El panel del cuarto día de la Asamblea Eclesial estuvo dedicado a profundizar en el camino común que sigue la Asamblea junto con el Sínodo 2023 convocado por el Papa Francisco para toda la Iglesia. En el panel presentaron cuatro grandes rostros de la Iglesia: el cardenal Mario Grech, secretario del Sínodo de los Obispos; el cardenal Marc Ouellet, Prefecto de la Congregación para los Obispos y presidente de la Pontificia Comisión para América Latina; la hermana Liliana Franco, presidenta de la Confederación Latinoamericana de Religiosos y Religiosas (CLAR), y Mauricio López, director del Centro de programas y redes de acción pastoral del CELAM (CEPRAP).

A continuación reproducimos las intervenciones del cardenal Marc Ouellet y de la hermana Liliana Franco.

Intervención de cardenal Marc Ouellet

¿Cuál es el sueño de una Iglesia sinodal? La realidad es simple, el Papa cree en el Espíritu Santo y quiere que aprendamos a escucharlo mejor en todos los niveles de la Iglesia, desde el último barrio de las grandes metrópolis de América Latina, hasta la cumbre del colegio de los pastores, pasando por las parroquias, las universidades, las asociaciones, los campesinos, los movimientos populares, culturales y sociales. Escuchar lo que el Espíritu Santo está diciendo a todos supone que se escucha a todos y cada uno con atención, sin precipitación, sin ideas preconcebidas, sin prejuicios, sin inducir, en el momento de la consulta, lo que quisiéramos promover como modelo de Iglesia. El Papa Francisco no se interesa en un nuevo modelo de Iglesia, el Papa Francisco se interesa en la fe del Santo Pueblo de Dios, se interesa en la fe de los bautizados y de aquellos por bautizar. Mientras, muchos de nuestros proyectos y sueños, muy generosos y valiosos por cierto, se olvidan a veces de lo que constituye la dignidad fundamental del Santo Pueblo de Dios, la certeza y el tesoro de la fe. El Papa espera que, desde la experiencia de la fe, todos podamos contribuir a renovar nuestros corazones, nuestra pastoral y nuestras estructuras, para que la Iglesia cada día viva más conforme al estilo de Jesús.

Cuántas veces en el Evangelio Jesús dice, al hombre o a la mujer que se le acerca para una curación, “tu fe te ha salvado”; el caso más típico es quizás el leproso samaritano que, una vez curado, retorna a postrarse ante el Maestro para agradecer, mientras los otros nueve galileos se quedaron satisfechos sin más con su milagrosa curación. “Tu fe te ha salvado”, dice Jesús al samaritano, añadiendo entonces al milagro de la lepra curada el otro milagro de la fe, mucho más importante, pues solo este samaritano acabó recibiendo lo que Jesús vino para dar a todos, la fe. La fe como relación personal con Él, la fe como reconocimiento y entrega a su persona, la fe salvífica en el único Salvador del mundo. Una Iglesia sinodal es una Iglesia caminante en la fe, que es inseparable de la esperanza y la caridad, en pos de Jesús que camina hacia Jerusalén buscando dar la vida por los suyos, para que tengan vida y vida en abundancia.

Este lema y kerigma que nos acompaña en la misión continental desde Aparecida, el Papa Francisco no ha dejado de predicarlo desde Buenos Aires y, en Roma, con Evangelii gaudium, Laudato si’, Gaudete et exultate, Querida Amazonia y Fratelli tutti. Él no espera de esta Asamblea Eclesial un nuevo programa pastoral, pero sí un nuevo y fuerte impulso a la misión continental que sabemos inacabada. Él espera de esta bella iniciativa del CELAM una oportunidad para una conversión personal, pastoral, sinodal y misionera; una nueva escucha del Espíritu Santo, que quiere mover a todos al encuentro personal con Cristo, en salida, hacia los más pobres que tienen hambre y sed de Cristo, más que de cualquier otra cosa.

