La Iglesia en Rusia y en Europa oriental, que resurge como el ave fénix del polvo, se inclina con gratitud ante la memoria de los que al precio de la propia vida y de los sufrimientos han defendido la fe, la Iglesia y los derechos del hombre. Este tesoro sin precio sea de la iglesia católica como de todo el cristianismo y de la misma humanidad, debe ser conservado y dado a conocer al mundo. 

Vengo de Rusia, un país cuyo nombre todavía recientemente, cuando dominaba el totalitarismo, era asociado a la persecución de la religión y de los derechos del hombre. Y aunque Rusia ha vivido en verdad el Gólgota del siglo XX, hoy la Iglesia está renaciendo en mi país.

Hoy, en la perspectiva del nuevo milenio que se inicia, no se puede olvidar el testimonio de los mártires. Es testimonio de cristianos de varias confesiones ha sido patrimonio común de toda la Iglesia de Cristo y expresa claramente su carácter ecuménico. Además, recordando que han sufrido también los creyentes de otras religiones y simplemente personas de buena voluntad, hay que hablar del testimonio de los mártires como de un patrimonio interreligioso y humano en general.

Tal testimonio convence más que cualquier intento de diálogo o de impulso hacia la unidad. La voz de los mártires es más fuerte que las voces de la división. Su fe es más fuerte que los sufrimientos y las pruebas; es incluso más fuerte que la muerte. También por eso su testimonio es una esperanza para las generaciones futuras. Nuestra tarea es no perder para la Iglesia y para la historia el testimonio de los mártires de la fe, conocidos o desconocidos. Sería imperdonable para nosotros el olvidarlos. El testimonio de los mártires pertenecientes a diversas confesiones es una riqueza nuestra común, como nos enseña el Santo Padre Juan Pablo II [1].

Signo de contradicción

El evangelista Lucas, describiendo con viveza la presentación del Niño Jesús en el templo de Jerusalén, cuenta cómo el anciano Simeón, después de tomar al Niño en sus manos, dijo que él estaba predestinado “para ruina y resurrección de muchos en Israel y para ser señal de contradicción” (Lc 2,33).

La Iglesia de Cristo es este signo de contradicción y de persecución desde hace ya dos mil años. No ha habido época en la cual no se haya luchado contra la Iglesia de Cristo. Él mismo dijo: “Si a mí je han perseguido, también os perseguirán a vosotros” (Jn 15,20), porque “no está el discípulo por encima del maestro, ni el siervo por encima de su amo” (Mt 10, 24). Estas palabras del Salvador se han realizado a lo largo de la historia de la Iglesia, de modo que los mártires por la fe no pertenecen sólo a la historia de los primeros siglos del cristianismo, sino “a la realidad” de la Iglesia de todos los tiempos. Cada época ha tenido sus mártires, que han confirmado los ideales de fidelidad al cristianismo al precio de la propia vida. Así fue durante la historia de la Iglesia y así ha sido en el siglo XX, sobre todo en Rusia, donde las persecuciones contra la Iglesia han continuado durante tres generaciones, por lo cual tenemos derecho a hablar de nuevos mártires.

En la vida, a veces, es difícil comprender cómo la Iglesia, que posee y proclama la verdad de Cristo y los principios inmutables de la moralidad, deba sufrir y ser incluso perseguida. Sin embargo, ella ha de sufrir porque Cristo ha sufrido; debe ofrecerse a sí misma en sacrificio, porque Cristo ha hecho lo mismo. Ella puede ser acusada, ultrajada, golpeada y condenada a muerte… Muchas veces han tratado de sepultarla, afirmando que ya estaba acabada. Sin embargo, también ella debe resucitar, como Cristo resucitó. Surgen nuevas fuerzas, se inician cambios y situaciones nuevas y la Iglesia resucita en verdad. Contra todas las fuerzas del mal, ella vive y vivirá, porque las mismas puertas del infierno no prevalecerán contra ella (cf. Mt 16,18).

