El valor «familia». Un gran valor que ha ido perdiendo cota, sin interrupción, en los últimos cincuenta años, hasta romperse y disolverse. Es enorme el trabajo de recuperación de este valor indispensable para una sociedad verdaderamente humana.

¡«Familia»! La palabra sagrada durante siglos, rica de un significado misterioso pero cautivador, expresión de un profundo y estrecho vínculo de amor capaz de manifestarse en el don de la vida y en la educación auténticamente humana de los hijos, parece perder, hoy, su grandeza, al verse desvalorizada. Lo subrayaba con angustia el Papa Juan Pablo II el 27 de agosto de 1999 a los participantes en la Semana Internacional de Estudio promovida por el Pontificio Instituto para Estudios sobre el Matrimonio y la Familia: «Con respecto a hace dieciocho años, cuando comenzó nuestro camino académico, el desafío planteado por la mentalidad secularista a la verdad sobre la persona, el matrimonio y la familia se ha vuelto, en cierto sentido, aún más radical. Ya no se trata solamente de una puesta en tela de juicio de algunas normas morales de ética sexual y familiar. A la imagen de hombre y mujer, propia de la razón natural, y particularmente del cristianismo, se opone una antropología alternativa que rechaza el dato, inscrito en la corporeidad, según el cual la diferencia sexual posee un carácter identificante para la persona. Como resultado de ello, entra en crisis el concepto de familia fundada en el matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer, como célula natural y fundamental de la sociedad. La paternidad y la maternidad son concebidas sólo como un proyecto privado, realizable incluso mediante la aplicación de técnicas biomédicas que pueden prescindir del ejercicio de la sexualidad conyugal. De ese modo, se postula una inaceptable «división entre libertad y naturaleza», que, por el contrario, «están armónicamente relacionadas entre sí e íntima y mutuamente aliadas» (Veritatis splendor, 50)» [1].

La «tercera cultura»

Era de esperarse la pérdida de este inmenso valor, en una sociedad deslumbrada por las conquistas científicas y tecnológicas que han ido aumentando de modo exponencial en los últimos treinta años. Conquistas que han favorecido, sin lugar a dudas, y seguirán favoreciendo, la superación de muchas difíciles condiciones humanas; pero que, habiendo hecho surgir en los científicos y en los tecnólogos un «sentido de omnipotencia», y en la sociedad una tendencia incontenible a la «calidad de la vida», han contribuido a opacar –hasta borrarlos– el sentido del «Hombre» y el sentido de «Dios». La familia de hoy es víctima de la «nueva cultura» que ha invadido y está desmoronando, en lo más profundo y fundamental, cada una de las capas sociales. Cultura a la que hemos llegado casi sin darnos cuenta, y en la que nos hemos sumergido. Cultura –así comienza J. Brockman en un libro reciente– «dominada por científicos y otros pensadores del mundo empírico que, a través de su trabajo y sus escritos, están reemplazando a los intelectuales tradicionales para dar visibilidad a los significados más profundos de nuestra vida, volviendo a definir quiénes y qué somos» [2]. Cultura en la que tiene un predominio absoluto la tecnología, cuyas características esenciales, según un agudo análisis de K. Kelly, [3] son las siguientes: el rechazo a la búsqueda de la «verdad» para buscar la «novedad»; la «creación» en vez de la «creatividad»; la «síntesis de la experiencia» más que la «racionalidad». Cultura, «cuya fuerza consiste, precisamente, en ser capaces de tolerar el desacuerdo acerca de cuáles ideas son las que se deben tomar en serio», [4] y que ha creado rápidamente una impresionante y preocupante situación, definida por L. Pati como «obnubilación axiológica», que «influye fuertemente en la organización jerárquica de los valores que presiden la vida familiar y conyugal» [5].

El rostro de esta «tercera cultura» aparece en toda su esencia real si se examinan los principios generales o axiomas que representan la base de su acción. Son cuatro los principios que apenas se mencionarán, pero su crudeza y generalidades están confirmadas en una literatura muy amplia.