Cristo, camino, verdad y vida, es el horizonte insuperable de una Iglesia sinodal. El mismo Cristo vivo de ayer, hoy y siempre, que fue anunciado con pasión por los misioneros y las comunidades cristianas por cinco siglos en este continente, una evangelización que le dio unidad a este continente, una unidad que se fraguó en la sangre de muchos mártires. No nos olvidemos, sin embargo, de un hecho capital, que no podemos relegar al margen de nuestra escucha sinodal: Cristo quiso ser anunciado en estas tierras de un modo singular, popular, tierno y decisivo, por una mujer mestiza, graciosa, imprevisible, venida desde el Cielo como un milagro, una mujer misionera, pero inculturada, maestra de fe y de divina sabiduría, compasiva y atractiva, una mujer eclesial y sinodal, nuestra Señora de Guadalupe que, en su mayor aparición en 1531 en la Colina del Tepeyac, inició la corona de mil otros santuarios marianos en el continente.

Queridos participantes de esta Asamblea Eclesial, una Iglesia sinodal en América Latina será mariana o no será. Esto no lo digo por mera devoción, lo digo por los hechos, que imponen pensar el futuro de América Latina a la luz del camino mariano de nuestras iglesias a lo largo de los siglos. La experiencia de san Juan Diego al encontrarse con la Virgen de Guadalupe, al llevar una buena noticia al Obispo Zumárraga y, en el fondo, al estar disponible para construir un camino de comunión y reconciliación, nos educa a la verdadera sinodalidad que puede renovar a la Iglesia.

Una Iglesia sinodal en América Latina será mariana o no será. Esto no lo digo por mera devoción, lo digo por los hechos, que imponen pensar el futuro de América Latina a la luz del camino mariano de nuestras iglesias a lo largo de los siglos. La experiencia de san Juan Diego […] nos educa a la verdadera sinodalidad que puede renovar a la Iglesia.

Participación, comunión, misión, son las tres dimensiones de una Iglesia sinodal que el Papa Francisco delineó para orientarnos en la escucha del Espíritu Santo. La participación supone despertar la fe, para que nos pongamos todos y todas en camino, que vayamos hacia Jesús, que encontremos a María junto a su Cruz, que nos congreguemos en el cenáculo para comulgar Su cuerpo y Su sangre, que salgamos a la calle para dar testimonio de Su resurrección y para proclamar las maravillas de Su Espíritu de vida nueva y eterna, vida de resucitado, participada y celebrada en nuestro bautismo. Despertar la fe, acoger el don de la comunión trinitaria en el banquete eucarístico, compartir con todos desde la caridad, la gracia de ser discípulos misioneros de Jesús yendo a los más pobres que son tan necesitados, tanto del pan de la esperanza como del pan de cada día. Discípulos verdaderos significa ser misioneros, pues si no tenemos ganas de transmitir a Jesús como buena noticia del Reino ya iniciado, eso significa que no lo hemos encontrado, que no lo conocemos, que no sabemos la diferencia entre ser curado de la lepra y ser curado de la incredulidad, “tu fe te ha salvado”.

Queridos participantes, en esta Asamblea Eclesial del continente latinoamericano no dudo que el Espíritu Santo nos esté moviendo hacia una Iglesia sinodal conforme al impulso del Papa Francisco y del propio CELAM. Estoy muy agradecido por la oportunidad de pronunciar aquí estas palabras de fe y de esperanza, desde mi responsabilidad como Prefecto de la Congregación para los Obispos y presidente de la Comisión Pontificia para América Latina. Quiero felicitar al CELAM por el esfuerzo desplegado en esta organización tan compleja y creativa en tiempos de pandemia; sé que las diferentes iglesias de la región no pudieron prepararse igualmente a esta Asamblea continental, pero estoy convencido de que esta vasta consulta del Pueblo de Dios ayudará a incentivar el proceso sinodal que el Papa Francisco está promoviendo en su gran sueño de conversión misionera de la Iglesia. Él nos enseña, desde Aparecida y Evangelii gaudium, que la fe cristiana es un don, es una inmensa gracia, que se recibe con gratitud, que ningún acto de caridad se pierde, que cada esfuerzo de sinodalidad contribuye a construir caminos nuevos de participación, comunión y misión, configurando así de modo concreto el cuerpo de Cristo que es la Iglesia. Respondamos a su visión evangelizadora con nuestros corazones enamorados del Reino y comprometidos con la justicia y la verdad en este mundo.