En la historia de la Iglesia se pueden ver tales resurrecciones, incluso en situaciones en que parecía que ella había muerto en verdad. El hambre de religión se deja sentir, sea en países donde la religión había sido perseguida, sea en aquellos en que se había intentado sustituir los valores morales por otros, casi siempre de tipo material.

Cristo, aunque haya hecho sólo el bien en su vida terrena, sin embargo terminó por morir en la cruz… Crucificaron al Dios-Hombre, porque el mundo no aceptaba su enseñanza.

Tras el ejemplo de Cristo se pueden entender la alegría y el dolor de clérigos y de laicos que han sufrido y han dado la propia vida por Cristo y por la Iglesia, puesto que ellos no la han dado en vano. Los sufrimientos del cristiano, unidos a los sufrimientos de Cristo, tienen siempre su significado, puesto que el cristiano, a imitación de Cristo, es signo de contradicción (cf. Lc 2, 33). La redención fue hecha a través de la cruz. También nosotros cristianos somos llamados a llevar nuestra cruz y a sufrir. El sufrimiento por sí mismo no tiene sentido, pero unido a los sufrimientos de Cristo es un gran don, porque es participación de sus sufrimientos, como dice la Madre Teresa de Calcuta [2]. El cristianismo exige unir nuestros sufrimientos a los sufrimientos de Cristo. En esto consiste, si se puede decir así, la “prueba suprema” del cristianismo.

Las persecuciones de la fe en Rusia y en la ex Unión Soviética

En el inmenso territorio de cuatro millones de kilómetros cuadrados, dentro de los actuales confines de la parte europea de la Federación Rusa, que constituye el 40 por ciento del territorio de Europa, antes de la revolución de 1917, había cátedras episcopales en San Petersburgo y en Saratova, con los propios seminarios y con la academia teológica en la capital. Quinientos mil fieles en ciento cincuenta parroquias eran asistidos por doscientos cincuenta sacerdotes; trabajaban catorce órdenes religiosas femeninas y siete masculinas. Tan sólo en San Petersburgo los sacerdotes y las religiosas católicas enseñaban religión en setenta y dos escuelas. Estaba muy difundida la actividad caritativa.

Si a esto se añade que también en la parte asiática de Rusia existían parroquias, podemos afirmar que la Iglesia católica en Rusia, aun siendo una minoría absoluta, sin embargo ocupaba el puesto que le compete en la sociedad rusa y daba una enorme contribución al desarrollo de la Iglesia universal.

San Rafael Kalinowsky, mártir de Siberia; los Georgy Matulievic-Matulaitis, Anton Leschewicz, Boleslava Lament, Ursula Leduchowska, todos éstos sobresalieron en la virtud y se encaminaron hacia la santidad en tierra rusa.

Sin embargo, el diablo no dormía. El fantasma del comunismo, que giraba por Europa, llegó también a Rusia. La primera guerra mundial, la injusticia social, el movimiento obrero, la astucia de los comunistas que se aprovecharon de la complejidad de la situación sociopolítica, todo esto llevó a la toma del poder por parte de los bolcheviques. Comenzó la destrucción planificada de la economía, la persecución de los derechos del hombre jamás vista antes y la política, terrible en sus consecuencias, del ateísmo militante, y, como resultado, la Iglesia quedó prácticamente destruida.

