La primera Lectura empieza: «En aquellos días, la Iglesia gozaba de paz en toda Judea, Galilea y Samaria. Se iba construyendo y progresaba en el temor del Señor, y se multiplicaba con el consuelo del Espíritu Santo» (Hch 9,31). Tiempo de paz. Y la Iglesia crece. La Iglesia está tranquila, tiene el consuelo del Espíritu Santo, está consolada. Tiempos buenos… Sigue la curación de Eneas, y luego Pedro resucita a Gacela, Tabita…, cosas que se hacen en paz.

Pero hay tiempos no de paz, en la Iglesia primitiva: tiempos de persecuciones, tiempos difíciles, tiempos que ponen en crisis a los creyentes. Tiempos de crisis. Y un tiempo de crisis es el que nos cuenta hoy El Evangelio de Juan (cfr. 6,60-69). Este pasaje del Evangelio es el fin de todo un seguimiento que comenzó con la multiplicación de los panes, cuando querían hacer rey a Jesús, Jesús se va a rezar, ellos al día siguiente no lo encuentran, van a buscarlo, y Jesús les reprocha que lo buscan porque da de comer y no por las palabras de vida eterna… Y toda esa historia acaba aquí. Le dicen: “Danos de ese pan”, y Jesús explica que el pan que dará es su propio cuerpo y su propia sangre.

«En aquel tiempo, muchos discípulos de Jesús, al oírlo, dijeron: este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle caso?» (v. 60). Jesús había dicho que quien no comiese su cuerpo y su sangre no tendría vida eterna. Jesús decía también: “Si coméis mi cuerpo y mi sangre, resucitaréis en el último día” (cfr. v. 54). Esas son las cosas que decía Jesús. «¡Duras son estas palabras!» (v. 60). “Es demasiado duro. Algo aquí no funciona. Este hombre se ha pasado varios pueblos”. Y este es un momento de crisis. Había momentos de paz y momentos de crisis. Jesús sabía que los discípulos murmuraban. Aquí hay una distinción entre los discípulos y los apóstoles: los discípulos eran unos 72 o más, los apóstoles eran los Doce. «Pues Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar» (v. 64). Y ante esa crisis, les recuerda: «Por eso os he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede» (v. 65). Vuelve a hablar de aquel ser atraídos por el Padre: el Padre nos atrae a Jesús. Y así es como se resuelve la crisis.

Y «desde entonces, muchos discípulos suyos se echaron atrás y no volvieron a ir con él» (v. 66). Tomaron distancias. “Este hombre es un poco peligroso… Y esa doctrina… Sí, es un hombre bueno, predica y cura, pero cuando llega a esas cosas raras… Por favor, vámonos” (cfr. v. 66). Y lo mismo hicieron los discípulos de Emaús, la mañana de la resurrección: “Pues sí, algo extraño: las mujeres dicen que el sepulcro… Pero esto huele raro –decían–, vámonos pronto porque vendrán los soldados y nos crucificarán” (cfr. Lc 24,22-24). Y lo mismo los soldados que protegían el sepulcro: vieron la verdad, pero prefirieron vender su secreto: “Vamos a lo seguro: no nos metamos en esas historias, que son peligrosas” (cfr. Mt 28,11-15).

Un momento de crisis es un momento de elección, es un momento que nos pone ante las decisiones que debemos tomar. Todos, en la vida, hemos tenido y tendremos momentos de crisis: crisis familiares, crisis matrimoniales, crisis sociales, crisis en el trabajo, muchas crisis… También esta pandemia es un momento de crisis social.

¿Cómo reaccionar en el momento de crisis? «Desde entonces, muchos discípulos se echaron atrás y no volvieron a ir con él» (v. 66). Jesús decide preguntar a los apóstoles: «Entonces Jesús les dijo a los Doce: ¿También vosotros queréis marcharos?» (v. 67). ¡Tomad una decisión! Y Pedro hace la segunda confesión: «Simón Pedro le contestó: Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos y sabemos que tú eres el Santo consagrado por Dios» (vv. 68-69). Pedro confiesa, en nombre de los Doce, que Jesús es el Santo de Dios, el Hijo de Dios. La primera confesión –“Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”– y enseguida, cuando Jesús empezó a explicar la pasión que vendría, él lo para: “¡No, no, Señor, eso no!”, y Jesús le regaña (cfr. Mt 16,16-23). Pero Pedro ha madurado un poco, y aquí no protesta. No entiende lo que Jesús dice, eso de “comer la carne y beber la sangre” (cfr. 6,54-56), no lo comprende, pero se fía del Maestro. Se fía. Y hace esta segunda confesión: “¿Pero a quién iremos?, por favor. Tú tienes palabras de vida eterna” (cfr. v. 68).

Esto nos ayuda a todos a vivir los momentos de crisis. En mi tierra hay un proverbio que dice: “cuando vas a caballo y debes atravesar un río, por favor, no cambies de caballo en medio del río”. En los momentos de crisis, ser muy firmes en la convicción de la fe. Esos que se fueron, “cambiaron de caballo”, buscaron otro maestro que no fuese tan “duro”, como decían de Él. En el momento de crisis está la perseverancia, el silencio; permanecer donde estamos, firmes. No es el momento de hacer cambios. Es el momento de la fidelidad, fidelidad a Dios, fidelidad a las decisiones tomadas antes. Es también el momento de la conversión, porque esa fidelidad nos inspirará algún cambio para bien, no para alejarnos del bien.

Momentos de paz y momentos de crisis. Los cristianos debemos aprender a manejar ambas. Ambas. Algún padre espiritual dice que el momento de crisis es como pasar por el fuego para hacerte fuerte. Que el Señor nos envíe el Espíritu Santo para saber resistir las tentaciones en los momentos de crisis, para saber ser fieles a las primeras palabras, con la esperanza de vivir después momentos de paz. Pensemos en nuestras crisis: las crisis de familia, las crisis del barrio, las crisis en el trabajo, las crisis sociales del mundo, del país… Tantas crisis, tantas crisis. Que el Señor nos dé la fuerza –en los momentos de crisis– de no vender la fe.


Fuente: Almudi.org

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