El martes 13 de mayo, el Auditorio de la Pastoral UC en el Campus San Joaquín fue escenario de la conferencia “La Universidad en búsqueda de su catolicidad”, dictada por el Dr. Stephan van Erp, profesor de Teología Fundamental en la Facultad de Teología y Estudios Religiosos de la Universidad KU Leuven, Bélgica. La actividad fue organizada por la Dirección de Pastoral y Cultura Cristiana en conjunto con la Facultad de Teología UC.

* Stephan van Erp es filósofo y doctor en Teología. Académico de la Facultad de Teología y Estudios Religiosos de la Universidad KU Leuven, Bélgica, donde imparte clases de Teología Fundamental, es coordinador de la Unidad de Investigación de Teología Sistemática y Estudio de las Religiones, coordinador del Grupo de Investigación de Teología Fundamental y Política y director del Centro Interfacultades para el Pensamiento Católico. También es profesor asociado en el Instituto de Religión e Investigación Crítica de la Universidad Católica Australiana, director del Centro de Investigación KUL/AdMU para Teología Católica y Justicia Social en la Universidad Ateneo de Manila y miembro del Centro de Posgrado de Estudios Teológicos de la Escuela de Teología de Toronto.

 

Introducción. Contemplar a Dios como tarea central de la universidad

En el primer texto programático del pontificado del Papa Francisco, la exhortación apostólica Evangelii gaudium, se dice que tenemos que observar nuestras sociedades con “una mirada contemplativa” [1]. El Papa describe esta mirada como aquella que ve al Dios que habita en los hogares, las calles y las plazas de nuestras ciudades; en otras palabras, en el mundo que construimos para nosotros mismos y entre nosotros, el mundo que habitamos colectivamente. Ahora bien, dada la cultura secular en la que vivimos, parece bastante peculiar considerar la contemplación de la presencia de Dios como una tarea central de las instituciones públicas, como es una universidad, incluso si se trata de una universidad o un colegio católico. Y, sin embargo, esto es precisamente lo que defenderé en esta conferencia. Presentaré la universidad como un lugar de culto, de un tipo de culto muy particular, donde se venera la verdad a través del aprendizaje y la enseñanza.

H111 Van Erp 02Durante mucho tiempo fue bastante común llamar a las universidades ‘templos’: del conocimiento, de la ciencia o de la cultura en su forma más excelsa, casi divina. Al igual que los museos nacionales, las universidades europeas se construyeron a menudo en estilo neoclásico, para mostrar que la universidad era heredera de la cultura clásica y manifestar que, en su función, la universidad se asemejaba al templo clásico. Era un lugar de veneración de la verdad que sustentaba la cultura nacional y que la cultura nacional estaba llamada a venerar. Así, la idea de una universidad nacional entrelazaba imágenes de prestigio académico con ideas de identidad nacional y el orgullo de la grandeza nacional.

Con el uso de la palabra ‘templo’ no quiero sugerir el regreso a una visión tradicional de la universidad, aunque hay aspectos de la autocomprensión clásica que creo que pueden ayudar a liberar a la universidad de su crisis actual. La idea de la Wissenschaft [2] y del conocimiento como entidades semisagradas que dan valor a las culturas nacionales, siempre ha sido muy problemática. Si, a pesar de estos antecedentes, utilizo la metáfora de un templo para referirme a la universidad católica, la imagen no será la de un templo del saber para aumentar el prestigio nacional o de cualquier otro tipo. Es la imagen de un templo de la verdad, tanto en el sentido que encontramos en el Evangelio de Juan, de que la verdad nos hará libres [3], como en el sentido de que luchar por la verdad significa liberarse de lo que es falso y de lo que nos condena a vivir con una imagen ilusoria del mundo y de uno mismo.

En lo que sigue, ofreceré algunas reflexiones teológicas sobre la universidad católica como lugar, construido sobre dolores pasados y esperanzas futuras, en el que se salvaguardan diferentes modos de estar abiertos y dedicados a la verdad, para que sus estudiantes, profesores e investigadores puedan convertirse en “templos de la verdad” –una imagen de Tomás de Aquino – y participar así en la comunidad venidera que celebra su catolicidad.

“Sus ladrillos estaban enrojecidos por la sangre y el polvo del trabajo”. La universidad es un templo, pero ¿para qué?