En los años treinta el Estado proclamó el plan quinquenal del ateísmo, con el objetivo de borrar la Iglesia de la faz de la tierra. Se cerraron las iglesias, los seminarios y los monasterios fueron destruidos o transformados en fábricas, salas de cine o de concierto y así por el estilo. La sangre de los mártires de nuevo regaba a tierra rusa. Las falanges de los mártires de nuestro tiempo estaban formadas por hombres de diversas categorías, edades y profesiones: cristianos, creyentes de otras religiones, clérigos y laicos, intelectuales, militares, funcionarios, obreros, estudiantes, jóvenes e incluso niños. El patriarca mártir Tichon escribió: “Nadie se siente seguro, todos viven en el terror…; matan a obispos, sacerdotes, monjes y monjas, totalmente inocentes, acusándolos simplemente de una no identificada contrarrevolución. Se anula cualquier expresión de libertad civil o religiosa… Es pisoteada sobre todo la libertad de confesión religiosa”.

Los homicidios, los fusilamientos, las etapas de confinamiento, las prisiones y campos de concentración, la violación de todos los derechos del hombre: todo esto trajo el siglo XX a Rusia. En el “luminoso futuro comunista”, que era prometido por quienes detentaban el poder, no había para el “oscuro hombre religioso”.

El primer proceso de grupo al clero católico fue celebrado en marzo de 1923, cuando se condenó a los sacerdotes de San Petersburgo, a cuya cabeza estaba el arzobispo Jan Cieplak. El arzobispo y el párroco de la parroquia de Santa Caterina, Monseñor Konstanty Budkiewicz, fueron condenados a muerte. Para el arzobispo, después de las protestas de la comunidad internacional, el fusilamiento se conmutó en diez años de prisión. Monseñor Budkiewicz fue fusilado la noche de Pascua de 1923 [3]. No creo que esto fuera casual. Evidentemente las autoridades daban a entender que ellos eran los dueños del mundo y no Cristo crucificado.

Miles y miles de creyentes, como también casi la totalidad de sacerdotes y religiosos fueron enviados a sitios de confinamiento, deportados a las estepas de Kazajistán o a Siberia, donde morían de hambre, de frío o de fatigas insoportables, de enfermedades y pruebas. Como escribe el ex miembro del politburó del partido comunista de la Unión Soviética, y después presidente de la comisión estatal para la rehabilitación de las víctimas del terror político, Alexander Jakolev: “Los sacerdotes y monjes eran sumergidos en agua fría hasta que se transformaban en pedazos de hielo”. Fueron ajusticiados cerca de doscientos mil clérigos de la iglesia ortodoxa rusa y trescientos mil fueron encarcelados. Entre 1918 y 1939 fueron ajusticiados ciento treinta obispos ortodoxos [4]. En la Unión Soviética entre 1918 y 1939, según datos todavía incompletos, fueron reprimidos más de cuatrocientos setenta y cinco sacerdotes católicos, de los cuales dos cientos trece fueron condenados a la pena de muerte (ciento cuarenta y dos fueron ajusticiados, el destino de los otros es desconocido) [5]. Entre los que sufrieron represión, además del ya recordado arzobispo Jan Cieplak, estuvieron también el arzobispo Edward Ropp, los obispos Boleslaw Sloskans, Antoni Malecki, Michail Jodokas, Alexander Frison, Augustyn Baumtorg, Johann Roth, Karol Sliwowski [6].

Así, después de las represiones de Rusia, quedaron abiertas solamente dos iglesias, en Moscú y en Leningrado, con dos sacerdotes que oficiaban en ellas.

Pensando en términos simplemente humanos, parecía que con la muerte del último sacerdote habría llegado el fin. En los años sesenta el primer ministro de la ex Unión soviética, Nikita Khruschev, había prometido mostrar en televisión al último pope soviético.

Hasta hoy no ha habido datos oficiales publicados sobre las víctimas del régimen totalitario. Algunas fuentes hablan de cincuenta millones, otras de setenta. De uno u otro modo, Rusia se vio sumergida en un mar de sangre, lágrimas y sufrimiento.

Mi experiencia personal

Las persecuciones contra la religión, que se llevaban a cabo por todas partes, no perdonaron la parroquia de Odelsk donde yo nací, en Bielorrusia occidental. Durante seis años, después de la muerte del párroco, quedamos sin sacerdote. Vivimos una verdadera tragedia: estábamos privados de un guía espiritual continuo, la santa misa era celebrada a intervalos de meses, no siempre nos podíamos confesar o comulgar.