1. No existe nada fuera del Universo. La afirmación de Brockman es clara. En la tercera cultura –dice él– «se afrontan preguntas fundamentales: ¿De dónde procede el universo? ¿De dónde ha llegado la vida? ¿De dónde ha venido nuestra mente?». Sus respuestas «implican el postulado indiscutible según el cual los sistemas más complejos –el organismo, el cerebro, la bioesfera y el universo mismo– no han sido construidos según un designio, sino que todo ha ido evolucionando» [6]. E. Severino insiste: «La filosofía está demostrando, desde hace dos siglos, que no puede existir ninguna realidad eterna: por este motivo todo puede ser dominado por la técnica» [7]. C. Piancastelli urge: «En el mundo, en realidad, no hay ninguna huella de Dios [...] El punto crítico sigue siendo el de la inexistencia de Dios en el espacio de una racionalidad del discurso del que ya no podemos prescindir» [8].

2. En la escala animal no hay saltos de calidad. «La hipótesis asombrosa –afirmaba el Premio Nobel F. Crick– es que «tú», tus alegrías, tus dolores, tus recuerdos, tus ambiciones, tu sentido de la identidad personal y libre voluntad, en realidad no son sino el comportamiento de una gran cantidad de células nerviosas y de moléculas asociadas a ellas» [9]. El hombre no es nada más que cualquier otro animal.

3. La ética no tiene principios inmutables. Según E. Mayr, se ha ido desarrollando gradualmente, favorecida por el desarrollo cerebral, y sus normas «deben ser, por tanto, suficientemente flexibles y versátiles para adaptarse a la condiciones que han cambiado» [10]. He aquí la postura decidida, adoptada por el Presidente del 2° Workshop Internacional sobre los aspectos éticos del «Proyecto Genoma Humano», al inaugurar los trabajos: «Recordemos que la ética no es una disciplina objetiva [...] Representa y refleja las costumbres aceptadas por la sociedad. Así, pues, el desarrollo casi exponencial de la ciencia y de su impacto en la sociedad modifica y, sin lugar a dudas, seguirá modificando los conceptos éticos» [11].

4. Ciencia y tecnología son neutras. Nadie puede entrometerse en la actividad del científico, ni en la del tecnólogo. A ellos les pertenece, por principio, la total libertad de elección y de decisión. Muy explícitamente, J. Ziman, profesor emérito de física teórica en la Universidad de Bristol y Presidente del Council for Science and Society, en un análisis riguroso sobre la ciencia y la tecnología, hoy, observaba: «Aún en la actualidad, muchos científicos refinados sienten instintivamente la intrusión de este elemento perturbador [la ética] en su ordenado y consagrado estilo de vida»; y «la ciencia industrial no posee el término «ético» en su algoritmo social». Y continuaba: «La ciencia, en su totalidad, ha sido separada de la ética por dos motivos distintos. Por un lado, los científicos académicos se consideran indiferentes a las consecuencias potenciales de su propio trabajo. Por el otro, los científicos industriales realizan un trabajo cuyas consecuencias se estiman demasiado serias para dejarlas en sus manos» [12].

En fin de cuentas, se trata de un sistema que excluye toda relación con otras formas de pensamiento que investigan más allá y por fuera de lo «cuantificable», en busca de la «verdad», sobre todo de la verdad sobre el «hombre». Es decir, se trata de un sistema operativo incapaz de recibir y transportar mensajes de otros sistemas con función superior capaces de dirigir, controlar y reglamentar su actividad; y depauperado, además, de los estímulos catalizadores. En otras palabras, es un sistema cerrado, destinado tendencialmente –como todo otro sistema cerrado– a la patología, hasta llegar a la autodestrucción. Para aclarar lo anterior, es útil la analogía con el destino de una célula, pequeño pero complejo sistema; también ella, cuando se alteran o se le priva de sus receptores que la comunican con el sistema más amplio al que pertenece –tejido, órgano u organismo– o se despoja de las proteínas indicadoras o catalizadoras cuya función es, respectivamente, la de transporte de señales o la de actividad estimuladora, es una célula que pronto se enfermará y está destinada a la descomposición.

