Si siempre es un desafío comentar una encíclica, lo es más con Fratelli tutti, que el Papa Francisco entregó en octubre de este año 2020. Cada uno de sus ocho capítulos, fáciles de leer, son densos en sugerencias. Me centraré en su invitación a crear una “cultura del encuentro” a través del diálogo y la amistad social.

Antes me gustaría destacar que el texto mismo es un diálogo entre el Papa y la sociedad de hoy. El registro que utiliza, lo cuidado de su lenguaje al realizar el diagnóstico, la comprensión hacia debilidades y errores, el uso de los condicionales, la cantidad de matices empleados, hacen que su propuesta –clara, audaz, sin concesiones– tenga el tono de una conversación, de un intercambio de ideas.

El acento aparece desde el inicio. Francisco escribe desde sus “convicciones cristianas” (n. 6), pero aclara que quiere abrir un diálogo con “todos los hombres de buena voluntad” (n. 6), puesto que “nadie puede pelear la vida aisladamente (…) solos, se corre el riesgo de tener espejismos (…), los sueños se construyen juntos” (n. 8). Añade que el texto no es un resumen doctrinal sobre el amor fraterno (n. 6), sino una reflexión sobre la amistad social para que reaccionemos y vivamos una vida “con sabor a Evangelio” (n. 1), vida que “no se quede en las palabras” (n. 6).

Se dirige a cada persona en singular,  pero  anima a sumarse a “los otros” y sus acciones. Reitera la importancia de un “nosotros”, que “sea más fuerte que la suma de pequeñas individualidades” (n. 78), un nosotros que posibilite habitar una “casa común” (n. 17).

Como en toda buena conversación, se adelanta a las objeciones y apuesta por la grandeza y capacidad de entrega de cada persona. Leída por un cristiano esta encíclica que se inscribe en la Doctrina Social de la Iglesia es una propuesta posible: en una nota a pie de página advertirá con sencillez que “los cristianos creemos, además, que Dios nos ofrece su gracia para que sea posible actuar como hermanos”[1]. Para los hombres de buena voluntad invitados a esta conversación, el descubrimiento de “que todo ser humano posee una dignidad inalienable” es factible, puesto que la inteligencia puede “escrutar en la realidad de las cosas, a través de la reflexión, de la experiencia y del diálogo, para reconocer esa realidad que la trasciende…” (n. 213).

Su diagnóstico inicial es duro: “no advertimos un rumbo realmente humano (…) Da la impresión de que se está produciendo un verdadero cisma entre el individuo y la comunidad humana”[2]. Relee con mirada contemporánea la parábola del buen samaritano y se pregunta por qué seguimos pasando de largo. Advierte en las personas una “peligrosa indiferencia”, una “triste distracción”; estamos “ensimismados”, concentrados en nuestras propias necesidades, nos parece que tenemos encargos importantes, quizá no queremos perder tiempo o ya no hay costumbre de ayudar al que no conocemos[3].

Introduce así la necesidad de abrir diálogo con “el otro”, el distante, el desconocido, el diferente. Dirá que “hemos crecido en muchos aspectos, pero somos analfabetos en acompañar, cuidar y sostener a los más frágiles y débiles” (n. 64). Propone como modelo de buen ciudadano –del propio país y del mundo entero– al samaritano, que con sus gestos reflejó que “la existencia de cada uno de nosotros está ligada a la de los demás, (que) la vida no es tiempo que pasa, sino tiempo de encuentro” (n. 66).

Denuncia que “en la sociedad globalizada, existe un estilo elegante de mirar para otro lado que se practica recurrentemente: bajo el ropaje de lo políticamente correcto o las modas ideológicas, se mira al que sufre sin tocarlo, se lo televisa en directo, incluso se adopta un discurso en apariencia tolerante y repleto de eufemismos” (n. 76).

Francisco propone como previo al diálogo, y esencial a él, el amor: “desde la intimidad de cada corazón, el amor crea vínculos y amplía la existencia cuando saca a la persona de sí misma hacia el otro” (n. 88). Un amor que no se limita a los cercanos, que reclama una apertura que integre “todas las periferias” (n. 95).

Habiendo preparado así a su interlocutor –a cada uno de nosotros–, llega al capítulo sexto y su propuesta central: “para encontrarnos mutuamente necesitamos dialogar” (n. 198).

