Gracias a una beca de investigación adjudicada en febrero de 2025, el autor pudo viajar a la Universidad de Notre Dame para intentar responder una curiosa interrogante: ¿por qué Joaquín Larraín Gandarillas, un joven clérigo casi completamente desconocido en Estados Unidos, fue invitado al primer concilio plenario de obispos celebrado en aquel país? 1

Joaquín Larraín Gandarillas fue el primer rector de la Universidad Católica de Chile. La institución que presidió no era ni remotamente parecida a la actual. La universidad ofrecía solo tres carreras profesionales –Derecho, Ingeniería y Arquitectura– a pocos cientos de estudiantes, no tenía personalidad jurídica y dependía completamente de las donaciones de particulares, incluidos los generosos aportes de su primer rector.

Larraín tenía 66 años cuando fue nombrado para este cargo. Contaba con una amplia experiencia en la dirección de instituciones educativas, pues había ejercido por más de veinticinco años el rectorado del seminario de la diócesis de Santiago. Nacido en una acaudalada familia de la capital, había realizado los cursos de humanidades, teológicos y jurídicos en el seminario. Mientras cursaba sus estudios, el seminario no era una institución destinada exclusivamente a la formación de sacerdotes, pues ofrecía los cursos que habilitaban a sus alumnos a ejercer profesionalmente como abogados, sin necesidad de rendir los exámenes en el Instituto Nacional. El seminario era el único establecimiento del país que gozaba de este beneficio.

En 1843, mientras finalizaba sus estudios, Larraín colaboró con los futuros obispos Rafael Valentín Valdivieso y José Hipólito Salas en la creación de La Revista Católica, de la cual fue su primer corrector de pruebas. Un año después fue nombrado profesor de Legislación en el seminario y obtuvo los grados de bachiller de Teología y licenciado en Leyes en la recién fundada Universidad de Chile. Aunque parezca extraño para el lector contemporáneo, era posible obtener ambos grados en un solo año. Al menos hasta 1852, no se requería que los postulantes a estos grados realizaran una serie de cursos consecutivos en la universidad. Los cursos se realizaban en los colegios o, en el caso de Larraín, en el seminario. Para optar al grado, los postulantes debían presentarse ante una comisión examinadora compuesta por académicos de la universidad y aprobar un examen público sobre una materia específica decidida por sorteo. Adicionalmente, para obtener el grado de licenciado, el postulante debía presentar una memoria sobre un tema a su elección cuya lectura debía durar mínimo 45 minutos. Larraín presentó una memoria titulada "Disertación sobre el derecho que tiene el Romano Pontífice para instituir los obispos de las naciones católicas", un trabajo controversial si se consideran los debates del momento sobre cuán amplias eran las prerrogativas de los gobiernos en materias eclesiásticas.

En obediencia a una cada vez más clara vocación, Larraín fue ordenado presbítero en marzo de 1847 y cantó su primera misa en la reinauguración del templo de la Compañía de Jesús, tras el incendio que había sufrido en 1841. Su biógrafo informa que, en paralelo a sus labores como presbítero y profesor, enseñaba Religión en el Instituto Nacional y dirigía una escuela gratuita de Teología para los aspirantes al sacerdocio que no podían estudiar en el seminario. En 1851, un mes antes de iniciar el viaje que nos ocupa, Larraín fue nombrado miembro de la Facultad de Teología de la Universidad de Chile gracias a un decreto del gobierno. Los académicos de esta Facultad debían cultivar las ciencias eclesiásticas y realizar las labores encomendadas por el gobierno en las materias pertinentes. Esta Facultad no impartió docencia conducente a títulos profesionales.

Larraín ni siquiera pudo realizar el discurso de incorporación a la Universidad de Chile establecido por ley. El 16 de julio de 1851 se embarcó en Valparaíso con sus hermanos Juan Guillermo, de veinte años; Ladislao, de dieciocho; José, de diecisiete; su sobrino Manuel José Irarrázabal de dieciséis y el joven Isidoro Errázuriz, también de dieciséis, quien había sido expulsado del Instituto Nacional por haber participado en una manifestación pública a favor del candidato liberal en las elecciones de 1851. Joaquín Larraín, el tutor, solo tenía veintiocho años. El objetivo del viaje era perfeccionar la educación de los jóvenes, una práctica común entre las familias chilenas pertenecientes a la élite.