Lo más grave es que este sistema axiomático operativo se ha impuesto, y está penetrando siempre más profundamente en la sociedad, hasta transformarse en su estructura ideológica fundamental. Tanto para la sociedad, como para la ciencia y la tecnología, la ética, que permite distinguir el bien y el mal, lo justo y lo injusto, lo lícito y lo ilícito, y de comprender el verdadero valor del bien, de lo justo y de lo lícito, ya no tiene razón de ser. La consecuencia está expresada claramente en un reciente ensayo: «Nessun Dio ci puó salvare» (Ningún Dios puede salvarnos), de U. Galimberti: «La religión –afirma él– morirá. No es un auspicio, ni mucho menos una profecía. Es ya un hecho, que espera su cumplimiento [...], porque el orden del mundo que en otros tiempos seguía el ritmo de sus mandamientos [de Dios], ahora está reglamentado por las leyes férreas de la técnica que ya no se remiten a Dios, porque no sólo han perdido el nombre de Dios, sino también el sentido, el origen, la huella. [...] Ahora el hombre sucumbe bajo la hegemonía de la técnica, que no reconoce como propio límite la naturaleza, ni a Dios, ni al hombre, sino sólo el resultado obtenido, que puede ser transformado hasta lo infinito, sin otro objeto que el de la autopotenciación de la técnica como fin de sí misma» [13].

He aquí la atmósfera cultural predominante en la Europa postmoderna y, en general, en el «Primer Mundo»: triunfo de la tecnología, aniquilamiento del pensamiento que busca la verdad. El fundamento de la ética se ha derrumbado. Sin lugar a dudas, la ciencia postmoderna que tiende cada vez más hacia la «novedad», y la tecnología avanzada, siempre más refinada y poderosa, son la expresión de las grandes capacidades de la mente humana de investigar en la naturaleza, revelar sus misterios, arrancarle sus secretos y dominarla. Todo esto forma parte de los derechos y de la gloria del hombre. Pero la ciencia y la tecnología, encerradas en sí mismas, en su modo de pensar mecanicista y narcisista, aunque siguen agigantándose y encontrando y preparando nuevos caminos para un mejor bienestar –desafortunadamente sólo para una parte privilegiada de la humanidad, hasta el momento [14]– están creando en la sociedad espacios de una gran inestabilidad, a la que siguen, inexorablemente, abandonos peligrosos, hasta la aniquilación no sólo de las estructuras más débiles, sino de los mismos cimientos, los únicos que pueden dar estabilidad a todo el sistema social: los valores.

La alteración de la familia

La familia no podía dejar de experimentar la presión de esta cultura. Es posible decir, en verdad, que en esta cultura y por causa de esta cultura, la familia está atravesando, bajo distintas formas, un serio y amplio proceso patológico que podría llegar hasta su desestructuración total. Esto resulta, con una evidencia preocupante, de serias investigaciones sociológicas [15].

El primer paso de este proceso fue, y sigue siendo, la alteración de la actividad que era considerada esencial en la familia: la procreación; acontecimiento con un significado insondable por los miles de efectos que lleva consigo para la pareja, para el concebido, para la familia y para la sociedad, se ha transformado –citando las expresiones del conocido sociólogo P. Donati– en un «bien de consumo relativo a otros bienes de consumo»; se ha degradado hasta llegar a ser una «mera construcción de individuos», un «acontecimiento con riesgos que se han de evitar y, por tanto, debe ser ultracontrolado», porque el hijo, «objeto que hay que poseer, tiene que corresponder a los criterios de mercado o del propio agrado» y, por consiguiente, es sometido a selección. De aquí la modernización de los comportamientos procreativos para tener el hijo cuando y como se quiere. El primero ha sido, y sigue siendo, el aborto voluntario, la mayor afrenta contra el hijo no deseado o rechazado; afrenta que, considerada en sí misma, así como la enorme proporción que ha alcanzado –sólo en Italia 136.715 en 2004, según datos del Ministerio de Salud–, constituye un verdadero acto de terrorismo contra el inocente, como quiera que se piense disimularlo y justificarlo. El segundo es la reproducción técnicamente asistida, [16] un procedimiento de mercado, hipócrita y éticamente censurable, mediante el cual se fabrican «hijos» a un precio muy caro, el 90 por ciento de los cuales destinados a la muerte, y los supervivientes podrán satisfacer sólo al 20 por ciento de las mujeres que lo han solicitado, incluso después de varios intentos.

