El doctor Juan de Dios Vial fue un científico y un intelectual destacado cuyas contribuciones a la creación de nuevo conocimiento y a la vida de las universidades chilenas fue fundamental en la segunda mitad del siglo XX.

Frente a sus numerosos cargos y reconocimientos resaltaba su interacción sencilla y cercana con sus alumnos y colaboradores. La conversación fluía cordial, sencilla y grata, aunque pronto se descubría el rigor en las expresiones, la selección cuidadosa de sus palabras y recuerdos. Su raciocinio era impecable.

Escribo esta reseña movido por sentimientos de honda gratitud y admiración hacia un hombre al que conocí durante más de 50 años. Esto me permitió preguntarle acerca de su vida, mientras, junto a su esposa, mirábamos el Parque Forestal, y una terraza con cardenales, cartuchos y un fragante ilán-ilán.

Lo conocí en 1967, el año de la toma de la Universidad Católica, mientras yo estaba en primer año de Medicina. En esta difícil situación me llamó de inmediato la atención su lenguaje persuasivo y su autocrítica como profesor, reconociendo que la UC necesitaba una reforma, por lo demás reconocida por muchos, pero rechazando la forma violenta que se gatilló.

Infancia y Juventud

Juan de Dios Vial Correa nació el 18 de mayo de 1925, segundo de seis hermanos, el mismo día, pero cinco años después de Karol Wojtyla (1920- 2005). De familia paterna proveniente de Bilbao, desciende de don Manuel José de Vial Jarabeitía, el primer Vial avecindado en Chile, fallecido en Concepción en 1788.

Por ambos lados, la familia Vial Correa tenía relación con nuestra cultura agraria. Destacaba entre sus recuerdos la antigua hacienda jesuita, que los conectó con las tradiciones rurales chilenas por años. Solía veranear en el antiguo fundo La Compañía en Graneros (que años más tarde cedió a una congregación religiosa) o en Paillaco, campo de la familia de su esposa.

Juan de Dios era tímido y de carácter reservado. Como suele suceder en personas de esta naturaleza, disfrutaba con la lectura, y con un pequeño microscopio, donde observaba los protozoos de las aguas estancadas en los charcos del jardín.

Para su educación básica y las humanidades, sus padres eligieron el Colegio Sagrados Corazones de Alameda, donde fue muy buen alumno. Uno de sus grandes estímulos fue su abuelo materno, cuya impresionante biblioteca le proveyó un vasto material de lectura. Entre sus profesores destacaron Rafael Gandolfo, excelente profesor de filosofía, y el padre Osvaldo Lira, filósofo de carácter dominante, frente al cual también el joven Vial demostraría su personalidad y temperamento fuerte, aunque respetuoso.

Tempranamente los Vial Correa desarrollarían afición por la lectura y el debate de ideas. Algunos como Juan de Dios y Fernando poseían una notable facilidad para los idiomas, tanto que el primero aprendió alemán e italiano por su cuenta y hasta pocos meses antes de morir reci- taba pasajes del Fausto de Goethe y de la Divina Comedia de memoria. Gonzalo, abogado, destacado historiador, agudo polemista y creador de la Fundación Educacional Barnechea, donde se ha entregado por años educación de calidad para familias de menos recursos. Wenceslao, agricultor, y Elena Vial, periodista de gran cultura. Entre los hobbies  de Juan destacó el ajedrez y la observación, reflejando su gusto por la lógica, el raciocinio y la predicción cuidadosa.

A la hora de elegir estudios superiores, se le abrieron muchas opciones y finalmente eligió medicina, aunque sin tener todavía una madura convicción.

Años de formación y vocación científica

Juan de Dios Vial ingresó a la Pontificia Universi- dad Católica en 1942, donde ya en tercer año fue ayudante del curso de Biología General (1944); después de cuatro años, continuó sus estudios en la Universidad de Chile, en la actual Sede Oriente, haciendo su internado de Pediatría en el Hospital Calvo Mackenna, y los de Obstetricia, Cirugía y Medicina Interna (Prof. Jefe Dr. Hernán Alessandri) en el Hospital Del Salvador. Su memoria de título versó sobre la anatomía coronaria en pacientes infartados, bajo la tutoría del profesor Sergio Donoso, anatomopatólogo del mismo centro. Recibió su título a comienzos de 1949. Entre sus maestros lo marcó Roberto Barahona. La clínica le interesaría mucho; admiraba la destreza clínica de Enrique Montero, Arturo Scroggie y la capacidad organizativa del que sería más tarde su suegro, el Dr. Aníbal Ariztía. Le impactaba la visión de médicos que, con sus largas batas blancas, se paseaban solemnemente por las clínicas y por el hospital, pero tengo también la impresión de que tempranamente fue crítico de las irracionales conductas diagnósticas y terapéuticas que a menudo vemos en la vida médica. Sin embargo, más influirían el desarrollo de la ciencia y la historia de las ideas que lentamente profundizó a lo largo de la vida. Una de sus primeras fascinaciones fue la visión de la estructura subcelular (aparato de Golgi con tinciones de Cajal) en la neurona.

En una palabra, le interesó principalmente com- prender el misterio de la biología y salud humana. Después de un año de trabajo clínico mal remunera- do, guiado por su vocación científica, se becó (1950) en el Instituto Cajal de Madrid para trabajar con Fernando de Castro Rodríguez (1896-1967), discípulo de Cajal, descubridor de las terminaciones sensitivas del globus caroticum.

Los viajes de esos años eran lentos y complejos; para llegar al Atlántico, se salía de la estación Mapocho en el transandino a Mendoza, ruta áspera por donde abandonaron Chile –involuntariamente– connotados perso- najes, incluyendo políticos como Alessandri Palma e Ibáñez del Campo. Recién llegado a Buenos Aires, compró un libro de matemáticas, el que le sirvió durante el viaje en barco –de una línea belga– para simplemente practicar y “pensar mejor”.

Con su esposa Raquel llegaron a Europa, inicialmente a Londres, pues le interesaba entrevistarse en Oxford con Wilfrid Le Gros Clark (1895- 1971), uno de los más grandes neuroanatomistas y antropólogos de la época, quien lo recibió gentilmente a un “five o’clock tea”. Después de una enriquecedora conversación, el viaje continuó a París y terminó en Madrid.