El historiador y sociólogo estadounidense W.E.B. Du Bois (1868-1963) escribió sobre su propia alma mater, la Universidad Fisk de Nashville, Tennessee, como un templo construido a partir de lo que él llamaba “Canciones de Dolor”. Las Sorrow Songs son canciones populares de la cultura negra que hablan de esperanza en medio de la discriminación y el sufrimiento físico, a menudo empleando imágenes bíblicas. La Universidad de Fisk, una universidad históricamente negra fundada en 1866 para educar a los hijos de los esclavos liberados por la “Proclamación de Emancipación” de Lincoln, tenía un coro que recaudaba fondos para la institución interpretando estas canciones tradicionales de la cultura negra. Así, Du Bois escribió sobre el edificio principal de su universidad,

Construido con el material de los propios cantos, por lo que sus ladrillos lucían rojos por la sangre y el polvo del trabajo más esforzado. De allí surgía, mañana, tarde y noche, un estallido de maravillosas melodías, llenas de las voces de mis hermanos y hermanas, llenas de las voces del pasado, para que yo las oyera. [4]

Para Du Bois, esto significaba, en primer lugar, que estas piedras daban testimonio del sufrimiento de los esclavos negros, el sufrimiento de un pueblo separado de una vida humana plena por lo que Du Bois llamaba “la línea de color”. Las “Canciones del Dolor”, escribió,

son la música de un pueblo infeliz, de los hijos de la derrota; revelan la muerte, el sufrimiento, el deambular confuso, los ardides ignotos y el ansia inexpresada por un mundo mejor, más verdadero. [5]

Al dar testimonio de este sufrimiento, las “Canciones de Dolor” expresan también la plena humanidad del pueblo negro, a pesar de que eran percibidos y tratados como menos que humanos. Las piedras rojas del edificio principal de la Universidad de Fisk simbolizan, para Du Bois, el anuncio público de esta plena humanidad. El día de su graduación, en 1898, dio una conferencia en su alma mater en la que describió a los estudiantes lo que esencialmente habían encontrado durante su educación,

no un sueño, sino una poderosa realidad: un atisbo de la vida superior, de las posibilidades más amplias de la humanidad, que se concede a la persona que, en medio del ajetreo de la vida, hace una pausa de cuatro breves años para aprender lo que significa vivir. La educación superior presenta el mundo en todas sus posibilidades y percepciones a la espera de salir a la luz, y deja claro a los estudiantes que es su tarea contribuir a ello. [6]

H111 Van Erp 03A continuación, trató de convencer a los futuros licenciados de que debían encontrar la presencia de esta realidad envolvente y participar en su realización en el día a día de su futuro trabajo. Debían, en sus palabras, “aprender a ver cómo en el trabajo está presente el fruto de la obra; en el sacrificio, la recompensa; en el servicio a ella, la comunidad y la sociedad por la que luchan” [7]. En este sentido, presentar a la universidad como un templo no le atribuye un estatus cuasi divino a la enseñanza superior. Señala, más bien, la dedicación que existe en la universidad y la necesidad de dedicarse a las posibilidades ilimitadas de lo que podría ser.

A menudo se ha acusado a Du Bois de publicitar el sueño americano de tal forma que los negros pudieran imaginarse a sí mismos como futuros participantes en él. Del mismo modo que las universidades católicas de Europa Occidental suelen verse como intentos de integrar a los católicos en la cultura dominante. Esto convertiría a las universidades en templos para los dioses del prestigio y la respetabilidad. Para Du Bois, sin embargo, la universidad era, en última instancia, una expresión de la creencia en “la importancia de conducir a las pequeñas almas a los verdes pastos y junto a las aguas tranquilas, no por el yo o la paz, sino por la vida iluminada por alguna gran visión de la belleza, la bondad y la verdad” [8]. Esto, según su punto de vista, también implica la creencia en “la paciencia: paciencia con la debilidad del Débil y la fuerza del Fuerte, el prejuicio del Ignorante y la ignorancia del Ciego; paciencia con el triunfo tardío de la Alegría y el castigo loco de la Tristeza” [9].

De Du Bois podemos aprender que las universidades e institutos católicos no deben caer en la misma trampa que las universidades nacionales, sino que, por el contrario, deben ser lugares construidos a partir de las penas del pasado, dedicados pacientemente al futuro del mundo, y a la humanidad como parte de ese futuro. Un futuro desconocido y al mismo tiempo cercano, visible en lo que en el Evangelio de Mateo [10] se denominan los “signos de los tiempos”, signos de un futuro prometido en el que todo será nuevo.

“Yo hice, yo llevaré, yo soportaré y guardaré”. ¿Qué unidad constituye la universidad?

En 1924 se consagró en Washington D.C. el edificio de la Academia Nacional de Ciencias (NAS) de los Estados Unidos de América para que fuera un verdadero templo de las ciencias. Dedicado, eso sí, según su lema, “a la ciencia, piloto de la industria, vencedora de la enfermedad, multiplicadora de la cosecha, exploradora del universo, reveladora de las leyes de la naturaleza, guía eterna hacia la verdad” [11].