El segundo paso, todavía más grave, de este proceso, es la desintegración. La primera estructura de la célula-familia, alrededor de la cual se producen la desorientación, el abandono de los vínculos y la ruptura de los equilibrios es el hijo. Lo expresa claramente y sin vacilaciones P. Donati: «De los estudios sobre la pareja italiana se desprende la tendencia –no poco significativa– a que el hijo no aparezca como algo importante para la pareja misma. [...] El tema del hijo posible se hace latente. En esa latencia se puede observar que, en las nuevas generaciones, el hijo se estima como un elemento que transforma a la pareja en algo distinto. [...] Ayer, la pareja se consideraba como familia. Hoy, la pareja y la familia se vuelven cosas substancialmente distintas. Y el niño, que ayer era un «producto natural» de la pareja, se convierte en la expresión de algo que la pareja considera no poder dominar. [...] En todo el debate sobre la procreación, incluso aquella artificial, no obstante la apariencia contraria, los «grandes ausentes» son, precisamente, los niños. Las parejas pueden desear y hablar con inmenso cariño de los niños, pero lo hacen desde su propio punto de vista, no desde el punto de vista del niño» [17]. Lo demuestran los datos del ISTAT (Instituto Nacional de Estadística italiano) en Italia: en 2002, 1,1 hijo por pareja de casados, respecto a los 2,4 de 1971.

La segunda estructura del sistema célula-familia, víctima de la desorientación y del abandono de los vínculos, bajo una tensión disolvente, es la pareja misma. Se observa –nota nuevamente P. Donati– un «aflojamiento del vínculo familia-procreación», la una puede existir sin la otra; una separación entre «identidad de pareja» e «identidad de padres», con una tendencia siempre más fuerte hacia la pérdida de la segunda; la «desnaturalización» del concepto de «concepción», vuelto asexual y pasado a manos de los técnicos; una «alteración de las relaciones de pareja», de la que es síntoma la siempre más frecuente esterilidad, debida, más a estilos de vida, que a causas biológicas; y, en fin, «una separación entre el sistema pareja y el sub-sistema padres-hijos», acompañada de la desintegración de las relaciones interindividuales, hasta la despersonalización de los elementos constitutivos de la familia, padres e hijos. Aún, más: «la separación de la misma pareja»; y, peor todavía, «la atribución de derechos de la familia a «uniones» que contradicen el significado, además del valor de la familia».

Una de las consecuencias de esta grave patología de la familia es, obviamente, la crisis general de la sociedad. Ha sucedido, y se sigue acentuando, lo que se produce en un organismo en el cual una subpoblación de células, alterada por la acción de un virus, como en el caso del sida, no logra realizar sus propias funciones: todo el organismo se resiente y tiende a una alteración total. Situación descrita en términos que expresan el sufrimiento, en un reciente estudio de P. Keilholz sobre la familia americana. «La familia existirá –escribe él– en el siglo XXI. Pero, cómo se presentará, es otra cosa. ¿De qué modo tenemos que considerar la actual situación de nuestra nación, y en ella la de la familia? ¿Nos hallamos en medio de un ‘tercer cambio’, un tiempo de ‘destrucción’, ‘una era deprimente de individualismo revitalizado y de instituciones debilitadas, en el que el antiguo orden cívico decae y se establece un nuevo régimen de valores?. ¿Se encuentran las familias, en Estados Unidos, en semejante estado de ‘ruina’? En biología, el proceso se denomina deterioro y descomposición» [18].

El llamamiento de Juan Pablo II

Ante esta situación de una sociedad que, en el llamado «Primer Mundo», se está disolviendo a pesar de todas las apariencias de gran prosperidad, se levantó la voz autorizada del Sumo Pontífice Juan Pablo II, a quien había sido encomendada la guía del pueblo cristiano. Pueblo esparcido en todo el mundo que, en gran parte, se ha dejado arrastrar por el torbellino creado por una mentalidad de autogestión de la propia vida según criterios de absoluta libertad moral, con miras a un supremo bienestar: criterios propuestos y difundidos intensamente a través de los medios de comunicación de masas. El Papa dirigió a este pueblo sus palabras, especialmente fuertes, en 1995, a través de la Encíclica «Evangelium vitae» [19].

La primera: «Estamos ante un enorme y dramático choque entre el bien y el mal, la muerte y la vida, la «cultura de la muerte» y la «cultura de la vida». Estamos no sólo «ante», sino necesariamente «en medio» de este conflicto: todos nos vemos implicados y obligados a participar, con la responsabilidad ineludible de elegir incondicionalmente en favor de la vida» (n. 28). En estas expresiones se siente el dolor y la angustia por la actual situación.