La España de esos años vivía la post guerra civil y luego mundial con estrechez económica y bastante aislamiento, gobernada por el caudillo Francisco Franco. Arrendaron un departamento en la Plaza España, desde donde diariamente viajaba en metro en dirección sur hasta la colina de Atocha al Instituto Cajal. Santiago Ramón y Cajal a  fines  del siglo XIX había sido una excepción en la península; si bien  existían buenos profesores y una medicina de mucha tradición, la creatividad en ciencias naturales parecía aletargada. Cajal la despertó, describiendo con rigor la estructura de la neurona, haciéndose merecedor de distinciones como el Nobel y la medalla Helmholtz. El Instituto era financiado enteramente con dineros fiscales y lo dirigía De Castro, a quien se conoce por describir la estructura histológica de los baro y quimiorreceptores aórticos y carotídeos. Este le facilitó el acceso al laboratorio, dándole gran autonomía y libertad. Ese año, el Dr. Vial perfeccionó su técnica histológica, adquiriendo una especial destreza en las tinciones que emplean plata. Sin embargo, su futuro desarrollo como histólogo no parecía estar en las anastómosis y reinervaciones que interesaban a De Castro. Quería formarse muy bien en histología para más tarde ser patólogo. Un buen día llegó a sus manos una fotografía tomada en un microscopio electrónico, que jamás había usado, y no dudó: iría a los Estados Unidos, donde estaban dichos instrumentos, y se de- dicaría solo a la histología. Tenía tiempo libre, pero muy poco dinero.

Los primeros días en Nueva York se dedicó a hacer contactos para obtener trabajo. Finalmente, un señor de apellido Oliver, de la Fundación Rockefeller, fue mágicamente persuadido. Sería el entusiasmo, su buen dominio del inglés, además de la ayuda divina… el hecho es que lo contactó con Edward Dempsey, profesor de Harvard, que en ese momento se hacía cargo del Departamento de Anatomía de la Washington University en Saint Louis, Missouri.

Dempsey, algo reticente, lo aceptó, y partieron con Raquel en un tren al estado de Missouri, donde se integró a la línea de investigación de su nuevo jefe, que estudiaba la elastina tomada del tendón nucal de caballos, y sus propiedades tintoriales. Sufriendo los rigores del verano junto al Mississippi, se encerraba desde temprano a hacer su histoquímica. Sin embargo, una de las fases, la decoloración de las muestras, estaba fallando, lo que tenía semiparalizado al laboratorio. Vial observó que el orden con que se realizaba la decoloración contradecía la Ley de Acción de Masas y propuso aplicar los compuestos en el orden inverso. Esto resolvió el problema; este “ joven becario” de un país lejano subió sus bonos vertiginosamente y salió la publicación tan esperada1. Sin embargo, su jefe le mostró otra 

fotografía electrónica de microvellosidades intestinales, y renació su ansia por conocer dicha técnica. Estaba tomada en el Laboratorio de Keith Porter, del Roc- kefeller Institute de Nueva York. ¡Era la oportunidad para conocer y manejar este nuevo instrumento!

El Dr. Keith Porter era un destacado biólogo celular canadiense que describió la estructura de los microtúbulos, acuñó el nombre del retículo endoplásmico y editó el Journal of Biology, Biophysics and Biochemistry, precursor del Journal of Cell Biology. Bien recomendado, Porter lo recibió cordialmente (1951) y se introdujo de cabeza en el microscopio y en un ambiente académico de alto nivel. En la pieza del lado trabajaba George Palade, rumano, talentoso investigador, futuro Premio Nobel (1974) por descubrir y caracterizar los ribosomas. Los seminarios de investigación eran sesiones de entusiasta y dura discusión entre bioquímicos y biólogos celulares que intentaban comprender la correlación entre la estructura, composición química y función de diversos organelos. Pero los recursos se terminaron y después de tres meses volvió a Chile. Se reencontraría con Porter en 1955, en Río de Janeiro, en un curso de microscopía electrónica, donde perfeccionó su práctica e interactuó con excelentes investigadores y con un grupo pequeño de morfólogos, que más tarde dio origen a la Sociedad Latinoamericana de Microscopía, que  presidiría entre  1975  y 1977. Dos años más tarde (1957), volvería a trabajar con Porter y con Palade gracias a una Beca Rockefeller. Finalmente, el año 1973 estuvo en la Universidad de Colorado y en 1984 continuaría colaborando con Porter apoyado por una Beca Fulbright.

Regreso a Chile

El regreso después de su formación inicial no fue fácil; simplemente no tenía trabajo estable; vivió con modestia, mientras observaba algo perplejo cómo la sociedad “culta” chilena no valoraba ni la ciencia ni a los científicos. La investigación básica era para “soñadores” como Eduardo Cruz-Coke, y no existía masa crítica ni capital para iniciarla. Muchos señalaban: “mejor comprar tecnología”. Con respecto a la pregunta sobre quedarse en USA, me respondió que, a pesar de las dificultades propias de nuestro país, jamás se le pasó por su mente expatriarse.

Fue invitado a trabajar en la Universidad de Chile, en un proyecto lide- rado por el Dr. Ignacio Matte Blanco (1908-1995), fundador del Centro de Estudios Psicoanalíticos y que soñaba con introducir las ciencias básicas en la psiquiatría. Comenzó a trabajar en la Clínica Psiquiátrica, junto con el Dr. Fernando Orrego Salas, estudiando los cerebros de pacientes fallecidos por diversas enfermedades mentales. Sin embargo, la escasez de medios era gigantesca; el proyecto no prosperó, pues carecía de sustentación, no existía laboratorio, salvo un viejo microscopio. Aunque el país contaba con dos microscopios electrónicos, ni el del Instituto de Neurocirugía ni el de la Universidad Federico Santa María estaban a su alcance.

Fue entonces cuando monseñor Carlos Casanueva, rector de la P. Uni- versidad Católica, solicitó su ayuda como profesor de Histología, y fue trasladándose progresivamente de universidad.

El docente

En 1953 inició sus clases en la Facultad de Medicina UC, donde la enseñanza de la histología normal había estado a cargo sucesivamente de los profesores Arturo Albertz, Roberto Barahona y Miguel Ossandón; este último le entregó el curso con gran sencillez, diciéndole que se alegraba mucho de que ahora esta materia quedara en manos de un especialista con dedicación exclusiva. Sus alumnos recuerdan ese primer curso como “muy organizado y de muy buen nivel científico”, y continuaría como profesor encargado hasta asumir la rectoría en 1985. El Dr. Vicente Valdivieso fue su alumno en ese primer curso de Histología. ¡Cómo le habrá costado su organización! Probablemente el Dr. Barahona le facilitaría las preparaciones de órganos y tejidos para mostrarlas al curso con fotografías y por grupos, con el microscopio docente; felizmente solo eran 13 alumnos.2


En histología, desde la primera clase, su metodología era la misma: proyección de un corte que debía ser analizado por un estudiante, delante del curso. En cada clase veíamos aproximadamente 30 fotografías, dialogadas con él, en lo que llamaba “histología racional”, donde predominaba la comprensión de la estructura y la correlación con la función.

Más tarde tomó la cátedra de Anatomía Normal, provocando una pequeña “revolución”. Eliminó el uso del tradicional texto de Testut-Latarget reemplazándolo por un texto más breve y funcional, editado por Ha- milton y col (Ed. Inglesa). Este cambio fue resistido por “erróneo” y “peligroso”, pero se impuso gradualmente hasta convencer a los ayudantes más tradicionales.

