El apóstol Santiago es llamado el Mayor. Tal mayorazgo se afinca en las palpitantes realidades: íntimo del Mesías, y adelantado en el seguimiento hasta la sangre. La pregunta: ¿Para Santiago de Chile “nomen es tomen”? Frotando acontecimientos, textos y dudas, como piedras de pedernal, puede ser que brote una chispa y quién sabe hasta dónde nos lleve el fuego.

Lienzo uno: de la intimidad al primer martirio

Sostiene Artistóteles en la “Ética a Nicómaco”, que la intensidad de los vínculos humanos no es multiplicable. Según el Estagirita, y la general experiencia, el número de los íntimos es contado. Cristo que era “igual a nosotros en todo menos en el pecado”, no quedó exento de este límite, que no lo es tanto, pues permite recibir y dar honduras en el amor. En efecto, se puede hablar de unos círculos concéntricos de la amistad en la historia de Jesús de Nazaret. Algo así como el guijarro que, rompiendo el espejo de la laguna vespertina, emite ondas. Sólo que en Jesús los círculos expandidos eran de fuego. La mayor ascua fue María. Con ella se dio una intimidad única en la historia. Jamás sobre la tierra ocurrió el encuentro de dos amadores más des-escudados del propio yo. Todo era fusión magnánima en la irreversible trenza de gozo, dolor y victoria. El siguiente círculo eran los Doce, después los setenta y dos discípulos. Y la onda amplísima: “la multitud”.

Pero entre los Doce hubo tres que el Maestro convocó a una más entrañable cercanía: Pedro, Santiago y Juan. Ellos, junto con Andrés, pertenecen a las dos iniciales parejas fraternas. Santiago y Juan tenían por padre al Zebedeo y Salomé. Eran naturales de Bethsaida en la costanera del lago Genezareth. Allí fueron elegidos cuando el Señor, “mientras paseaba junto al lago de Galilea vio a dos hermanos… Simón, apodado Pedro, y Andrés…, algo más adelante vio a otros dos hermanos, Santiago y Juan. Los llamó y ellos al punto dejando la barca y al padre, lo siguieron” (Mt 4, 18-22). Al punto. Es decir, en los escogidos se da una prontitud generosa, una disponible alerta que caracteriza, junto con toda la arcillosa fragilidad, a los seguidores del Nazareno.

Los tres más próximos aparecen en la sanación de la suegra de Pedro en Cafarnaún, narrada por Marcos (1, 29 ss). En el relato de la resurrección de la hija de un jefe de sinagoga, Jairo, este mismo evangelista recoge de la tradición petrina un gesto demarcador. Casi suena excluyente, pero es más bien memoria de inclusiva predilección. Pedro, informante de Marcos, mal podría olvidarlo. Al lado interior de la línea cordial nuevamente está nuestro Santiago. Ocurrió al encaminarse Jesús para realizar el portento de revivir a la niña muerta: “No permitió que lo acompañase nadie, salvo Pedro, Santiago y su hermano Juan” (5, 37).

Hay dos escenas mayores que testifican cómo Jesús culmina su preferencia por la tríada. Acontecen en dos montes: Tabor y Getsemaní. La transfiguración y la sangrante agonía. Sol y olivares. No son dos hechos yuxtapuestos o eslabones contiguos por el acaso. Entre ambos trances hay un arco tenso. Porque tomó consigo a los entrañables en la hora del máximo anonadamiento, los quiso preparar dándoles un adelanto de su gloria en la cumbre silvestre donde “sus vestidos se volvieron de una blancura resplandeciente, como no los puede blanquear ningún batanero de este mundo” (Mc 9,3). El radar de la liturgia acusa la polaridad de Tabor y Getsemaní en el prefacio de la transfiguración del Señor. Se canta allí a Cristo que “reveló su gloria ante los testigos que él escogió y revistió con máximo esplendor su cuerpo, para quitar del corazón de sus discípulos e escándalo de la cruz”. Y éstos “que El escogió”, escucharon en el Huerto de los Olivos la más inaudita confidencia, en medio del escandaloso desamparo de Jesús angustiado, luchando entre el cáliz y la obediencia. Marcos es el único evangelista que recoge, en tal momento, la palabra más vívida de la ternura del Verbo Encarnado para con “Aquél que lo envió”. A Jesús en su congoja se le escapa el más dulce vocativo. Corresponde a nuestro “papacito”. “Decía: Abb´(Padre), Tú lo puedes todo” (14, 36). Tabor, Getsemaní.