La segunda: «Ante las innumerables y graves amenazas contra la vida en el mundo contemporáneo, podríamos sentimos como abrumados por una sensación de impotencia insuperable: ¡el bien nunca podrá tener la fuerza suficiente para vencer el mal!» (n. 29). E insiste: «Es ciertamente enorme la desproporción que existe entre los medios, numerosos y potentes, con que cuentan quienes trabajan al servicio de la «cultura de la muerte» y los de que disponen los promotores de una «cultura de la vida y del amor». Pero nosotros sabemos que podemos confiar en la ayuda de Dios, para quien nada es imposible» (n. 100).

La tercera: «Es urgente una movilización general de las conciencias y un común esfuerzo ético, para poner en práctica una gran estrategia en favor de la vida. Todos juntos debemos construir una nueva cultura de la vida: nueva, para que sea capaz de afrontar y resolver los problemas propios de hoy sobre la vida del hombre; nueva, para que sea asumida con una convicción más firme y activa por todos los cristianos; nueva, para que pueda suscitar un encuentro cultural serio y valiente con todos» (n. 95). Es un fuerte estímulo a la acción.

Salvar la familia

Es la operación estratégica fundamental para salvar a la sociedad de la inexorable y grave descomposición a la que se está encaminando rápidamente: volver a curar y revitalizar su célula principal, la familia, cuyo diagnóstico es preocupante, pero no parece todavía mortal. Este es el compromiso de toda familia verdaderamente cristiana y de toda otra familia que, bajo la presión de la revolución tecnológica, se ve llevada –como decía el gran economista estadounidense J. Rifkin– «a considerar muy atentamente nuestros valores más profundos, y a plantearnos nuevamente la pregunta fundamental sobre el significado y el objeto de la existencia» [20]. En realidad, precisamente estos valores son los que se han ido ofuscando en una sociedad deslumbrada por las conquistas científicas y tecnológicas que seguirán aumentando y, al mismo tiempo, precipitada en la oscuridad de un pensamiento dominado por un nihilismo y un relativismo que abren el camino a un subjetivismo más exagerado aún, que se opone a cualquier reflexión sobre los valores.

Con tal objeto, es preciso recuperar tres valores: el valor «Hombre», el valor «Familia», y el valor «Dios», de los cuales depende el equilibrio de todo el sistema.

El valor «Hombre». En el sistema científico-tecnológico que hoy domina en la sociedad se ha eliminado –como ya hemos afirmado– el valor de esta constante fundamental, indispensable para una ciencia y una tecnología que respeten la sociedad. Reconocer y definir nuevamente el verdadero valor de esta constante y, por tanto, la dignidad y los derechos del «Hombre», es la exigencia fundamental para volver a una ciencia, a una tecnología y a una sociedad «humanas». Juan Pablo II llamaba a este reconocimiento, al dirigirse, en 1994, a los participantes en la Reunión Plenaria de la Academia Pontificia de Ciencias: «No hay que dejarse engañar por el mito del progreso, como si la posibilidad de realizar una investigación o de aplicar una técnica bastara para calificarlas inmediatamente como moralmente buenas. La bondad moral de todo progreso se mide en relación con el bien auténtico que proporciona al hombre, considerado según su doble dimensión corporal y espiritual... Dado que se trata del hombre, los problemas rebasan el marco de la ciencia, que no puede explicar la trascendencia de la persona ni dictar normas morales que nacen del lugar central y de la dignidad primordial que le corresponde en el universo» (nn. 5,6) [21]. Sin embargo, el valor de esta constante no puede ser calculado por la ciencia y la tecnología, ni estimado con sus metodologías. Aunque la ciencia y la tecnología conserven, cada una, sus propias prerrogativas, los científicos y los tecnólogos, que hoy día tienen un gran poder en la orientación y en la realización del desarrollo social, no deben permanecer encerrados en el sistema axiomático reductivo que les es peculiar. Y ante todo, el resto de la sociedad debe abrirse a los estímulos de un «sistema sapiencial» que refleja un pensamiento que se ve interrogado críticamente desde lo más profundo de nosotros mismos y se desarrolla a través de la razón que busca la verdad [22]. Sólo esto podrá hacer volver a una correcta visión del «Hombre» y sugerir el correcto sentido de responsabilidad en toda relación con él.