Ocasionalmente nos dedicaba una clase sobre un tema anatómico de mayor dificultad: el peritoneo, el conducto inguinal o las bases anatomofuncionales de nuestra marcha, como primates erguidos, donde la física y la anatomía se daban la mano y comprendía- mos antes que memorizar. Era manifiesto su respeto intelectual por los alumnos; uno de mis compañeros le propuso una explicación completamente no tra- dicional acerca del ensamble entre las miofibrillas y la bioquímica de la contracción muscular: en lugar de posponerla o descartarla rápido, lo citó a exponer su pensamiento en la clase siguiente, cosa que resultó valiosa y enriquecedora para todos.

El Laboratorio de Histología, el académico, el universitario

Lentamente fue instalando su laboratorio en el edificio de la esquina de Portugal con Marcoleta; había un solo microscopio óptico, colorantes y casi nada ni nadie más. Ocasionalmente le tocaba subir cadáveres “a pulso” desde el subterráneo hasta el tercer piso de la Escuela. Se acercó entonces a trabajar con Joaquín Luco, a la sazón el mejor científico bási- co de la escuela (ciertamente brillante, pero el mejor de un “n” bastante pequeño), formado en Harvard con Walter Cannon. Los primeros frutos fueron trabajos de reinervación de estructuras adrenérgicas con eferencias colinérgicas, realizados con el apoyo del neurocirujano Cristián Vera. Este trabajo3 fue un verdadero “golpe a la cátedra”, pues demostró la plasticidad neuronal, antes impensada, y aseguró los primeros pasos del laboratorio.

El laboratorio “cambió de pelo” en 1955, con la llegada del primer microscopio electrónico, un Siemens-2, conseguido gracias a la cooperación de la Fundación Gildemeister, que se instaló en el subterráneo. Recuerda cómo un fornido transportista fue cargando riesgosamente en sus espaldas las piezas en la vereda de Marcoleta para trasladarlas al subterráneo de la actual Facultad de Ciencias Biológicas. Las primeras fotografías salieron espectaculares, pero curiosamente en pocas semanas su calidad se fue deteriorando cada vez más. Don Siegfrid Gildemeister recurrió entonces a un técnico alemán, quien simplemente limpiándolo lo dejó en perfecto estado.

Por histología pasaron sucesivamente tesistas, ayudantes y muchos de nuestros profesores: Luis Izquierdo, Héctor Orrego, Carlos Doggenweiler, Jaime Álvarez, Federico Leighton, Jorge Garrido, Francisco Varela (Neurociencia), Alfonso González, las PhD’s Mónica Dabiké y Cecilia König y recordados ayudantes alumnos como Rodolfo del Valle.

Con el Dr. Orrego publicaría los trabajos sobre las células oxínticas (gástricas), demostrando sus notorios cambios estructurales en el momento de secretar ácido clorhídrico4: la célula en reposo se llena de vesículas, que constituyen su reserva secretora, pero estas desaparecen al fusionarse con la membrana celular durante la secreción.

Años después, se trasladó al primer piso, donde fui su ayudante-alumno en un verano, estudiando la estructura del intestino de pollos tratados con dietas ricas o muy bajas en sodio.

Nos decía que su generación

compartía una “determinación que parecía enteramente desproporcionada, la de llegar a instalar la ciencia en la universidad”. Esta “ambición descabellada” estaba impulsada por la “imprudencia” de un grupo de investigadores jóvenes que intuíamos mejor el sentido y el curso de los tiempos que venían y que por supuesto contaban con la oposición de muchos “sensatos” que exponían una larga lista de buenas razones por las cuales esto no se podría hacer 5.

Con ese espíritu y con esas mentes, no me sorprendió para nada que, junto con la reforma universitaria, en 1969 naciera el “Instituto” y más tarde la “Facultad de Ciencias Biológicas” conectada con su tronco inicial (Medicina) pero independiente de ella.

Con el Dr. Vial comprobamos la diferencia entre un colegio y una universidad. En nuestra educación secundaria, escuchábamos más o menos disciplinadamente “materias”, las memorizábamos y algunas las comprendíamos. Con él, vislumbramos que la misión de la universidad es otra: buscar y transmitir la verdad a sus alumnos y a la comunidad. La universidad se pregunta radicalmente por el ser de las cosas.

Y no es verdadero solo lo que es útil; a la universi- dad nada le es ajeno (Dios, el hombre, la naturaleza toda, las ciencias humanas, la creación artística), abriéndose al conocimiento universal y su principal misión educativa es la formación del intelecto. Esto último significa rigor, método, sentido crítico y honestidad intelectual. Para el Dr. Vial, la enseñanza supone el debate respetuoso de las ideas, cosa poco frecuente en Chile, donde por muchos años se ha preconizado la aceptación sin más de lo escuchado siguiendo el estilo de “magister dixit” o la descalificación apasionada e irracional del contradictor. Supone principalmente buscar y encontrar “el sentido” de la vida.

La política universitaria; la administración. Breve decanato

En paralelo con su docencia e investigación en Biología Celular, se fue acercando a la administración. Estoy seguro de que le gustaba y lo hacía bien; a su oficina llegaba gente a consultarlo, a contarle sus problemas y era capaz de persuadir y argumentar con habilidad. Un detractor diría que “buscaba el poder” y recuerdo muy bien a un profesor “pitoniso” que me dijo en esos años: “mire… en el fondo, lo que Juan desea es la rectoría; pero si se lo pasa allá…”. Probablemente no fue así. Pero si el genuino “poder” es para servir, y se puede servir bien, y descubro que Dios me llama a eso… ¿no deberé hacerlo?

Corría 1966 y la facultad, con 33 años de vida, contaba con tres escuelas (Medicina, Enfermería y la pequeña Escuela de Ciencias Biológicas fundada por Joaquín Luco); ya era más madura, pero su crecimiento la había desfi- nanciado. Esto gatilló una grave discordia al discutir el presupuesto, entre el decano Roberto Barahona y el Consejo Superior de la Universidad. Finalmente, después de acaloradas discusiones, Barahona y su equipo renunciaron y Juan de Dios Vial fue elegido en su reemplazo (1967).

Recuerdo que inició un plan para ordenar las finanzas de la Facultad y afianzó el crecimiento de la matrícula estableciendo un convenio con el Ministerio de Salud, por el cual el Hospital Sótero del Río (ex Sanatorio “El Peral” para pacientes tuberculosos) se incorporó como campo clínico de la Escuela.