Por otra parte, nuestras familias en aquel tiempo eran verdaderos ejemplos de iglesias domésticas. Los padres y los abuelos buscaban con todas sus fuerzas enseñar a los niños las oraciones y las verdades de fe. Iban a la iglesia junto con los niños aunque no hubiera misa, pues los más ancianos dirigían las funciones: las más de las veces se leía el evangelio, se rezaba el rosario, se hacía el vía crusis, se cantaban cantos religiosos. No me acuerdo de una tarde en familia en que los niños no se pusieran de rodillas junto con sus padres para rezar las oraciones de la tarde, después de las cuales se tenía la catequesis de los niños.

De este modo, aunque no había sacerdote, sin embargo, se mantenía la relación con la Iglesia y la generación más anciana transmitía como podía, corriendo riesgos y peligros, las verdades de la fe a los más jóvenes.

La propaganda atea, sin embargo, seguía su curso y continuaban los ataques contra la Iglesia. Con el tiempo se prohibió a los niños menores de 16 años frecuentar las celebraciones sin los padres o los padrinos, y en las escuelas superiores se introdujo es estudio obligatorio del así llamado “ateísmo científico”. Mucho menos se podía hablar de una enseñanza oficial de la religión a los niños. También se les prohibía hacer de acólitos. Los pocos sacerdotes que quedaban vivos, arriesgándose a que se les prohibiese celebrar, buscaban hacer todo lo posible para sostener la fe e incluso reforzarla.

Cuando a mitad de los años sesenta se nos asignó un sacerdote, que había padecido 10 años de campo de concentración en Siberia, él, a pesar de todas las prohibiciones de las autoridades, dedicó particular atención a la juventud. Nosotros íbamos a su casa, pasando por el patio posterior, para que no nos viese ninguno de los maestros.

La frecuentación regular de las celebraciones y el vínculo con el sacerdote una vez me costó que el maestro me tomara por la oreja delante de toda la escuela y me llevase ante la pizarra de honor donde estaban colgadas las fotografía, acusándome de organizar las visitas en grupo de los alumnos a las celebraciones. Por una parte, este me hizo mucho mal, y me sentí humillado; por otra, gracias al apoyo de mis padres, que me animaron a soportar todo por Cristo y por la Iglesia, sentía estar en lo justo y mi fe se vigorizó.

Después de concluir la escuela, me inscribí en el Instituto Pedagógico de Grodno, en la facultad de matemáticas y física. Sin embargo, después de un año de estudios, fui obligado a salir porque me habían achacado un nuevo delito: ¿cómo puede un estudiante que frecuenta regularmente las celebraciones llegar a ser un maestro y un educador de la juventud comunista? Se deducía que un creyente era persona indeseada, de grado inferior en la sociedad.

Después de eso trabajé como obrero, y en 1964 me inscribí en el Instituto Politécnico de Leningrado. En aquella enorme ciudad la situación era un poco diversa: incluso en aquellos tiempos había algunos elementos de pluralismo y de respeto hacia quienes pensaban diversamente. Además de esto, la ciudad sobre el Neva tiene sus propias tradiciones religiosas, que incluso en los tiempos de persecución eran respetadas de algún modo.

Hay que reconocer que siempre, también en una sociedad totalitaria, hay personas que respetan los derechos de los demás. Por lo menos ninguno me reganó oficialmente por frecuentar las funciones. Conocía también a muchos estudiantes creyentes. También entre los profesores del instituto había personas bien dispuestas.