El edificio de la NAS sigue en pie, pero los dioses a los que estaba consagrado parecen haberse retirado, y la cultura que una vez representó prácticamente ha desaparecido. La universidad como encarnación de una idea clara y unificada de la investigación y la educación académicas [Forschung und Bildung] yace en ruinas.

Como resultado, los académicos contemporáneos se encuentran atrapados entre Babel y la Torre de Marfil. La imagen de Babel representa la cacofonía de paradigmas, enfoques, puntos de vista y estilos de pensamiento en el mundo académico actual. La imagen de la torre de marfil representa la investigación especializada del erudito individual. Sin embargo, la historia bíblica sugiere que la cacofonía de Babel es el efecto de una inversión excesiva en la torre de marfil. En la Biblia, la confusión de lenguas de Babilonia es el resultado del proyecto de construir “una torre cuya cúspide llegue al cielo” para hacernos un nombre, “por si fuéremos esparcidos sobre la faz de toda la tierra” [12], fragmentados en una miríada de lenguas, culturas y puntos de vista. Esto no es solo o principalmente una pérdida. También es una ganancia en la medida en que permite una visión más completa de la verdad y de la comunidad.

El relato de la venida del Espíritu Santo en Pentecostés se lee tradicionalmente como la respuesta divina a esa fragmentación babilónica. El relato sugiere que la reconciliación de las tensiones y conflictos que conlleva la pluralidad no consiste en volver a la unidad unilateral. Más bien, la verdad debe ser escuchada por todos, cada uno en su propia lengua [13]. Para entender lo que eso significa en una universidad católica, tenemos que reflexionar en profundidad sobre la idea de la unidad de la verdad. ¿Cómo evitar un concepto de verdad íntimamente ligado a una determinada unidad ética o metafísica que, en las declaraciones de misión de las universidades católicas, se confunde a menudo con aquello que hace que la universidad sea “católica”? Mi respuesta a esta pregunta sería: volviendo a los dolores del pasado y a las ruinas.

Hace más de veinticinco años, el erudito literario Bill Readings sugirió en su libro The University in Ruins que en la universidad corporativa tardomoderna tanto el concepto unificador de “razón” –que desempeñaba un papel importante en El Conflicto de las Facultades de Immanuel Kant (1798)– como la cultura nacional liberal unificadora que proporcionaba la formación de su élite –fundamento y objetivo de la universidad en la visión de Wilhelm von Humboldt (1767-1835)– han perdido su fuerza. Los directivos universitarios responsables de la educación académica y la investigación han sustituido estos ideales por una idea más bien vacía de “excelencia” indicada por los estándares académicos. La excelencia, sin embargo, es un concepto bastante flexible y puede atribuirse a muchas cosas. Es precisamente la vacuidad del concepto de excelencia lo que le confiere su eficacia administrativa. Puede utilizarse en anuncios, para justificar cambios mayores o menores, o para desafiar a los académicos a ser más productivos o innovadores.

Si los ideales kantianos o humboldtianos para la universidad se han desvanecido, y no pueden revivirse, ni siquiera poniendo de moda la palabra clave humboldtiana Bildung (formación), ¿qué les queda entonces a las universidades católicas si quieren articular su misión y dar nombre a su identidad? Readings advierte:

La excelencia funciona porque nadie tiene que preguntarse qué significa. El Pensamiento exige que nos preguntemos qué significa, porque su condición de mero nombre –radicalmente desvinculado de la verdad– refuerza esa pregunta. Mantener abierta la cuestión de lo que el Pensamiento nombra exige una vigilancia constante para evitar que el nombre del Pensamiento se deslice de nuevo hacia una idea, fundando una ideología mística de la verdad. [14]

Dejando a un lado el uso negativo de la palabra “mística”, Readings sugiere que tanto la cacofonía de ideas, enfoques y pretensiones de verdad que caracterizan a la universidad contemporánea como los conflictivos debates, a veces bastante acalorados, a los que dan lugar, no son problemas de los que debamos deshacernos, sino que pertenecen al núcleo mismo de lo que es la universidad contemporánea, incluso la católica. Las diferencias entre enfoques e intereses también derriban todas las ideas posibles de una unidad fácilmente disponible. Así, significan la apertura a lo que siempre está por salir a la luz.

Mantener una cultura de cambio constante, sin embargo, no parece la mejor estrategia: el continuo debilitamiento de las disciplinas al restar importancia a su coherencia teórica, y la importancia de los estudios que se mantienen unidos por objetos particulares o cuestiones socialmente relevantes, introducen en la universidad la superdiversidad de la sociedad contemporánea.

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 Toda noción de modelo o identidad parece fundamentalmente extraviada en una permanente deconstrucción y reconstrucción bajo la presión de fuerzas externas y dinámicas internas, necesidades sociales y opciones políticas y eclesiales.

