La tercera encíclica del Papa Francisco, Fratelli tutti, sobre la fraternidad y la amistad social, es, en mi opinión, su testamento espiritual.

Si alguien quiere saber qué siente, qué le duele, qué cree, cuáles son sus fuentes de inspiración, qué espera el Papa, cuáles son los fundamentos de su ministerio como Sucesor de Pedro, tiene que leerla. Es una buena síntesis, y, junto a Evangelii gaudium, una buena radiografía de su alma, de su ser. Ambas son un retrato de su persona, que por cierto interpela el propio ministerio episcopal que se me ha encomendado.

El Papa nos desafía a leer la historia y la propia vida desde los más pobres, los “descartados” porque ahí está presente el centro de la vida de un creyente: Jesucristo. Es imposible no preguntarse si uno está a la altura de los ideales que se anidan en el pensamiento del Papa, quien nos dice que, en virtud de la alegría que trae el Evangelio (Evangelii gaudium), hemos de entrar de lleno en la vida de las personas, la sociedad y la cultura para construir diálogo, amistad social y, en definitiva, más fraternidad. La encíclica la escribe en medio de la pandemia del coronavirus. En este dramático contexto ha dicho que estamos todos en la misma barca, que nadie se salva solo y que es el momento de la unidad, de la solidaridad y de una especial preocupación por los más pobres. Ellos son los que más sufren el embate de la falta de empleo, de acceso a las prestaciones de salud.

Fratelli tutti, de una u otra manera, decanta –en un lenguaje accesible– la Doctrina Social de la Iglesia a la luz de sus fuentes predilectas, los Evangelios y la figura siempre nueva y sorprendente de san Francisco de Asís. Y de entre los textos del Evangelio se detiene en la parábola del Buen Samaritano.

Resulta notable cómo Francisco se deja iluminar y, sobre todo, interpelar por esta historia de compasión, amor y ternura. Para él hemos de pasar de la cultura de los muros a la cultura del diálogo y el encuentro, y este ideal queda graficado con maestría en este relato bíblico.

Reconocer la interioridad del Papa Francisco

Como dije, el Papa lee al mundo, la historia y las religiones desde el Evangelio y el mandamiento del amor. Pero se abre, y con buen ánimo y predisposición, a otras experiencias espirituales, puesto que sabe que  la anhelada fraternidad humana será posible en el reconocimiento de la dignidad humana que implica la libertad religiosa.

El cuerpo de esta encíclica se compone de una brillante introducción y ochos capítulos que requieren meditación y oración. El Papa pone al centro el misterio de la creación y nos recuerda, hablando de la encíclica.

Laudato si’, que tuvo “una fuente de inspiración en mi hermano Bartolomé, el patriarca ortodoxo que propuso con mucha fuerza el cuidado de la creación”. En relación con esta encíclica, en el contexto del documento sobre la fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común, dice: “Me sentí especialmente estimulado por el Gran Imán Ahmad Al-Tayyeb, con quien me encontré en Abu Dabi para recordar que Dios ha creado todos los seres iguales en los derechos, los deberes, y en la dignidad, y los ha llamado a convivir como hermanos entre ellos” (n. 5). Termina el documento con dos hermosas y profundas oraciones: la primera va dirigida al Creador y la segunda es una oración cristiana ecuménica.

Esta última encíclica no es fácil de leer, dado que en sus ocho capí- tulos recurre a 288 fuentes –en forma de notas bibliográficas– que son muy variadas y recorren toda la vida de la Iglesia. Encontraremos citas evangélicas, a padres de la Iglesia, concilios, conferencias episcopales, reflexiones del mismo Papa y de sus antecesores, cartas de creyentes y no creyentes, entrevistas, el Talmud, películas, etc. Como si fuera poco, mostrando su gran interés por la cultura, cita la Samba de la bendición de Vinícius de Moraes. A Francisco le interesa y le importa todo lo que sea verdadero, bello y bueno, venga de donde venga.

Lo suyo es abrirse al mundo, ampliar la mirada, contemplar cómo Dios de una manera u otra se hace presente en la historia. Incluso del mal, ha recordado el Santo Padre en una homilía, de manera misteriosa pero real, es capaz de sacar el bien, porque Jesucristo venció a la muerte con su resurrección.