Durante toda la vida se me ha quedado un episodio acaecido en el momento de la entrega de mis documentos en el instituto politécnico. Tenía yo en la mochila, entre los documentos, una crucecita y una medalla de la Virgen. Cuando la señora que recibió los documentos los tomó y los abrió, mirándome muy fijamente me pidió que extendiera la mano, donde depositó la cruz y la medalla que tenía en el puño, diciéndome: “Tómalos y no los muestres a nadie”. Sólo más tarde me di cuenta de que mi destino estaba en sus manos, pero ella simplemente fue una persona respetuosa de las opiniones ajenas y del derecho a la libertad de conciencia. Si ella hubiese mostrado públicamente la cruz o la medalla que estaban entre mis documentos o informado de ello a la dirección del instituto, obviamente no me habrían permitido estudiar.

Una vez en Navidad había que presentar un examen, dado que en la Unión Soviética no se observaban las fiestas religiosas. Yo esperé mi turno, sabiendo que no podía ir sino a la misa de la tarde. De pronto el profesor me llamó y me dijo que presentara el examen. Ante la objeción de que todavía no había llegado mi turno, él respondió: “Presenta el examen, porque hoy tú no tienes tiempo”. Puesto que era Navidad, quería decir que el profesor sabía que yo era creyente.

En Leningrado había una de las dos iglesias católicas por entonces todavía abiertas en Rusia, y era en verdad motivo de gran alegría, pues era toda una gracia: lejos de la casa paterna, prácticamente solo y en medio de extraños, tener la posibilidad de participar en los oficios religiosos, confesarse, comulgar. Hoy agradezco a Dios porque, gracias a esta iglesia y a los sacerdotes que trabajaban en ella, no perdí la fe, aunque de tiempo en tiempo tenía miedo por el futuro. Nunca olvidaré aquel domingo, cuando al llegar a la iglesia oí que habían arrestado a uno de los sacerdotes que allí trabajaban. Todos se preguntaban: ¿qué sucederá mañana? ¿Quién celebrará la santa misa, confesará, bautizará, celebrará los matrimonios?

Éstos y otros acontecimientos me ayudaron a ser cada día más fuerte y ardiente en la fe. Sabía que, a pesar de toda la propaganda y de los peligros, yo debía permanecer fiel a mis promesas bautismales y a las tradiciones que había recibido en mi casa. Por todo ello agradezco a mis padres, a mis amigos y a los sacerdotes, sobre todo a un sacerdote de Bielorrusia en cuya casa pasaba yo las vacaciones.

Cuando ya trabajaba como ingeniero en Lituania, tomé la decisión de hacerme sacerdote, puesto que cada día sentía la voz de Cristo que me llamaba: “La mies es mucha, pero los obreros son pocos” (Mt 9,37). Así en 1986 entré en el seminario de Kaunas. Entonces las autoridades permitieron por primera vez un número mayor que antes de seminaristas, aunque el numerus clausus -la limitación del número de seminaristas- todavía seguía en vigor. Después de la ordenación sacerdotal, trabajé durante siete años en Vilna. El trabajo en Lituania fue una excelente experiencia, no sólo en el campo de la pastoral en ambiente multinacional, sino también como posibilidad de conocer la condición de la Iglesia en la ex Unión Soviética. Los católicos llegaban a Lituania de todas partes. Me dolía ver y escuchar a personas que, para confesarse, casarse o bautizar a sus hijos, debían viajar miles de kilómetros.

Una vez, durante las fiestas marianas, cuando en la iglesia había muchos sacerdotes y seminaristas, entraron en la sacristía tres viejecitas y permanecieron en silencio. Muchos les preguntaban qué querían y yo mismo lo hice. No respondieron. Se lo pregunté de nuevo. Silencio. A la tercera vez, una de ellas, con lágrimas en los ojos, me dijo: “Venimos de Rusia, de los Urales. Todavía nos acordamos de la iglesia abierta y del sacerdote, pero nuestros hijos jamás han estado en una iglesia ni han visto a un sacerdote. Nosotras los hemos bautizado. Aquí vemos muchos sacerdotes y seminaristas y nos produce grandísima alegría. Permítanos quedarnos más tiempo en la sacristía y hablar con estos sacerdotes, porque entre nosotros esto no es posible”.

