Un diagnóstico de la sociedad actual, compleja e interconectada, que abre nuevos horizontes a la presencia cristiana en la vida pública y privada.

© Humanitas 92, año XXIV, 2019, págs. 472 - 489.

* Ponencia presentada en la V Jornada de Teología de la Universidad Católica de la Santísima Concepción titulada “Iglesia hoy y anuncio de Cristo” el jueves 3 de octubre de 2019.


El panorama resultante de la evolución social en nuestra época ha producido lo que algunos pensadores, entre ellos el mismo Papa Francisco, han llamado un “cambio de época” para contraponerlo a la conocida expresión precedente que calificaba el presente como una “época de cambios”. Cualquiera sea el nombre con que quiera calificarse esta situación, sin embargo, el hecho empíricamente demostrable es que estamos en presencia de una sociedad cada vez más compleja e interconectada en términos ecológicos, demográficos, económicos, políticos, educacionales y científicos, no solo a nivel local y regional sino mundial, todo lo cual abre nuevos horizontes a la presencia cristiana en la vida pública y privada de las personas que es necesario discernir y evaluar.

Ha sido un sociólogo católico polaco, Zygmunt Bauman, profesor en Inglaterra, quien ha acuñado la expresión “modernidad líquida” para referirse a esta etapa del desarrollo evolutivo, y que recoge el título de esta reflexión, concepto que ha alcanzado una explicable popularidad entre los científicos, los intelectuales y en los medios de comunicación de masas debido, sobre todo, a la forma intuitiva de sugerir el sentido de la novedad del cambio social actual. Pero en razón de esta misma popularidad alcanzada, ella obliga justamente a considerar adecuadamente las diversas significaciones que la expresión encierra, no solo para ser fieles a su autor, como obligaría el rigor exegético, sino para dilucidar más agudamente el complejo panorama social en que estamos sumidos en el presente.

Una primera aproximación, tal vez la más usual, contrapone lo líquido a lo sólido argumentando la pérdida relativa de la solidez y permanencia de los valores morales fundamentales de la tradición. Todos los valores serían actualmente transables en razón de su utilidad, de sus preferencias y conveniencias, y en consecuencia, nadie debería atreverse a afirmar valores absolutos. A tal punto se ha generalizado esta opinión que el cardenal Ratzinger en la eucaristía “eligiendo sumo pontífice”, habló acerca de una “tiranía del relativismo”, lo que presumiblemente causó tan buena impresión y adhesión entre los cardenales que fue elegido como Benedicto XVI en uno de los consistorios más breves que se recuerda. No solo en el medio eclesiástico sino también en el civil se había repetido con fuerza la idea del relativismo de los valores como forma deseable o inevitable de la libertad del espíritu. Pero no se había llegado a identificar, como hace Ratzinger, que este relativismo llegaría hasta la contradicción consigo mismo como tiranía. A la visión generalizada de la decadencia de Occidente a comienzos del siglo XX se sumó después la sensación de andar a la deriva, idea expresada más tímidamente durante los años de la guerra fría pero proclamada con voz fuerte y alta después de la caída del muro de Berlín. Finalmente, el relativismo adquiere carta de ciudadanía como lo que es políticamente correcto en las democracias occidentales. Esta percepción bien puede calificarse como el tránsito social desde un medio sólido a uno líquido.

Con todo, quisiera recordar que fue el propio Nietzsche quien había anticipado esta situación al caracterizar el nihilismo europeo “como aquella situación en que los valores supremos pierden su solidez, falta la finalidad, falta la respuesta a la pregunta por el porqué”. Así, solo el hombre que fuese capaz de abrirse paso a través del nihilismo en virtud de su misma voluntad de vivir, de su voluntad de poder, podría ser considerado como un “superhombre”, según se tradujo reductivamente la expresión alemana “Übermensch”, que no se refiere necesariamente a alguien superdotado con poderes superiores, sino que originalmente quiere decir más bien hombre de la transición, es decir, capaz de llegar a la otra orilla de las aguas turbulentas gracias al empuje de su voluntad. Así, el paso de la modernidad sólida a la líquida no estaría marcado por el signo de la inevitable decadencia, en última instancia de la muerte de Dios, expresión que Nietzsche pone en boca de un loco que busca a Dios con una linterna a plena luz del día sin encontrarlo, sino por el recomenzar desde el principio, aunque sin la ingenuidad, el conformismo, la hipocresía y la mezquindad que habrían obligado al barco de la sociedad y al de la Iglesia a soltar las amarras del mundo antiguo para adentrarse en el incierto futuro de lo que aún está por venir.

Esta forma de interpretación de la época actual, aunque llena de intuiciones verdaderas, cayó rápidamente en una visión moralista de lo moderno suscitando tanto adhesión, por una parte, como resistencia, por otra.

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 Sumario:

  • Tomando la expresión “modernidad líquida” acuñada por el sociólogo polaco Zygmunt Bauman, Pedro Morandé realiza un diagnóstico de la sociedad actual, caracterizada en parte por una disolución del espacio público, de su privatización y uso para fines individuales y grupales. Este fenómeno nos exige tomar conciencia del carácter público de la fe en Jesucristo, y recomenzar un camino que abrace al mundo y que busque nuevos espacios para el encuentro con Dios. Humanitas 2019, XCI, págs. 472 - 489.

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