Tras detenerse en Lima y Guayaquil, el vapor arribó a Estados Unidos la primera semana de septiembre. Los jóvenes fueron matriculados en Georgetown College, una institución jesuita fundada en 1786. Sin embargo, la inesperada indisciplina de los estudiantes del colegio católico más antiguo del país deprimió a Larraín, quien temía que el desorden escolar perjudicara la salud espiritual de su sobrino y sus hermanos. Para remediar esta situación, propuso a su madre y confidentes en Chile algunas alternativas: permanecer en Estados Unidos buscando un nuevo colegio para sus tutorados, emprender un viaje a Europa tras mejores oportunidades o regresar a Chile. Mientras esperaba las respuestas, resolvió matricular a sus hermanos Ladislao y José en el colegio de St. John, a pocas millas de Nueva York, y decidió mantener en Georgetown a Manuel José y Juan Guillermo. Isidoro Errázuriz, cuyo tutor era el ministro plenipotenciario de Chile en Estados Unidos, Manuel Carvallo, también se quedó en Georgetown.

Conforme pasaban los meses, Larraín confesó a sus interlocutores en Chile que su crítica inicial al colegio jesuita había sido apresurada y exagerada, pues ahora estaba realmente maravillado con el vigor del catolicismo estadounidense. Admiraba el "santo arrojo del clero católico" que, sin recursos del Estado, impulsaba la construcción de grandes catedrales en Filadelfia, Pittsburg, Charleston, Buffalo y Nueva York, gracias a los recursos de los fieles. Pero la Iglesia de Estados Unidos no solo crecía velozmente, sino que también se estaba organizando.

Baltimore fue la primera arquidiócesis de Estados Unidos. Era natural que en esta sede se realizara el primer concilio plenario, una asamblea destinada a uniformar las prácticas católicas en Estados Unidos. En el concilio, celebrado entre el 9 y el 20 de mayo de 1852, participaron los seis arzobispos, 24 obispos y un gran número de teólogos que trabajaron como consultores de los prelados. Su inauguración deslumbró al habitualmente mesurado Larraín, quien escribió que "los periódicos de todos los colores religiosos y políticos unánimemente han declarado que la apertura del sínodo ha sido el más grandioso espectáculo que se ha presentado en esta tierra".

Pero Larraín no solo observó por la prensa este "grandioso espectáculo", sino que participó activamente en calidad de teólogo del obispo de Richmond, John McGill. Su correspondencia no informa cuándo ni por qué fue invitado a este concilio pero, según lo que el presbítero comentó a regañadientes años después, el obispo McGill había visto que "era un clérigo desocupado entonces y andariego y me confió aquel honroso cargo". Esta respuesta, inspirada en la auténtica modestia del presbítero, era evidentemente insatisfactoria para un historiador.

En febrero de 2025 me adjudiqué un "Research Travel Grant" del Cushwa Center for the Study of American Catholicism de la Universidad de Notre Dame. Esta subvención me permitió cubrir los gastos de viaje, alojamiento y desplazamiento desde Santiago de Chile hasta South Bend, en el norte de Indiana, donde se encuentra la hermosa University of Notre Dame. El proyecto que presenté tenía una única pregunta de investigación: ¿por qué Joaquín Larraín, un clérigo casi completamente desconocido en Estados Unidos, fue invitado a la reunión episcopal más importante del país? Si había algún lugar donde probablemente podía encontrar esta respuesta, era en los ricos archivos de esta universidad.