El valor «familia». Un gran valor que ha ido perdiendo cota, sin interrupción, en los últimos cincuenta años, hasta romperse y disolverse. Algunos signos evidentes de esta crisis, tomados de datos estadísticos demográficos en Italia, son los siguientes: 1) el aumento siempre creciente de separaciones y divorcios, que han pasado de 50.813, en 1985, a 93.623, en 1998 –lo que corresponde al 33,8% de los 277.000 matrimonios contraídos en ese mismo año–, con un número total de 94.000 hijos implicados, de los cuales 58.000 son menores; y 2) la enorme disminución del promedio de hijos por cada mujer, sobre el total de las mujeres casadas, bajado en 2001 a 1,1.

Es enorme el trabajo de recuperación de este valor indispensable para una sociedad verdaderamente humana. Ésta, a merced, ahora, de un pluralismo ético alimentado por la diferencia de bagaje cultural –sobre el cual cada individuo o los distintos grupos sociales fundamentan los principios éticos del comportamiento de la persona humana– puede vivir únicamente en un estado de continua tensión. Un elemento esencial para disminuir esta tensión en todo el organismo, es decir en la sociedad, consiste en que cada una de sus células, es decir, cada familia, se reconozca, como lo observa Juan Pablo II en la «Evangelium vitae», «por su propia naturaleza, como comunidad de vida y de amor, fundada sobre el matrimonio», con la misión de «custodiar, revelar y comunicar el amor» (n. 92). Meta quizás inalcanzable para toda la comunidad humana, pero que podría representar un importante signo y un gran estímulo para una recuperación general, si se lograra en toda comunidad cristina [23]. Aún más, dirigiéndose en la misma «Evangelium vitae» de manera especial a las mujeres, que en este viraje cultural tienen «un campo de pensamiento y de acción singular», les formula una «llamada apremiante: Vosotras estáis llamadas a testimoniar el significado del amor auténtico, de aquel don de uno mismo y de acogida del otro que se realizan de modo específico en la relación conyugal, pero que deben ser el alma de cualquier relación interpersonal» (n. 99).

Serán estas las familias que, como escribe Juan Pablo II en la Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte, «en un momento histórico como el presente, en el que se está constatando una crisis generalizada y radical de esta institución fundamental» [...] ofrecerán «un ejemplo convincente de la posibilidad de un matrimonio vivido de manera plenamente conforme al proyecto de Dios y a las verdaderas exigencias de la persona humana: tanto la de los cónyuges como, sobre todo, la de los más frágiles que son los hijos» (n. 47) [24].

El valor «Dios». Es el valor fundamental para la recuperación. Un conocimiento de antropología cultural, aunque superficial, permite afirmar que el pensamiento de lo «Trascendente» –sea cual fuere su forma y naturaleza– ha estado siempre presente en la mente humana. Es una exigencia viva en todo hombre, también para quien lo niega y se hace dios a sí mismo. Hay que reconocer, sin embargo, que la fuerza del bagaje cultural que llevó a la negación de Dios, no podía dejar de menoscabar esa intensa tendencia natural a lo Trascendente y ofuscar su luz. Lo reconocía y lo señalaba, con agudeza y preocupación, ya F. Nietzsche [25]: «El mayor acontecimiento, entre los más recientes –«Dios ha muerto» y la fe en el Dios cristiano se ha vuelto inaceptable– comienza a lanzar las primeras sombras sobre Europa». Y M. Heidegger daba una correcta interpretación: «La expresión «Dios ha muerto» significa que el mundo ultrasensible carece de fuerza real, no proporciona vida alguna». Y además agregaba: El nihilismo «revela un curso tan profundamente subterráneo, que su desarrollo podrá determinar sólo catástrofes mundiales. [...] Mientras comprendamos la expresión «Dios ha muerto» sólo como la fórmula de la incredulidad, no hacemos sino pensar de modo teológico-apologético, renunciando a aquello hacia lo cual tendía el pensamiento de Nietzsche». En realidad, subraya G. D. Mucci, «se asume como símbolo del nihilismo y significa la pérdida del sentido de la trascendencia, la anulación de los valores relacionados con él, la irrelevancia de la realidad metafísica, o sea, de los ideales y valores supremos, la negación de que el mundo metasensible, concebido como ser en sí mismo, causa y fin, es y tiene que ser el que da significado a la vida terrena y a la vida del hombre» [26]. Es, pues, comprensible, como se comprueba en un estudio muy cuidadoso [27] procedente de un sondeo realizado con 350 estudiosos e investigadores en campos avanzados de la investigación en Italia –en tres sectores: física, genética e inteligencia artificial– que se declaren: el 47 por ciento ateo o agnóstico; el 16 por ciento en fase de búsqueda; el 18 por ciento, que cree en un ser superior sin poderlo definir bien, y sólo el 18 por ciento que cree en el Dios de la tradición cristiana. De estos últimos, sólo el 40 por ciento cree en el origen divino y humano de Jesucristo y el 26 por ciento en el origen divino de la Iglesia. Desde luego, no debe sorprender el «vacío moral» en el que se debate la sociedad del «Primer Mundo».

