¿Qué valor tiene el dinero?

 Juana Ross de Edwards (1830-1913) ha dejado una huella profunda en la sociedad chilena no solamente por su ingente labor caritativa y su visión cristiana del valor de los bienes terrenales. La segunda edición del libro “Juana Ross de Edwards o el valor de la pobreza” del investigador David Toledo (Valparaíso 2013) revela nuevos aspectos de las motivaciones profundas que guiaban a aquella gran trabajadora en favor de los desfavorecidos de la sociedad. Sin duda se trata en primer lugar de este “valor de la pobreza”. En su renuncia al uso del sombrero, el signo más llamativo de las damas del siglo XIX y de la “Belle Epoque”, y en su preferencia por el tranvía en vez del auto con chofer, nos aparece como una especie de precursora del Papa Francisco. Hurgando con admiración y respeto en la vida de esta santa mujer también puede surgir la pregunta acerca de la relación de su actividad caritativa con las grandes corrientes del pensamiento social del siglo XIX, por ejemplo el socialismo y la doctrina social de la Iglesia.

La época en que vivió Juana Ross de Edwards puede considerarse en una doble dimensión: la del auge máximo del puerto de Valparaíso como centro económico y social de Chile (1850-1914), pero también la del nacimiento y desarrollo de dos grandes visiones acerca de la llamada “cuestión social”, es decir, entre la publicación del “Manifiesto comunista” de Marx (1848) y la de la encíclica “Rerum Novarum” del Papa León XIII (1891). En estos años no solo aumentaría la influencia del socialismo, sino que a la vez el pensamiento católico lograría una maduración decisiva en temas como el desarrollo social, la economía, la caridad social y la pobreza. En el ideario católico se asentó entonces y se tornó gradualmente más nítida lo que se llama la “doctrina social de la Iglesia”.

Cuando a mediados del gobierno de Manuel Montt (1851-1861), Juana Ross, apoyada lealmente por su marido, Agustín Edwards Ossandón (1815-1878), comenzaba aquella labor social caritativa que no interrumpiría hasta el fin de su vida, el “Manifiesto Comunista” de Marx (1848) ya había sido arrojado al estanque de la historia como piedra que levantaría anillos de agitación cada vez más amplios hasta el día de hoy. La ventaja de este, cotejándolo con el ideario de la “Sociedad de Beneficencia de Señoras de Valparaíso”, en que había hecho su estreno la esposa de Agustín Edwards, estribaba en el análisis que Marx había hecho de las causas estructurales de la pobreza y de las injusticias sociales y en un proyecto de superación de tales causas. En cambio, en el ambiente católico en que Juana Ross se movía, la atención se centraba en la noción bíblica de la limosna y se aspiraba a un plan de acción consistente tan solo en una lucha de las virtudes por parte de la gente afortunada contra los vicios de los “pobres”. Las mismas objeciones de aquel ambiente a la labor de Juana Ross revelaban idéntica mentalidad. Joaquín Edwards Bello (1887-1968), su pariente y en cierto modo su contemporáneo, reprodujo con agudeza uno de los dichos de aquellas damas benéficas: ”En todas partes donde una va no se ven más que huachos de los pobres, cada vez más raquíticos y feos. ¡Y después nos piden plata para costearles la leche, el pan y la educación! Yo no sé qué le ha dado a Juana Ross para volverse protectora de los huachos”.

Pero aquel planteamiento insuficiente del problema social no solo se daba en los medios católicos. También pensadores alejados de aquellos ambientes, como Valentín Letelier (185-1919), hacían radicar la problemática social en la falla de las clases altas contra la equidad social y la necesidad de un Estado fuerte para remediar esa falla.

El interés de los pensadores y políticos católicos y no por último del clero por la llamada “cuestión social” se desarrollaba con cada vez mayor inquietud en forma casi paralela a la acción práctica de Juana Ross. Ella misma no era una persona de tipo intelectual. Lo que se conoce de su pensamiento se refiere ante todo a los aspectos prácticos de su obra en favor del prójimo. ”Hacía la caridad no porque le daba la gana, sino porque su conciencia le mandaba hacerla. Si no lo hubiera hecho, se habría considerado no solamente desgraciada, sino culpable” [1]. Fueron antes que nada dos factores de su modo de proceder los que pudieron dinamizar el pensamiento social católico de aquella época: en primer lugar la vastedad y visibilidad social de su acción y, en segundo lugar, su visión más exacta de las causas del malestar social. Como ejemplo más significativo de esto último se podría señalar su iniciativa personal en favor de la primera construcción de viviendas obreras en el cerro Cordillera de Valparaíso, solemnemente inauguradas por su nieto Agustín Edwards Mac Clure el 9 de enero de 1898, en presencia del Presidente de la República y de numerosos invitados. Era la primera iniciativa de este tipo en Chile. Solo ocho años más tarde, en 1906, el Partido Conservador iba a patrocinar en el Congreso una ley que se ocupaba de las viviendas obreras.