Sobre el telón de fondo de la parábola del Buen Samaritano –y la pregunta ¿por qué siguieron de largo?[4]– dirá que las personas escapan hoy de la realidad (n. 199) para refugiarse “en mundos privados” o en acciones de “violencia destructiva”.

Es una sociedad que “baipasea” sutilmente el diálogo: que evita al otro porque lo considera insignificante, irrelevante, sin valor para la sociedad (n. 218); desprecia “al diferente”, más aún, cuando sus reclamos perjudican de algún modo los propios intereses; ignora “los derechos de otros” (n. 219); no quiere ceder en algo por el bien común (n. 221).

Es una sociedad que confunde lo que es el diálogo. Lo piensa como “un febril intercambio de opiniones en redes sociales”; o simples “monólogos” que se imponen por sus “tonos altos y agresivos”; o una “descalificación” que se ha hecho cotidiana; o una argumentación con “hechos” que cierra toda posibi- lidad de argumentar; y, muchas veces, con un pseudodiálogo que busca solo defender intereses propios, o áreas de poder (n. 201).

Casi nunca hay en el diálogo “una búsqueda conjunta que genere bien común” (n. 202).

De este diagnóstico –evadir la realidad, evitar al “otro”, mal comprender el diálogo, no apuntar con él al bien– nace su propuesta. Vivimos en una sociedad pluralista. Francisco no propone homogeneizarla (n. 228), ni “contener sus diferencias”, tampoco agrupar en ella “solo a los puros” (n. 217). Por el contra-  rio, invita a promover un diálogo social verdadero, que lleve a la amistad social. Crear “una cultura del encuentro” que busque puntos de contacto, tienda puentes, con proyectos que incluyan a todos.

El diálogo es el camino más adecuado para “reconocer aquello que siempre debe ser afirmado y respetado y que está más allá del consenso circunstancial” (n. 211).

¿El sujeto de estas acciones? Todos, no solo algunos (n. 217). ¿El modo de lograrlo? Diálogo entre todos, sin dejar a nadie fuera.

El modo de definir la cuestión, los términos utilizados, los matices planteados muestran que Francisco conoce las dificultades. No hay ingenuidad ni idealismo en su propuesta.

Dirá que “el auténtico” diálogo social supone la capacidad (piensa que todos la tenemos) de respetar el punto de vista del otro, aceptando la posibili- dad (solo pide apertura a la posibilidad) de que el otro haga un aporte. Un aporte legítimo, agrega, haciendo un matiz importante y realista. Añade que esto requiere aceptar que el otro habla desde su identidad propia. Cuando en una persona o un grupo hay coherencia entre pensamiento y acción, toda la sociedad se beneficia. Pero incluso entonces ese grupo debe abrirse a otros para intentar comprender el sentido de lo que dicen y hacen, aunque ello no se asuma como una convicción propia (n. 203).

Eso es amistad social. Solo este tipo de diálogo asegura sinceridad, no disimular las propias creencias y convicciones (n. 203). Un diálogo así elimina el silencio producido por el miedo o el desinterés.

Describe el diálogo también desde una perspectiva más académica. Con valentía “conversa” con los grandes temas y conflictos clásicos que se plantean hoy. Las propias convicciones, ¿facilitan o impiden el diálogo? Su respuesta es que lo facilitan, que se puede hablar desde las convicciones, siempre que estas se transparenten (n. 203). Define el consenso, plantea sus límites y lo distingue de una mera negociación. Afirma que el relativismo no es una solución, porque envuelto bajo la tolerancia permite que los valores sean interpretados por los poderosos, según las conveniencias del momento (n. 206).

Hace una apuesta valiente en estos tiempos: la verdad como punto de partida y meta del diálogo, su posibilidad, cómo descubrirla, cómo luchar por ella (n. 207).

Tiene confianza en un hombre que es capaz de ir más allá de las conveniencias del momento y “captar algunas verdades que no cambian, que eran verdad antes que nosotros y lo serán siempre” (n. 208), en un diálogo enriquecido e iluminado por razones, por variedad de perspectivas, por aportes de diversos saberes y puntos de vista (n. 215).

Anima a desenmascarar lo que califica de “manoseo, desfiguración y ocultamiento de la verdad en los ámbitos públicos y privados” (n. 208).

Y es extremadamente claro para advertir el peligro de los “consensos circunstanciales” (n. 211).