Hacer brotar y florecer nuevamente en la sociedad estos tres valores: Hombre, Familia y Dios, es la exigencia más urgente para salvarla, en esta era de las biotecnologías dominada y trastornada por la sofocante y prepotente «tercera cultura».


NOTAS 

[1] Juan Pablo II, L’Osservatore Romano, edic. en lengua española, 3 de sept., 1999, n. 4.
[2] J. Brockman, The Third Culture. Beyond the Scientific Revolution, Simon and Schuster, New York 1995, p. 17 (cursiva nuestra).
[3] K. kelly, The Third Culture, Science 1998, 279, pp. 992-993 (cursiva nuestra).
[4] J. Brockman, The Third Culture, cit., p. 19 (cursiva nuestra).
[5] L. Pati, Pedagogia famillare e denatalità. Per il ricupero educativo della società fraterna, Editrice La Scuola, Brescia 1998, p. 10.
[6] J. Brockman, The Third Culture, cit. 20-21.
[7] E. severino, Quando la técnica e suprema, Corriere della Sera, 11 de abril, 1999.
[8] C. Piancastelli, Glande Allégre, Dio e I’impresa scientifica, Uomini e Idee, 2000, 7, p. 148.
[9] F. Crick, The astonishing hypothesis. The scientific search for the soul, Simon and Schuster, London, 1994.
[10] E. Mayr, Toward a New Philosophy of Biology. Observations of an Evolutionist, Harvard University Press, Cambridge (Massachusetts) 1988, p. 85.
[11] S. Grisolia, Introduction, en: Fundación BBV Documenta, Human Genóme Project: Ethics 2, Foundation BBV, Bilbao 1992, p. 14 (cursiva nuestra).
[12] J. Ziman, Why must scientists become more ethically sensitive than they used to be?, Science 1998, 282, p. 1813.
[13] U. Galimberti, Nessun Dio ci puó salvare, Micromega 2000, n. 2, pp. 187-198.
[14] D. Kennedy, Science and Development: What can First World Science do, notfor the West butfor the Rest? Science 2001, 294, p. 2053. Es la primera vez que, después del terrible 11 de septiembre 2001, en una gran revista científica se habla de una “inequitable global distribution of resources”, y de un gran proyecto que “seeks to align the scientific enterprises of the West with the needs of the Rest”.
[15] A. Etzioni, Science and the future of the family, Science 1977, 196, p. 487; P. Donati, Trasformazioni socio-culturali Della famiglia’e comportamenti relativi allla procreazione, Medicina e Morale 1993, n. 43, pp. 117-163; G. Rossi Sciumé, Problemi sociología emergenti nel mérito del dibattito sulla procreazione assistita, Ivi, pp. 175-181; Carnegie Council on Adolescent Development, Great Transitions: Preparing Adolescente for a New Century, Science 1995, 270, p. 895; N. Galli, Verso il tramonto della morale pubblica (editoriale), Pedagogia e Vita 1999, n. 1, pp. 9-11; R. Brunos, M. Postiglione (eds.), The Family of the Future and The Future of the Family, ITEST Faith/Science Press, St. Louis (MI) 1999; H. A. Cavallara, Varíazioni storiche nei modelli di genitoríalitá, Editrice La Scuola, Brescia 2005, pp. 11-33.
[16] A. Serra, Deontologia medica e «procreazione medicalmente assistita», La Civiltá Cattolica, 2004 II, pp. 425-438; R. M. L. Winston, K. Hardy, Are we ignoríng potential dangers of in vitro fertilization and related treatments? Fertility, Supplement to Nature Cell Biology and Nature Medicine, October 2002, pp. 514-528.
[17] P. Donati, cit., p. 132.
[18] P. Keilholz, Families in the 21st century: some speculation about families of the future, Proceedings of ITEST Workshop on: «The family of the Future, the Future of the family». ITEST Press, St. Louis (MI), 1999.
