En el horizonte realista de la más sana tradición de la doctrina católica, la primera encíclica de Benedicto XVI devuelve a la política toda su dignidad: «El orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea central de la política» (Deus caritas est, 28).

«Los hombres siempre tratan de evadirse de la oscuridad exterior e interior, soñando con sistemas tan perfectos que en ellos nadie necesitaría ser bueno» (Cori Della Rocca VI). Así, con una frase muy expresiva, el poeta Eliot sintetiza la tentación tal vez más fuerte, y en cierto sentido inevitable, de quienes, con interés y pasión, afrontan la vida pública. Una tentación muy difundida en las sociedades opulentas del norte del mundo.

En efecto, en ellas se vuelve a proponer de forma comprensible con mayor frecuencia la ilusión de poder «resolver» la cuestión de la vida buena de la sociedad civil y de los organismos institucionales que la gobiernan a través de «la elaboración y la aplicación» de teorías sobre las formas «ideales» de organización social. Obviamente, la conciencia de esa tentación no elimina la «bondad» del compromiso social y político, y de la equilibrada búsqueda interdisciplinar que inevitablemente implica ese compromiso. Al contrario, invitando a una correcta relación entre práctica y teoría, pone de manifiesto su urgencia.

Grandeza y humildad de la política

En el horizonte realista de la más sana tradición de la doctrina católica, la primera encíclica de Benedicto XVI devuelve a la política toda su dignidad: «El orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea central de la política» (Deus caritas est, 28). Es conocido el radicalismo que implica en la historia del pensamiento cristiano la expresión «orden justo». A este respecto, el Papa recuerda la durísima frase de san Agustín: «Si no se respeta la justicia, los Estados no son sino grandes bandas de ladrones» (De Civitate Dei IV, 4).

Luego también con realismo cristiano, el Santo Padre no duda en subrayar que la política, al ser una actividad del hombre, necesita purificación. Continuamente debe liberarse de la «ideología». En efecto, la libertad humana no sólo está limitada porque históricamente siempre está situada, sino que, además, está herida por el pecado: «La razón ha de purificarse constantemente, porque su ceguera ética, que deriva de la preponderancia del interés y del poder que la deslumbran, es un peligro que nunca se puede descartar totalmente» (n. 28).

El encuentro con Jesucristo, mediante la fe vivida en la comunidad eclesial, se propone al hombre como camino y fuerza para esta purificación también social: «La fe permite a la razón desempeñar del mejor modo su cometido y ver más claramente lo que le es propio. (…) Desea simplemente contribuir a la purificación de la razón y aportar su propia ayuda para que lo que es justo, aquí y ahora, pueda ser reconocido y después también puesto en práctica» (ib.). De este modo, en el número 28 de la encíclica, donde se aborda directamente el tema de la justicia, aparece de nuevo la palabra «purificación», ya empleada repetidamente por el Papa en la primera parte. No sólo necesita purificación el amor interpersonal –eros y ágape– (cf. Deus caritas est, 4-6), sino también el amor social –justicia y caridad– (cf. Ib., 28-29). La encíclica establece así una correspondencia significativa entre eros y ágape, por una parte, y justicia y caridad, por otra. No sólo cada uno de los dos binomios debe estar en una unidad dual, sino que ese género de unidad debe tener vigencia también entre los dos binomios. No existe amor pleno (caritas) que no abarque simultáneamente las dimensiones personal y social de la existencia humana.

Razón-fe y justicia-caridad

Como la fe, sostenida por la caridad, sale al encuentro del hombre en cuanto realiza la razón, análogamente la misma caridad, actuando la fe, hace que resplandezca plenamente el «orden justo» de la sociedad. La caridad no absorbe la justicia, y la fe no es un sucedáneo de la razón. Así se documenta la importancia antropológica y social de la fe, pues «el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» (Gaudium et spes, 22).

Apoyándose en esta base, la Iglesia colabora y sostiene la política, pero no la sustituye: «la Iglesia no puede ni debe emprender por su cuenta la empresa política de realizar la sociedad más justa posible. No puede ni debe sustituir al Estado. Pero tampoco puede ni debe quedarse al margen en la lucha por la justicia» (Deus caritas est, 28). Es un servicio que la Iglesia presta a los hombres de todas las generaciones y que nunca se puede considerar acabado del todo, pues en el campo social, al igual que en otros, no se actúa formulando una teoría correcta para aplicarla después a la realidad. Sería como tratar de encontrar el «lugar inexistente» de la utopía.

En cambio, toda tentación utópica queda vencida por el compromiso «crítico» de los hombres con los procesos históricos propios de su época. Por consiguiente, los cristianos, en cordial colaboración con todos, están llamados a tratar de realizar, cada vez, el orden justo de la sociedad. Por esta razón, no hay época histórica que pueda eximirse de la necesaria purificación de la ideología, para que no se convierta en matriz de utopías, siempre violentas. El siglo XX dio abundantes confirmaciones de esta verdad.

El Estado al servicio de la sociedad

A estas afirmaciones el Papa añade, también en el número 28, dos consideraciones de gran importancia.

En primer lugar, Benedicto XVI recuerda uno de los puntos fundamentales de la doctrina social de la Iglesia: el principio de subsidiariedad. Según este principio, se afirma la primacía de la persona y de los organismos intermedios en la vida de la sociedad, al servicio de los cuales deben ponerse las instituciones estatales de cualquier grado. Entre la vida política y el Estado no puede existir una ecuación; es un cortocircuito.

