El propósito de este artículo es complementar el trabajo anterior, profundizando el importante progreso que ha experimentado últimamente el estudio acerca de las enfermedades que se han denominado psicosomáticas. Progreso que tiene dos raíces, a las cuales intentaremos aproximarnos.

Foto de portada: El niño enfermo (1886), del pintor valenciano Arturo Michelena.

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Con agradecimiento a Félix Bacigalupo Izquierdo, profesor de la Facultad de Medicina, Departamento de Psiquiatría y de la Escuela de Psicología de la Pontificia Universidad Católica de Chile, por su aporte a nuestro trabajo.

Desde el punto de vista estrictamente médico, el trabajo del profesor Viktor von Weizsäcker, en la primera mitad del siglo pasado, relacionó la enfermedad con lo que él llamó crisis biográfica que, posteriormente, la psicología ha denominado, también, traumas psíquicos. Crisis o traumas que son –o pueden ser– desencadenantes de enfermedades tanto somáticas como psicológicas.

Lamentablemente, según nuestro criterio, su tesis no ha tenido la suficiente difusión.

Podemos mencionar, como otra raíz de la medicina fundada en estudios antropológicos, los recientes trabajos de los filósofos Leonardo Polo y su discípulo Juan Fernando Sellés, quienes han afirmado que la enfermedad puede aquejar, simultáneamente, el espíritu, la mente o alma y el cuerpo.

Por su parte, el médico Francisco Moya, coincidiendo con estos estudios filosóficos, ha postulado que el ser humano, desde su vida intrauterina puede padecer dolor, pena, sufrimiento, transmitidos por su madre; así como la soledad o algún trauma físico o psíquico que, afectándola a ella, afecta, asimismo, a la criatura que lleva en su seno. Esta causalidad produce, en la persona afectada, lo que él llama nudo vital, el que podría desencadenar enfermedades.

Ahora bien, este hecho es muchas veces ignorado, ya sea voluntaria o involuntariamente, por el paciente; debiendo, entonces, el médico descubrirlo y relacionarlo con la enfermedad manifestada.

Moya llama a este nuevo método palingenesia, palabra derivada del griego que significa volver atrás, apuntando a que es en la biografía del paciente donde se puede encontrar la causa de su enfermedad.

Hay que destacar que Moya ha creado un procedimiento capaz de desatar este nudo, sanando, así, al paciente de su dolencia.

No obstante, es pertinente relevar que los médicos, con frecuencia, soportan, por parte de los pacientes, una fuerte presión, exigiendo la sanación de sus dolencias a través de medios puramente técnicos, sin aceptar que son personas que están sufriendo una enfermedad cuya causa deriva de un problema existencial o espiritual, como sería, por ejemplo, el no encontrarle sentido a su vida. Ello acarrea la imposibilidad de la curación de sus dolencias, pues la causa profunda de ellas, persiste.

Volviendo a Polo y a Sellés, ambos destacan que el hombre tiene una misión que cumplir, misión que es personal, pero de la que no todos tienen conciencia. No obstante, algunos hombres sí se cuestionan por qué y para qué han llegado al mundo.

En efecto, todo hombre tiene una misión de vida determinada que es única, por tanto, si no la lleva a cabo constituye una pérdida, no solo para él sino para la humanidad en su conjunto. Esta misión, en general, no logra terminarla en este mundo.

Al respecto, Juan Fernando Sellés, en su obra Teología para inconformes, manifiesta:

El hombre es un ser de proyectos porque él mismo como hombre es un proyecto nunca concluso. Según esto se puede relativizar en buena medida el pasado y el presente críticos, para mirar esperanzadamente el futuro histórico y post histórico y ponerse a trabajar en orden a ellos teniendo en cuenta el legado poliano, pues, a eso contribuye, sin duda, la filosofía y teología de Polo, y a eso pueden contribuir quienes las conozcan.

Esta misión del hombre se ve enfrentada a obstáculos que impiden su completa aplicación, entre ellos, el pecado, las crisis existenciales y la enfermedad.

Sin duda, las crisis existenciales tienen una relación de causalidad con la enfermedad. Pero ¿el pecado? Conforme a nuestro parecer, si bien no toda enfermedad es consecuencia del pecado, sí muchas lo son.

Leyendo las Sagradas Escrituras, podemos apreciar que, con la mentira, arma predilecta de Satanás, este engañó a Eva convenciéndola de comer la fruta prohibida, pues si lo hacía, le dijo, sería como Dios. Uno de los efectos del pecado de desobediencia a Dios fue la enfermedad y, con ella, la muerte.

La mentira y la verdad fueron tratadas latamente por Romano Guardini. Se lee en su obra El Señor, “¿Puede el espíritu, en cuanto espíritu, caer enfermo?”. Y se respondía él mismo:

¡Claro que sí! Y eso, por su relación con la verdad, cuando la elimina como tal, cuando prescinde de ella, o la somete a sus caprichos o, sencillamente, la difumina. Y sería difícil determinar cuántas enfermedades de las denominadas comúnmente psíquicas no son, en el fondo, más que una enfermedad del espíritu. Porque el espíritu vive de la verdad, pero tanto el corazón como el propio cuerpo viven del espíritu. La garantía de la pureza del espíritu es la adoración de Dios (…). Nada hay más importante para el hombre, que aprender a inclinarse ante Dios con su ser más íntimo, y abrirle espacio para que entre y sea su verdadero dueño, porque Dios es digno de serlo.[1]

Por su parte, el escritor húngaro Sándor Márai, en su segunda obra, La hermana, trata, asimismo, la mentira como causa de enfermedad.