[19] Juan Pablo II, «Evangelium vitae», Carta Encíclica, Librería Editrice Vaticana, Città del Vaticano, 1995.
[20] J. Rifkin, The Biotech Century, Penguin Putman, New York, 1998, trad. it., // Secolo Biotech, Baldini e Castoldi, Milano 1998, p. 370.
[21] Juan Pablo II, Discurso del S. Padre a los participantes en la Plenaria de la Academia Pontificia de Ciencias, 28 de octubre, 1994 (cursiva nuestra), en: Insegnamenti di Giovanni Paolo II, vol. XVII-2, 1994, Librería Editrice Vaticana, Città del Vaticano, 1996. Traducción: L’Osservatore Romano, edic. en lengua española, 4 de nov., 1994, nn. 5-6.
[22] A. Bausola, Tra Etica e Política, Vita e Pensiero, Milano 1998: en particular el c. XI: Etica e trasformazioni tecnologiche, pp. 197-215; G. Tanzella-Nitti, Passione per la Verità e Responsabilitá del Sapere, Edizioni PIEMME, Cásale Monferrato 1998; G. bresciani, L’Humanum nelle situazioni di confine e di bioética, Anthropotes 1999, 15/1, pp. 105-121; R. Lucas Lucas, Antropología e problemi di bioética, Edizioni S. Paolo, Cinisello Balsamo (MI), 2001.
[23] D. Tettamanzi, La famiglia di fronte alie sfide dett’attuale situazione socio-cultura le edecclesiale, en: Atti del XII Convegno Nazionale, Riscoprire la Famiglia alie Soglie del Nuovo Millennio, Consultori Familiari Oggi, 2000, n. 3, pp. 19-34; N. Galli, Occasionalitá/Progettualitá, Temporanietá/Continuitá: II bisogno del valorí nella vita coniugale e familiare, ib. Pp. 74-88.
[24] Juan Pablo II, Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte, Librería Editrice Vaticana, Ciudad del Vaticano, 2001.
[25] G. D. Mucci, Le origini del nichilismo, La Civiltà Cattolica, 1999, u, pp. 31-44. Las citas de Nietzsche y Heidegger aparecen en el texto.
[26] Ibid., p. 38.
[27] A. Ardigó, F. Garelli, Valorí, Scienza e Trascendenza, vol. I, Una ricerca empírica sulla dimensione etica e religiosa fra gli scienziati italiani, Edizioni Fondazione Giovanni Agnelli, Tormo 1989, pp. 192-193.

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El evento se realizó en la Pontificia Universidad Católica de Chile y contó con la presencia de 300 asistentes, provenientes de cien organizaciones de la sociedad civil comprometidas en el desarrollo del diálogo y el encuentro en Chile.
La Asamblea Eclesial de América Latina y El Caribe, celebrada en noviembre de 2021 en México, fue un acontecimiento de gran relevancia para la Iglesia latinoamericana y también para la Iglesia universal, puesto que inauguró, de un modo casi experimental, una nueva forma de caminar eclesial y de recepción del Concilio Vaticano II. Tras un año de haberse celebrado, la presidencia del CELAM entregó al Papa un documento con las reflexiones y propuestas pastorales que de ahí surgieron.
En muchos lugares del mundo, los cristianos son perseguidos y acosados más que cualquier otra religión: sacerdotes son asesinados, los fieles son secuestrados, las iglesias son profanadas y comunidades enteras son obligadas a huir. La última edición del informe “¿Perseguidos y olvidados?” de la Fundación Pontificia Ayuda a la Iglesia que Sufre (ACN) examina la situación en 24 países, donde se han encontrado pruebas de graves violaciones a la libertad religiosa.
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