En efecto, prescindiendo del problema que implica el término, puesto de relieve con frecuencia desde finales del siglo XVII, no se puede renunciar a cierta primacía de la sociedad civil. Es el lugar natural de la confrontación incesante y libre entre personas y comunidades sobre el contenido y la práctica de lo que ya Aristóteles llamaba «la vida buena».

Las nuevas formas de sana laicidad, tan invocadas hoy también para afrontar el delicado problema de la interculturalidad y de la interreligiosidad, no encuentran el orden de la justicia sin la confrontación apasionada de todos los sujetos portadores de diversas hermenéuticas. Y esto se debe ante todo al paciente e indomable diálogo que los organismos intermedios, comenzando por la familia, deben promover en el crisol de la sociedad civil y que luego las instituciones estatales, respetando plenamente las reglas democráticas, están llamadas a respetar y garantizar en el ejercicio equilibrado de la triple autoridad de legislación, gobierno y administración de la justicia.

La caridad nunca tendrá fin

En segundo lugar, el Papa habla de un nivel del servicio de la caridad intrínsecamente unido al amor, que no se puede reducir al orden social, siempre contingente, de la justicia. «No hay ningún orden estatal, por justo que sea, que haga superfluo el servicio del amor» (n. 28). Como ilustra claramente la primera parte de la encíclica (ct. n. 6), la urgencia de ser amado definitivamente y de amar definitivamente expresa el núcleo duro de la dignidad de toda persona. A partir de este núcleo duro, referido en última instancia al amor del Dios trascendente, la dignidad de cada persona resulta irrenunciable y se impone su respeto y promoción. Se trata de un deber que incumbe, en particular, a quienes están revestidos de cualquier tipo de autoridad. De este modo el servicio de la caridad, al poner de manifiesto lo irrenunciable del proprium de cada hombre, exalta el fundamento del orden de justicia necesario.

Con una hermosa expresión de Pablo VI, podemos decir que el Papa muestra una vez más cómo la Iglesia es experta en humanidad.

Una tarea educativa

¿De qué manera la Iglesia da su contribución específica a la sociedad civil y a la política? El número 29 de la encíclica describe este articulado servicio que presta la comunidad cristiana a todos los hombres.

La Iglesia realiza, ante todo, una tarea específica en la construcción de un orden social justo mediante su función educativa. El Papa la llama tarea mediática, ya que «el deber inmediato de actuar a favor de un orden justo en la sociedad es más bien propio de los fieles laicos» (n. 29). Toda la comunidad eclesial, en sus diversas formas –familias, parroquias, escuelas, asociaciones, centros culturales…–, está llamada a realizar esta tarea plenamente antropológica, según una antropología en la que la persona y la sociedad forman una unidad dual.

El Papa invita a todos a llevar a cabo esta tarea de educación según «el pensamiento de Cristo» (cf. 1 Co 2, 16). Debemos realizarla activamente sea como educadores sea como educandos. Ciertamente, el Compendio de la doctrina social de la Iglesia, que condensa principios de reflexión, criterios de juicio y directrices de acción, es un instrumento privilegiado para llevar a cabo esta tarea educativa, la cual ha de realizarse simultáneamente en sus tres niveles, buscando, en toda situación y en toda circunstancia, la construcción de una cultura integral, capaz de interpretar todo el humanum (el Papa habla de «lo que es conforme a la naturaleza de todo ser humano», n. 28).

De cómo y cuánto cumpla con seriedad la comunidad cristiana esta tarea pedagógica primaria dependerá en gran parte la segunda modalidad de acción eclesial, que caracteriza la vocación específica de los fieles laicos en el mundo. En efecto, por lo que atañe a la práctica de la caridad social –es significativa la referencia que hace la encíclica al número 1939 del Catecismo de la Iglesia Católica, dado que en ese artículo se identifica la caridad social con el principio de solidaridad, tan esencial como el de subsidiariedad–, los laicos deben ser los protagonistas directos.

Los fieles laicos viven su misión de modo adecuado educándose y educando en la caridad, pero, al mismo tiempo, realizando concretamente la caridad social en las miles de formas que requieren las circunstancias, las situaciones y la creatividad de las personas y los grupos. Suscitan interrogantes, plantean problemas y desafíos, hacen propuestas y prácticas encaminadas a construir la «vida buena» tanto personal como social.

Una tercera modalidad del servicio de la caridad es la propia de las organizaciones caritativas de la Iglesia, expresión privilegiada de la preferencia de Jesús por los pobres. En ellas se concentran, en cierto sentido, tanto la función educativa –las instituciones caritativas deberían ser siempre modelos de la figura plena de la caridad– como la del ejercicio de la caridad social asumiendo una responsabilidad directa.

La creación de obras de caridad resulta así una expresión significativa de la madurez de una comunidad cristiana. Parte fundamental del compromiso social y político de los cristianos es garantizar que en la sociedad civil exista y se mantenga el espacio para la creación de esas obras. De este modo, el opus proprium (cf. Deus caritas est, 29) que la Iglesia realiza mediante las organizaciones caritativas resulta signo eficaz de esperanza en la compleja sociedad posmoderna que los mismos fieles laicos deben afrontar concretamente en el marco, hoy con frecuencia plural, de la familia humana.

Así, «fe, esperanza y caridad están unidas» (n. 39) y muestran la contribución de la Iglesia al pesado pero fascinante deber, común a todos los hombres, de construir un orden justo en este mundo.


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