Tantas citas pueden ser una dificultad para leer la encíclica, pero tiene la riqueza de que nos permite conocer el mundo cultural que alimenta al Papa, el proyecto que anida en su corazón para la Iglesia y el mundo. Resuenan con fuerza sus frases “sueño con una Iglesia pobre para los pobres”, nos pide a los consagrados que seamos “pastores con olor a oveja”. Francisco cree que el empresario tiene una gran responsabilidad para superar la pobreza cuando entra en la dinámica del amor por la sociedad, y fustiga con fuerza a los especuladores. Nada le provoca más rechazo que los corruptos y nada le conmueve más que el pecador arrepentido. Es crítico frente a la mundanidad espiritual y la superficialidad. Él se siente muy a gusto con las personas más vulnerables que ponen toda su confianza en Dios.

Al Papa le duele la distancia inmensa que media entre las enseñanzas del evangelio y la vida real. Le duele que el mandamiento del amor, que está al centro de las enseñanzas de Jesús y la vida cristiana, no se viva con toda su fuerza, con toda su intensidad y con todo lo que ello significa. Las consecuencias están a la vista y el Papa las hace saber de manera clara y firme. El mundo se ha apoderado del individualismo, de la indiferencia, de los anhelos de poder.

La centralidad del dinero en los sistemas económicos, sociales, comunicacionales y políticos ha llevado a una degradación de las relaciones humanas, lo que se ha manifestado en pobreza, miseria, grandes injusticias y discriminaciones hirientes. El Papa ve una relación directa entre el sistema económico que gira en torno a la extracción de los bienes de la tierra, el lucro y el consumo, y la pobreza de millones de personas.  No sin razón dice que “partes de la humanidad parecen sacrificables en beneficio de una selección que favorece a un sector humano digno de vivir sin límites” (n. 18). El amor es el gran ausente, la solidaridad es un concepto olvidado y lo que prima es la globalización de la indiferencia.

El Papa propone a lo largo de todo su magisterio un nuevo  trato de los hombres entre sí, un nuevo trato hacia la mujer, los migrantes, los pueblos originarios, y, por supuesto, el medio ambiente.

El corazón de Francisco está con los pobres, los últimos, los “descartados” de la sociedad. Los que no tienen voz, los que no participan de las decisiones que siempre suelen beneficiar a los mismos. Como la dignidad del ser humano está al centro de su ministerio como sucesor de Pedro, el Papa fustiga la avaricia, los estilos de vida fastuosos.

Anima a promover un estilo de vida austero. La comunidad eclesial no ha estado libre de sus punzantes críticas. Por cierto que valora la labor de muchos cardenales, obispos, sacerdotes, diáconos y consagrados en general. Pero le duele el estilo principesco de algunos, el poco interés por los pobres, el creerse superiores y también el abuso de todo tipo. Francisco nos ha interpelado duramente. El Papa piensa que la debilidad de la tarea de la Iglesia tiene su raíz en que no ha dado testimonio de la vida cristiana, o al menos ha sido débil, y que se ha encerrado en sí misma. La carta que el Papa le envió al Pueblo de Dios que peregrina en Chile, sin duda que plantea cómo estamos llamados a servir a los demás, y tener la apertura y la humildad para dejarnos interpelar por los demás. El Papa insiste en la urgencia de recuperar el ardor misionero, descentrarse y volver a vincular con fuerza la fe en Dios y el amor al prójimo. Ahí está la síntesis de su pensamiento.

El amor a Dios se demuestra en el amor al prójimo concreto y real, al que está herido en el camino. Francisco sueña con una Iglesia al estilo del buen samaritano. Allí radica el eje desde donde salen los ocho capítulos de esta magna encíclica. De hecho, el Papa plantea que “hoy estamos ante la gran oportunidad de manifestar nuestra esencia fraterna, de ser otros buenos samaritanos que carguen sobre sí el dolor de los fracasos, en vez de acentuar odios y resentimientos” (n. 77).

Lo urgente es lo importante

En esta reflexión, no pretendo hacer un resumen de la encíclica; trataré solamente de hacer ver aquello que con más fuerza resulta urgente en el día de hoy. Lo hago pensando en el contexto de pandemia que estamos viviendo y en el contexto político del país.

El Papa aboga por el desarrollo humano integral. La base de esta mirada integral del hombre es su dignidad, que implica promover el amor universal, la amabilidad y la bondad en todas sus formas. Ello tiene repercusiones en ocho aspectos de la vida concreta de la sociedad que sintetiza en ocho capítulos cuyas ideas centrales presento de esta manera.