Un famoso pianista, después de un concierto, debe ser hospitalizado, pues sufre un intenso malestar. Tras un lapso prolongado en el hospital, sin que experimente mejoría, tiene el siguiente diálogo con su médico tratante, quien le dice:

“Debe de resultar horrible ser artista. Tal vez sea lo peor. Hasta los santos lo tienen más fácil... Ellos se elevan sobre sí mismos en una gran pasión, se abrasan... Pero el artista está obligado a seguir consciente hasta el último instante. De otra manera no es artista, sino un aficionado chapucero. El gran momento del artista es precedido por millones de momentos grises. E incluso en el gran momento, cuando llega a expresar lo infinito y lo divino, se ve obligado a permanecer sereno y lúcido, como un contable que suma cifras. Es así, ¿no?”... Hice un gesto afirmativo.
Guardamos silencio, hasta que yo pregunté: “¿Y qué puede hacer usted, el médico, cuando en medio de la noche entra en una vivienda desconocida donde en forma de cálculo biliar grita la mentira de toda una vida? ¿O un talento amargado por el hastío y la monotonía de la existencia?”
Asintió con gesto recatado. Le palpo el abdomen. Le receto medicamentos.
Se puso en pie con tristeza y me apretó la mano entre las suyas. En ese momento no era médico; sólo un hombre mayor y agotado que se lamentaba de su propia impotencia.
“La música es el grado más alto de toda experiencia sensible”, dijo. “Usted ha debido de vivir con excesiva sensibilidad, maestro. Me refiero a que ha vivido durante cuarenta años en concubinato con la música... Es algo que ni los dioses soportarían”.

Llama la atención como el autor identifica como causa de un cálculo biliar la mentira de toda una vida. Para Sándor Márai, ella sería responsable de muchas enfermedades.

En otro párrafo, de la misma obra, se lee:

“Pero ¿qué tengo? Dígame. ¿Me curaré? ¿Estoy mejorando?”
“Creo que al final se curará”, murmuró. “Pero desde ahora usted también tiene que ayudar. ¿Lo hará?”
“¿Cómo puedo ayudar?” Y apreté el puño de la mano enferma, con furia impotente.
“Ya se lo he dicho”, contestó con tono formal. “Maestro, su alma está sana, pero su cuerpo ha reaccionado a una mentira, a una especie de intoxicación. Y yo ignoro cuál es esa mentira que se ha ensañado con su cuerpo y su sistema nervioso. La mayoría de las veces no llegamos a aclararlo. El enfermo muere o se cura, pero sobre la mentira no llegamos a saber nada. Piense. Piense con más determinación que nunca, con más determinación incluso que ante el piano en una sala de conciertos repleta. No puedo recetarle la vida en forma de medicamento. Un día se levantará de esta cama... pero sólo cuando quiera hacerlo. Debe querer hacerlo; de lo contrario, a partir de esta enfermedad le sobrevendrán otros estados patológicos de los cuales, a su vez, surgirán nuevas enfermedades”.
Me miró con afecto, asintió con la cabeza y se fue.[2]

Sería deseable que, junto al médico, hubiese un sacerdote que pudiese brindarle apoyo espiritual, pues, con frecuencia, no le es suficiente a los pacientes una pura acción médica. La presencia y asistencia de un sacerdote puede sin duda ayudar a darle un sentido a su enfermedad y, de paso, perdonarle sus pecados.

Muy relacionado con lo anterior, el creciente y alarmante paganismo, del cual, tristemente, Chile no está ajeno. Así, Eduardo Valenzuela, en su artículo “¿En qué creen los jóvenes?”, expresa “Todas las estadísticas muestran un proceso intenso y acelerado de desafección religiosa que está abultando la proporción de aquellos que declaran no tener ninguna religión, que ha alcanzado la cifra de 30% para el conjunto de la población y de 40% para los que tienen entre 18-34 años”[3].

Estas cifras son dramáticas por sus consecuencias. En efecto, como señala J. A. García González, en su artículo “Notas y Glosas”, analizando la antropología filosófica de Polo

ninguna criatura se comprende aisladamente; ser criatura es depender del creador y por ello, en último término, co-ser junto con él. Si se trata del ser fundamental, de los primeros principios, hablaremos de principios mutuamente vigentes; si se trata del existente personal, diremos entonces que es un coexistente, un ser además. En todo caso, la criatura remite en su ser al creador, porque es dependiente de Dios; y por eso carece de suficiencia individual y su ser no tiene unidad en sí mismo.[4]

De este modo, el que casi una tercera parte de la población no crea en la existencia de Dios deviene en una tragedia. El ser humano, el hombre, al ser co-existente con Dios, si lo niega, está, indudablemente negando su parte más noble y con ello está siendo susceptible de mayor vulnerabilidad a los vicios y, por ende, a las enfermedades.

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[1] Guardini, Romano; El Señor. Cristiandad, Madrid, 2005, pp. 622-624.
[2] Márai, Sándor; La Hermana. Salamandra, Baqrcelona, 2007, pp. 180-183.
[3] Valenzuela, Eduardo; “¿En qué creen los jóvenes?”. Revista Humanitas, n°104, Pontificia Universidad Católica de Chile, 2023, p. 251.
[4] García, Juan Agustín; “Notas y glosas sobre la creación y los trascendentales (a propósito de la antropología poliana)”. Miscelánea poliana: Serie Filosofía, ISSN-e 1699-2849, n°11, 2007, p. 89.

 

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