Queridos hermanos y hermanas, antes de concluir me atrevo a agregar una nota de convencimiento personal acerca de las vocaciones en una Iglesia sinodal. El Evangelio nos pide que recemos para que el Señor de la mies envíe obreros a su mies. Escuchar al Espíritu Santo y responder comprometiéndonos significa vocación. Por eso, aprovecho este momento de Asamblea para lanzar a todo el continente latinoamericano y caribeño un reto vocacional, para que nuestro camino sinodal sea de bautizados comprometidos. Queridos amigos y amigas, desde el testimonio de la guadalupana y de todos los santuarios marianos, desde el testimonio de los mártires conocidos y desconocidos de nuestros pueblos, desde la oración de los santos y héroes que evangelizaron a las Américas, alzo mi voz, en unión de todos los pastores, para que sigamos a Cristo con profundidad en todas nuestras vocaciones bautismales, laicales, matrimoniales, sacerdotales y de vida consagrada. Este llamado vocacional lo hago ante todo en nombre de la Santísima Trinidad, en la que fuimos y somos bautizados, que nos llama a la comunión fraterna y eclesial, que nos llama a una fe audaz y valiente, que da testimonio de Cristo en el mundo, como laicos, como personas consagradas y consagrados, como sacerdotes y diáconos, para hacer discípulos misioneros a todos los niveles.

Desde el testimonio de la guadalupana y de todos los santuarios marianos, desde el testimonio de los mártires conocidos y desconocidos de nuestros pueblos, desde la oración de los santos y héroes que evangelizaron a las Américas, alzo mi voz, en unión de todos los pastores, para que sigamos a Cristo con profundidad en todas nuestras vocaciones bautismales, laicales, matrimoniales, sacerdotales y de vida consagrada.

Deseo compartirles que estoy personalmente muy comprometido en la promoción de un Simposio Internacional sobre el sacerdocio ministerial y sobre el sacerdocio común de los fieles,[1] a celebrarse en Roma el próximo mes de febrero, del 17 al 19, con miras a estimular la reflexión teológica y el compromiso vocacional, con especial énfasis sobre el bautismo, que es el fundamento de todas las vocaciones. Los invito a consultar el sitio web de la organización, donde encontrarán todos los datos del programa y la posibilidad de participar presencialmente y, eventualmente, online.

Una Iglesia sinodal está viva si tiene conciencia vocacional, es decir, conciencia de responder a su Señor con fe viva, gratitud, disponibilidad, entusiasmo por el Evangelio, deseo sincero de dar la vida por algo que valga la pena. El sueño sinodal del Papa Francisco no es ideológico ni estratégico, utópico o mediático; es más bien un sueño paterno, mariano, ecológico integral, misionero y fraterno, esperanzador para toda la humanidad. Compartamos su sueño profético desde la fe viva que tenemos en María Santísima que sabe escuchar, que sabe agradecer y, sobre todo, que sabe entregarse totalmente, con alegría, por amor a Cristo y a su Iglesia. Muchas gracias.

Intervención de Liliana Franco, odn* 

Los saludo en nombre de la vida religiosa del continente, de todas mis hermanas y hermanos dispersos por las parcelas del Reino en esta tierra, y unida hoy de manera especial a todas las mujeres y a quienes trabajan decididamente por erradicar la violencia contra la mujer.

De la Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe, hacia el Sínodo sobre sinodalidad, estamos ante un proceso, ante un itinerario de encuentro y de conversión, enmarcado en esa necesaria reforma a la que nos ha convocado el Papa Francisco y que supone ubicarnos en el lugar de la humildad, reconocer nuestro pecado, esas actitudes y modos relacionales que han estado alejados del querer de Dios, porque son verticales y abusivos, poco inclusivos y desprovistos de misericordia.

De la Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe, hacia el Sínodo sobre sinodalidad, hay una urgencia, se trata de una nueva mirada contemplativa, más teologal y encarnada, más capaz de reconocer al Dios que acontece en el territorio de lo humano y que invita hoy a la Iglesia a la plenitud de la relación. Una urgencia, afinar la mirada para contemplar la realidad, y aguzar el oído para escuchar al Espíritu que no cesa de gemir en los clamores y en las complejidades de nuestra historia, en los rostros y heridas de nuestros hermanos más pobres. Una urgencia, salir, desacomodarnos, abandonar los estatus de confort y parálisis en los que tantos creyentes estamos atrincherados. Y tendríamos que hacer un acto de fe en que el protagonista de este proceso es el Espíritu; sin Él no hay auténtico seguimiento de Jesús ni kairós Eclesial; en torno a Él, el Espíritu, se configura el rostro de la Iglesia y también ese tejido relacional que hace posible la comunión. Todo este proceso adquiere sentido en adhesión a Jesús y para el Reino.

