Ponencia del general Ernesto Videla Cifuentes, Director de la Oficina de Mediación chilena.

Felicito la iniciativa de la Pontificia Universidad Católica y agradezco su invitación a participar en este acto conmemorativo del XXV aniversario del Tratado de Paz y Amistad entre Chile y Argentina, alcanzado gracias a la mediación de la Santa Sede. Además, por darnos la oportunidad de reiterar personalmente a Monseñor Faustino Sainz nuestra gratitud por la labor desarrollada en bien de la paz entre ambos países.

Para referirme, como se me pidió al rol fundamental que desempeñó el Cardenal Antonio Samoré en esa magna tarea, qué mejor que describirlo en algunos de los episodios más significativos del proceso.

Su nombre lo escuchamos por primera vez el 21 de diciembre de 1978. El recién elegido Papa Juan Pablo II lo designó Enviado Especial, luego que gracias a su providencial intervención ambos gobiernos aceptaran su propuesta de ayuda y así se detuviera, milagrosamente, al momento, una tragedia que parecía inevitable. En un acto de valentía extraordinario Su Santidad acogía nuestro ruego, el de las jerarquías de la Iglesia de ambos países y la demanda de poderes políticos mundiales, que veían fracasar sus gestiones para detener lo que parecía un enfrentamiento vecinal.

El Cardenal Antonio Samoré, aunque desconocía la profundidad de la controversia, la complejidad de los efectos que los enardecidos sentimientos nacionales provocaban en torno a ella y las especiales condiciones políticas existentes en los respectivos países, con similar valor, tampoco vaciló en asumir la delicada misión de paz encomendada por el Santo Padre. Sin detenerse a medir los sacrificios personales abandonó su tranquila labor en la Biblioteca del Vaticano y se entregó entero a la delicada tarea. Nunca imaginó ni la magnitud del desafío ni el rol que jugaría en la construcción de una de las obras más trascendentales del Pontificado de Juan Pablo II, que hasta ahora no ha sido suficientemente destacada, pero que la historia se encargará de reconocer.

Consciente de la enorme responsabilidad que recaía sobre sus hombros, junto a monseñor Faustino Sainz -a cargo de los asuntos de Europa del Este- y del padre Fiorello Cavalli -del escritorio Chile y Argentina-, emprendió su tarea el día de Navidad, viajando primero a Buenos Aires.

Tuvimos la oportunidad de conocerlo recién el 28 de diciembre cuando arribó a Santiago en el primero de los dos viajes que hizo a Chile. Entendió tan angustiante el momento que en el mismo aeropuerto, tan pronto ingresó al auto, con tono amable le indicó al Ministro Hernán Cubillos: “vamos trabajando”. Es que cada minuto que pasaba era un riego para la paz. Más tarde, ante una negativa a una petición suya, con otro acento advertiría: “Entonces regreso a Roma con un fracaso”. Ambos establecerían un diálogo franco que daría paso a la confianza mutua.

A medida que transcurrían las reuniones en la Cancillería, la Nunciatura y hasta la casa del Ministro, observaba con impaciencia cuán difícil sería su tarea. Sus intentos por ganar espacios donde poder encontrar aproximaciones se estrellaban con la claridad de los títulos que exhibían nuestros juristas. La sencillez con que don Julio Philippi respondía sus consultas sobre el Tratado de 1881 y el Laudo Arbitral sobre el Canal Beagle era suficiente para evitar su inquietud porque el derecho limitaba su acción. Impertérrito lo escuchó demostrar que era imposible hacer “una transacción interpretativa” de dicho instrumento y a su término se notó insatisfecho. Jamás imaginaría el Cardenal el rol que jugaría el ilustre jurista en la solución del diferendo y de qué manera le colaboraría en su labor. Más esperanzado se sentía cuando Helmut Brunner, Santiago Benadava o Francisco Orrego le hablaban de los espacios donde el derecho sí ofrecía posibilidades. Sin duda que fue en el terreno de la diplomacia donde se sintió mejor estableciendo una relación con el distinguido embajador Enrique Bernstein que serviría de manera sustancial al buen entendimiento.