Los hijos del Zebedeo debieron ser de vehemencia paladina, tanto que el mismo Señor les dio por apodo “Boanerges” (que significa Atronadores) (Mc. 3, 17), según traduce el eximio Luis Alonso Schoekel. Otros vierten tal expresión griega en “Hijos del Trueno”. El sobrenombre aparece en la narración de una disputa dentro del Colegio Apostólico por los primeros puestos. La madre de los “Atronadores”, y ellos mismos, intervienen ante Jesús para sentarse en trono de honor… “en tu gloria, uno a tu derecha y otro a tu izquierda” (Mc. 10, 37). La respuesta del Señor es una pregunta: “¿Sois capaces de beber la copa que yo he de beber, o bautizaros con el bautismo que yo he de recibir?” (Mc. 10, 38). La contestación de Santiago y Juan es un “¡podemos!”, que los marcará con cuño de muerte. Santiago será el primero de los Doce Apóstoles en seguir a Cristo mártir. Herodes Agripa, para congraciarse con los fariseos, arremetió contra la prístina comunidad cristiana de Jerusalén. Encarcela y tortura a muchos. Libera a todos menos uno. Retiene al que, desde Pentecostés, había trocado su vehemencia natural en una pasión por Cristo. El despótico rey “hizo degollar a Santiago, el hermano de Juan”. Corría recién el año 44 d.C.

Este Santiago es llamado el Mayor. Tal mayorazgo se afinca en las palpitantes realidades: íntimo del Mesías, y adelantado en el seguimiento hasta la sangre. El prefacio de la eucaristía que lo conmemora, lo perfila con nítidos trazos de colorido biográfico: “Jesús redentor apartó a Santiago de la humilde faena de las redes, constituyéndolo pescador de hombres para su salvación. El respondió a la llamada divina con corazón animoso y fiel, mereciendo así afrontar el tormento del martirio y obtener la gloria, antes que los demás Apóstoles del Señor”.

Lienzo dos: imágenes entre la lluvia de siglos

Cuando los peregrinos entraban a Compostela llegaban exhaustos y gloriosos. Se agrupaban por naciones y cofradías. Detenidos en el pórtico de la inmensa catedral eran llamados cada uno en su propio idioma. Un clérigo asistente al custodio del altar iba dándoles con una vara un ligero golpe. Era un rito de perdón de los pecados veniales. Se pronunciaba la fórmula de absolución y el sacerdote, recogiendo el unísono clamor mudo, gritaba: “Betrón atróm, San Giama! Atróm de labro”. Estas voces en gallego ancestral se traducen diciendo: “¡Bien toma el trueno, Santiago! El trueno del labio”.

Por lo que así se escucha, los peregrinos y los presbíteros jacobeos habían dado vuelta el guante. Con justa razón. El Atronador Santiago ya no disparaba sus cañonazos de pólvora iracunda. Muy al contrario. Ahora acoge clemente los truenos suplicantes de los pobres pescadores, que buscan la remisión de Dios cerca del Santiago Apóstol intercesor. El sabio historiador López Ferreiro glosa el grito ritual con palabras comprensibles para nosotros. “Recibe benignamente, Apóstol Santiago, este grito atronador que en todas las lenguas del mundo pronuncia el labio”. El hijo del violento estrépito se trocó durante el Medievo en el padre de la clemencia reconciliadora. Paradoja muy sabia del Espíritu Santo.

A más d los textos re-encontrados, hay testimonios que todos los ojos pudiesen ver hoy día. Esto es lo maravilloso de la iconografía perenne. Sin percibirlo, uno cae en el tiempo pretérito con la inmediatez de un contemporáneo del tallador. De este modo, si traemos a un “museo imaginario” los diferentes tipos iconográficos de Santiago el Mayor, podemos aludir, al menos, las diversas visiones que las perspectivas de la fe formularon a través de siglos. Lo de museo es engañador; alguien podría quedarse detenido en la vitrina. Hay que sentir la respiración futuriza de las imágenes. Hinquémonos en la gran catedral compostelana y, mientras afuera cae el orvallo, en la penumbravesperal del templo, miremos. Entretanto, llueve, como casi siempre en Santiago de Galicia, “Chove en Santiago, meu doce amor” (García Lorca). Y llueven los siglos sus goterones de olvido. Sin embargo, en la piedad jacobea quedan imágenes, imágenes. Los tipos iconográficos que los historiadores enumeran pueden agruparse en seis. No tienen ni de lejos igual gravitación, pero ninguno puede excluirse sin más del bello mosaico de la fe popular y culta.