Pero eran tiempos de cambio. Con la toma de la Universidad Católica de Valparaíso (1966) se inició la Reforma Universitaria –que viví como estudiante– y el 11 de agosto de 1967, la PUC amaneció tomada. La Federación de Estudiantes, liderada por Miguel Ángel Solar, se la tomó y –con la venia del arzobispo monseñor Raúl Silva Henríquez y la evidente simpatía del gobierno de la época– resistió cerrada más de diez días. Se inició así, con violencia e intensa politización, un cambio de proporciones en la universidad. El rector, monseñor Alfredo Silva Santiago, fue removido sin contemplación y el Dr. Vial renunció al decanato. Inició la rectoría el arquitecto Fernando Castillo Velasco, primer laico en dirigirla, hombre de prestigio en su facultad y que encarnó genuinamente las ideas de la reforma. La Democracia Cristiana, que más tarde eclosionó al MAPU y a la Izquierda Cristiana, se hizo del poder en la universidad. Este punto de inflexión, sin embargo, traería gradualmente ventajas para la universidad, entre otras la creación de Institutos (ej. Ciencias Biológicas) que más tarde devinieron en Facultades.

Pero Juan de Dios Vial no tardó en adaptarse a las nuevas estructuras y defender sus puntos de vista representando a los profesores en el nuevo Consejo con elegancia y firmeza. Doy fe de que no se trató de un simple oportunis- mo, pues también él había criticado las antiguas estructuras, la dispersión de la ciencia en la universidad y luchaba por modernizar y especialmente profesionalizar la docencia, la investigación y la composición de consejos y comisiones. Sus polémicas con los presidentes de la Federación de Estudiantes (FEUC) Miguel Ángel Solar y Rafael Echeverría, respetuosas y profundas, revelan no solo al académico, sino al hábil político.

La universidad siguió su camino, cambió mucho, se crearon institutos y centros, mejoraron las comunicaciones, aumentó la participación de sus miembros en los distintos estamentos en cada facultad y se definieron políticas generales en un Claustro Pleno (1971). Sin embargo, ciertamente vivió un período confuso y desordenado, lleno de asambleas. Cada grupo de alumnos y docentes de distintas facultades y/o tendencias políticas defendía su concepto de universidad, a veces dentro de una ignorancia académica incrementada por las ideologías dominantes durante la Guerra Fría. Para algunos docentes jóvenes de esos años, la década 1966-1976 fue muy débil en cuanto a carrera académica, pero con esfuerzo se logró defender la institución.

Fui testigo, además, como representante de los alumnos, de la fundación del Instituto de Ciencias Biológicas. Como era de prever, los estudiantes, aprovechando la estructura reformada, asistíamos a reuniones y debates aca- démicos, mirando, escuchando, pero aportando muy poco. Debo recordar el empuje con que mis profesores se la jugaron por el preproyecto del Instituto, pero conservando la calidad de la docencia de ciencias básicas en Medicina. Destaco especialmente allí, junto al Dr. Vial, a Ramón Rozas, Patricio Sánchez, Federico Leighton y a Renato Albertini. En el Claustro Pleno celebrado en las dependencias del Seminario Mayor (Apoquindo) no puedo olvidar las brillantes intervenciones de los representantes de los profesores en una universidad herida, separada en tercios: Manuel Antonio Garretón, Fernando Molina y Juan de Dios Vial. Y es que su interior, reflejo del país en plena Unidad Popular, se politizaba y polarizaba progresivamente.

Así la sorprendió el Golpe de Estado (1973) y la llegada del nuevo rector, Jorge Swett Madge, único rector delegado que tendría la UC durante once y medio años, y que –en mi opinión– la cuidó y desarrolló con emprendimien- to, gran generosidad y siempre consultando la opinión de los académicos.

El rectorado

Este texto no pretende describir en detalle los logros de ese período, ni menos opinar sobre sus fortalezas y debilidades. Pero quiero destacar ciertos hitos fundamentales, como el contexto de su nombramiento.

El Gobierno Militar de la época gradual- mente fue trasladando responsabilidades militares a civiles. En 1984, la Santa Sede, representada por su nuncio Angelo Sodano, y el Gobierno representado por su ministro de Relaciones Exteriores, Jaime del Valle A., ini- ciaron conversaciones para discutir la futura dirección de la universidad. En marzo del año siguiente, ambos aceptaron la renuncia de don Jorge Swett M., y nombraron rector a Juan de Dios Vial. La ceremonia tuvo lugar en Sesión Extraordinaria del Consejo Superior el martes 12 de marzo de 1985. Con gratitud, don Jorge Swett se despidió de la universidad. Por su parte, el Gran Canciller, monseñor Juan Francisco Fresno (cargo 1983-1989), señaló que se cerraba una etapa y añadió: “Yo les pido a ustedes y a todos los estamentos de la universidad que aceptando con cristiana humildad limitaciones en aquello a que aspiramos, entreguemos sin reservas una adhesión positiva al nuevo Rector”.6

El nuevo rector agradeció al nuncio la enorme confianza depositada por el Santo Padre y al rector saliente por su generosidad en el servicio a la uni- versidad. En seguida, recordando las palabras de la Escritura “Tú, Señor, me has ceñido y has puesto sobre mí Tu mano”, señaló que, sin nostalgias ni lamentos por lo que dejaría de hacer, “pondré la mano en el arado y no miraré hacia atrás”. Añadió que su ánimo estaba sereno, porque había colocado absolutamente toda su confianza en el Señor, que “es mi refugio y mi fuerza”. Pidió que “cada uno de nosotros estuviera deseoso de poner en la raíz misma de su acción universitaria la presencia operante del Señor (…) porque si el Señor no edifica la Casa, en vano trabajan los que la constru- yen”. Finalizó pidiendo a todos que “soportemos nuestras insuficiencias los unos de los otros, para que sobrellevemos las cargas los unos de los otros y cumplamos así la Ley de Cristo, en tal forma que en nuestra acción común seamos dignos de la grandeza de la obra a que hemos sido convocados”.7 Sus relaciones con la Iglesia, en esos turbulentos años, fueron en general cordiales, si bien siempre desconfió del clericalismo y de los intentos por ideologizar –con cualquier color– la vida universitaria. En sus 15 años de rectoría, y especialmente al tomar el cargo, no faltaron desconfianzas e incomprensiones. Para la oposición al gobierno militar y dentro de la misma Iglesia, resultaba al menos perturbador tener como rector a un laico, de prestigio académico, pero designado y tildado de “derechista”.

Mucha gente lo ayudó.8 Desde luego, los vicerrectores académicos, Erika Himmel, Rafael Vicuña, Bernardo Domínguez y Ricardo Riesco. Los prorrectores, Samuel Claro, Pedro Morandé y Juan Ignacio Varas; los vicerrectores económicos, Mario Albornoz, Matko Koljatic y Arturo Del Río, y los asesores del Comité Económico, Carlos Cáceres, Raúl Espinoza, Raúl Devés, Washington Cañas y Fernando Martínez.