Durante estos días de Asamblea, pero sobre todo en el proceso de escucha, nos ha resonado la convicción de que la historia de la Iglesia se construye en el claroscuro de lo humano, en esa confrontación permanente entre fragilidad y gracia.

Durante estos días de Asamblea, pero sobre todo en el proceso de escucha, nos ha resonado la convicción de que la historia de la Iglesia se construye en el claroscuro de lo humano, en esa confrontación permanente entre fragilidad y gracia. La constatación más cierta es que este hoy de nuestra Iglesia supone conversión, ordenar el corazón, y que insertarnos en los distintos contextos y culturas, desde nuestra identidad de mujeres y varones de fe, exige renovación, adecuación de estructuras, de formas, de lenguajes, de estilos.

Werfet die Netze aus

“Werfet die Netze aus” (Echar las redes) por Christel Holl, 2018 (Acrílico sobre Alu-Dibond, 120x80 cm).

Como lo afirma Benjamín González Buelta, este no es tiempo de textos, es tiempo de testigos. Tenemos que hacer esa narrativa creíble de lo que nuestra sociedad espera leer en nosotros, entre nosotros, cuando nos encontramos así, como ahora, en condición de hermanos. Porque la buena noticia es que eso somos simplemente: radicalmente humanos, indeclinablemente llamados a ser hermanos. Todo lo demás, títulos, funciones, cargos, todo lo demás es relativo, pasa, caduca, se corroe. La única palabra creíble es la Palabra encarnada, y evangelizar hoy es encarnar en todas las culturas los valores del reino.

De la Asamblea Eclesial de América Latina, hacia el Sínodo, estamos abocados al discernimiento, a la atención a la realidad, a la capacidad de escuchar el clamor de Dios en los gritos permanentes que resuenan en la historia. La experiencia que todos tenemos de sabernos habitados por el Espíritu debe lanzarnos más allá de nuestros propios análisis y reflexiones, al contexto en el cual nos dejamos permear por la realidad y reconocemos que en ella el Espíritu se manifiesta y actúa. Y en este continente, el grito es agudo, la herida latente y ahí, en lo más complejo de la realidad, está la dirección de Dios para esta Iglesia.

En este lapso de tiempo estamos invitados a reafirmar que es el Espíritu quien posibilita la experiencia de ser y de sentirnos hermanos; es Él quien configura el rostro multicultural de nuestra Iglesia; es Él quien nos lanza a vivir la comunión; Él quien nos anima a tejer en lo cotidiano el vínculo, la relación, la amistad, el afecto, y quien nos impulsa a querernos, a creernos y cuidarnos, a darnos un lugar, a no excluirnos. Él nos fortalece y anima al profetismo de lo comunitario, a la narrativa más creíble, esa que la sociedad espera ver nítida en los creyentes: la narrativa de la fraternidad y la sororidad, el testimonio del amor que favorece la comunión.

El Espíritu no tolera la uniformidad y por eso hace en todos y en todo el milagro de la diversidad. Culturas, lenguas, sensibilidades, colores, dones, todo diverso y todo llamado a la unidad, todo plural y urgido de comunión. Este Espíritu le exige hoy a la Iglesia un diálogo hondo y auténtico sobre equidad eclesial, esta equidad es humana y bautismal.

Esta andadura común, a la que estamos convocados, la hacemos conscientes de que la historia de la Iglesia supone situarnos en dinámica de continuidad y avance. El impulso de Evangelii gaudium, Laudato si’, Fratelli tutti, Querida Amazonia, del Sínodo sobre los jóvenes y del Sínodo de la Amazonía, nos lanza más allá, a la geografía desconocida, a la frontera, donde habita el más pobre, el migrante, el más enfermo, donde es posible abrazar la tierra y las culturas con reverencia y conscientes de la sacralidad de todo lo creado; nos lanza en condición de discípulos misioneros.