Por el contrario, intentar restaurar el templo en ruinas de la investigación y la educación al servicio de una cultura sagrada o una verdad unificadora significaría, en palabras prestadas del profeta Isaías, convertir a los dioses del pasado en “cargas de bestias cansadas” [15]. Esto es justo lo contrario de lo que Isaías considera el orden correcto de las cosas: que el pueblo sea soportado, sostenido y guiado por el Dios que es la verdad misma. Como está escrito:

Oídme, oh casa de Jacob, y todo el resto de la casa de Israel, los que sois traídos por mí desde el vientre, los que sois llevados desde la matriz. Y hasta la vejez yo mismo, y hasta las canas os soportaré yo; yo hice, yo llevaré, yo soportaré y guardaré. [16]

Para entender lo que hace que una universidad sea católica, tenemos que centrarnos en lo que nos mantiene en el proyecto de obtener conocimiento y comprensión, en y a través del estado supuestamente ruinoso de la universidad. Ello exige reimaginar el concepto de universidad católica en constante deconstrucción y reconstrucción hacia el de “universidad sin condiciones”. En su ensayo L’université sans condition [17], el filósofo francés Jacques Derrida sostiene que ningún discurso ni ninguna visión de la realidad y la verdad a la que se dedique la gente debería ser excluida de la universidad por no responder a las normas académicas actuales. En su lugar, habría que explorar qué verdad revelan y cómo aquella reestructura el mundo en el que participamos.

En cierto modo, esto significa dar vuelta el juego. En lugar de hacer de los procedimientos académicos o de los enfoques y evaluaciones disciplinares el centro de atención, la realidad misma debería ser el centro. Una cuestión vital para una universidad católica, por tanto, no es cómo podemos comprender y utilizar la realidad, sino cómo participamos en la verdad que nos da y nos trae –en el conocimiento y la comprensión, y en la llamada a la responsabilidad que puede oírse en ella.

“La idea surge cuando menos se espera y no cuando nosotros lo deseamos”. La apertura a la verdad como vocación y profesión

En su célebre ensayo Wissenschaft als Beruf (en español: La ciencia como vocación), el sociólogo Max Weber sostiene que, para ejercerla de forma fructífera, la profesión académica debe entenderse como una forma secularizada de lo que la tradición cristiana denomina “vocación”. Se trata de una llamada a la búsqueda apasionada del conocimiento. Weber se consideraba a sí mismo “religiosamente no musical” (religiös unmusikalisch), pero hay un subtexto religioso en su visión de la investigación académica:

Entre la juventud cunde la idea de que en la actualidad la ciencia es ya sólo una cuestión de cálculo que se lleva a cabo en laboratorios o en archivos estadísticos, valiéndose de la inteligencia, sin poner el alma en algo, como un producto que se elabora “en una fábrica”. Frente a tal creencia es preciso indicar, de primera intención, que se funda en un entendimiento erróneo tanto de lo que acontece en una fábrica como en un laboratorio. Para lograr la producción de algo valioso en uno u otro lugar, es preciso que el individuo conciba precisamente aquello que pueda resultar adecuado. Esta idea que acude a la imaginación no puede, sin embargo, ser forzada ni tiene nada de frío cálculo. [18]

H111 Van Erp 05Weber tiene poca paciencia con la sugerencia de que la academia pueda ser una vía para conocer a Dios. Escribe: “Confiésese o no, nadie puede albergar duda alguna en el fondo de su ser con respecto a que la ciencia es ajena a la idea de Dios” [19], lo que indica que ni siquiera tiene intención de argumentar esta tesis. Sin embargo, con toda la pericia y disciplina necesarias, los académicos dependen, en opinión de Weber, del momento gracioso en que se produce la idea correcta, perspicaz, que no puede producirse mediante el análisis o el cálculo. Weber utiliza la palabra alemana Einfall, que subraya la experiencia de que algo se da inesperadamente, superando al investigador. “Las ideas surgen cuando menos se espera y no cuando nosotros lo deseamos” [20], escribe T. S. Eliot,

Ellos tratan de escapar constantemente de la oscuridad exterior e interior. Al soñar en sistemas tan perfectos que nadie necesitará ser bueno. Pero el hombre que es oscurecerá al hombre que pretende ser. [21]

En la universidad no podemos prescindir de la dedicación a esta entrega, cueste lo que cueste, y de la disposición a seguirla dondequiera que nos lleve. Necesitamos, como sugirió Derrida [22], verdaderos profesores, y relaciono el título de “profesor” con la palabra religiosa “profesión”. Tradicionalmente, “profesión” es la palabra que indica la declaración de entrega incondicional a Dios de las personas que entran en la vida religiosa. Abandonan formalmente su apego a todo lo que pueda contribuir a la felicidad y la plenitud terrenales para dedicarse exclusivamente a Dios, que es el proveedor de la felicidad verdadera y la plenitud real.