La presencia permanente de Juana Ross en todos los puntos neurálgicos del sufrimiento o de la necesidad, no solo en Valparaíso sino en muchas otras partes, obraba como un fuerte estímulo sobre el pensamiento socialcristiano. Vaya otra cita como ilustración: “Una de sus obras de mayor devoción fueron los hospitales y, dentro de ellos, el que lleva el nombre de su esposo, el hospital San Agustín de Valparaíso [2]. Luego viene, en orden de importancia, el hospital de La Serena, ciudad de su nacimiento. El antiguo hospital de Antofagasta, los de Freirina, Vallenar, Huasco, Vicuña, Ovalle, Combarbalá, lugares que vieron levantarse la fortuna de su esposo, así como los de Limache, San Camilo, San Felipe, Buin, Parral, Quillota y Los Andes, fueron construidos y mantenidos principalmente por ella entre los años 1878 y 1913 [3]”.

En 1883-1884 la señora Ross emprendería lo que sería su único viaje a Europa. El 9 de marzo de 1884 se dio su encuentro con el Papa León XIII y en la audiencia, que duraría una hora, se trataron únicamente temas referentes a la “cuestión social”. Al final el Pontífice, que había sido informado de sus actividades, recompensó a su ilustre visitante chilena con una cordial bendición. Esto sucedía solo siete años antes de la publicación de “Rerum Novarum”. El 24 de junio de 1904 el P. Mateo Crawley Boevey SS.CC. llevaba a cabo en la mansión de doña Juana Ross la primera entronización de la imagen del Sagrado Corazón como signo del deseado “Reinado social del Corazón de Jesús”. Era este un apostolado al que el siervo de Dios dedicaría toda su vida y que, traducido al lenguaje laico, implicaba la difusión del pensamiento social-cristiano en todo el mundo. La mansión de los Edwards se derrumbaría en el terremoto de 1906, pero en el mismo solar se elevaría después de la muerte de doña Juana Ross, no sin la disposición de ella, la catedral de Valparaíso. La diócesis, a su vez, expresó el sentido eclesial de la vida de su benefactora, trasladando en 1992 sus restos y los de su esposo Agustín Edwards desde el cementerio a la cripta de dicha catedral. Allí reposan desde entonces sus despojos, junto a los de los pastores de la Iglesia porteña.

Mons. Mariano Casanova, que antes de su nombramiento como arzobispo de Santiago (1886), había tenido muchos contactos con Juana Ross en su calidad de gobernador eclesiástico en Valparaíso, publicaba en 1891 una Carta pastoral que daba a conocer a sus fieles la encíclica “Rerum Novarum”, tratando a la vez el tema de la condición social de los obreros. En este documento podemos reconocer la primera manifestación oficial de la Iglesia católica en Chile sobre los problemas sociales. Luis Enrique Concha Subercaseaux (1876-1931), cuya tesis de abogado se titulaba “Cuestiones obreras” (1899), era otro de los católicos “inquietos” y uno de los más destacados y sinceros. A pesar del entusiasmo de ambas personalidades por la encíclica papal y su gran obra divulgadora de ella, no estaban libres de las insuficiencias de enfoque arriba aludidas. Tópicos de los próceres católicos eran, por ejemplo, exhortaciones para que “los ricos tuvieran más desprendimiento y los pobres, más resignación”. Su admiración por la encíclica de León XIII llevó al arzobispo a ver en ella “la última y decisiva palabra sobre la cuestión social”. En realidad, el magisterio papal estaba recién comenzando: seguirían la “Quadragesimo anno” de Pío XI y los grandes pronunciamientos de sus sucesores. También llama la atención que en la carta pastoral de Mons. Casanova, se hablaba del socialismo solamente como de un “peligro formidable”.