Ciencia y el Ser de la Universidad

Docencia e Investigación

Diversos intelectuales han reflexionado sobre el “deber ser” de la univer- sidad.9 También lo hizo Juan de Dios Vial, dedicando muchas páginas a la valoración de la ciencia y desde mucho antes de ser rector.10 Ya en 1964, comentaba acerca de la insuficiente valoración de la actividad científica en la universidad11, donde esta existía dispersa y casi siempre cobijada bajo el alero de las facultades profesionales. Allí integraban los “ramos básicos” del plan de estudios. Pero se necesitaba mucho más: evitar la fragmentación de los investigadores, mejorar su integración; impregnar a los docentes del hábito de pensamiento científico para que lo pudieran vivir y transmitir a los estudiantes, y no considerar la ciencia como una actividad accesoria o un medio para obtener mejores egresados, sino como lo que es, vale decir, central para el ser de la universidad.

Siempre echó de menos en las universidades chilenas un mayor intercambio de ideas, un mayor debate intelectual, cosa que, a su juicio, parece ser parte muy propia de nuestra idiosincrasia, caracterizada por un cierto “conformismo intelectual”. Sea por timidez, hipocresía, o por preparación insuficiente, o –en otros tiempos– autoritarismo, la gente no se atrevía a discutir. Entonces la objeción, la pregunta respetuosa al expositor, a veces la reemplaza la discusión ideológica u opiniones en tono destemplado o frívolo cargado de emotividad.12

Durante el rectorado, promovió el intercambio internacional de estudiantes, dio inicio junto a Alfonso Gómez al Proyecto Crisol, que iniciaba la computación personal en la universidad (1985) y flexibilizó aún más la enseñanza de pregrado. Enfatizó que más que aprender contenidos, lo central, en esta etapa, es la formación de los alumnos evitando su sobrespecialización temprana, que dificulta el pensamiento amplio y la capacidad de síntesis en materias generales de la mayor importancia. Para esto, perfeccionó los Cursos de Formación General. En investigación y posgrado, lo más relevante fue el enorme aumento de los programas y número de doctores en la universidad, transformándola en una “universidad compleja”, donde la investigación es un componente esencial de su vida cotidiana.

Identidad católica

La Identidad Católica fue el hilo conductor de todo su rectorado. Desde luego, en cada cuenta y casi en cada discurso estaba el concepto “sin vida religiosa, no hay Universidad Católica” y tenía clarísimo que se encontraba dirigiendo una institución de la Iglesia, en un mundo secularizado, a veces fuertemente anticristiano y que nos interpela continuamente.

Sin embargo, no olvidaría el concepto de Henry Newman: lo específico de la universidad católica, aunque suene paradojal, es ser primero una genuina y excelente universidad, y además ser católica. No hay contradicción entre ambos términos, pero el segundo perfecciona, sin reemplazar, al primero. “Ser Universidad Católica es una dirección, es un llamado. No es un estado inamovible. Es una proyección hacia el futuro, un llamado moral que no tiene otro límite que el llamado a la perfección del Evangelio”.13

Es decir, buscar la excelencia académica y estar “al servicio de la verdad, porque nuestra sociedad necesita de la verdad”14, porque “la verdad nos hace libres”15; ese es, nada menos, el desafío y el destino para una universidad católica.

Por otra parte, los tiempos del país fueron difíciles, se violaron derechos humanos, se recuperó la democracia con esfuerzo, y todo ello impactó la vida universitaria nacional. En ese escenario turbulento, el rector se mantuvo fiel al Magisterio, a la idea de que fe y ciencia son compatibles y que la persona de Jesucristo tenía mucho que ofrecer al mundo intelectual. Y así, gradualmente, se fue ganando la confianza de los profesores.

Dicha identidad se plasmó desde sus primeros años de rectorado en ac- tividades concretas. Desde luego en 1987, acogiendo la emocionante visita de san Juan Pablo II a la Universidad, cuyas palabras nos interpelaron con fuerza, especialmente el “promover una cultura de la solidaridad, haciéndonos cargo de las necesidades de la comunidad nacional”, o sea, servir sin descanso al país y demostrar que el evangelio es “vivible”. Ese mismo año creó junto al cardenal Fresno el Fondo de Becas Estudiantiles Juan Pablo II. Al año siguiente, recibió la visita del cardenal Joseph Ratzinger en el marco de la celebración del Centenario de la Universidad, y en 1989 se inició la construcción del Templo de San Joaquín. Las acti- vidades en el Centenario (1988) fueron numerosas; deseo destacar dos: la creación del Centro de Extensión, cuyo primer director fuera el profesor Patricio Donoso Ibáñez, y la formación de la Asociación de Exalumnos y Amigos de la Universidad.

Procuró además asegurar la formación doctrinal y moral de todos sus miembros, facilitando la pastoral de los intelectuales, o sea, “evangelizar la cultura”. Para esto, resultó indispensable obtener la autonomía financiera y administrativa para, con realismo, testimoniar los principios ya enunciados.

En 1991, se creó el “Programa de Antropología Cristiana”, y en octubre de 1995, la Revista Humanitas, revista de antropología y cultura cristianas, cuyo primer número apareció en enero de 1996. Esta publicación –cuyo número 95 contiene esta semblanza– contó desde su nacimiento con el apoyo del Consejo Pontificio de la Cultura. Dirigida por Jaime Antúnez A., licenciado en Filosofía y Letras, y actualmente por el profesor y decano Eduardo Valenzuela C., ha realizado una extensa reflexión antropológica, contribuyendo a inculturar el pensamiento de raíces católicas y la doctrina del magisterio dentro y fuera del país.

Historia del Pensamiento

La administración le impidió continuar sus clases de histología; sin embargo, al dejar la rectoría (2000), inició un nuevo curso: “Historia de las Ideas y de la Cultura”. Allí desarrolló por 15 años la historia del pensamiento científico occidental desde fines de la Edad Media hasta 1910. Nos explicó la filosofía imperante en cada época, el entorno social y sus distintas revoluciones y paradigmas, sean filosóficos (Platón, Roger Bacon, Descartes, Leibniz), físicos (Galileo, Newton), astronómicos (Platón, Ptolomeo, Tycho Brahe, Copérnico y su revolucionario descubrimiento, Kepler, Galileo y su telescopio), fisiológicos (Harvey) y biológicos (Linneo, Goethe, Lamarck, Schwamm, Darwin), caminando desde el geocentrismo hasta la teoría de la evolución. El pensamiento “moderno” con Bacon, Copérnico y Galileo a la cabeza fue ciertamente rupturista y desencadenaría el “Caso Galileo”, conflicto con la Iglesia que también revisamos con detalle.

La discusión acerca de la Teoría Celular –uno de sus temas predilectos– fue especialmente elevada, ya que la había estudiado cuidadosamente en textos originales alemanes. En 1981, el profesor Gustavo Hoecker le pidió que escribiera un opúsculo sobre el asunto16, para incorporarlo en una serie de fascículos dirigidos por el Consejo de Rectores para la comprensión de la Ciencia, las Humanidades y la Tecnología.

