Los galileos recibieron a Jesús porque habían oído tantos milagros que había hecho en otras partes y pensaban: “hará aquí otros tantos, nos hará bien: que venga, nos vendrá bien a todos”.

“Si no veis signos y prodigios, no creéis”. Es un reproche el que, en el Evangelio de hoy (Jn 4,43-54), Jesús dirige al funcionario del rey que sale a su encuentro en Galilea para pedirle que cure a su hijo enfermo. La gente sabía que Jesús ya había hecho muchos milagros. Y parece como si Jesús perdiera la paciencia porque el prodigio parece ser lo único que cuenta para ellos.

¿Dónde está vuestra fe? Ver un milagro, un prodigio y decir: Tú tienes el poder, Tú eres Dios, sí, es un acto de fe, pero así de pequeño. Porque es evidente que este hombre tiene un poder fuerte; ahí comienza la fe, pero luego debe seguir adelante. ¿Dónde está tu deseo de Dios? Porque la fe es eso: tener el deseo de hallar a Dios, de encontrarlo, de estar con Él, de ser felices con Él.

Pero, ¿cuál es, en cambio, el gran milagro que hace el Señor? La primera lectura del libro del profeta Isaías (65,17-21), lo explica: “Mirad: voy a crear un nuevo cielo y una nueva tierra. Regocijaos, alegraos siempre por lo que voy a crear”. El Señor atrae nuestro deseo a la alegría de estar con Él. Cuando el Señor pasa por nuestra vida y hace un milagro en cada uno de nosotros, y cada uno sabe qué ha hecho el Señor en su vida, ahí no acaba todo: esta es la invitación para seguir adelante, para continuar caminando, “buscar el rostro de Dios”, dice el Salmo; buscar esa alegría.

Así pues, el milagro es solo el inicio. Me pregunto qué pensará Jesús de tantos cristianos que se quedan ahí, en la primera gracia recibida, pero que no caminan y se comportan como aquel que, en el restaurante, se harta con el aperitivo y vuelve a casa sin saber que lo mejor viene después. Porque hay muchos cristianos quietos, que no caminan; cristianos enterrados en las cosas de cada día –¡buenos, buenos!–, pero que no crecen, se quedan pequeños. Cristianos aparcados: se estacionan. Cristianos enjaulados que no saben volar con el sueño a eso tan bonito a donde el Señor nos llama.

Es una pregunta que cada uno puede hacerse. ¿Cómo es mi deseo? ¿Busco al Señor así? ¿O tengo miedo, soy mediocre? ¿Cuál es la medida de mi deseo? ¿El aperitivo o todo el banquete?

Conservar el propio deseo, no asentarse demasiado, ir un poco adelante, arriesgar. El verdadero cristiano se arriesga, sale de la seguridad. Meditemos en esta verdad. Y pidamos al Señor la gracia de la magnanimidad, de arriesgar, seguir adelante: que el Señor nos dé esa gracia.


 Fuente: Almudi.org

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