Desde las 11:30 horas de aquel día hasta el 30 a las 10 horas, cuando volvió a Buenos Aires, “ni pesimista, ni optimista”, según sus palabras, no cesó un minuto. Su segundo viaje a Santiago también fue muy tenso. Después de una larga jornada con la misión, con expresión serena pero firme, ojos penetrantes y gestos pausados, admitió los riesgos existentes y recordó el fundamento de la providencial intervención del Papa. Antes de regresar a Buenos Aires, en el Templo Votivo de Maipú hizo una oración de vigilia por la paz y la concordia entre ambos pueblos, que encomendó a la Virgen del Carmelo. En Argentina había celebrado un oficio religioso similar a los pies de Nuestra Señora de Luján.

El Cardenal continuó trabajando sin cesar hasta que, ese incierto día 8 de enero de 1979 en Montevideo, logró que ambos gobiernos firmaran dos actas. En la primera solicitaban la mediación de la Santa Sede y en la segunda se comprometían a no hacer uso de la amenaza ni del uso de la fuerza.

Fueron días dramáticos porque un fracaso en las negociaciones nos llevaba inevitablemente a la confrontación, con todo lo que significaba desde el punto de vista humano y político. Esa posibilidad estuvo presente hasta el final, cuando se selló el compromiso. Fue la mayor prueba que logró salvar con éxito porque su gestión estaba ensombrecida por una tensión que amenazaba la paz entre ambos pueblos. En ese supremo esfuerzo exhibió todas las armas de la milenaria diplomacia de la Sede Apostólica y su multifacética personalidad.

Mostró una implacable imparcialidad que naturalmente producía insatisfacción en ambas partes; así como capacidad para escuchar y una gran habilidad para usar con virtuosismo el silencio, un recurso tan fundamental cuando se tratan materias internacionales muy sensibles. A la hora de hablar medía con prudencia sus palabras y apremiado por encontrar una pronta solución, caminaba tan de prisa que parecía indiferente a cuanto sucedía a su alrededor; jugaba con el tiempo y el espacio sin temor a retroceder o cambiar sus líneas de acción, y con decisión sorteaba dificilísimos momentos, expresando con franqueza su pensamiento, y llegado el caso, el de la Sede Apostólica y del mismo Papa. Con serenidad resistió las presiones; con celo manejó la confidencialidad de su labor, lo que a algunos los hacía sentir marginados. Su rostro serio, casi inexpresivo detrás de unos gruesos anteojos que parecían una cortina que lo separaba de sus interlocutores, cambiaba de pronto, y daba rienda suelta a la expresión de sentimientos que suplicaban comprensión y ayuda para poder ayudar.

Mucho más se podría decir de las cualidades que lució en este episodio y en la tarea que luego se le encargaría, pero hay un aspecto que fue la clave en el resultado de su gestión. Cuando constató que sus intentos iniciales por afianzar la paz a través de un acuerdo en los temas de fondo eran imposibles por la tenaz resistencia de las partes, concentró sus esfuerzos en cumplir su tarea original, esto era asegurar la paz y encauzar la solución de la controversia a través de un sistema pacífico. Para ello comprendió que la única forma de lograrlo era ganándose la confianza de las partes. Fue haciéndoles sentir que cual secretos de confesión podían depositar en él espacios menos absolutos, que se apartaban de aquellos máximos instalados en la opinión pública. La tarea fue extenuante, pero más fuerte su perseverancia e incansable voluntad de hacer entender que el camino que ofrecía constituía un bien superior al que los gobiernos debían servir. Porque finalmente ofreció una salida honorable a la crisis y, por tanto, digna para ambos países, es que ambos gobiernos aceptaron su propuesta mediadora.