Nos introducía en el Berlín de 1850, al laboratorio del famoso fisió- logo “vitalista” Johannes Müller y sus discípulos, entre los que estaba Theodoro Schwamm.

Son los años de la polémica entre la explicación de la vida por el “vita- lismo”, holista o finalista, para el que la vida está dotada de una misteriosa interioridad (“fuerza creadora” de Müller), versus la aproximación solo fisicoquímica del fenómeno vital, o donde lo que más importa es comprenderlo como el resultado de “mecanismos” por descubrir (“me- canicismo”). Con hermosas imágenes, nos explicó los descubrimientos iniciales de Hooke y sus “celdillas” (1655) y luego de Robert Brown, quien en esas mismas celdillas observara el núcleo. Más tarde la intuición de Goethe (1787), quien maravillado al ver “cómo se abría el abanico de una hoja de palmera”, plantea que todas las formas de las plantas podrían derivarse de una sola forma ideal, de un “tipo o esquema general”. Es el mismo “plan estructural básico” u organización común a todos los animales que defendiera en París Geoffroy Saint Hilaire, polemizando con Cuvier, y el mismo que culmina con Leibniz expresándola como “la variedad en la Unidad” y con los naturalistas alemanes (Naturphilo- sophie), todos defendiendo el esquema general, fecundo, reproducible e ideal de “lo vivo”.

Más tarde nos explicó como Theodor Schwamm, descubridor de la Teoría Celular, se opuso al pensamiento de su maestro Müller, planteando que “las fuerzas fundamentales de los organismos coinciden esencialmente con las fuerzas de la naturaleza anorgánica y que ellas operan en todo momento sin considerar ninguna finalidad. (…) La finalidad ha de buscarse más bien allí donde está el fundamento de la finalidad en la naturaleza inorgánica, o sea, en la creación de la materia y de sus fuerzas ciegas por obra de un ser inteligente”17. Mathias Schleiden, el botánico, y el mismo Schwamm serían los padres de la Teoría Celular.

La Bioética

A fines de los 90 se aproximó a la bioética y aplicando sus conocimien- tos de biología celular, participó en la reflexión acerca del zigoto, de la definición de organismo, de persona y su trayectoria de desarrollo. Había sucedido a Jérôme Lejeune como presidente de la Academia Pontificia para la Vida y se jugó contra el aborto provocado, en entrevistas y documentos.

La defensa de la vida se concretó también promoviendo la Medicina Paliativa. Fue así como por varios años visitó semanalmente junto con el Dr. Flavio Nervi a los pacientes de la “Clínica La Familia” fundada por el padre Baldo Santi, dando un testimonio de compasión y consuelo para pacientes terminales.

Carácter, filosofía de vida y espiritualidad

Juan de Dios Vial fue, sin buscarlo, un intelectual católico, de carácter aparentemente distante, pero de una profunda bondad y coherencia en su vida cristiana.

Resumiré en dos líneas aquello que más rechaza: recibir y entregar adulación, la mediocridad, el apego al dinero, ventilar su vida privada y el clericalismo.

Pero sin duda, resalta el lado positivo de su pensa- miento. Nos confiesa: “además de saber más –aprender/enseñar–, deseábamos compatibilizar la fe con el saber profano”. “Nuestra generación percibía ‘marejadas espirituales’ que la llamaban a una tarea de vida: buscar el vínculo entre fe y razón, coherencia entre fe y vida, y ser testigos de una esperanza cristiana, también en el mundo intelectual”.

“En consecuencia, junto con instalar la ciencia, algunos queríamos –cui- dando con delicadeza e infinito respeto la conciencia de cada uno– hacer presente el pensamiento cristiano en la universidad”.

Su formación en la fe se inició en casa, continuó en el colegio y luego se enriqueció viviéndola con Raquel, su esposa, en su parroquia y especial- mente en el Monasterio Benedictino. Para estudiar la Sagrada Escritura, participó en reuniones semanales con Frau Hertwig Müchel, judía conversa, erudita llegada de Frankfurt antes de la segunda guerra. En otras ocasio- nes, las hacían junto a don Vicente Ahumada, también un notable biblista, profesor y director espiritual del Seminario de Santiago.

Estudiar con profundidad los libros del Antiguo Testamento, y observar la continuidad de la Historia Sagrada, de los designios de Dios y de su fidelidad debe haber sido muy enriquecedor. Me detengo un momento en este punto:

¡qué interesante escuchar o leer los testimonios de hermanos en Cristo, judíos conversos! Desde luego, comenzando por Saulo de Tarso y tantos más, Henri Bergson (filósofo francés que se acercó mucho al catolicismo), Edith Stein (Santa Benedicta de la Cruz), o Jean-Marie Lustiger, cardenal primado de París. “Dios –expresó el cardenal Lustiger– manifestó en su propio Hijo lo que estaba escondido en su pueblo elegido. El Nuevo Testamento está oculto en el Antiguo y el Antiguo sale a la luz en el Nuevo”18.

Con Raquel se fueron incorporando a la espiritualidad benedictina, que ha sido su verdadera “Alma Mater”. La Congregación llegó a Chile en 1938 y se acercaron impulsados por Frau Müchel, justo cuando habían llegado benedictinos alemanes. Con frecuencia, asistieron a la Misa dominical del primer Monasterio de Las Condes (hoy, Hospital de la Fuerza Aérea), y del actual, incorporándose a sus actividades formativas, llegando ambos a ser Oblatos de la orden. El Dr. Vial recordaba vivamente las clases del padre Odon Haggenmüller, alemán y prior hasta 1959, notable biblista y políglota, capaz de leer en hebreo la escritura.

En otros momentos integraba la intelectualidad católica de la época, donde puedo agregar a Armando Roa R., Julio Philippi I., Jaime Eyzaguirre G., Juan de Dios Vial Larraín, los sacerdotes Osvaldo Lira (SSCC) y Julio Jiménez B. (SJ) y más tarde el filósofo Alfonso Gómez-Lobo. Sin embargo, en esos mismos años no se incorporó a movimientos internacionales de jóvenes universitarios, tales como Pax Romana, ni al milenarismo19 cercano a Jaime Eyzaguirre G., ni a tendencias socialcristianas, o falangistas, que más tarde derivarían en partidos políticos.

Siempre le interesó ahondar el diálogo entre fe y razón, estudiando con especial interés temas complejos para la Iglesia tales como la cuestión de Galileo y la teoría de la evolución. En su vida académica, creó lazos de amistad con intelectuales y artistas, chilenos y extranjeros de variado pensamiento, algunos creyentes, otros agnósticos, por ejemplo, Patricio Sánchez, biólogo ya mencionado; poetas como Godofredo Iommi Marini o filósofos como Víctor Farías Soto. Siempre respetuoso, pero valiente, fiel al magisterio, sin rehuir la polémica, compartiendo con rigor y sin fanatismo su visión del mundo y de la vida.