El Santiago neotestamentario

Con este nombre queremos cubrir dos representaciones que tienen raíces en la información ofrecida por el Nuevo Testamento. Un atributo neotestamentario es el libro o el rollo de pergamino, el cual indica que el personaje representado es un anunciador de la Palabra o un jerarca. De hecho, en nuestro santo tal atributo manifiesta la condición de ser uno de los Doce. Así lo pintó el Greco en la sacristía de la Catedral de Toledo. Y así lo detuvo en el granito gallego el Maestro Mateo a fines del siglo XII. Esta representación magnífica, llena de alma, acoge a los peregrinos en el celebérrimo Pórtico de la Gloria, donde la piedra sonrió evangélica como jamás. Allí, en el parteluz, Santiago sostiene el rollo de la Buena Noticia. El otro tipo de imágenes tiene por atributo distintivo la espada, con la cual el santo fue martirizado, según la versión que traduce a los Hechos de los Apóstoles con las palabras: “Hizo morir por la espada a Santiago” (12,2). Así aparece en el esplendente sarcófago de los Tres Reyes Magos en el coro de la Catedral de Colonia, fechado en 1186. El Santiago neotestamentario ofrece una semblanza sólida y de vigencia permanente, clásica.

El Santiago peregrino

Es un tipo preferido en el rico universo que va y vuelve por los caminos jacobeos y de su nudo natural que es el templo compostelano. Lo que sostiene este tipo es la experiencia secular de la peregrinación a Santiago. Y como ocurre en múltiples fenómenos de la fe, el creyente termina espejándose y retratándose en el patrono venerado. En esta metamorfosis Sant-Tiago, o Jacobo, o Jaime, o Diego, o Sant-Diego, no sólo aparecerá como el que acoge a los romeros, sino que él mismo se transformará en peregrino. Esta evolución no es espúria ni arbitraria, porque en los tuétanos del Apóstol está la vocación de ser compañero, seguidor del Jesús que va hacia el Padre, y andador que se adentra progresivamente por aquella senda de quien se autodefinió como el Camino.

El Santiago peregrino es una figura de caminante, lo que se sugiere a veces poniendo los pies en planos diferentes. Sus signos son muy característicos: un sombrero de gran ala doblada en medialuna, calabaza para el agua, bordón o báculo de peregrinante, que algo sobresale de la cabeza y del cual se cuelgan algunos símbolos y cintas, zurrón o morral para lo que se lleva de viático. Algunas representaciones lo visten con una esclavina que sirve para proteger de la lluvia a los hombros y al pecho. Mención aparte merece la venera. Esta concha, como la del ostión chileno, llegó a ser la marca más propia del Señor Santiago. Formalmente es de una simple hermosura muy apta para las más variadas modulaciones plásticas. Los peregrinos cogían la venera en las rías altas y bajas de Galicia, donde se encuentra como en ningún otro lugar de Europa. Con ello demostraban haber llegado hasta el santuario pétreo de Compostela. También la concha servía de salvoconducto preferencial para cruzar fronteras y hasta para deshacerse de bandidos con un no se qué de misericordia. Y tenía el uso práctico de levantar el agua desde el riacho a los labios resecos. Hay múltiples análisis antropológicos, psicológicos y de lingüística que asocian esta concha con la matriz de la mujer (recuérdese simplemente la Venus de Boticelli). Por lo tanto, estamos bordeando el cruce del la existencia itinerante del hombre con su origen entrañable, todo ello bajo el ala del sombrero caminante de Santiago. Quedémonos con el agua hilvanada en tan sugerente resonancia. El Santiago peregrino suele aparecer “con el rostro apacible y soñador, de mirar fijo hacia la lejanía”, tal como se describe a una imagen de Johannes de Roncell cincelada en el primer cuadro del siglo XV. Conviene que a un peregrino se le vayan los ojos hacia la azul distancia, al parecer así la esperanza de arribar se nutre gota a gota. Entre los más eximios ejemplares del Santiago peregrino se cuenta la del remate del cuerpo central de la fachada compostelana, la que da a la perfecta plaza del Obradoiro.