Sólo nuestra ilustre visita, Monseñor Faustino Sainz, conoce la totalidad de la historia de lo que sucedió, los dramáticos momentos que vivió el Cardenal, la enorme trascendencia que tuvo su gestión, como asimismo la satisfacción que experimentó cuando ya en Roma le dio cuenta al Papa del éxito de la misión que le había encomendado.

Pero la tranquilidad le duraría poco. Aceptada por ambos gobiernos la mediación de la Sede Apostólica, el Santo Padre otra vez requirió de sus valiosos servicios con sencillez y como fiel servidor aceptó ser su representante y continuó la tarea culminada exitosamente, junto a su inigualable colaborador, Monseñor Faustino Sainz Muñoz.

Como si todo empezara de nuevo, menos apremiados por el tiempo pero con igual responsabilidad por la trascendencia de su resultado, ambos prosiguieron incursionando en la amplia y compleja historia de límites entre ambos países. Con sabiduría el Cardenal trazó los lineamientos de la mediación, un método de solución de controversias desprovisto de las claras normas que rigen los procedimientos arbitrales o judiciales. Pero, además, con la particularidad que era usado por la Santa Sede.

Tanto él como su colaborador nos brindaron una atenta acogida en la Sede Apostólica y nos permitieron progresivamente llegar a ser sus moradores circunstanciales. En la bella Casina Pío IV -ubicada en medio de los jardines vaticanos-, donde nos recibía, el Cardenal ofreció con gran lucidez un lugar imparcial y abierto a considerar lo que las partes quisieran expresarle, además de recibir a las autoridades que desearan visitarlo; en fin, ninguna pudo quejarse de haber sido desoída. Cuidó de informar periódicamente a los dignatarios de la Iglesia Católica de ambos países, pero sin revelar los aspectos sustanciales propios de la reserva que le exigía su gestión. Mantuvo con celo los canales de comunicación con los gobiernos y siempre observó mucha deferencia con los equipos representativos, conservando su relación directa con ellos. Con igual fuerza impidió cualquier interferencia en su gestión. En ello contó siempre con el respaldo del Secretario de Estado Monseñor Agostino Casaroli, otra de las figuras que jugaron un papel relevante en la mediación.

Manejó los tiempos con sabiduría. Esperó pacientemente que los ánimos se aquietaran, hasta que el entendimiento y la hermandad volvieran a primar en las relaciones. Cuando las partes habían agotado la entrega de antecedentes y escuchado la disponibilidad de los gobiernos para alcanzar una solución transaccional, exploró primero sus hipótesis, que luego de sucesivas adecuaciones volcó en la “Propuesta, Sugerencias y Consejos”. El Papa, después de escuchar directamente a las delegaciones, en solemne ceremonia en la Sala del Consistorio, le hizo entrega del documento a ambos gobiernos, a través de sus ministros de RR.EE.

Había sido una jornada agotadora que, si bien no se concretó por la falta de aceptación de la Propuesta por una de las partes, constituyó el pilar de la solución que el Santo Padre ofreciera finalmente.

En esas delicadas circunstancias, Juan Pablo II le prestó todo su respaldo al Cardenal y éste hizo frente a la adversidad con más empeño y perseverancia. Así como doloroso fue para él que la Propuesta no fuera aceptada, el atentado contra Su Santidad lo afectó anímicamente. En esos momentos se vivía una tensa situación entre ambos países y al visitarlo después que abandonara la Clínica Gemelli, nos contó que el Pontífice le había preguntado por el estado de la “mediación chica”, como llamábamos a ese ingrato episodio, que culminó con un intercambio de prisioneros. Debió extremar su pericia diplomática para alcanzar un acuerdo.

Fatigado y con su salud quebrantada, en abril de 1982 logró que se le asignara a Monseñor Gabriel Montalvo, Nuncio en Argelia, Túnez y Libia, para conformar junto a Monseñor Faustino Sainz una dupla diplomática ejemplar. Más tarde, gracias a su prudente conducción, logró la prórroga del Tratado de Solución Judicial de Controversias de 1972, para el solo efecto del Diferendo Austral.