Al Papa le preocupan los muros que nos separan y que dificultan la fraternidad, la cohesión social y el amor como categoría universal. Estos muros son la indiferencia personal y social, pero también los conflictos que se creían superados, como los nacionalismos cerrados. Según Francisco, estamos en presencia de un verdadero cisma entre el individuo y la comunidad humana. Son las sombras de un mundo cerrado. Las distancias que separan a los chilenos y que se manifiestan en segregación e inequidades, así como la ausencia de un proyecto común, sumado a las divisiones al interior de los conglomerados políticos, lo confirman.

Estas sombras son iluminadas por el Buen Samaritano que resume toda la ley y que consiste en amar al prójimo como a uno mismo. De hecho, el Papa, citando la carta de San Juan, dice que no se puede amar a Dios que no se ve si no se ama al hermano que se ve. Tan simple y profundo como eso. Este amor adquiere todo su valor cuando es hacia el abandonado; por ello, el Papa describe este relato bíblico como un “ícono iluminador” (n. 67).

Luego Francisco se centra en la necesidad de pensar y gestar un mundo abierto. Para ello es fundamental ampliar la mirada, salir de uno mismo, abrirse a los demás con el máximo cuidado y solicitud, y reconocer que la “altura espiritual de una vida humana está marcada por el  amor”  (n. 92), que es, citando a Benedicto XVI, “el criterio para la decisión definitiva sobre la valoración positiva o negativa de una vida humana” (n. 71). Ello implica una apertura hacia la comunión universal que solo se logra con el amor. Dicho textualmente: “Desde la intimidad de cada corazón, el amor crea vínculos y amplía la existencia cuando saca a la persona de sí misma hacia el otro” (n. 88). Ello se logra promoviendo el bien moral y la solidaridad y se traduce en “derechos básicos” que, con dolor, el Papa reclama que son sistemáticamente negados a tantas personas y en muchos países.

Esta encíclica, además, aborda varios temas cruciales que abarcan toda la vida de la humanidad. Se trata de la pena de muerte y de la guerra, que lejos de solucionar conflictos los agravan y no dan cuenta de la dignidad del ser humano. Lamenta que a veces se interprete de manera amplia el catecismo de la Iglesia Católica y se justifiquen indebidamente los “ataques preventivos” (n. 258). Además, no reconoce la guerra bajo ningún punto de vista para “resarcir el derecho violado” (n. 260), citando a Juan XXIII. En relación con la pena de muerte, invita a reconocer que ni siquiera el homicida pierde su dignidad, a estar muy atentos a la sed de venganza que se anida en esta práctica y a mejorar las condiciones de quienes están privados de libertad.

En Fratelli tutti el Papa nos vuelve a recordar los principios rectores de la Doctrina Social de la Iglesia, tales como el destino universal de los bienes, subordinando la propiedad privada –que es un derecho– a él. Lo anterior lleva a reconocer el trabajo como un lugar privilegiado, para así lograr una vida digna y la forma segura de garantizar que  cada ser humano entregue al servicio de los demás “sus capacidades, su iniciativa, sus fuerzas”. Para Francisco, “esa es la mejor ayuda para un pobre, el mejor camino hacia una existencia digna” (n. 162). Ello requiere políticos verdaderamente comprometidos con el bien común, evitando las ideologías y el vínculo que pudiese existir con intereses económicos particulares. De no tener en vista el bien común, está la posibilidad de caer en criterios de libertad de mercado y de la eficiencia, lo que implicará que “la fraternidad será una expresión romántica más”.

Por último, casi como conclusión, el Papa invita a reconocernos como hijos, dado que es la condición que posibilita la fraternidad. La razón por sí sola no lo logrará; de allí la relevancia de las religiones y desde donde surge la importancia de hacer presente a Dios, puesto que es un bien para la sociedad. La religión genera sentido de la vida, esperanza, auténtica libertad y nos libra de totalitarismos que promueven “valores mundanos y materiales en lugar de principios supremos y trascendentes” (n. 275).

Fratelli tutti nos ayuda a comprender con mayor profundidad el desafiante escenario que enfrentamos actualmente en términos sociales, sanitarios y políticos. De la misma forma, nos ayuda a reconocer que valores como la verdad y la justicia son indispensables si queremos más amor y más fraternidad. Es notable cómo el Papa posiciona al amor como guía para todos en la vida personal, política y social, y lo hace porque comprende que, si queremos poner al ser humano y su dignidad en el centro de la sociedad, no podemos dejar de lado su vocación fundamental y su más profundo anhelo: amar y ser amado.

* Mons. Fernando Chomali es actualmente arzobispo de Concepción y gran canciller de la Universidad Católica de la Santísima Concepción, Chile.

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