Afortunadamente encontré una carta que el arzobispo de Baltimore, el anfitrión del concilio, Francis Patrick Kenrick, le escribió al obispo John McGill de Richmond. Esta decía:

*if you have not selected your theologian, I venture to observe that a desire has been expressed that a highly respectable clergyman from Chile, who for many months past has resided in Georgetown College should be invited to the Council. Should you choose to pay him that compliment you may address Rev. J. Larraín Gandarillas. Of course, it is entirely optional with yourself.* 2

El arzobispo Kenrick no indicó quién había expresado este deseo, pero podemos conjeturar sobre bases razonables. Gracias al diario privado que llevaba el joven Isidoro Errázuriz, sabemos que el expresidente de Georgetown College, el jesuita James A. Ryder, estuvo en Baltimore días antes de que Kenrick le enviara esta carta a John McGill. Ryder tenía una excelente opinión del presbítero chileno. Puede ser que Ryder haya expresado el deseo que, finalmente, se concretó. Sabemos, con más certeza, que Larraín tenía vergüenza de participar en el concilio porque consideraba que poseía una instrucción escasa y un manejo rudimentario del inglés y el latín. No se conserva ninguna intervención de Larraín, pero su nombre figura en las actas oficiales y en la cobertura de la prensa católica, lo que confirma sobradamente su presencia [ver imágenes abajo].

Tras el concilio, Larraín retornó a Georgetown College, acompañado de numerosos obispos y superiores de órdenes religiosas que deseaban conocer el afamado colegio jesuita. Pero a Larraín y a su sobrino les quedaba menos de un mes en Estados Unidos. Siguiendo los consejos que llegaron desde Chile, Larraín resolvió viajar con su sobrino Manuel José Irarrázabal a Europa. Sus hermanos Juan Guillermo y José habían retornado a Chile en abril de ese año. Ladislao se quedó en el colegio de St. John e Isidoro Errázuriz, quien estaba cansado de la educación jesuita y soñaba con viajar a Europa, se quedó en Georgetown esperando la decisión de sus apoderados.

 

H112 MALDIONADO 01

 

El 12 de junio de 1852, Larraín se embarcó en Nueva York con su sobrino en dirección a Liverpool. Junto a ellos viajaron el presbítero chileno José Ignacio Víctor Eyzaguirre, el político liberal Francisco Echaurren y el eclesiástico peruano Bartolomé Herrera, recientemente nombrado ministro plenipotenciario de Perú ante la Santa Sede. Pero la calidad sacerdotal e intelectual del presbítero chileno había dejado una excelente impresión en Georgetown. El 20 de julio, mientras Larraín ya se encontraba en París ocupado en múltiples asuntos, se realizó la habitual ceremonia de graduación en Georgetown College, presidida por el obispo de Richmond, John McGill, quien había invitado previamente a Larraín al concilio. En esta ceremonia, Joaquín Larraín recibió a la distancia el grado honorífico de Doctor of Divinity, D.D. Si bien este no era un grado académico formal obtenido después de cumplir los requerimientos de un programa de estudios doctorales, el honor confirma la alta estima con la que fue percibido por los jesuitas de Georgetown durante sus nueve meses de estadía.

La correspondencia de Joaquín Larraín revela a un hombre que nunca presumió de ser brillante y resoluto. Con frecuencia se quejaba de su dificultad para escribir y de su indecisión para concretar planes. Retrospectivamente, sorprende que una persona que lideró tantas y tan grandes iniciativas se haya considerado a sí mismo incapaz e inconstante. Pero, como pudimos apreciar en este trabajo, su laboriosidad, la firmeza de sus compromisos y su discreta tenacidad dejaron huellas que excedieron, ampliamente, las fronteras de su diócesis y de su patria.