Fueron años tensos, inciertos, por momentos dramáticos, amenizados con esa infaltable cuota de humor relajante, donde el anecdotario también dejó huellas. Al Cardenal le gustaban los chistes de “Condorito” que le contaba Santiago Benadava; pero se demoraba en reaccionar ante las bromas, como ocurrió cuando después de la prolongada demora de la otra parte en responder a la Propuesta, le expresé que había viajado para anunciarle que el Gobierno chileno le había retirado su aceptación. A lo mejor no fue de muy buen gusto. Se sorprendía con la cultura de don Julio Philippi, quien incluso, al orar, como solía hacer el inicio de cada sesión, éste reconoció al autor de una poco común oración -quizás Monseñor Sainz se acuerda del santo-. O una vez, en que para salir de una discusión agitada, el embajador Bernstein le sugirió nos ofreciera una taza de té, y él dio por terminado el encuentro no sólo con té, sino también con whisky, que tuvo una mayoritaria acogida y por cierto permitió una relajada y amena conversación.

El Cardenal Samoré falleció el 3 de febrero de 1983 acompañado de sus leales monseñores, reafirmando su fe y fidelidad al Santo Padre y a la Iglesia, a la que se entregó en cuerpo y alma.

Es cierto que no alcanzó a ver concluida la monumental obra de paz del Papa Juan Pablo II, pero nadie podrá desconocer que el tratado se construyó sobre los cimientos que con tanto esfuerzo, dedicación y amor había fraguado él con sus colaboradores.

Han transcurrido veinticinco años desde ese trascendental momento, lapso en que ha quedado en evidencia que los fines perseguidos en dicho tratado se ha cumplido a cabalidad. Ambos pueblos han avanzado por la senda del entendimiento y la colaboración dejando a tras un triste pasaje de la historia que los tuvo al borde del conflicto en la década de los setenta y ochenta. Pero no ha sido fruto sólo del mero cambio de los tiempos, de haber solucionado aquello que nos enfrentaba, o de un simple “realismo político” que terminó por convencer a los dos gobiernos que lo mejor era un arreglo definitivo. La explicación es que el Papa Juan Pablo II, de venerable memoria, quiso ir más allá de alcanzar una solución mutuamente aceptable para ambas Partes en los variados temas que conformaban el Diferendo Austral y ofreció incorporar en el tratado los dos pilares que consideraba indispensables para facilitar que ambas naciones convivieran fraternalmente: propuso un sistema de solución de controversias perfectamente normado para que cada parte pudiera usar y ninguna frustrar su aplicación, y la formación de una Comisión Binacional de Cooperación Económica e Integración Física que facilitara el desarrollo de intereses compartidos que lamentablemente dejó de funcionar. Felizmente, el Santo Padre fue escuchado por los entonces Presidentes Raúl Alfonsín y Augusto Pinochet, quienes aceptaron su sugerencia y se pudo hacer realidad el tratado.

Hoy este completo documento está vivo: se usa a diario. Por los canales australes, motivo de fuertes tensiones en el pasado, navegan los buques conforme a las disposiciones que se acordaron y que se adecuan conforme a las nuevas circunstancias; de manera permanente se usan las disposiciones que regulan tanto las reuniones tendientes a prevenir desacuerdos y si ello no fuera posible, a usar los mecanismos de solución de controversias. El recurso a la instancia jurisdiccional ya no es considerado casus belli, como entonces, y, por tanto, la razón es la que ha imperado por sobre la pasión ultranacionalista.