El Santiago militar o Matamoros

Se trata de una representación de San Jaime el Mayor cabalgante de un caballo blanco. Blande la espada por los aires y en la mano izquierda lleva un escudo con la llamada “la roja cruz de Santiago”. Este despunta por tres extremos en una estilizada yema floral, signo primaveral de vida, y cuyo extremo inferior es punzante, permitiendo que la cruz pueda ser clavada. Bajo las patas del corcel relinchante yacen moros en derrota. El jinete lleva una clámide, que el viento o la rapidez del movimiento guerrero agitan. Este Matamoros ha venido a desplazar la espada. Ya no es el atributo de Santiago mártir. Ya no sufre su filo. El es quien la esgrime con osadía y amenaza. La lectura actual de esta imagen debe evitar anacronismos de cualquiera de los dos márgenes, ya sea de exaltación trasnochada o de miopía escandalizada. Nace el Matamoros en el contexto histórico de la Reconquista, cuando los centímetros se compraban cruentamente, cuando había una concatenación ceñida entre adhesión de fe y militancia guerrera. El acontecimiento que le da origen es la intervención que las tropas cristianas de Ordoño I experimentaron de Santiago en la batalla de Albeida, cerca de Clavijo (Logroño), cuando los cristianos vencieron a Baner Qasi Muza en el año 851. Formular la actualidad de esta iconografía requiere distingos y acentos. Brincando sobre el afinado análisis, sólo permítasenos enunciar la tesis de que lo permanente del Matamoros es la índole militante de la existencia cristiana. Es una condición que advierte el Apocalipsis cuando nos revela que “enfurecido el dragón con la mujer, se marchó a pelear con el resto de sus descendientes, los que cumplen el precepto de Dios y conservan el testimonio de Jesús” (12,17). Claro que esta lectura exige desnudar el núcleo simbólico, apartándolo de todos sus ropajes temporales o ideológicos que, sin distinciones, funden la fe evangélica con las lides militares, culturales o cívicas. Es interesante constatar que hay un paralelismo chileno del Matamoros con las imágenes de la Virgen del Carmen que popularmente, desde el siglo XIX, se denominan de “La Guerrera”. Con pastoral sabiduría, la Iglesia de Chile llama posconciliarmente al patrocinio de la Virgen del Carmen sobre nuestra patria, con el título de “Madre y Reina del pueblo de Chile”, posponiendo reminiscencias bélicas.

El Santiago padre y coronante

Hay imágenes que desbordan las tipologías clásicamente enumeradas. Quien se detiene en la Catedral Jacobea de Compostela y ve subir por la escalerilla de la parte posterior del altar central a los peregrinos, no puede sustraerse a un gesto secular que descarga la emoción de tantos pasos. Este ademán es un abrazo que el devoto da a la imagen sedente de Santiago. La escultura en piedra policromada proviene del romántico. Ha sido retallada en el siglo XVII. Se puede decir que a esta imagen confluyen híbridamente los tipos del Apóstol evangelizador (tiene el rollo de un tal atributo en la mano derecha) y la del peregrino (tiene el bordón en la diestra), pero, es tal la personalidad, su emanación sacramental a través de la historia y la influencia iconográfica de este Señor Santiago, que cabe situarlo en un lugar propio. Viendo cómo el Rey y la Reina de España abrazaban la imagen venerable, y después jóvenes sudorosos y campesinas con olor a humo, franceses y letones, peruanos y robustas matronas con mantillas, andaluces y franciscanos… se hace imprescindible reconocer el halo paterno que se irradia desde esa serena presencia estatuaria, acogiendo y dando certeza a familias y naciones caminantes. Este Santiago paterno lo encontramos en otra figura, donde el gesto se modifica, pero el alma apenas ha hecho una variación mínima en su tesitura de paternidad. Así se le representa, como ayudador de dolientes, en un diseño de Asam para un fresco del siglo XVIII. Un tipo fascinador de los ojos que se mueven hurgando a través de los siglos de representaciones, es el de Santiago coronante. Es escaso. En el Museo Nacional de Baviera se conserva una talla en madera de tilo colorida. Proviene del sur de Alemania y se la data en los años en torno al 1500. El Apóstol está sentado en una banca y en su sombrero hay adheridas tres veneras, o vieiras, como se dice en gallego. En ambos costados del santo están dos peregrinos, hombre y mujer, hincados en actitud de humilde plegaria. Cada uno recibe en sus sienes una corona, que el Apóstol deposita con libérrimo y cálido movimiento de las manos descendentes. En Alsacia se confeccionó un vitral en 1490 con similar motivo. Otro, lo encontramos en Friburgo, de Brisgovia, en 1524. Es un tiempo de crisis epocales y de visiones en ramalazos de luz. Entonces el instinto cristiano descubrió que Santiago acogía a quienes transitaban la distancia, no sólo perdonándoles y restañándoles las heridas. Percibió que todo ello apuntaba a una sublime dignificación. Así, los polvorientos de la ruta comenzaban a brillar con una corona que les reconocía la nobleza de hijos del Rey. Nuevamente, la iconografía toca poéticamente las zonas hondas de los misterios indecibles. Santiago, al acoger dignifica, constituyéndose en instrumento del Dios vivo, en padre enaltecedor y coronante de nosotros, los pobres pecadores en estado de peregrinación.

El Santiago mariano

En el siglo XV se le presenta, a veces, con un rosario en la mano. Más tarde, desde los siglos XVI a XVIII, se aborda el tema de la visión, que según una estremecedora leyenda el Apóstol tuvo de Nuestra Señora del Pilar. En ella le fue encomendado guardar por la fe de España. Un clásico ejemplar es el magnífico retablo de la catedral compostelana ejecutado por Miguel de Romay a comienzos del siglo XVIII, María y Santiago están esculpidos en blancura. También hay un notable relieve de alabastro en el Santuario del Pilar de Zaragoza (siglo XVI). En la tradición hispánica, lo que está pulsando en el corazón creyente, es la misteriosa comunión entre esas dos columnas de la fe de la Península, cuales son el amor a la Madre de Dios y al primer Apóstol mártir. Esta intención creyente tiene raíz en el acontecimiento de Pentecostés, cuando las Doce se encontraban “en oración con un mismo espíritu, en compañía de algunas mujeres y de María” (Hch, 1, 14). En la piedad eclesial moderna, la proximidad del Colegio Apostólico a la Virgen cuajó en el título de “María Reina de los Apóstoles”.

