La Liturgia (Hch 5,34-42 y Jn 6,1-15) nos propone hoy tres ejemplos de libertad. La libertad de la que hablamos en este tiempo pascual, es la libertad de los hijos, que nos ha devuelto Jesús con su obra redentora.

El primer ejemplo de persona libre es Gamaliel, fariseo y doctor de la ley que, en los Hechos, convence al sanedrín de liberar a Pedro y a Juan, que están en la cárcel por haber curado a un paralítico. Gamaliel es un hombre libre, piensa con la mente fría, les hace razonar, los convence de que el tiempo acabará poniendo las cosas en su sitio. El hombre libre no teme al tiempo: deja hacer a Dios. Le deja sitio, para que Dios actúe en el tiempo. El hombre libre es paciente. Y era judío –no era cristiano, no había reconocido a Jesús salvador–, pero era un hombre libre. Tiene sus ideas, las ofrece a los demás y se las aceptan. La libertad no es impaciente. También Pilato pensaba bien, con la cabeza fría, y se dio cuenta de que Jesús era inocente. Pero no logró resolver el problema, porque no era libre, estaba apegado al cargo, le faltaba la valentía de la libertad porque era esclavo del carrerismo, de la ambición, de su éxito.

El segundo ejemplo de libertad son Pedro y Juan, que habían curado al paralítico, y ahora estaban ante el sanedrín. El sanedrín al final los libera, pero los manda flagelar, aunque sean inocentes. Castigados injustamente, “salieron del Sanedrín contentos de haber merecido aquel ultraje por el nombre de Jesús”. Es la alegría de imitar a Jesús. Es otra libertad: más grande, más amplia, más cristiana. Pedro podía ir al juez y acusar al sanedrín y pedir resarcimiento. En cambio, estaba alegre, como Juan, porque habían sufrido en nombre de Jesús. Quizá recordaban las palabras de Jesús: “Bienaventurados cuando seáis insultados, perseguidos, por mi causa. Bienaventurados vosotros”. Eran libres en el sufrimiento, por seguir a Jesús. Es la actitud cristiana: “Señor, tú me has dado tanto, has sufrido tanto por mí. ¿Qué puedo hacer por ti? Toma, Señor, mi vida, mi mente, mi corazón, todo es tuyo”. Esa es la libertad de un enamorado de Jesucristo, sellado por el Espíritu Santo, con la fe en Jesucristo: “Tú has hecho esto por mí, yo hago esto por ti”. También hoy hay tantos cristianos en la cárcel, torturados, que llevan adelante esa libertad: la de confesar a Jesucristo.

El tercer ejemplo es el mismo Jesús, que hace el milagro de la multiplicación de los panes. Al final la gente está entusiasmada y Jesús, “sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey, se retiró otra vez a la montaña él solo”. Se distanció del triunfalismo. No se dejó engañar por ese triunfalismo: era libre. Como en el desierto, cuando rechaza las tentaciones de satanás porque era libre, y su libertad era seguir la voluntad del Padre. ¡Y acabará en la cruz! Es el ejemplo de libertad más grande: Jesús, que siguió la voluntad del Padre para curar nuestra filiación. Pensemos hoy en mi libertad, en nuestra libertad. Tres ejemplos: Gamaliel; Pedro y Juan; y Jesús. ¿Mi libertad es cristiana? ¿Soy libre? ¿O soy esclavo de mis pasiones, de mis ambiciones, de tantas cosas, de las riquezas, de la moda? Parece una broma, pero ¡cuánta gente es esclava de la moda! Pensemos en nuestra libertad, en este mundo que es un poco esquizoide, esquizofrénico, ¿no? Grita: “Libertad, libertad, libertad”, pero es más esclavo, esclavo, esclavo. Pensemos en esa libertad que Dios, en Jesús, nos da.


Fuente: Almudi.org

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