Justo es entonces que hoy hagamos un agradecido reconocimiento a todas las autoridades que asumieron con valentía la responsabilidad de apostar por la paz, porque lo hicieron cuando estaba siendo seriamente puesta a prueba. Varios de ellos ya no están con nosotros, pero sólo uno, quizás el que más luchó por alcanzar el acuerdo, no alcanzó a ver culminada su obra. Es el Cardenal Antonio Samoré, quien antes de fallecer, a sus queridos colaboradores Monseñores Gabriel Montalvo y Faustino Sainz, les reconoció con voz débil pero entera, su tristeza de no alcanzar a ver concluida la obra de concordia y paz entre Chile y Argentina. Me correspondió participar en sus solemnes exequias, encabezadas por el Papa en la Basílica de San Pedro, y luego en su entierro en el Convento de Vetralla, -en la campiña romana- donde otras veces fuéramos a escuchar las angelicales voces y degustar las exquisiteces que hacían las monjitas de claustro.

En esos momentos recordé con emoción -como lo hago hoy-, las palabras de San Francisco de Sales que nos solía repetir el Cardenal en los días aciagos: “Para hacer el bien, es indispensable un vaso de sabiduría, un barril de prudencia y un mar de paciencia”. Así lo hizo y lo logró.

 

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"Les ruego y les pido de todo corazón: ¡Den marcha atrás!" , le habría escrito León XIV al superior general de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, en una carta en la que también le advirtió que "desgarrar la túnica inconsútil (sin costuras) de Cristo es un pecado de extrema gravedad" 1 . Hagamos un breve recuento de esta controversia que abrió el obispo francés Marcel Lefebvre (1905-1991) hace ya más de cincuenta años. Se dice que Pablo VI no autorizó la misa tridentina solicitada por Lefebvre por temor a contravenir el Concilio Vaticano II en momentos en que se estaba recién desplegando. Luego, bajo el pontificado de Juan Pablo II, se produjeron las primeras ordenaciones episcopales (1988) que obligaron a la excomunión de cuatro obispos lefebvristas (dos de los cuales asistieron a la reciente ceremonia masiva en Écône, Suiza). El entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cardenal Ratzinger, estuvo a punto de conseguir un acuerdo que autorizaba la misa en latín y reconocía los sacramentos impartidos por los sacerdotes de la Fraternidad, pero Lefebvre no se avino a firmar el preámbulo doctrinal que reconocía la autoridad del Concilio. La controversia en torno al canon 25 de "Lumen gentium" fue el verdadero escollo: Aunque los obispos aisladamente no gozan del privilegio de la infalibilidad, sin embargo, cuando incluso dispersos por el mundo, pero en comunión entre sí y con el sucesor de Pedro, enseñan cuál es la fe y la moral auténticas, si están de acuerdo en mantener una opinión como definitiva, entonces proclaman infaliblemente la enseñanza de Cristo 2 . Lefebvre nunca reconoció el carácter inspirado y por ende autoritativo de la reforma conciliar. El cardenal Ratzinger (luego Benedicto XVI) siempre adoptó una actitud abierta y comprensiva hacia el tradicionalismo católico, tanto por razones políticas (evitar la radicalización de los sectores conservadores) cuanto por razones teológicas. En su alocución a los obispos de Chile, pronunciada con ocasión de su visita al país en 1988 3 , Ratzinger se preguntaba por el desafío que representaba monseñor Lefebvre. A su juicio, el lefebvrismo encuentra tres puntos de apoyo en las fisuras abiertas tras el Concilio. El primero es la pérdida del sentido de lo sagrado en la liturgia y la tendencia a identificar el verdadero culto exclusivamente con el amor fraterno, desplazando el centro de gravedad desde la consagración eucarística hacia la vida en comunidad y la oración común. El segundo es la interpretación del Concilio como una ruptura con la Tradición, en lugar de comprenderlo "como parte de la entera y única Tradición". Progresistas y conservadores coinciden en que el Concilio rompió con la Tradición, unos para celebrarla, otros para lamentarla, pero una interpretación justa del Concilio debería basarse en una hermenéutica delicada