El Santiago predicador de indios

Recogemos esta representación como última, lo hacemos a modo de eslabón que cruza el océano y nos introduce a la cuestión de la vigencia americana y chilena de Santiago y sus iconografías. Como ejemplo significativo de este Santiago evangelizador del nuevo continente se cita el retablo pétreo de Santa Fe en Méjico, realizado en el siglo XVIII. Naturalmente, esta imagen entronca con la europea del Santiago evangelizador con el libro o con el rollo.

Todos los tipos se cruzan legítimamente unos con otros. La iconografía occidental ha tenido siempre una gran flexibilidad que permite la emergencia del genio individual y la variedad de las particularidades devocionales. Así se dan las imágenes llamadas técnicamente “híbridas”. Ellas testimonian que Santiago no es sólo un tema, que en realidad es una persona desbordante e innumerable.

La pregunta: ¿Para Santiago de Chile “nomen es tomen”?

Frotando acontecimientos, textos y dudas, como piedras de pedernal, puede ser que brote una chispa y quién sabe hasta dónde nos lleve el fuego.

La capital de Chile tiene por nombre original Santiago del Nuevo Extremo. Es la más populosa de las ciudades santiagueñas y la de mayor incidencia política, precisamente por su capitalidad. Si no engañan numerosos indicios, es también entre esas urbes y villas la más desmemoriada del peso específico que le concede el nombre bautismal del origen. Quien coge en sus manos los libros de artesanía tradicional chilena, o inspecciona las ferias donde el arte popular despliega sus frutos, quien visite los museos con obras de los dos siglos del Chile independiente, quien viva en la capital el 25 de julio, festividad del Apóstol, tendrá que preguntarse de dónde tanto silencio acerca de Santiago en las paletas del color, en los volúmenes de la forma y en los labios orantes. Pálido, muy pálido el 25 de julio. La colectividad gallega saca su fidelidad y su morriña, celebrando a su Tiago con una vivacidad y constancia que contrastan mucho con la opaca gestualidad del santiaguino corriente. Cuándo comenzó tal indiferencia, tal apatía. Por qué no vale aquí y ahora, el adagio latino de que el nombre es presagio, destino, auspicio, augurio. ¿”Nomen es tomen”, Santiago del Nuevo Extremo? ¿El íntimo de Jesús, el primer Apóstol mártir camina en la sangre por acaso? No bastan algunos ritos y algunos devotos. Una fiesta patronal, o toca la entraña popular o yace en grave letargo. Puede ser que la actual crisis santiaguina de la bruma artera y contaminante, que la pérdida de comunión entre los barrios y el atochamiento enervante de las vías, precise de un recurso transtécnico. Puede ser que estos malestares sean fiebre de un mal más hondo y trascendental. Si no se redescubre el fundante genius loci, el alma del paraje urbano, si no se posee el ánima propia, no habrá re-animación de los aires ni serenación de las calles santiaguinas.

Frotemos hechos y textos con alcurnia primigenia. Thayer Ojeda narra una ceremonia que acaece al inicio del nombre capitalino. Es enero de 1540. Pedro de Valdivia está por lanzarse a la aventura que lo constituiría en fundador de “la ciudad deleitosa”, “comarca muy apacible y agradable a la vista”, con “mucha recreación de huertas y jardines”. El conquistador “entró con los principales jefes a la Iglesia Catedral. Ahí lo aguardaba el obispo fray Vicente de Valverde, que, como en las grandes solemnidades, había hecho descorrer el velo que cubría la imagen de la Asunción, titular de la Iglesia. Recibió en sus manos el voto hecho por el futuro conquistador de Chile, de dedicar a esa sagrada advocación de María el primer templo que levantara, y poner bajo el patrocinio de Apóstol Santiago, también patrono del Cuzco, la primera ciudad que fundara”.