¿Qué podemos añadir?

Desde el punto de vista espiritual, no se complicó mucho con el tema de la fe. Formado en una fe sin bea- tería, aceptó con humildad la existencia de misterios y la respuesta de la fe, partiendo por la existencia de Dios. Aceptó la doctrina católica, dando sin embargo cuantas veces pudo “razón de su fe”, sin deleitarse en grandes es- peculaciones filosóficas y comprendiendo que la exégesis de la Biblia nos indica que, en muchos textos, el lenguaje es metafórico. Católico observante, fue atraído por la espiritualidad del “ora et labora”, la oración silenciosa de las horas, vida austera que incorporó al trabajo universitario, especialmente evitando lo rimbombante, lo masivo. Sigamos por un momento sus respuestas a una entrevista:

La fe católica no cambia ni los contenidos de ninguna ciencia ni el vigor –o la acritud, incluso– del debate intelectual. Adonde mira la fe católica –y creo que es positivo– es a darle un sentido a todo esto. La fe cristiana provoca desde el primer momento, desde el primer siglo del cristianismo, lo que podríamos llamar la respuesta intelectual a la interpelación de la fe (…) Perspectivas filosóficas de los padres apostólicos o de los padres de la Iglesia griega o San Agustín un par de siglos después (…) Son puntos de vista muy distintos, incluso contrapuestos, que elaboran sobre una misma cosa (…) Se sienten interpelados por la fe a contestar con la inteligencia. En el siglo XI decía San Anselmo que la fe cristiana es una fe que busca ser entendida.20

Vida personal y familiar

Dejo para el último el área más íntima del Dr. Vial. Siendo interno de 7° año, en septiembre de 1948 contrajo matrimonio con Raquel Ariztía, mujer de carácter firme, muy viva y extraordinariamente simpática.

Se complementaron en el conocimiento de su fe, en su consagración a la espiritualidad benedictina, en una vida sencilla en la que se refugiaban cuando termina- ban los compromisos en el Vaticano y en las esferas universitarias. Era conmovedor verlos permanente- mente comunicados más allá de las palabras a través de sus expresiones, en una relación que no se desgastó a lo largo de más de 50 años de matrimonio.

Sus amistades fueron pocas y selectas, con personas con distintas formas de ver la vida. Disfrutaba la lectura y la música, caminar por el Parque Forestal paseando a Benito, su perro fiel, y yo añadiría –algo que suena absurdo–, porque no es un hobby, pero que le producía gran placer: pensar en forma razonable. También integrar a la reflexión descubrimientos importantes para explicar el avance de la humanidad y los riesgos que comprometen el planeta, como fue el hallazgo de las pinturas rupestres de Chauvet y las consecuencias del calentamiento global.

Su salud fue puesta a prueba al menos en tres momentos duros: una tu- berculosis ganglionar contraída realizando autopsias: un desprendimiento de retina que lo obligó a permanecer en reposo horizontal y casi inmóvil por varios meses. Cuando le pregunté a qué había dedicado ese tiempo, me respondió “Qué pregunta tan extraña: a escuchar música, recibir visitas y principalmente reflexionar”. ¿Sobre qué? Acerca de cualquier cosa, pues nada le fue ajeno: la biología, la historia de las ciencias, la física, la religión y la matemática. Finalmente, por una fractura que limitó severamente su movilidad durante los últimos años de su vida, en la que tanto él como su esposa dieron testimonio de su devoción mutua, su fortaleza interior y su gratitud hacia los que los apoyaron.

Esta es la historia de Juan de Dios Vial, académico católico coherente con su fe, hombre excepcionalmente culto, con una memoria prodigiosa, que se relacionó con los otros en un plano de igualdad exponiendo sus ideas. Conocerlo me interpeló, me abrió nuevos horizontes y desafíos y me permitió comprender mejor cuál es nuestra tarea y nuestra esperanza como profesores universitarios.


*Agradecimiento

Agradezco mucho las valiosas sugerencias y correcciones realizadas en este trabajo por la Dra. Gloria Valdés S.


HITOS ACADÉMICOS EN LA VIDA DE JUAN DE DIOS VIAL CORREA

  • Médico Cirujano. Universidad de Chile (1949)
  • Profesor de Histología. Escuela de Medicina PUC (1952-1985)
  • Director del Departamento de Anatomía PUC (1953-1966)
  • Decano de la Facultad de Medicina PUC (1966-1967)
  • Miembro del Consejo Superior de la PUC (1977-1985)
  • Profesor Facultad de Química y Farmacia Universidad de Chile (1964-1983)
  • Miembro de la American Society for Cell Biology
  • Profesor Visitante (Dmt Molecular Cellular and Developmental Biology) U. Colorado
  • Presidente de la Sociedad Chilena de Biología (1975-1977)
  • Miembro de la Sociedad Latinoamericana de Microscopía Electrónica
  • Presidente Soc. Latinoamericana de Microscopía Electrónica (1975-1977)
  • Miembro del Consejo Superior de Ciencias (1981-1983)
  • Presidente del Consejo Superior de Ciencias (1982-1983)
  • Miembro de la Academia de Ciencias Instituto de Chile (1984)
  • Rector de la P. Universidad Católica de Chile (1985-2000)
  • Presidente de Academia Pontificia para la Vida (1994-2004)
  • Premio Jorge Millas Universidad Austral de Chile (2010).


