir, esta misma modernidad considera que nada debe esperarse de las lecciones de los Antiguos. ¡Tiempos nuevos, nuevas soluciones! De hecho, los programas escolares reducen cada vez más el espacio asignado a las ciencias de la memoria en beneficio de las materias científicas.

Quien ha perdido la propia memoria, también ha perdido de golpe la propia identidad y se vuelve incapaz de guiarse a sí mismo. Quien padece de amnesia no tiene futuro. La observación vale para los individuos en los cuales la pérdida de la memoria se estudia a nivel de patología, como en el caso de la enfermedad de Alzheimer. También es válida para la colectividad. Las naciones modernas multiplican los aniversarios e instituyen “festividades conmemorativas”. Sin embargo, se puede dudar de su eficacia, hasta el punto que las generaciones más jóvenes no se encuentren sensibilizadas e iniciadas en la riqueza de un pasado común. En este sentido, la crisis de 1968 puede interpretarse como una crisis de la memoria: por primera vez en la historia moderna, una generación ha decidido hacer tabla rasa del pasado. Lúcidamente, voluntariamente, ha decidido no transmitirlo.

Ahora bien, aquel que olvida su pasado está condenado a repetirlo. “Quien no recuerda, no vive”, aseguraba el filólogo italiano Giorgio Pasquali.


Notas:

[*] “Lectio Magistralis” con motivo de la inauguración del año académico del Ateneo Pontificio “Regina Apostolorum” (5 de octubre de 2015).
[1] Exhortación del 24 de noviembre de 2013.
[2] La Fundación ha comenzado a publicar las obras completas de Joseph Ratzinger. Para la traducción al francés, véanse las ediciones “Parole e Silenzio” (Palabras y Silencio) a partir de 2014.
[3] J.-C. PETITFILS, Jésus, París, Fayard, 2011. Los exégetas detestan a quienes se aventuran en su ámbito: hacen del mismo una especie de reserva de caza. Han criticado muchísimo a quienes, a pesar de estar dotados de indudable competencia profesional, osaban no obstante hacer una investigación histórica sobre Jesús. Se puede consultar también A. PUIG, Jesús. Una biografía, Edhasa, Buenos Aires, 2006.
[4] C. RUIZ ZAFÓN, l’Ombre du vent, Grasset, París, 2004 (pp. 12-13).

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