La tal villa estuvo asediada muy pronto por los aborígenes. En efecto, ya en marzo de 1541 “los naturales viendo el progreso de la fundación de Santiago habían comprendido que estos conquistadores no estaban dispuestos a abandonar la tierra como Almagro, por lo que era necesario cambiar de estrategia a fin de poder expulsarlos” (De Ramón). Michimalongo, Señor del valle de Aconcagua, dirigió el ataque feroz. Una portentosa intervención cambió el curso de los acontecimientos y los indios triunfantes huyeron despavoridos. Mariño de Lovera narra la protección del cielo, salvadora de la incipiente ciudad que emergía en la isla fluvial mapochina. Vale la pena seguirle el hilo acezante al cronista: “Una vez que los españoles hubieron respirado un rato del cansancio de la refriega, mandó traer a su presencia a algunos de los indios principales que habían sido hechos prisioneros y los examinó haciendo escrutinio de las causas por qué habían huido tan repentinamente, y para mejor proceder, les interrogó a cada uno separadamente y con gran recato y diligencia. Todos los prisioneros estuvieron contestes y no hubo indio que discrepase en afirmar que estando los naturales en su mayor coraje y certidumbre de su victoria vieron venir por aire un cristiano en un caballo blanco, con una espada en la mano, amenazando al bando indio y haciendo tal estrago en él, tanto que se quedaron todos pasmados y despavoridos y dejando caer las armas de sus manos, no fueron señores de sí ni tuvieron sentido para otra cosa que para huir destinados, sin ver por dónde, por haber visto cosa nunca vista”. Los castellanos habrían hecho la traslación emocional: moro igual indígena americano. Sentían que la Reconquista medieval de los reinos peninsulares de España continuaba en la ciclópea Conquista de las inmensidades de América. En el ánimo de los españoles estaba la memoria viva de la batalla de Clavijo, donde el Apóstol había combatido de su lado. Aquí entre canelos, arrayanes, molles, laureles, algarrobos y espinos, a la sombra del montículo Huelén, lanzaban el mismo grito de batalla que los había enardecido en las lides contra las tropas moras. Michimalongo les escuchó clamar “¡Santiago y a ellos!”. Fue entonces natural que el relato de los indígenas aprisionados fuese entendido, sin lugar a dudas, como un claro favor del Jinete, el Matamoros. Tal recuerdo alimentó una inculturación devocional de la fe para los habitantes de vertiente hispánica. ¿Cómo lo asimilaron el mestizaje y la población indígenas, largamente mayoritaria entre los habitantes de la capital? ¿No quedaría un oscuro resentimiento en los entresijos del alma? En todo caso, a la hora de la guerra de la independencia, los realistas echaron mano instintivamente al protector que sentían suyo por siglos. Los patriotas identificaron simbólicamente su causa con Nuestra Señora del Carmelo. Fusión ésta que cortará mucho paño y otorgará un vigor decisivo a la joven consciencia del Chile independiente. La advocación carmelita es la cuna decimonónica de la identidad del alma popular chilena. ¡Y el Apóstol parece que se retiró tenue y algo compungido a una nave de la Catedral capitalina! Ahora, esta Iglesia que la pastorea un Cardenal historiador está de Sínodo. Puede ser que el Apóstol retorne revisto con los cristales del Concilio Vaticano II.

Un viajante mirador de la historia tiene razones para preguntarle a su ciudad: ¿Santiago de Chile, qué hiciste de tu nombre apostólico tan raigal y tan desafío?