La profesión de Tomás de Aquino como fraile dominico le lleva a preguntarse si conviene a un religioso profeso estudiar “doctrinas mundanas”. Su respuesta es negativa, a menos que tales saberes se ordenen a la “doctrina sagrada”, la cual es “según la piedad” [23]. Con ello, santo Tomás quiere decir que las doctrinas mundanas capacitan para la contemplación de las cosas divinas mediante la iluminación del intelecto y lo hacen piadoso de un modo que le es propio, abriéndolo a aquella verdad que concuerda con la piedad.

Ser profesor de lo que ahora solemos llamar “teología”, pero que en tiempos de Aquino se llamaba “doctrina sagrada” (sacra doctrina), no implica hablar de Dios como un objeto del conocimiento humano, distinto de otros objetos, pero comparable a ellos. Para él, Dios es la verdad última, que puede encontrarse en cualquier lugar. Por tanto, la doctrina sagrada trata de todo sub ratione Dei, “bajo el aspecto de Dios”. Me gustaría argumentar que concentrarse en el lugar donde las disciplinas académicas toman conciencia de sus propios límites de captación de la realidad, puede entenderse como una traducción parcial de considerar la realidad sub ratione Dei. En estos límites, se pone de manifiesto que la realidad, a pesar del crecimiento continuo y real del conocimiento, sigue siendo un misterio incomprensible. En cierto sentido, se hace cada vez más incomprensible en y por el crecimiento del conocimiento. Esto nos hace conscientes del hecho de que la realidad en su plenitud, en toda su semejanza con el conocimiento que tenemos de ella a través de la investigación académica, es en última instancia siempre distinta de este conocimiento.

Una universidad católica debe recuperar este carácter religioso de la búsqueda de la verdad y del conocimiento. Aunque muchas disciplinas académicas se presentan como fundamentadas en certezas y productoras de certezas, descubren una y otra vez que están basadas en la incertidumbre, que su conocimiento nace al tratar con lo que, en última instancia, está oculto.

“La estructura de la esperanza en el conocimiento creatural”. El deseo de conocer y el descubrimiento de la dependencia

H111 Van Erp 06“Todos los hombres por naturaleza desean saber” [24]. Con estas palabras inicia Aristóteles su Metafísica. Este deseo nos revela que los seres humanos somos seres radicalmente dependientes. Dependemos de nuestro entorno y de los medios que nos brinda para sobrevivir. Necesitamos de la comida y la bebida, del aire y el agua, de la compañía humana y de la cultura inventada, sostenida y preservada por las generaciones que nos han precedido. Se han puesto a nuestra disposición herramientas; se nos presentan, para nuestra comprensión, historias e imágenes que expresan visiones del mundo y de nuestras vidas. Al depender de todo ello, el mundo se interpreta y se convierte en un lugar donde nos sentimos a gusto y sostenidos.

Los modernos pueden pensar que se vuelven más independientes al comprender el mundo mediante las ciencias y las humanidades, y al transformarlo gracias a la tecnología. Sin embargo, una mirada más atenta revelaría que esta autonomía es ilusoria. Como ha argumentado el filósofo francés Bruno Latour en su ensayo Nunca fuimos modernos [25], nunca fuimos observadores externos y neutrales frente a la realidad, ni estuvimos en control de lo que sucede en ella. Incluso nuestra libertad de elegir depende de la disponibilidad de lo que podamos desear, y nuestra libertad de pensar depende de los sistemas de significación que nos permiten pensar y actuar de determinadas maneras. Lo que a menudo se considera autosuf iciencia en la cultura contemporánea se reduce a saber manejar todas las diferentes dependencias que conforman nuestra existencia.

¿Qué nos dice esto sobre nuestro deseo de saber? Paradójicamente, que somos activamente dependientes. Los seres humanos no solo están abiertos a las relaciones, sino que son activamente relacionales. El entorno no les es indiferente; por el contrario, los atrae e interpela, y responden para saber a qué entorno pertenecen y qué significa formar parte de él. Si fuéramos espíritus autónomos que se relacionan con el mundo material solo externamente, no habríamos transformado el mundo tan profundamente. Pero, al mismo tiempo, si hubiéramos sido verdaderamente conscientes de nuestra profunda interdependencia con él, probablemente lo habríamos cuidado mejor.