¡Era difícil escuchar sin conmoverse a estas mujeres que venían de los Urales, a una distancia de tres mil kilómetros, para participar en las celebraciones, confesarse y encontrarse con un sacerdote!

En 1988, en tiempos de la perestroika, pude regresar a mi tierra Bielorrusia en Grodno, donde fui nombrado párroco de dos parroquias. En una de ellas no había sacerdotes desde hacía 28 años. Hay que notar que cuando las autoridades llegaron a cerrar esta iglesia, encontraron una cruz de cuerpos humanos en el pavimento, y no se atrevieron a llevar adelante el intento. Así los creyentes defendieron heroicamente su iglesia, preservándola de la destrucción. Durante veintiocho años ellos mismos dirigieron las celebraciones, pagaron los impuestos, restauraron el edificio, hicieron todo lo posible para conservar su iglesia. Cuando la gente pidió a las autoridades poder registrar a un sacerdote para la parroquia, recibieron una negativa categórica; el responsable para asuntos religiosos llegó a decir que antes le crecerían los pelos en la palma de la mano que ver llegar un sacerdote. Pero Dios había dispuesto diversamente las cosas. Hoy esa iglesia es la catedral de la nueva diócesis de Grodno, y hay allí no sólo un sacerdote, sino también un obispo.

En aquel tiempo, en Bielorrusia, donde trabajaban menos de cincuenta sacerdotes para millón y medio de fieles, había pocas iglesias abiertas y estaba prohibida la catequesis para los niños. El sacerdote podía celebrar misa sólo en la parroquia donde había sido registrado por las autoridades. A los sacerdotes ordenados clandestinamente no se les permitía celebrar y ellos, ejerciendo en secreto el propio ministerio sacerdotal, trabajaban como obreros en las fábricas.

Sin embargo, aunque en condiciones tan difíciles, los creyentes resistían estoicamente y realizaban actos en verdad heroicos. Así, cuando en Minsk las autoridades se negaron a restituir la iglesia de los santos Elena y Simeón, durante meses los fieles rezaban el rosario en la calle, ante la iglesia y oraban, mientras una señora anciana y un joven hacían huelga de hambre.

Yo tuve la posibilidad de conocer a sacerdotes que habían servido heroicamente a la Iglesia, que habían estado confinados diez y más años, y que, después de su retorno, a pesar de tantas prohibiciones y de la persecución abierta, habían permanecido fieles a su vocación, así, por ejemplo, el cardenal Casimir Swiatek, que hoy llega a los ochenta y seis años, poco después de la ordenación sacerdotal, en 1939, había sido condenado a muerte. Fue arrestado por segunda vez en 1944 y condenado a pasar diez años en los campos de concentración de la región de Vorkuta.

Una vez, después de diez años pasados en el campo de concentración, el director lo llamó a su despacho, y hojeando su documentación, le preguntó: ¿cómo es que un condenado a muerte sigue vivo? El sacerdote respondió: ¡Así lo ha querido Dios!

Persiguiendo a la Iglesia, las autoridades no se detenían ante nada. Estaban dispuestas a encerrar en prisión incluso a sacerdotes enfermos. Una vez, en Bielorrusia, fueron con tal intención a casa de uno de los sacerdotes y preguntaron amenazadoramente a los vecinos de la casa: ¿dónde está? Alguno respondió: en el cuarto de al lado. Entraron con arrogancia y lo encontraron ya muerto.

Trabajando en Rusia desde hace ya nueve años como obispo y visitando las parroquias católicas y las comunidades dispersas en el enorme territorio, siempre me maravilla cómo la gente ha podido soportar sufrimientos inhumanos, cómo ha podido resistir y conservar la fe, cómo ha amado y defendido a sus propios sacerdotes y cómo los sacerdotes han cumplido valerosamente los propios deberes y cuán importantes han sido para las personas.