La marca de la propia identidad hace a cada persona portadora de un don, un carisma y un estilo concreto, todos únicos y diferentes, y ahí confluyen las distintas funciones y ministerios de la única vocación eclesial, “sígueme”. Es en este “sígueme” donde todos, todas, laicos, religiosos, ministros ordenados, nos hacemos uno. Durante esta andadura eclesial tendríamos que confirmar que en lo más auténtico del encuentro no se eliminan las identidades personales, cada uno llega al escenario de la relación con lo que es, con su historia y sus sensibilidades, permeado por una realidad y moldeado por una sumatoria de saberes y de experiencias vitales.

La marca de la propia identidad hace a cada persona portadora de un don, un carisma y un estilo concreto, todos únicos y diferentes, y ahí confluyen las distintas funciones y ministerios de la única vocación eclesial, “sígueme”.

Nosotros, vida consagrada, llegamos convencidos de la necesidad de la reforma, habitados por la convicción de que somos Iglesia, con todos ustedes y bautismalmente, mística, misión y profecía. Nuestro compromiso hoy es el de reescribir estos tres relatos esenciales de nuestra identidad y misión.

El peregrinar de este tiempo de la Asamblea al Sínodo será como un laboratorio de encuentro, que supondrá ofrecer el propio don, pero exigirá abandonar la tentación de sentirnos superiores a los demás.

El imperativo es uno, en la experiencia de la propia identidad y con conciencia de la innegable diferencia, todos llamados a la unidad, todos convocados a nuevos modos relacionales, ante los cuales no caben las relaciones utilitaristas, mediatizadas por el miedo, provistas de intereses mezquinos, teñidas de suficiencias. La Iglesia está hoy más que nunca abocada a un nuevo modo relacional, trinitario, más contextualizado, encarnado en la realidad, capaz de escuchar y hacer resonancia de las distintas voces y de ubicarse generando el diálogo fe-cultura, fe-ciencia, fe-tecnología.

Echarnos a andar, con otros, en este hoy de la Iglesia nos llevará a construir juntos, en la vivencia de una auténtica espiritualidad y conscientes de nuestra identidad de sujetos eclesiales y de que, por el bautismo y el sacerdocio común, tenemos una misma dignidad y nos sentimos entonces llamados a contribuir todos a la configuración de una Iglesia más sinodal, en la que será de manera especial, necesaria y significativa, la presencia y la misión de las mujeres, los laicos, los pobres y todos los sujetos emergentes excluidos históricamente.

Esta certeza, de que como Pueblo de Dios estamos llamados a transitar nuevos caminos, debe situarnos a los creyentes en el lugar de la escucha, único, desde el cual podremos sopesar, comprender y asumir los desafíos sociales, culturales, ecológicos que este momento histórico le plantea a la Iglesia y que supondrán desarrollar una actitud dialógica, apostar por nuevas relacionalidades y situarse en camino, con otros, desde la experiencia de que solo el diálogo nos hace crecer.

Esta es la hora para la escucha y para el discernimiento; por eso será necesario situarnos ante la realidad con conciencia del don recibido y dispuestos a la novedad del Espíritu que no para de crear y recrear y nos devolverá a la esencia del cristianismo con la conciencia de que somos misión.

Y este proceso solo será posible con la mirada puesta en Jesús, reconociéndolo como el centro y la clave de nuestra existencia, y en referencia a Él, ordenar el corazón y desear vivir en estado de conversión, es decir, en referencia al origen, al amor primero, a la vocación más auténtica, a lo más radical y profundo del Evangelio. La Iglesia, consciente de su identidad de discípula misionera, está invitada a un desborde místico que nos conduzca a peregrinar al interior sin tregua, y al exterior sin excusa. Que nos movilice, que nos lance, que nos ponga en camino.