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"Les ruego y les pido de todo corazón: ¡Den marcha atrás!" , le habría escrito León XIV al superior general de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, en una carta en la que también le advirtió que "desgarrar la túnica inconsútil (sin costuras) de Cristo es un pecado de extrema gravedad" 1 . Hagamos un breve recuento de esta controversia que abrió el obispo francés Marcel Lefebvre (1905-1991) hace ya más de cincuenta años. Se dice que Pablo VI no autorizó la misa tridentina solicitada por Lefebvre por temor a contravenir el Concilio Vaticano II en momentos en que se estaba recién desplegando. Luego, bajo el pontificado de Juan Pablo II, se produjeron las primeras ordenaciones episcopales (1988) que obligaron a la excomunión de cuatro obispos lefebvristas (dos de los cuales asistieron a la reciente ceremonia masiva en Écône, Suiza). El entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cardenal Ratzinger, estuvo a punto de conseguir un acuerdo que autorizaba la misa en latín y reconocía los sacramentos impartidos por los sacerdotes de la Fraternidad, pero Lefebvre no se avino a firmar el preámbulo doctrinal que reconocía la autoridad del Concilio. La controversia en torno al canon 25 de "Lumen gentium" fue el verdadero escollo: Aunque los obispos aisladamente no gozan del privilegio de la infalibilidad, sin embargo, cuando incluso dispersos por el mundo, pero en comunión entre sí y con el sucesor de Pedro, enseñan cuál es la fe y la moral auténticas, si están de acuerdo en mantener una opinión como definitiva, entonces proclaman infaliblemente la enseñanza de Cristo 2 . Lefebvre nunca reconoció el carácter inspirado y por ende autoritativo de la reforma conciliar. El cardenal Ratzinger (luego Benedicto XVI) siempre adoptó una actitud abierta y comprensiva hacia el tradicionalismo católico, tanto por razones políticas (evitar la radicalización de los sectores conservadores) cuanto por razones teológicas. En su alocución a los obispos de Chile, pronunciada con ocasión de su visita al país en 1988 3 , Ratzinger se preguntaba por el desafío que representaba monseñor Lefebvre. A su juicio, el lefebvrismo encuentra tres puntos de apoyo en las fisuras abiertas tras el Concilio. El primero es la pérdida del sentido de lo sagrado en la liturgia y la tendencia a identificar el verdadero culto exclusivamente con el amor fraterno, desplazando el centro de gravedad desde la consagración eucarística hacia la vida en comunidad y la oración común. El segundo es la interpretación del Concilio como una ruptura con la Tradición, en lugar de comprenderlo "como parte de la entera y única Tradición". Progresistas y conservadores coinciden en que el Concilio rompió con la Tradición, unos para celebrarla, otros para lamentarla, pero una interpretación justa del Concilio debería basarse en una hermenéutica delicada y precisa de la ruptura y de la continuidad. El Concilio no alteró ni un ápice la sustancia de la Fe ni la fidelidad a la Iglesia santa, pero tampoco es una mera reiteración de lo dicho. El tercero es el debilitamiento de la convicción acerca de la unicidad de la verdad, que termina por erosionar el impulso misionero al considerar a todas las religiones igualmente verdaderas. En "Summorum pontificum" (2007), Benedicto XVI declaró que la misa tridentina nunca había sido abolida y concedió a cualquier sacerdote la posibilidad de celebrarla sin necesidad de autorización episcopal. Al mismo tiempo, levantó las excomuniones de los obispos rebeldes en un esfuerzo por relajar las tensiones litúrgicas (y tal vez como una manera de detener el crecimiento sostenido de la Fraternidad en esos años). Con motivo del Año de la Misericordia (2015), el Papa Francisco concedió a los sacerdotes de la Fraternidad la facultad de absolver de manera válida y lícita los pecados (primero de forma excepcional y luego indefinidamente), y posteriormente reconoció también la validez sacramental de los matrimonios que efectuaran. Pero en Traditionis custodes (2021) restringió severamente la misa tridentina, prohibió que se hicieran en las iglesias parroquiales o que pudieran celebrarlas sacerdotes recién ordenados, y exigió que los obispos las autorizaran en lugares y con los oficiantes permitidos 4 . Durante este año, la Fraternidad ha vuelto a ordenar cuatro nuevos obispos sin mandato pontificio, bajo pretexto de que son indispensables para la orden sacerdotal. La respuesta vaticana ha sido la más severa: excomunión "latae sententiae" (ya pronunciada, es decir, que no requiere juicio previo) para los obispos implicados, ilicitud de los sacramentos impartidos por sacerdotes de la orden e invalidez en el caso de los sacramentos de penitencia y matrimonio, y excomunión simple para los fieles que adhieran (no para quienes asistan a una misa tridentina, pero que en su fuero interno permanezcan adheridos a la autoridad pontifical). La Fraternidad se define como una orden sacerdotal. "El fin de la Fraternidad es el sacerdocio y todo lo que se relacione con él y únicamente lo que le concierne, es decir, tal como Nuestro Señor Jesucristo lo quiso cuando dijo: 'Haced esto en memoria mía'" 5 . La defensa del estatuto y las prerrogativas sacerdotales y la concentración casi exclusiva en el culto eucarístico han sido desde el comienzo su motivación principal. La Fraternidad cuenta con un buen número de sacerdotes (733) y de seminaristas (264) y en los últimos cincuenta años este número ha crecido sostenidamente a pesar de las intervenciones papales, sea en severidad o benevolencia. Sorprende el carácter marcadamente europeo de la Fraternidad, pues un tercio de