“¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos! Vosotros siempre resistís al Espíritu Santo, lo mismo que vuestros padres”. No sois coherentes con la vida que viene de vuestras raíces. Esteban, el primer mártir de la Iglesia, acusaba así al pueblo, a los ancianos y a los escribas que le habían arrastrado al tribunal. Tenían el corazón cerrado, no querían escucharlo ni se acordaban de la historia de Israel. Lo acabamos de leer en la primera lectura de hoy, que narra precisamente el martirio de San Esteban (Hch 7,51–8,1). Y como los profetas anteriores habían sido perseguidos por sus padres, así estos ancianos y rescribas furibundos en su corazón, “dando un grito estentóreo, se taparon los oídos; y, como un solo hombre, se abalanzaron sobre él, lo empujaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearlo”.

Cuando el profeta dice la verdad y toca el corazón, o el corazón se abre o el corazón se vuelve de piedra y se desata la rabia, la persecución. Así acaba la vida de un profeta. La verdad molesta tantas veces, no es agradable de escuchar. Los profetas, siempre, han tenido esos problemas de persecución por decir la verdad.

¿Y cuál es el test para saber que un profeta, cuando habla fuerte, dice la verdad? Es cuando ese profeta es capaz no solo de hablar, sino de llorar sobre el pueblo que ha abandonado la verdad. Y Jesús, por una parte, reprocha con aquellas duras palabras cuando dice, por ejemplo: “generación perversa y adúltera”; y, por otra parte, lloró sobre Jerusalén. Ese es el test. Un verdadero profeta es el que es capaz de llorar por su pueblo y también de decir las cosas fuertes cuando debe decirlas. No es tibio; siempre es así: ¡directo!

Pero el verdadero profeta no es un profeta de desgracias, el verdadero profeta es un profeta de esperanza: Abrir puertas, resanar las raíces, resanar la pertenencia al pueblo de Dios para seguir adelante. No tiene por oficio regañar… No, es un hombre de esperanza. Reprocha cuando es necesario y abre las puertas mirando al horizonte de la esperanza. Pero el verdadero profeta, si hace bien su trabajo, se juega el pellejo. Así Esteban, que muere bajo los ojos de Saulo, por ser coherente con la verdad. Como decía uno de los primeros padres de la Iglesia: “La sangre de los mártires es semilla de los cristianos” (Tertuliano).

La Iglesia necesita profetas. Diré más: necesita que todos seamos profetas. No críticos, eso es otra cosa. Una cosa es siempre el juez crítico al que no le gusta nada, nada le gusta: “No, esto no va bien, no va bien, no va bien, no va; esto debe ser así…”. Ese no es un profeta. El profeta es el que reza, mira a Dios, mira a su pueblo, siente dolor cuando el pueblo se equivoca, llora –es capaz de llorar por el pueblo–, pero también es capaz de jugarse la piel por decir la verdad. Que no falte a la Iglesia ese servicio de la profecía, para seguir siempre adelante.


Fuente: Almudi.org

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