y precisa de la ruptura y de la continuidad. El Concilio no alteró ni un ápice la sustancia de la Fe ni la fidelidad a la Iglesia santa, pero tampoco es una mera reiteración de lo dicho. El tercero es el debilitamiento de la convicción acerca de la unicidad de la verdad, que termina por erosionar el impulso misionero al considerar a todas las religiones igualmente verdaderas. En "Summorum pontificum" (2007), Benedicto XVI declaró que la misa tridentina nunca había sido abolida y concedió a cualquier sacerdote la posibilidad de celebrarla sin necesidad de autorización episcopal. Al mismo tiempo, levantó las excomuniones de los obispos rebeldes en un esfuerzo por relajar las tensiones litúrgicas (y tal vez como una manera de detener el crecimiento sostenido de la Fraternidad en esos años). Con motivo del Año de la Misericordia (2015), el Papa Francisco concedió a los sacerdotes de la Fraternidad la facultad de absolver de manera válida y lícita los pecados (primero de forma excepcional y luego indefinidamente), y posteriormente reconoció también la validez sacramental de los matrimonios que efectuaran. Pero en Traditionis custodes (2021) restringió severamente la misa tridentina, prohibió que se hicieran en las iglesias parroquiales o que pudieran celebrarlas sacerdotes recién ordenados, y exigió que los obispos las autorizaran en lugares y con los oficiantes permitidos 4 . Durante este año, la Fraternidad ha vuelto a ordenar cuatro nuevos obispos sin mandato pontificio, bajo pretexto de que son indispensables para la orden sacerdotal. La respuesta vaticana ha sido la más severa: excomunión "latae sententiae" (ya pronunciada, es decir, que no requiere juicio previo) para los obispos implicados, ilicitud de los sacramentos impartidos por sacerdotes de la orden e invalidez en el caso de los sacramentos de penitencia y matrimonio, y excomunión simple para los fieles que adhieran (no para quienes asistan a una misa tridentina, pero que en su fuero interno permanezcan adheridos a la autoridad pontifical). La Fraternidad se define como una orden sacerdotal. "El fin de la Fraternidad es el sacerdocio y todo lo que se relacione con él y únicamente lo que le concierne, es decir, tal como Nuestro Señor Jesucristo lo quiso cuando dijo: 'Haced esto en memoria mía'" 5 . La defensa del estatuto y las prerrogativas sacerdotales y la concentración casi exclusiva en el culto eucarístico han sido desde el comienzo su motivación principal. La Fraternidad cuenta con un buen número de sacerdotes (733) y de seminaristas (264) y en los últimos cincuenta años este número ha crecido sostenidamente a pesar de las intervenciones papales, sea en severidad o benevolencia. Sorprende el carácter marcadamente europeo de la Fraternidad, pues un tercio de sus sacerdotes son franceses, y con suizos y alemanes se hace la mitad, aunque también se advierte un buen reclutamiento norteamericano (sobre todo por la vitalidad que está mostrando el seminario de Dillwyn). Su influencia en el continente latinoamericano es escasa, algunos argentinos (donde tienen el noviciado de La Reja), un pequeño priorato en Chile y casi nada más, porque una buena parte de los adherentes brasileños ha retornado a la comunión con el Papa. ¿Por qué el tradicionalismo católico no se asienta tan bien en suelo latinoamericano y los ecos de esta controversia nos parecen tan lejanos? Se pueden intentar varias explicaciones. La primera es que el catolicismo latinoamericano nunca fue profundamente tridentino. El tradicionalismo nace como la defensa específica de un catolicismo centrado en una liturgia solemne, el uso del latín, la exacerbación de la iglesia presbiteral, la teología escolástica y un sentido fuerte de la exclusividad institucional (fuera de la Iglesia no hay verdad ni salvación posible). Pero este modelo eclesiológico nunca penetró de manera homogénea en América Latina, donde el catolicismo ha sido más popular, mariano y devocional que doctrinal o institucional. Muy pocos han experimentado la misa —y menos aún en latín— como el centro de su identidad religiosa. El tradicionalismo europeo suele apoyarse en una