sus sacerdotes son franceses, y con suizos y alemanes se hace la mitad, aunque también se advierte un buen reclutamiento norteamericano (sobre todo por la vitalidad que está mostrando el seminario de Dillwyn). Su influencia en el continente latinoamericano es escasa, algunos argentinos (donde tienen el noviciado de La Reja), un pequeño priorato en Chile y casi nada más, porque una buena parte de los adherentes brasileños ha retornado a la comunión con el Papa. ¿Por qué el tradicionalismo católico no se asienta tan bien en suelo latinoamericano y los ecos de esta controversia nos parecen tan lejanos? Se pueden intentar varias explicaciones. La primera es que el catolicismo latinoamericano nunca fue profundamente tridentino. El tradicionalismo nace como la defensa específica de un catolicismo centrado en una liturgia solemne, el uso del latín, la exacerbación de la iglesia presbiteral, la teología escolástica y un sentido fuerte de la exclusividad institucional (fuera de la Iglesia no hay verdad ni salvación posible). Pero este modelo eclesiológico nunca penetró de manera homogénea en América Latina, donde el catolicismo ha sido más popular, mariano y devocional que doctrinal o institucional. Muy pocos han experimentado la misa —y menos aún en latín— como el centro de su identidad religiosa. El tradicionalismo europeo suele apoyarse en una memoria litúrgica muy poderosa que se remonta a la era de las catedrales y en el recuerdo vivo de un orden religioso perdido que los franceses han llamado la "civilización parroquial": la parroquia llena, las vocaciones abundantes y la escuela católica. Nada de esto hubo entre nosotros, salvo y apenas en las élites sociales. El tradicionalismo católico es marcadamente una religiosidad aristocrática incubada en colegios y universidades confesionales y en pequeños círculos intelectuales vinculados con el cultivo de las humanidades clásicas y de las ciencias jurídicas que conservan —como dice Yves Congar— una eclesiología dominada por una visión jurídica de la Iglesia como "societas inaequalis et hierarchica" 6 y que en cuanto "societas perfecta" se ofrece como modelo del conjunto de las relaciones sociales. La crítica del modernismo que está tomada de la famosa encíclica "Pascendi dominici gregis" de Pío X (1907) consiste en esto, en la incomodidad que despiertan las relaciones entre personas libres e iguales entre sí. Todo debe organizarse jerárquicamente, unos mandan y otros obedecen; de lo contrario, se cae en el desorden de la increencia y del pecado. Pío X escribió muchas veces que sin autoridad la fe se perdía irremediablemente, y algo de razón tiene, pero ¿cuál puede ser la calidad de una fe que no se ha elegido libremente? La controversia en torno a la libertad religiosa reconocida en el Concilio tiene este origen. Por otra parte, el tradicionalismo suele exigir mucho refinamiento cultural y, además de un sentido particular de la continuidad histórica, requiere una fuerte dosis de apreciación estética y una teología explícita concordante. También en este sentido es una religiosidad de élites. Debe considerarse asimismo que el tradicionalismo aparece como una religión de minorías intensivas en medio de un panorama amplio y profundo de secularización de masas. El tradicionalismo no suele prosperar donde el catolicismo todavía conserva una amplia presencia cultural y más bien florece cuando el catolicismo se ha vuelto una opción minoritaria y altamente reflexiva. Ser un católico tradicional implica una elección consciente, una identidad fuerte, en ocasiones agresivamente contracultural, y una práctica intensa que requiere tiempo y dedicación. Digamos, por último, que el catolicismo latinoamericano ha sido históricamente muy ultramontano, es decir, muy leal a la sede pontificia, un catolicismo conformista, decía Paul Johnson en su monumental "Historia del Cristianismo", que dedica apenas dos páginas a los quinientos años de catolicismo en América Latina como algo que no ha producido ninguna novedad de la que valga la pena escribir. Esta fidelidad papal se consolidó durante el siglo XIX y buena parte del XX y apenas ha vacilado en las últimas décadas. En suelo europeo, en cambio, ha existido una tradición intelectual y eclesial mucho más propensa a discutir, polemizar e incluso resistir decisiones romanas. El tradicionalismo necesita una élite religiosa, una memoria litúrgica y una disposición a resistir la autoridad eclesiástica. América Latina ha poseído algo de la primera, la segunda de forma débil y la tercera casi nunca. Notas [ 1 ] León XIV; Carta del Santo Padre al reverendo padre Davide Pagliarani, Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. 29 de junio de 2026. [ 2 ] Concilio Ecuménico Vaticano II; Constituciones, Decretos, Declaraciones . Edición promovida por la Conferencia Episcopal española. Biblioteca de Autores Cristianos, 2022, p. 54. [ 3 ] Ratzinger, Joseph; "Alocución a los obispos de Chile: unidad en la tradición de la fe". Humanitas, Cuaderno n°20, diciembre 2008. [ 4 ] García-Huidobro, Joaquín; " Traditionis custodes : Francisco ante una decisión difícil". Humanitas n°98, año XCVIII, 2021, pp. 638-647. [ 5 ] Estatutos de la FSSPX. [ 6 ] Congar, Yves-Marie; Le Concile de Vatican II . Les Éditions du Cerf, París, 1984.
A continuación presentamos un compilado de las diversas actividades realizadas por la Dirección de Pastoral y Cultura Cristiana UC entre mayo y julio de 2026.
Reflexiones del conversatorio "Desafíos de la IA", dentro del Seminario Comunicaciones e Iglesia que se realizó en la Pontificia Universidad Católica de Chile los días 27 y 28 de julio de 2026.
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