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Notas

[ 1 ] En este trabajo se optó por eliminar las notas a pie de página. Las referencias completas pueden encontrarse en Matías Maldonado Araya, "Joaquín Larraín Gandarillas, navigating kinship and ecclesiastical agendas (1851-1853): a transnational agent of the Chilean Church". Journal of Iberian and Latin American Studies, December, 1-19; y en "«El espíritu de asociación católica lo está invadiendo todo»: Joaquín Larraín Gandarillas en Estados Unidos (1851-1852)". Humanidades (Montevideo. En línea) 12, 2022, 23-48.
[ 2 ] "Si aún no ha seleccionado a su teólogo, me permito señalar que se ha expresado el deseo de que un clérigo altamente respetable procedente de Chile, quien desde hace varios meses reside en Georgetown College, sea invitado al Concilio. Si decide hacerle ese honor, puede dirigirle una carta al Rvdo. J. Larraín Gandarillas. Por supuesto, la decisión depende enteramente de usted". Traducido por el autor.

Sobre el autor

Matías Maldonado es Doctor en Historia por la Pontificia Universidad Católica de Chile, Magíster en Pensamiento contemporáneo por la Universidad Diego Portales y Licenciado en Historia por la Universidad de Chile. Actualmente se desempeña como Investigador posdoctoral en la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile.