En el libro de Daniel, en el Canto de la Creación [26], todas las criaturas son estimuladas a “alabar al Señor”: sol y luna, estrellas del cielo, lluvia, rocío y vientos, frío invernal y calor estival, luz y oscuridad, montañas y colinas, etc. Y los seres humanos están presentes en medio de todo ello. La sugerencia del texto es que el florecimiento de una criatura contribuye al f lorecimiento de todas las demás, y que la inagotable variedad es también, de un modo misterioso, una unidad armoniosa en el intercambio multilateral de dones y apoyo mutuo. Así pues, el conocimiento, la explicación y la comprensión de cómo son las cosas, implican la comprensión de cómo reciben y dan a todo y a todos los demás. Conocer las cosas es conocerlas en su contribución a lo que Giorgio Agamben llamó “la comunidad que viene” [27]. Conocer, explicar y comprender las cosas en cuanto contribuyen a esta esperanza y a su realización, confiere al conocimiento mismo la estructura de la esperanza, lo que Josef Pieper llamó “la estructura de la esperanza en el conocimiento creatural” [28]. Una universidad católica debe dar cabida a este complejo de deseo y dependencia, y reconocer la esperanza que en él se manifiesta.

“Un laboratorio cultural providencial”. Salvaguardar las polaridades de la verdad y la alegría

La Congregación para la Educación Católica, responsable de las instituciones académicas eclesiales, publicó a principios de 2018 la constitución apostólica Veritatis gaudium, en la que presenta a la Iglesia como una comunidad que

peregrina a lo largo de los senderos de la historia, acompañado con sinceridad y solidaridad de los hombres y mujeres de todos los pueblos y de todas las culturas, para iluminar con la luz del Evangelio el camino de la humanidad hacia la nueva civilización del amor. El vasto y multiforme sistema de los estudios eclesiásticos ha florecido a lo largo de los siglos gracias a la sabiduría del Pueblo de Dios, que el Espíritu Santo guía a través del diálogo y discernimiento de los signos de los tiempos y de las diferentes expresiones culturales. [29]

De estas consideraciones el documento concluye que las universidades católicas y las facultades de filosofía y teología están llamadas a ser

una especie de laboratorio cultural providencial, en el que la Iglesia se ejercita en la interpretación de la performance de la realidad que brota del acontecimiento de Jesucristo [...] una auténtica hermenéutica evangélica para comprender mejor la vida, el mundo, los hombres, no de una síntesis sino de una atmósfera espiritual de búsqueda y certeza basada en las verdades de razón y de fe. La filosofía y la teología permiten adquirir las convicciones que estructuran y fortalecen la inteligencia e iluminan la voluntad... pero todo esto es fecundo sólo si se hace con la mente abierta y de rodillas. [30]

Pocos académicos afirmarían espontáneamente que investigan “de rodillas”, en actitud de oración. Sin embargo, tras considerar la reflexión de Weber sobre cómo las ideas se nos conceden en su tiempo, no en el nuestro; el alegato de Derrida a favor de una profesión solemne e incondicional a la verdad, sin importar las consecuencias, y la concepción de Agamben del conocimiento como contribución a la comunidad venidera, es de esperar que esta imagen no suene demasiado exótica. Partiendo del presupuesto de que una investigación fructífera debe estar abierta a lo inesperado, Veritatis gaudium llega a un veredicto notable:

El teólogo que se complace en su pensamiento completo y acabado es un mediocre. El buen teólogo y filósofo tiene un pensamiento abierto, es decir, incompleto, siempre abierto al maius de Dios y de la verdad, siempre en desarrollo. [31]

La Constitución Apostólica concluye que el mundo actual necesita centros especializados capaces de mantener un diálogo permanente con los distintos ámbitos académicos de estudio. Según el documento, se necesita sobre todo una “investigación compartida y convergente entre especialistas de diversas disciplinas” [32]. Por una parte, esto representa un servicio particular a la Iglesia como “Pueblo de Dios”, y a su magisterio encargado de enseñar la fe. Por otra parte, apoya la misión de la Iglesia de “anunciar la Buena Nueva de Cristo a todos, dialogando con las diferentes ciencias al servicio de una cada vez más profunda comprensión y aplicación de la verdad en la vida personal y social” [33].

Aquí, dirán algunos, el lenguaje se vuelve más específico, y por lo tanto quizá más pertinente para respaldar la declaración de misión de una universidad católica, como institución enraizada en una tradición particular. Sin embargo, el objetivo último al que apunta el documento tiene una aspiración mucho más universal:

Es indispensable la creación de nuevos y cualificados centros de investigación en los que estudiosos procedentes de diversas convicciones religiosas y de diferentes competencias científicas puedan interactuar con responsable libertad y transparencia recíproca […], a fin de ‘entrar en un diálogo entre ellas orientado al cuidado de la naturaleza, a la defensa de los pobres, a la construcción de redes de respeto y de fraternidad’ (Laudato si’, n. 201). [34] Otros podrían usar este lenguaje más accesible y ético para definir la tarea de una universidad católica.