Esta es la hora para la escucha y para el discernimiento; por eso será necesario situarnos ante la realidad con conciencia del don recibido y dispuestos a la novedad del Espíritu que no para de crear y recrear y nos devolverá a la esencia del cristianismo con la conciencia de que somos misión. Como mujer, creyente y consagrada, les propongo que optemos de nuevo por el camino, para salir de todas nuestras inercias, que lo recorramos juntas, juntos, que hagamos tejidos nuevos, que no nos tengamos miedo y no les tengamos miedo a las sombras de esta historia. Nos llama, nos convoca, nos moviliza la Pascua. Y esta es la hora de volver al Evangelio, es la hora de lo pequeño, de lo germinal, de las semillas. Por eso quisiera terminar evocando una canción de la hermana Marcela Bonafede, quisiera invitarlos a pensar que este proceso de la Asamblea al Sínodo es un proceso en el que Dios nos confía semillas, lo que tenemos en nuestras manos no son frutos, son semillas; por eso quisiera hacer eco de un estribillo de la canción de Marcela: todos nosotros en nuestras manos tenemos semillas:

“Si me preguntas que tengo en mis manos,

yo te diré semillas,

y aunque falte tanto para ver lo que brotan,

vale la pena cultivar la tierra y esperar”[2].


Notas

* Prefecto de la Congregación para los Obispos y presidente de la Pontificia Comisión para América Latina.
[1] Simposio Teológico Internacional «Por una teología fundamental del sacerdocio», organizado por la Congregación para los Obispos, Roma, 17-19 de febrero de 2022. Sitio web: www.communio-vocation.com
* Presidenta de la Confederación Latinoamericana de Religiosos y Religiosas (CLAR).
[2] Marcela Bonafede, odn.