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"Les ruego y les pido de todo corazón: ¡Den marcha atrás!" , le habría escrito León XIV al superior general de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, en una carta en la que también le advirtió que "desgarrar la túnica inconsútil (sin costuras) de Cristo es un pecado de extrema gravedad" 1 . Hagamos un breve recuento de esta controversia que abrió el obispo francés Marcel Lefebvre (1905-1991) hace ya más de cincuenta años. Se dice que Pablo VI no autorizó la misa tridentina solicitada por Lefebvre por temor a contravenir el Concilio Vaticano II en momentos en que se estaba recién desplegando. Luego, bajo el pontificado de Juan Pablo II, se produjeron las primeras ordenaciones episcopales (1988) que obligaron a la excomunión de cuatro obispos lefebvristas (dos de los cuales asistieron a la reciente ceremonia masiva en Écône, Suiza). El entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cardenal Ratzinger, estuvo a punto de conseguir un acuerdo que autorizaba la misa en latín y reconocía los sacramentos impartidos por los sacerdotes de la Fraternidad, pero Lefebvre no se avino a firmar el preámbulo doctrinal que reconocía la autoridad del Concilio. La controversia en torno al canon 25 de "Lumen gentium" fue el verdadero escollo: Aunque los obispos aisladamente no gozan del privilegio de la infalibilidad, sin embargo, cuando incluso dispersos por el mundo, pero en comunión entre sí y con el sucesor de Pedro, enseñan cuál es la fe y la moral auténticas, si están de acuerdo en mantener una opinión como definitiva, entonces proclaman infaliblemente la enseñanza de Cristo 2 . Lefebvre nunca reconoció el carácter inspirado y por ende autoritativo de la reforma conciliar. El cardenal Ratzinger (luego Benedicto XVI) siempre adoptó una actitud abierta y comprensiva hacia el tradicionalismo católico, tanto por razones políticas (evitar la radicalización de los sectores conservadores) cuanto por razones teológicas. En su alocución a los obispos de Chile, pronunciada con ocasión de su visita al país en 1988 3 , Ratzinger se preguntaba por el desafío que representaba monseñor Lefebvre. A su juicio, el lefebvrismo encuentra tres puntos de apoyo en las fisuras abiertas tras el Concilio. El primero es la pérdida del sentido de lo sagrado en la liturgia y la tendencia a identificar el verdadero culto exclusivamente con el amor fraterno, desplazando el centro de gravedad desde la consagración eucarística hacia la vida en comunidad y la oración común. El segundo es la interpretación del Concilio como una ruptura con la Tradición, en lugar de comprenderlo "como parte de la entera y única Tradición". Progresistas y conservadores coinciden en que el Concilio rompió con la Tradición, unos para celebrarla, otros para lamentarla, pero una interpretación justa del Concilio debería basarse en una hermenéutica delicada y precisa de la ruptura y de la continuidad. El Concilio no alteró ni un ápice la sustancia de la Fe ni la fidelidad a la Iglesia santa, pero tampoco es una mera reiteración de lo dicho. El tercero es el debilitamiento de la convicción acerca de la unicidad de la verdad, que termina por erosionar el impulso misionero al considerar a todas las religiones igualmente verdaderas. En "Summorum pontificum" (2007), Benedicto XVI declaró que la misa tridentina nunca había sido abolida y concedió a cualquier sacerdote la posibilidad de celebrarla sin necesidad de autorización episcopal. Al mismo tiempo, levantó las excomuniones de los obispos rebeldes en un esfuerzo por relajar las tensiones litúrgicas (y tal vez como una manera de detener el crecimiento sostenido de la Fraternidad en esos años). Con motivo del Año de la Misericordia (2015), el Papa Francisco concedió a los sacerdotes de la Fraternidad la facultad de absolver de manera válida y lícita los pecados (primero de forma excepcional y luego indefinidamente), y posteriormente reconoció también la validez sacramental de los matrimonios que efectuaran. Pero en Traditionis custodes (2021) restringió severamente la misa tridentina, prohibió que se hicieran en las iglesias parroquiales o que pudieran celebrarlas sacerdotes recién ordenados, y exigió que los obispos las autorizaran en lugares y con los oficiantes permitidos 4 . Durante este año, la Fraternidad ha vuelto a ordenar cuatro nuevos obispos sin mandato pontificio, bajo pretexto de que son indispensables para la orden sacerdotal. La respuesta vaticana ha sido la más severa: excomunión "latae sententiae" (ya pronunciada, es decir, que no requiere juicio previo) para los obispos implicados, ilicitud de los sacramentos impartidos por sacerdotes de la orden e invalidez en el caso de los sacramentos de penitencia y matrimonio, y excomunión simple para los fieles que adhieran (no para quienes asistan a una misa tridentina, pero que en su fuero interno permanezcan adheridos a la autoridad pontifical). La Fraternidad se define como una orden sacerdotal. "El fin de la Fraternidad es el sacerdocio y todo lo que se relacione con él y únicamente lo que le concierne, es decir, tal como Nuestro Señor Jesucristo lo quiso cuando dijo: 'Haced esto en memoria mía'" 5 . La defensa del estatuto y las prerrogativas sacerdotales y la concentración casi exclusiva en el culto eucarístico han sido desde el comienzo su motivación principal. La Fraternidad cuenta con un buen número de sacerdotes (733) y de seminaristas (264) y en los últimos cincuenta años este número ha crecido sostenidamente a pesar de las intervenciones papales, sea en severidad o benevolencia. Sorprende el carácter marcadamente europeo de la Fraternidad, pues un tercio de