“La sede especial de esa gran filosofía, que abarca y localiza la verdad de todo tipo”. Sobre el catolicismo y la universidad

Veritatis gaudium es un documento trascendental para reflexionar sobre la misión y las tareas de las universidades católicas en el contexto actual. La Iglesia, en la mirada del Papa Francisco, no concibe su unidad como una identidad uniforme e inmutable, sino como una obra del Espíritu Santo, que enriquece constantemente nuestro conocimiento y aprendizaje mediante una diversidad de dones, expresados a través de todas las diferentes culturas del mundo. Como escribe el Papa Francisco en Evangelii gaudium:

En estos dos milenios de cristianismo, innumerable cantidad de pueblos han recibido la gracia de la fe, la han hecho florecer en su vida cotidiana y la han transmitido según sus modos culturales propios. [...] En los distintos pueblos, que experimentan el don de Dios según su propia cultura, la Iglesia expresa su genuina catolicidad. [35]

En opinión del Papa, esto apunta a la posibilidad de un encuentro de pueblos y culturas, “una forma de convivencia donde las partes conservan su identidad construyendo juntas una pluralidad que no atenta contra, sino que fortalece la unidad” [36]. A esta unidad la denomina “poliédrica”. Nuestro estudio académico del mundo también debería ser poliédrico, prosigue. El modelo para abordar y resolver problemas –escribe– “no es la esfera [...] donde cada punto es equidistante del centro y no hay diferencias entre unos y otros. El modelo es el poliedro, que refleja la confluencia de todas las parcialidades que en él conservan su originalidad” [37].

H111 Van Erp 07Teológicamente hablando, yo añadiría, a falta de una imagen geométrica mejor, que la universidad católica está llamada a ver la realidad unif icada en la “mente de Cristo” [38], es decir, en el espíritu de amor y cuidado mutuo que constituye el corazón oculto, pero real, de toda la creación. Ver todo a la luz de este amor permite salvaguardar “esa polaridad tensional entre lo particular y lo universal, entre lo uno y lo múltiple, entre lo simple y lo complejo” [39]. Aniquilar estas tensiones, subraya el Papa Francisco, sería ir “contra la vida del Espíritu” [40], contra la alegría de la verdad.

Según John Henry Newman en su Idea de la Universidad, el fin último de la universidad es educar a personas maduras y polifacéticas, conscientes de que cada campo de especialización es solo una valiosa entrada entre otras a la realidad. En opinión de Newman, los estudiantes deben llegar a comprender que lo que se necesita para entender el mundo y encontrar el propio lugar en él es

no sólo la Ciencia, no sólo la Literatura, no sólo la Teología, ni el conocimiento abstracto simplemente, ni el experimental, ni el moral ni el material, ni el metafísico ni el histórico, sino todo el conocimiento que se tenga en cuenta en una Universidad, por ser la sede especial de esa gran Filosofía que abarca y localiza la verdad de todo tipo, y todos los métodos para alcanzarla. [41]

Esta “gran filosofía”, que Newman llama también el “conocimiento universal” [42], que la universidad debe enseñar, no es una teoría o doctrina, en su opinión. Es la idea que encarna la propia universidad, la comunidad de disciplinas y académicos, nunca plenamente realizada pero real. Los estudiantes, escribe Newman, deberían convertirse en verdaderos intelectuales al ser sumergidos en una cultura intelectual abierta, impulsados por la curiosidad, la familiaridad con básicamente todas las disciplinas académicas, al menos en términos generales, y la capacidad de combinar creativamente elementos de diferentes tradiciones.

No creo ser demasiado pesimista al sospechar que este ideal, que yo llamaría “católico”, de la formación de “generalistas” en lugar de “especialistas”, apenas está vivo entre los administradores de las universidades contemporáneas o en los departamentos gubernamentales de educación. El ideal de las universidades se ha convertido en formar especialistas, y esto no ha hecho sino aumentar la necesidad de que los graduados sepan conectar su campo de conocimiento con el complejo de otras disciplinas, otras culturas y otras tradiciones, en vista de la verdad que revelan. Una universidad católica debería proporcionar ese espacio para convertirse en lo que he llamado ‘un templo de la verdad para un mundo complejo’. Las personas que la integran construyen templos intermediarios, a partir de pequeños grupos dedicados a una determinada forma de vida que se confían a ciertas formas de la realidad. De este modo, buscan su lugar en el mundo como un conjunto que está en proceso de sacar a la luz su verdad.