boton volver al indice

Últimas Publicaciones

"Les ruego y les pido de todo corazón: ¡Den marcha atrás!" , le habría escrito León XIV al superior general de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, en una carta en la que también le advirtió que "desgarrar la túnica inconsútil (sin costuras) de Cristo es un pecado de extrema gravedad" 1 . Hagamos un breve recuento de esta controversia que abrió el obispo francés Marcel Lefebvre (1905-1991) hace ya más de cincuenta años. Se dice que Pablo VI no autorizó la misa tridentina solicitada por Lefebvre por temor a contravenir el Concilio Vaticano II en momentos en que se estaba recién desplegando. Luego, bajo el pontificado de Juan Pablo II, se produjeron las primeras ordenaciones episcopales (1988) que obligaron a la excomunión de cuatro obispos lefebvristas (dos de los cuales asistieron a la reciente ceremonia masiva en Écône, Suiza). El entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cardenal Ratzinger, estuvo a punto de conseguir un acuerdo que autorizaba la misa en latín y reconocía los sacramentos impartidos por los sacerdotes de la Fraternidad, pero Lefebvre no se avino a firmar el preámbulo doctrinal que reconocía la autoridad del Concilio. La controversia en torno al canon 25 de "Lumen gentium" fue el verdadero escollo: Aunque los obispos aisladamente no gozan del privilegio de la infalibilidad, sin embargo, cuando incluso dispersos por el mundo, pero en comunión entre sí y con el sucesor de Pedro, enseñan cuál es la fe y la moral auténticas, si están de acuerdo en mantener una opinión como definitiva, entonces proclaman infaliblemente la enseñanza de Cristo 2 . Lefebvre nunca reconoció el carácter inspirado y por ende autoritativo de la reforma conciliar. El cardenal Ratzinger (luego Benedicto XVI) siempre adoptó una actitud abierta y comprensiva hacia el tradicionalismo católico, tanto por razones políticas (evitar la radicalización de los sectores conservadores) cuanto por razones teológicas. En su alocución a los obispos de Chile, pronunciada con ocasión de su visita al país en 1988 3 , Ratzinger se preguntaba por el desafío que representaba monseñor Lefebvre. A su juicio, el lefebvrismo encuentra tres puntos de apoyo en las fisuras abiertas tras el Concilio. El primero es la pérdida del sentido de lo sagrado en la liturgia y la tendencia a identificar el verdadero culto exclusivamente con el amor fraterno, desplazando el centro de gravedad desde la consagración eucarística hacia la vida en comunidad y la oración común. El segundo es la interpretación del Concilio como una ruptura con la Tradición, en lugar de comprenderlo "como parte de la entera y única Tradición". Progresistas y conservadores coinciden en que el Concilio rompió con la Tradición, unos para celebrarla, otros para lamentarla, pero una interpretación justa del Concilio debería basarse en una hermenéutica delicada y precisa de la ruptura y de la continuidad. El Concilio no alteró ni un ápice la sustancia de la Fe ni la fidelidad a la Iglesia santa, pero tampoco es una mera reiteración de lo dicho. El tercero es el debilitamiento de la convicción acerca de la unicidad de la verdad, que termina por erosionar el impulso misionero al considerar a todas las religiones igualmente verdaderas. En "Summorum pontificum" (2007), Benedicto XVI declaró que la misa tridentina nunca había sido abolida y concedió a cualquier sacerdote la posibilidad de celebrarla sin necesidad de autorización episcopal. Al mismo tiempo, levantó las excomuniones de los obispos rebeldes en un esfuerzo por relajar las tensiones litúrgicas (y tal vez como una manera de detener el crecimiento sostenido de la Fraternidad en esos años). Con motivo del Año de la Misericordia (2015), el Papa Francisco concedió a los sacerdotes de la Fraternidad la facultad de absolver de manera válida y lícita los pecados (primero de forma excepcional y luego indefinidamente), y posteriormente reconoció también la validez sacramental de los matrimonios que efectuaran. Pero en Traditionis custodes (2021) restringió severamente la misa tridentina, prohibió que se hicieran en las iglesias parroquiales o que pudieran celebrarlas sacerdotes recién ordenados, y exigió que los obispos las autorizaran en lugares y con los oficiantes permitidos 4 . Durante este año, la Fraternidad ha vuelto a ordenar cuatro nuevos obispos sin mandato pontificio, bajo pretexto de que son indispensables para la orden sacerdotal. La respuesta vaticana ha sido la más severa: excomunión "latae sententiae" (ya pronunciada, es decir, que no requiere juicio previo) para los obispos implicados, ilicitud de los sacramentos impartidos por sacerdotes de la orden e invalidez en el caso de los sacramentos de penitencia y matrimonio, y excomunión simple para los fieles que adhieran (no para quienes asistan a una misa tridentina, pero que en su fuero interno permanezcan adheridos a la autoridad pontifical). La Fraternidad se define como una orden sacerdotal. "El fin de la Fraternidad es el sacerdocio y todo lo que se relacione con él y únicamente lo que le concierne, es decir, tal como Nuestro Señor Jesucristo lo quiso cuando dijo: 'Haced esto en memoria mía'" 5 . La defensa del estatuto y las prerrogativas sacerdotales y la concentración casi exclusiva en el culto eucarístico han sido desde el comienzo su motivación principal. La Fraternidad cuenta con un buen número de sacerdotes (733) y de seminaristas (264) y en los últimos cincuenta años este número ha crecido sostenidamente a pesar de las intervenciones papales, sea en severidad o benevolencia. Sorprende el carácter marcadamente europeo de la Fraternidad, pues un tercio de sus sacerdotes