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Notas

1 Dempsey, Edward W.; Vial, Juan de Dios, Lucas RV Jr., Lansing, Albert I.; “Characterization of the reaction between orcein and the elastic fibers of the ligamentum nuchae of the horse”. The Anatomical Record. 1952. 113(2): 197-213.
2 Entrevista a Dr. Vicente Valdivieso D.
3 Vera CL, Vial, Juan de Dios, Luco, Joaquín; “Reinnervation of nictitating membrane of cat by cholinergic fibers”. Journal of Neurophysiology. 1957. 20(4): 365-373.
4 Vial, Juan de Dios, Orrego, Héctor. “Electron microscopic observations on the fine structure of parietal cells”. The Journal of Biophysical and Biochemical Cytology. 1960. 7:367-372.
5 Torrealba, Carolina; “Juan de Dios Vial Correa”, en Pioneros. El inicio de la biología experimental en Chile. Ed Ciencia y Vida, Santiago, 2013. p. 286
6 Fresno, Juan Francisco; “Palabras del Gran Canciller”. Noticias P. Universidad Católica de Chile. 12 de marzo, 1985.
7 Vial, Juan de Dios; “Palabras del Rector Designado Juan de Dios Vial C.”. Noticias P. Universidad Católica de Chile. 12 de marzo, 1985.
8 San Francisco, Alejandro; Juan de Dios Vial Correa. Pasión por la Universidad. Ediciones UC, Santiago, 2017, p. 31.
9 Desde luego, Guillermo von Humboldt, Henry Newman, José Ortega y Gasset, Karl Jaspers y Karol Wojtyla. En Chile, destacan: Andrés Bello, Jorge Millas, Amador Neghme, Juan Gómez Millas, Joaquín Luco, Alejandro Lipschutz, Enrique Molina y David Stitchkin.
10 Vial, Juan de Dios; Palabras a la Universidad. Vicerrectoría Académica Universidad Católica de Chile, Santiago de Chile, 2000. 11 Vial, Juan de Dios; “Las Ciencias y la Universidad”. Revista Finis Terrae, 1964. 45: 5-11.
12 Entrevista en Revista Creces, 1988. 9 (12): 20-23.
13 Vial; op cit Palabras a la Universidad.
14 Vial, Juan de Dios; “Discurso Programático 1990-1995”.
15 Evangelio S. Juan 8: 31-32
16 Vial, Juan de Dios; “La Teoría Celular en los Orígenes de la Biología Moderna”. Consejo de Rectores. Fascículos para la Comprensión de la Ciencia. Editorial Universitaria, Santiago, 1982.
17 Schwamm, Theodor; Mikroskopische Untersuchungen über die Ubereinstimmungen in der Struktur un dem Wachstum der Thiere und Pflanzen. Berlin, 1939. En Vial, Juan de Dios; Historia de la Célula. Ed. Universitaria, Santiago, 1998, pp. 33-34.
18 Lustiger, Jean-Marie; Le Choix de Dieu. Editions de Fallois, París, 1987, p. 94.
19 El milenarismo es una doctrina divulgada en Chile por el padre jesuita Manuel Lacunza, según la cual después de su Segunda Venida (Parusía), Cristo reinará en la tierra 1.000 años en Gloria y Majestad.
20 Entrevista en Revista Creces 1988. 9 (12): 54-56.
 

Últimas Publicaciones

El cardenal Mario Grech, Secretario General para el Sínodo de los Obispos, ha definido el proceso sinodal que atraviesa la Iglesia como un tiempo para hablar. El cardenal cita el Eclesiastés 3,7, donde se escribe que existe un tiempo para hablar y otro para callar, y señala que ambos tiempos se requieren mutuamente. “El discurso sin silencio se convierte fácilmente en palabras huecas. El silencio sin palabras puede conducir fácilmente a un estado de apatía e irresponsabilidad” [1] . Muchas veces la Iglesia ha caído en este desbalance, ha permanecido en silencio cuando ha debido hablar (especialmente cuando ha sido testigo de injusticias que clamaban al cielo) o, viceversa, ha hablado demasiado cuando convenía guardar silencio. En su homilía el cardenal Grech llama la atención, sin embargo, sobre los tiempos propicios para hablar y callar, no hacia afuera, sino dentro de la propia Iglesia. Demasiadas veces se ha escogido el camino de guardar silencio sobre aquello que sucede dentro de la Iglesia y se ha ensalzado la reserva y la prudencia como atributos institucionales que han ido modelando una cultura del silencio. En el Evangelio se recuerda el detalle del demonio que enmudece a su víctima y la fuerza a permanecer en silencio. “Cuando elegimos callar, en lugar de hablar, porque es más conveniente, estamos colaborando con este mal”. Aparte de los abusos sexuales, existe un manto de silencio mucho más ominoso que pesa sobre la vida de la Iglesia, dice el cardenal Grech: se trata de las divisiones entre los católicos, las diferencias entre los que fa-vorecen esta posición o la otra en materias delicadas, como el puesto que debe ocupar la mujer dentro y fuera de la Iglesia, el alcance del sacerdocio común de los bautizados, el celibato sacerdotal, la propia sinodalidad de la Iglesia y las atribuciones de la autoridad episcopal, sin contar otras materias controvertidas, como la anticoncepción, el divorcio o el reconocimiento del matrimonio homosexual. Son cuestiones que todos reconocemos presentes pero sobre las que preferimos guardar silencio. O, peor aún, optar por plantear estos temas en grupos más pequeños formados por personas que tienen una opinión común. En lugar de tener una discusión abierta y franca, terminamos en una Iglesia formada por pandillas. En lugar de dialogar, tenemos una cultura de nosotros contra ellos. La Iglesia debería hablar sobre estos temas, pero muchas veces opta por permanecer en silencio. El proceso sinodal es un tiempo para dialogar, dice el cardenal: “Es hora de dejar que los lados liberal y conservador de la Iglesia hablen, franca y abiertamente, y expongan sus preocupaciones”. Hablar no significa desconocer la autoridad ni la tradición, aunque el diálogo debe admitir que no todo está zanjado de una vez y para siempre y que todas las materias que dividen a los católicos son susceptibles de una debida consideración. Jean Luc Marion ha señalado que los católicos de hoy no están divididos por ninguna materia teológicamente decisiva como lo estuvieron en los primeros siglos con las controversias cristológicas que ponían en entredicho el corazón mismo de la fe, o siglos después con el cisma protestante que cuestionó severamente la realidad sacramental de la Iglesia. Nuestras controversias no tienen ningún potencial cismático y versan casi todas respecto de la relación de la Iglesia con el mundo y con el grado de adecuación a los cambios culturales que cruzan las sociedades modernas. No se trata de desmerecer la importancia de las divisiones que tenemos entre manos, pero tampoco de exagerarlas. Hablar no significa decir cualquier cosa, sino concurrir en una intelección común de la verdad, es hablar con otros que provienen de experiencias distintas y tienen otros puntos de vista, en procura de encontrar un entendimiento. Demasiadas veces se identifica la religión con el fanatismo y la intransigencia, es decir, la incapacidad de diálogo que se disfraza de convicciones e intransables por todos lados. Hablar significa abrir la puerta a quienes no saben nada, pero tienen la lámpara de la fe prendida. Ya no en su homilía, sino en su conferencia en el simposio de Oxford, el cardenal Grech mira las cosas desde el otro lado y define el proceso sinodal como una Iglesia que escucha. Para que alguien hable verdaderamente, debe haber otro que permanece en silencio y escucha. En el momento actual es la autoridad la que escucha el talante profético del “sensus fidei” para luego discernir y actuar. El dogma de la Inmaculada Concepción de María tiene la fama de ser el colmo de la autoridad pontifical, pero en realidad fue la coronación de un sentir popular que se había conformado y madurado durante siglos. El proceso sinodal depende casi enteramente de la capacidad de estimular la capacidad de que todos hablen, con ponderación y humildad, pero que se diga lo que muchos tienen que decir, con franqueza y sinceridad de corazón. Ojalá ninguna autoridad religiosa menosprecie lo que digan sus fieles bajo pretexto de que no saben o no están suficientemente enterados. 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