Sólo después de la muerte del párroco de Karaganda, en Kazajstán, en 1983, la gente supo que su amado padre Alexander Chira, que había salido del confinamiento en 1956, era obispo católico de rito oriental.

En 1996 visité por primera vez Perm’, donde nos había sido restituida la iglesia que había permanecido cerrada durante sesenta años. La ciudad de Perm’ se encuentra en los Urales, y era una zona de campos de concentración. Allí se encontraba en prisión, al inicio de los años ochenta, todavía en nuestros tiempos, como prisionero político el sacerdote lituano Sigitas Tamkevicius, hoy metropolita de Kaunas. Después de la santa misa los fieles me invitaron a visitar el cementerio. Me llevaron junto a la tumba del primer sacerdote que había trabajado en su ciudad, muerto en el siglo diecinueve. Me dijeron: durante sesenta años no teníamos iglesia, y durante sesenta años no había sacerdote. Pero estaba esta tumba. Durante las fiestas nosotros veníamos aquí y rezábamos en torno a esta tumba, incluso confesábamos nuestros pecados. Ninguno de nosotros había visto nunca al sacerdote sepultado aquí; de él sabíamos sólo los relatos de nuestros abuelos. Y sin embargo, durante estos sesenta años él ha estado invisiblemente presente entre nosotros, como si desde debajo de la tierra nos enseñase y nos exhortase a permanecer fieles a nuestra vocación cristiana. Gracias a esta tumba se ha conservado entre nosotros la fe, que hoy renace y se refuerza. ¡Qué hermoso testimonio sobre un sacerdote!

Recordar y mirar el futuro del cristianismo

El Santo Padre Juan Pablo II dice que merece un recuerdo particular el martirologio de los sacerdotes en los campos de concentración siberianos y en los otros territorios de la ex Unión Soviética [7]. “Signo de autenticidad del amor cristiano, permanente y particularmente expresivo en nuestros días, es la memoria de los mártires. Su testimonio no debe ser olvidado” [8]. En el umbral del tercer milenio, siguiendo el llamado del Papa y refiriéndose a los principios del amor cristiano, la Iglesia católica en Rusia trata de conservar la memoria de los mártires y de cuantos han sufrido por la fe.

Ya han sido publicados algunos materiales sobre las persecuciones de la iglesia católica de Rusia. Se trata ante todo del libro de Irina Osipova, “V Jazvack svoich skroj menja[9]. Hay que señalar además: M. V. Shkarovskij, N.J. Chjerepenina, A.K. Shiker: La Chiesa católico-romana nella Russia nord-occidentale nel 1917-1945 (San Petersburgo 1998); y Shnazev V.V. y otros: Libro della memoria delle vittime delle repressioni politiche. Il polígono di Butovo. 1937-1939 (Moscú 1999).

En San Petersburgo, bajo la dirección del presidente de la comisión “Martirologio de Dos Mil” de la Administración apostólica para los católicos de rito latino del norte de la Rusia europea, el padre Bronislaw Czaplicki ha preparado para la impresión el Libro de la memoria. Martirologio de la Iglesia católica en la URSS. En él se presenta el rico material que se refiere a la actividad pastoral, los documentos judiciales y los lugares de sepultura de los clérigos y también de los laicos, dando así un cuadro global de las persecuciones de la Iglesia. Y continúa el trabajo iniciado para consagrar en el futuro la memoria de los nuevos mártires de Rusia.

Hay que anotar que también en otros países se desarrolla un trabajo análogo. Así en Polonia han sido publicados varios libros sobre las persecuciones de la Iglesia en Rusia y en la URSS. Se trata sobre todo de Roman Dzwonkowski SAC, Destinos del clero católico en la URSS 1917-1939. Martirologio (Lublín 1998): Roman Dzwonkowski SAC, Jan Palyga SAC, Más allá de la frontera oriental 1917-1993, (Varsovia 1993); Marian Radwan SCJ, La Iglesia en Rusia y en Bielorrusia (Cracovia 1999).