A fines del siglo XIX las dos visiones de la cuestión social, la marxista y la católica, aparecían ya como claramente antagónicas. Pero hay que decir que el mundo católico, al motejar las corrientes marxistas como “peligro” y “amenaza” en el fondo estaba percibiendo las consecuencias negativas de los planteamientos equívocos del “Manifiesto comunista”. Si el llamado a eliminar la explotación del hombre por el hombre era claramente un postulado moral, y eso con máxima evidencia, no se podía al mismo tiempo ponerlo en práctica con métodos absolutamente contrarios a toda ética, con desprecio de la verdad, con ceguera hacia la realidad e implacable imposición del hoyo vacío del ateísmo. Marx había afirmado que si hasta aquí los filósofos habían pensado sobre el mundo, ahora, gracias al comunismo, vendría el tiempo de cambiar el mundo. Pero tal “cambio”, según el pensamiento católico, jamás podría resultar para el bien si no se les atribuía a los postulados morales la misma importancia y el mismo carácter vinculante que a las leyes físicas y matemáticas. Proféticamente el arzobispo de Santiago escribía en su pastoral de 1891: “Este antagonismo, que se ahonda cada día con la propaganda socialista, no tardará mucho en convertirse en odio implacable, si alguna mano poderosa no contiene sus estragos”. Y escribía eso en 1891, en que aún no se vislumbraban siquiera los “estragos” que causaría a partir del fin de la Primera Guerra Mundial la acción marxista en el mundo: el aprovechamiento de la clase proletaria como mero instrumento de poder, la justificación de los genocidios de China y Camboya, el terror de Mao y de la dinastía de los Kim en Corea del Norte como método deliberado de gobierno, las burdas falsificaciones de la historia, las centrales de desinformación, las frías matanzas como, por ejemplo, la de toda la oficialidad polaca en Katyn, la proliferación del “archipiélago Gulag”, como lo llamaría Solzhenitsyn; las brutales torpezas en Venezuela, el fomento deliberado y metódico de toda clase de enfrentamientos como máquina política. El factor dirimente entre la doctrina marxista y la católica era la convicción de la primera de que el “motor de la historia” era el conflicto, que “la violencia era la partera de la historia” (Lenin), y el de la segunda de que el motor es la “buena noticia” del Evangelio. El desarrollo de la primera evidenció la incapacidad del Manifiesto de avanzar asimilando nuevas realidades o de enriquecerse con la verdad; el desarrollo de la segunda consistió en la capacidad de aprendizaje, partiendo de «Rerum Novarum» y de ciertas ingenuidades del principio hasta el gran aporte de eficacia de los tiempos posteriores a 1891.

En medio de estas corrientes y revoluciones, de este alejamiento de las buenas intenciones iniciales, de miles de engaños que convertían el bien en un mal, doña Juana Ross, apoyada en todo por su marido, avanzaba en un gigantesco trabajo social, levantaba iglesias y hospitales, dispensarios y colegios, hogares de ancianos, viviendas obreras y comedores infantiles, sin desviar nunca estos dones hacia un aprovechamiento político o a alguna utilización interesada. Sabía despojar el dinero y todos los bienes terrenales de su atracción idolátrica y egocéntrica y los convertía en bienes divinos, destinados siempre al bien común. Su actitud ilustraba generosamente lo que San Agustín había dicho en una de sus prédicas: “Aquel que no sabe servirse del oro, es tiranizado por él. Sean ustedes dueños del oro y no sus esclavos; porque Dios, que ha hecho el oro, los ha creado a ustedes superiores al oro; ha hecho el oro para uso de ustedes, más a ustedes los ha hecho a imagen suya y solo para él”.

El solo hecho de su fidelidad perseverante por casi sesenta años a la convicción de que el dinero era un regalo del cual había que servirse para el bien de todos equivalía a una revolución, no la revolución del puño en alto, sino la de la mano extendida. Pero ella, con las instituciones que fundó y que en su mayoría duran hasta hoy, también logró cambiar el mundo para bien, por lo menos en el sector en que a ella le tocó vivir.

Una figura de esta talla y envergadura espiritual —modelo de inculturación del Evangelio en aquella época— en muchos países habría sido objeto del interés de la Iglesia local por abrir un proceso de investigación de sus virtudes heroicas, camino a posibles pasos posteriores.


Notas:

[1] Agradezco al catedrático de Historia Sr. Rodrigo Moreno su indicación sobre la tesis de María Jesús Cáceres Sánchez de la Universidad Adolfo Ibáñez (2013), que trata extensamente de los funerales de Juana Ross de Edwards. La cita está en las pgs.81-82.
[2] Posteriormente se le conocería como “Hospital Deformes”.
[3] Blanca Subercaseaux de Valdés, Un alma cumbre: Juana Ross de Edwards, pg.97, en la citada tesis de María Jesús Cáceres, pg.93.

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