sus sacerdotes son franceses, y con suizos y alemanes se hace la mitad, aunque también se advierte un buen reclutamiento norteamericano (sobre todo por la vitalidad que está mostrando el seminario de Dillwyn). Su influencia en el continente latinoamericano es escasa, algunos argentinos (donde tienen el noviciado de La Reja), un pequeño priorato en Chile y casi nada más, porque una buena parte de los adherentes brasileños ha retornado a la comunión con el Papa. ¿Por qué el tradicionalismo católico no se asienta tan bien en suelo latinoamericano y los ecos de esta controversia nos parecen tan lejanos? Se pueden intentar varias explicaciones. La primera es que el catolicismo latinoamericano nunca fue profundamente tridentino. El tradicionalismo nace como la defensa específica de un catolicismo centrado en una liturgia solemne, el uso del latín, la exacerbación de la iglesia presbiteral, la teología escolástica y un sentido fuerte de la exclusividad institucional (fuera de la Iglesia no hay verdad ni salvación posible). Pero este modelo eclesiológico nunca penetró de manera homogénea en América Latina, donde el catolicismo ha sido más popular, mariano y devocional que doctrinal o institucional. Muy pocos han experimentado la misa —y menos aún en latín— como el centro de su identidad religiosa. El tradicionalismo europeo suele apoyarse en una memoria litúrgica muy poderosa que se remonta a la era de las catedrales y en el recuerdo vivo de un orden religioso perdido que los franceses han llamado la "civilización parroquial": la parroquia llena, las vocaciones abundantes y la escuela católica. Nada de esto hubo entre nosotros, salvo y apenas en las élites sociales. El tradicionalismo católico es marcadamente una religiosidad aristocrática incubada en colegios y universidades confesionales y en pequeños círculos intelectuales vinculados con el cultivo de las humanidades clásicas y de las ciencias jurídicas que conservan —como dice Yves Congar— una eclesiología dominada por una visión jurídica de la Iglesia como "societas inaequalis et hierarchica" 6 y que en cuanto "societas perfecta" se ofrece como modelo del conjunto de las relaciones sociales. La crítica del modernismo que está tomada de la famosa encíclica "Pascendi dominici gregis" de Pío X (1907) consiste en esto, en la incomodidad que despiertan las relaciones entre personas libres e iguales entre sí. Todo debe organizarse jerárquicamente, unos mandan y otros obedecen; de lo contrario, se cae en el desorden de la increencia y del pecado. Pío X escribió muchas veces que sin autoridad la fe se perdía irremediablemente, y algo de razón tiene, pero ¿cuál puede ser la calidad de una fe que no se ha elegido libremente? La controversia en torno a la libertad religiosa reconocida en el Concilio tiene este origen. Por otra parte, el tradicionalismo suele exigir mucho refinamiento cultural y, además de un sentido particular de la continuidad histórica, requiere una fuerte dosis de apreciación estética y una teología explícita concordante. También en este sentido es una religiosidad de élites. Debe considerarse asimismo que el tradicionalismo aparece como una religión de minorías intensivas en medio de un panorama amplio y profundo de secularización de masas. El tradicionalismo no suele prosperar donde el catolicismo todavía conserva una amplia presencia cultural y más bien florece cuando el catolicismo se ha vuelto una opción minoritaria y altamente reflexiva. Ser un católico tradicional implica una elección consciente, una identidad fuerte, en ocasiones agresivamente contracultural, y una práctica intensa que requiere tiempo y dedicación. Digamos, por último, que el catolicismo latinoamericano ha sido históricamente muy ultramontano, es decir, muy leal a la sede pontificia, un catolicismo conformista, decía Paul Johnson en su monumental "Historia del Cristianismo", que dedica apenas dos páginas a los quinientos años de catolicismo en América Latina como algo que no ha producido ninguna novedad de la que valga la pena escribir. Esta fidelidad papal se consolidó durante el siglo XIX y buena parte del XX y apenas ha vacilado en las últimas décadas. En suelo europeo, en cambio, ha existido una tradición intelectual y eclesial mucho más propensa a discutir, polemizar e incluso resistir decisiones romanas. El tradicionalismo necesita una élite religiosa, una memoria litúrgica y una disposición a resistir la autoridad eclesiástica. América Latina ha poseído algo de la primera, la segunda de forma débil y la tercera casi nunca. Notas [ 1 ] León XIV; Carta del Santo Padre al reverendo padre Davide Pagliarani, Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. 29 de junio de 2026. [ 2 ] Concilio Ecuménico Vaticano II; Constituciones, Decretos, Declaraciones . Edición promovida por la Conferencia Episcopal española. Biblioteca de Autores Cristianos, 2022, p. 54. [ 3 ] Ratzinger, Joseph; "Alocución a los obispos de Chile: unidad en la tradición de la fe". Humanitas, Cuaderno n°20, diciembre 2008. [ 4 ] García-Huidobro, Joaquín; " Traditionis custodes : Francisco ante una decisión difícil". Humanitas n°98, año XCVIII, 2021, pp. 638-647. [ 5 ] Estatutos de la FSSPX. [ 6 ] Congar, Yves-Marie; Le Concile de Vatican II . Les Éditions du Cerf, París, 1984.
A continuación presentamos un compilado de las diversas actividades realizadas por la Dirección de Pastoral y Cultura Cristiana UC entre mayo y julio de 2026.
Reflexiones del conversatorio "Desafíos de la IA", dentro del Seminario Comunicaciones e Iglesia que se realizó en la Pontificia Universidad Católica de Chile los días 27 y 28 de julio de 2026.
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