Los testimonios de los nuevos mártires rusos, como los de los mártires de las otras partes de la tierra, confirman que sólo gracias a una fe profunda ellos pudieron resistir. El Concilio Vaticano II enseña que “el martirio, en el que el discípulo se asemeja al Maestro, que aceptó libremente la muerte por la salvación del mundo, y se conforma a Él en la efusión de su sangre, es estimado por la Iglesia como un don eximio y la suprema prueba de amor” [10].

Los nuevos mártires rusos no sólo han conservado la fe a lo largo de tres generaciones de persecuciones, sino que también han sabido transmitirla a la generación más joven. Esta fe hoy renace y se refuerza y nosotros en Rusia somos testigos de que en verdad “la sangre de los mártires es semilla de cristianos” (Tertuliano, Apologeticum, 50). Se realiza el mensaje de la Virgen de Fátima sobre la conversión de Rusia. El resultado más sensible de esta conversión es el hecho que actualmente la Iglesia católica en Rusia es un Iglesia de jóvenes, lo cual le da a ella, que es iglesia de minoría, una esperanza para el futuro.

Además de esto es necesario recordar que la memoria de los mártires y su testimonio presentan un fuerte carácter ecuménico, porque, independientemente de la pertenencia confesional, todos han sufrido por Cristo.

Teniendo presente el deseo del Señor: “Que todos sean uno” (Jn 17, 11) y la clara tendencia a incrementar el diálogo intercristiano, pienso que ha llegado el momento del plantearse seriamente la pregunta: ¿no es el testimonio de los mártires de la Iglesia de Cristo una llamada a una eclesiología ecuménica intercristiana de los mártires, de los hombres de diversas etnias y razas que han seguido a Cristo por caminos diversos de la vocación cristiana? Estoy convencido de que la intensificación de la búsqueda en este campo podría ser útil para el desarrollo y el incremento del movimiento ecuménico.

La Iglesia en Rusia y en Europa oriental, que resurge como el ave fénix del polvo, se inclina con gratitud ante la memoria de los que al precio de la propia vida y de los sufrimientos han defendido la fe, la Iglesia y los derechos del hombre. Este tesoro sin precio sea de la iglesia católica como de todo el cristianismo y de la misma humanidad, debe ser conservado y dado a conocer al mundo. Es también prenda del crecimiento de la fe y de la esperanza para nosotros que entramos en el tercer milenio, puesto que nos recuerda que sin la cruz no puede haber salvación, y sin participación en el amor de Cristo que perdona, no hay vida cristiana auténtica.


NOTAS 

[1] Carta Apostólica Tertio millennio adveniente, 10 de noviembre de 1994, 37.
[2] Cf.KS. FRANCISZEK GRUDNIOK,Nazwalem was przyjaciolmi, Katowice 1991, p. 40.
[3] Cf. ROMAN DZWONKOWSKI SAC, Losy duchowienstwa katolickiego w ZSSR 1917-1939. Martyrologium (LDK), Lublin 1998, pp. 61, 67.
[4] Cf. Niedziela. Tygodnik katolicki, 13 (261), 1999, p. 19.
[5] Cf. LDK, pp. 105-106.
[6] Cf LDK, pp. 67-69.
[7] Cf. Dar i tajemnica, Cracovia 1996, p. 38.
[8] JUAN PABLO II. Bula Incarnationis mysterium, 13.
[9] Moscú 1996. En italiano: “Se il mondo vi odia… Martiri per la FEDE nel regime soviético”,Rusia cristiana, edizioni La Casa de Matrjona 1997.
[10] Lumen gentium, 42.

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