memoria litúrgica muy poderosa que se remonta a la era de las catedrales y en el recuerdo vivo de un orden religioso perdido que los franceses han llamado la "civilización parroquial": la parroquia llena, las vocaciones abundantes y la escuela católica. Nada de esto hubo entre nosotros, salvo y apenas en las élites sociales. El tradicionalismo católico es marcadamente una religiosidad aristocrática incubada en colegios y universidades confesionales y en pequeños círculos intelectuales vinculados con el cultivo de las humanidades clásicas y de las ciencias jurídicas que conservan —como dice Yves Congar— una eclesiología dominada por una visión jurídica de la Iglesia como "societas inaequalis et hierarchica" 6 y que en cuanto "societas perfecta" se ofrece como modelo del conjunto de las relaciones sociales. La crítica del modernismo que está tomada de la famosa encíclica "Pascendi dominici gregis" de Pío X (1907) consiste en esto, en la incomodidad que despiertan las relaciones entre personas libres e iguales entre sí. Todo debe organizarse jerárquicamente, unos mandan y otros obedecen; de lo contrario, se cae en el desorden de la increencia y del pecado. Pío X escribió muchas veces que sin autoridad la fe se perdía irremediablemente, y algo de razón tiene, pero ¿cuál puede ser la calidad de una fe que no se ha elegido libremente? La controversia en torno a la libertad religiosa reconocida en el Concilio tiene este origen. Por otra parte, el tradicionalismo suele exigir mucho refinamiento cultural y, además de un sentido particular de la continuidad histórica, requiere una fuerte dosis de apreciación estética y una teología explícita concordante. También en este sentido es una religiosidad de élites. Debe considerarse asimismo que el tradicionalismo aparece como una religión de minorías intensivas en medio de un panorama amplio y profundo de secularización de masas. El tradicionalismo no suele prosperar donde el catolicismo todavía conserva una amplia presencia cultural y más bien florece cuando el catolicismo se ha vuelto una opción minoritaria y altamente reflexiva. Ser un católico tradicional implica una elección consciente, una identidad fuerte, en ocasiones agresivamente contracultural, y una práctica intensa que requiere tiempo y dedicación. Digamos, por último, que el catolicismo latinoamericano ha sido históricamente muy ultramontano, es decir, muy leal a la sede pontificia, un catolicismo conformista, decía Paul Johnson en su monumental "Historia del Cristianismo", que dedica apenas dos páginas a los quinientos años de catolicismo en América Latina como algo que no ha producido ninguna novedad de la que valga la pena escribir. Esta fidelidad papal se consolidó durante el siglo XIX y buena parte del XX y apenas ha vacilado en las últimas décadas. En suelo europeo, en cambio, ha existido una tradición intelectual y eclesial mucho más propensa a discutir, polemizar e incluso resistir decisiones romanas. El tradicionalismo necesita una élite religiosa, una memoria litúrgica y una disposición a resistir la autoridad eclesiástica. América Latina ha poseído algo de la primera, la segunda de forma débil y la tercera casi nunca. Notas [ 1 ] León XIV; Carta del Santo Padre al reverendo padre Davide Pagliarani, Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. 29 de junio de 2026. [ 2 ] Concilio Ecuménico Vaticano II; Constituciones, Decretos, Declaraciones . Edición promovida por la Conferencia Episcopal española. Biblioteca de Autores Cristianos, 2022, p. 54. [ 3 ] Ratzinger, Joseph; "Alocución a los obispos de Chile: unidad en la tradición de la fe". Humanitas, Cuaderno n°20, diciembre 2008. [ 4 ] García-Huidobro, Joaquín; " Traditionis custodes : Francisco ante una decisión difícil". Humanitas n°98, año XCVIII, 2021, pp. 638-647. [ 5 ] Estatutos de la FSSPX. [ 6 ] Congar, Yves-Marie; Le Concile de Vatican II . Les Éditions du Cerf, París, 1984.
A continuación presentamos un compilado de las diversas actividades realizadas por la Dirección de Pastoral y Cultura Cristiana UC entre mayo y julio de 2026.
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