Hace una pregunta dramática: “¿no podría suceder quizás que los de- rechos humanos fundamentales, hoy considerados infranqueables, sean negados” por los poderosos de turno, luego de haber logrado el “consenso” de una población adormecida y amedrentada, por un relativismo que per- mite imponer supuestas verdades, por un individualismo flojo para buscar valores más altos, por un mero cálculo de ventajas y desventajas, porque (se afirma con falsedad) que no “existe el bien y el mal en sí”? (nn. 209-210).

La afirmación de que “todo ser humano posee una dignidad inalienable es una verdad (…) más allá de cualquier cambio cultural” (n. 213). Verdad que se descubre cuando las personas a través del diálogo se “atreven a llegar hasta el fondo” (n. 212). Entonces, nadie puede sentirse autorizado por las circunstancias a negar esta convicción o a no obrar en consecuencia (n. 213). Esta argumentación lo lleva a una afirmación rotunda: “no hay ninguna diferencia entre ser dueño del mundo o el último de los misera- bles de la tierra: ante las exigencias morales somos todos absolutamente iguales” (n. 209).

El camino que ha recorrido es asumir la realidad tal como es, buscar –porque es posible– la verdad, una verdad que apunta al bien. Anima a un diálogo en el que participan todos y que implica también la posibilidad de ceder algo por el bien común (n. 221).

Su apuesta es por una nueva cultura del encuentro que vaya más allá de la diversidad y los enfrentamientos, formando “una unidad cargada de matices”. Que se logre una “sociedad donde las diferencias convivan complementándose, enriqueciéndose e iluminándose recíprocamente, aunque esto implique discusiones y prevenciones –es realista el Papa, y es optimista–, porque de todos se aprende algo, nadie es inservible, nadie es prescindible. Esto implica incluir las periferias (n. 215).

Propone un encuentro que comience con actitudes, para hacerse luego hábito y, finalmente, cultura (n. 218).

Cierra este capítulo sexto proponiendo una actitud y una acción concreta y cotidiana: recuperar la amabilidad en las relaciones personales. Nuevamente se adelanta a las objeciones: la amabilidad no es una actitud burguesa o superficial, no es un detalle menor (n. 224). Hoy el individualismo consumista “provoca mucho atropello”, ve a los demás como obstáculos. La amabilidad que sugiere no es algo mecánico. No consiste solo en tratar al otro cuidando de no herirlo con el lenguaje o los gestos. Anima a más: a estar tan cerca del otro, comprenderlo tan bien que podamos darle las palabras de aliento que lo reconforten, fortalezcan, consuelen, estimulen. Es un esfuerzo que, vivido día a día, creará una convivencia sana que venza las incomprensiones y prevenga los conflictos (n. 223); más importante: que permita a todos “el derecho de ser felices” (n. 224).

En el último capítulo emociona la humildad con la que propone abrir un espacio a Dios en la sociedad: “los creyentes pensamos que sin una apertura al Padre de todos no habrá razones sólidas y estables para el llamado a la fraternidad. Estamos convencidos (de) que solo en la conciencia de hijos que no son huérfanos podemos vivir en paz entre nosotros” (n. 272).

No asegura un éxito en el corto plazo. No parece interesarle. Le importa, sí, que se inicie el  cambio de actitud. Que dejemos de lado el “yo” y nos coloquemos en “modo nosotros”. Que afinemos la escucha. Que apuntemos a acciones en conjunto porque ellas sí suman. Suman aún más cuando el otro al que me uno es muy diferente a mí en convicciones y estilos de vida.

Solo así nos construimos en “un nosotros” que habita la casa común. Una casa que Francisco entiende como el mundo entero con un amor que se extiende más allá de las fronteras. Eso es la “amistad social”: “porque nuestra sociedad gana cuando cada persona, cada grupo social se siente verdaderamente en casa…” (n. 230).

Para cualquier lector, la suya es una propuesta realista. Realista y comprensiva con las limitaciones propias de las personas. Realista y optimista respecto de las expectativas y el resultado. En “cristiano” diríamos que es un texto esperanzado.

María José Lecaros es doctora en Comunicación y académica de la Universidad de los Andes. También es presidenta del Consejo de Ética de los Medios de Comunicación de Chile.
1. Papa Francisco; Fratelli tutti. Vaticano, 2020. Ver nota 208.
2. En el primer capítulo desarrolla su diagnóstico entre los n. 9 a 54. Las citas son del n. 29 y 31 respectivamente.
3. En los números 64 y 73 aparecen estas descripciones.

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