son franceses, y con suizos y alemanes se hace la mitad, aunque también se advierte un buen reclutamiento norteamericano (sobre todo por la vitalidad que está mostrando el seminario de Dillwyn). Su influencia en el continente latinoamericano es escasa, algunos argentinos (donde tienen el noviciado de La Reja), un pequeño priorato en Chile y casi nada más, porque una buena parte de los adherentes brasileños ha retornado a la comunión con el Papa. ¿Por qué el tradicionalismo católico no se asienta tan bien en suelo latinoamericano y los ecos de esta controversia nos parecen tan lejanos? Se pueden intentar varias explicaciones. La primera es que el catolicismo latinoamericano nunca fue profundamente tridentino. El tradicionalismo nace como la defensa específica de un catolicismo centrado en una liturgia solemne, el uso del latín, la exacerbación de la iglesia presbiteral, la teología escolástica y un sentido fuerte de la exclusividad institucional (fuera de la Iglesia no hay verdad ni salvación posible). Pero este modelo eclesiológico nunca penetró de manera homogénea en América Latina, donde el catolicismo ha sido más popular, mariano y devocional que doctrinal o institucional. Muy pocos han experimentado la misa —y menos aún en latín— como el centro de su identidad religiosa. El tradicionalismo europeo suele apoyarse en una memoria litúrgica muy poderosa que se remonta a la era de las catedrales y en el recuerdo vivo de un orden religioso perdido que los franceses han llamado la "civilización parroquial": la parroquia llena, las vocaciones abundantes y la escuela católica. Nada de esto hubo entre nosotros, salvo y apenas en las élites sociales. El tradicionalismo católico es marcadamente una religiosidad aristocrática incubada en colegios y universidades confesionales y en pequeños círculos intelectuales vinculados con el cultivo de las humanidades clásicas y de las ciencias jurídicas que conservan —como dice Yves Congar— una eclesiología dominada por una visión jurídica de la Iglesia como "societas inaequalis et hierarchica" 6 y que en cuanto "societas perfecta" se ofrece como modelo del conjunto de las relaciones sociales. La crítica del modernismo que está tomada de la famosa encíclica "Pascendi dominici gregis" de Pío X (1907) consiste en esto, en la incomodidad que despiertan las relaciones entre personas libres e iguales entre sí. Todo debe organizarse jerárquicamente, unos mandan y otros obedecen; de lo contrario, se cae en el desorden de la increencia y del pecado. Pío X escribió muchas veces que sin autoridad la fe se perdía irremediablemente, y algo de razón tiene, pero ¿cuál puede ser la calidad de una fe que no se ha elegido libremente? La controversia en torno a la libertad religiosa reconocida en el Concilio tiene este origen. Por otra parte, el tradicionalismo suele exigir mucho refinamiento cultural y, además de un sentido particular de la continuidad histórica, requiere una fuerte dosis de apreciación estética y una teología explícita concordante. También en este sentido es una religiosidad de élites. Debe considerarse asimismo que el tradicionalismo aparece como una religión de minorías intensivas en medio de un panorama amplio y profundo de secularización de masas. El tradicionalismo no suele prosperar donde el catolicismo todavía conserva una amplia presencia cultural y más bien florece cuando el catolicismo se ha vuelto una opción minoritaria y altamente reflexiva. Ser un católico tradicional implica una elección consciente, una identidad fuerte, en ocasiones agresivamente contracultural, y una práctica intensa que requiere tiempo y dedicación. Digamos, por último, que el catolicismo latinoamericano ha sido históricamente muy ultramontano, es decir, muy leal a la sede pontificia, un catolicismo conformista, decía Paul Johnson en su monumental "Historia del Cristianismo", que dedica apenas dos páginas a los quinientos años de catolicismo en América Latina como algo que no ha producido ninguna novedad de la que valga la pena escribir. Esta fidelidad papal se consolidó durante el siglo XIX y buena parte del XX y apenas ha vacilado en las últimas décadas. En suelo europeo, en cambio, ha existido una tradición intelectual y eclesial mucho más propensa a discutir, polemizar e incluso resistir decisiones romanas. El tradicionalismo necesita una élite religiosa, una memoria litúrgica y una disposición a resistir la autoridad eclesiástica. América Latina ha poseído algo de la primera, la segunda de forma débil y la tercera casi nunca. Notas [ 1 ] León XIV; Carta del Santo Padre al reverendo padre Davide Pagliarani, Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. 29 de junio de 2026. [ 2 ] Concilio Ecuménico Vaticano II; Constituciones, Decretos, Declaraciones . Edición promovida por la Conferencia Episcopal española. Biblioteca de Autores Cristianos, 2022, p. 54. [ 3 ] Ratzinger, Joseph; "Alocución a los obispos de Chile: unidad en la tradición de la fe". Humanitas, Cuaderno n°20, diciembre 2008. [ 4 ] García-Huidobro, Joaquín; " Traditionis custodes : Francisco ante una decisión difícil". Humanitas n°98, año XCVIII, 2021, pp. 638-647. [ 5 ] Estatutos de la FSSPX. [ 6 ] Congar, Yves-Marie; Le Concile de Vatican II . Les Éditions du Cerf, París, 1984.
A continuación presentamos un compilado de las diversas actividades realizadas por la Dirección de Pastoral y Cultura Cristiana UC entre mayo y julio de 2026.
Reflexiones del conversatorio "Desafíos de la IA", dentro del Seminario Comunicaciones e Iglesia que se realizó en la Pontificia Universidad Católica de Chile los días 27 y 28 de julio de 2026.
Revistas
Cuadernos
Reseñas
Suscripción
Palabra del Papa
Diario Financiero