“Morar en el templo de la contemplación”. Conclusión

Puede que, a estas alturas, lo señalado haya sonado un tanto a sermón: he hablado de sufrimiento, esperanza, vocación, deseo, dependencia y de pensar “de rodillas”; un sermón que podría parecer ajeno a los retos concretos de la vida universitaria. Sin embargo, eso es precisamente lo que intentaba expresar como respuesta a los retos de la universidad contemporánea. Estar abierto y entregado a la verdad, una verdad que se envuelve en la realidad, y escuchar la llamada a participar responsablemente en su futuro, no proporciona herramientas útiles, inmediatas y fácilmente gestionables para repensar la naturaleza y la misión de una universidad o escuela católica. No obstante, terminaré con una anécdota que ilustra por qué creo que esto no puede ser más útil.

Como profesor de la Universidad de París, una de las obligaciones de Tomás de Aquino era predicar a la comunidad universitaria. En uno de sus sermones sugiere que para llegar a ser verdaderos teólogos, sus alumnos deben esforzarse por convertirse en verdaderos templos de Dios. Aquino ve un vínculo etimológico entre “templo” y “contemplación”. Contemplar a Dios, cree, es el fin último de la existencia humana. Pero ¿cómo puede alcanzarse este objetivo en una vida en la que la presencia de Dios está siempre oculta y nunca es inequívoca? Aquino escribe que es necesario que los estudiantes desarrollen una madurez espiritual para valorar adecuadamente qué impulsos y voces debemos seguir. Como ejemplo, cita la historia del joven Jesús, que, según Lc 2,41-52, cuando tenía doce años, se quedó con los maestros en el templo después de celebrar la Pascua en Jerusalén. Cuando fue encontrado por sus preocupados padres, les fue obediente, volvió con ellos a Nazaret y creció en sabiduría y en agradar a Dios y a su comunidad. Crecer en sabiduría, escribe Tomás, equivale a habitar en el templo de la contemplación.

Pero ¿cómo se “habita en el templo de la contemplación”? La respuesta de Tomás a esta pregunta parece infantilmente sencilla. Escribe: “Para que el hombre crezca en sabiduría son necesarias cuatro cosas: que escuche con agrado, busque con diligencia, responda con prudencia y medite con atención” [43]. Esto de escuchar, responder e indagar, según el Aquinate, se puede aprender por imitación de las personas que lo hacen bien, es decir, de los maestros, vivos y muertos. Sin embargo, esto no significa que Aquino piense que los alumnos deban adoptar las opiniones de sus maestros y reproducir sus conclusiones. Al contrario, de lo que se trata es de que, a través de la imitación, ellos mismos aprendan a escuchar, a responder, a investigar, orientados hacia el mismo objetivo que persiguen los maestros a los que imitan.

Gracias a la revelación del amor de Dios en Jesucristo y a la comprensión de que les “conviene”, los alumnos pueden saber, según santo Tomás, que no pueden ser complacientes, sino recibir su verdadera identidad del exterior. Para descubrir quiénes deben ser y qué deben hacer, también tendrán que estar abiertos a voces alternativas, discernir lo que se relaciona con el amor divino cuya sabiduría buscan, explorar lo que implican esas voces y hacer suyas las percepciones a las que los llevan. “Llevamos cautivo todo pensamiento para someterlo a la obediencia de Cristo” [44], cita Tomás al apóstol Pablo; utilizamos todo lo que se nos da a conocer para averiguar qué sabiduría revela entre nosotros la presencia bondadosa del amor divino.

Así pues, según el Aquinate, y esto concuerda con la idea de una universidad católica que les he presentado hoy, no tenemos que convertirnos primero en templo de Dios, en creyentes plenos con una identidad clara, para alcanzar después la verdadera contemplación, la verdadera sabiduría. No es por un acto absoluto de entrega solo a Dios, con exclusión de todo lo demás, que el santuario interior del alma se convierte en un lugar de la presencia de Dios, que solo permite la contemplación. Guiados por la luz de la fe, escuchamos y examinamos las cosas que se nos presentan, llegamos a la contemplación y así nos convertimos en templo de Dios. Esto, espero haberlo mostrado, podría ser una imagen orientadora de lo que hace católica a una universidad. Es la dedicación a un mundo complejo, y la verdad que se envuelve en él, lo que sacará a la luz cómo la universidad se convierte en templo. Lo que la fe proporciona de un modo existencial, la universidad lo proporciona a través del trabajo de sus estudiantes, profesores e investigadores, de un modo intelectual: dedicación a lo que significa que vivamos en un mundo que anhela a Dios. Y así, el trabajo de esta facultad en esta universidad es también una práctica en el camino hacia la fe, una comunidad que viene en busca de la catolicidad.

*Traducción realizada por la académica Rocío Cortés Rodríguez. 


Notas

[1] Cf. Francisco; Exhortación apostólica Evangelii gaudium sobre el anuncio del Evangelio en el mundo actual. 24 de noviembre de 2013, n. 71.
[2] Término que se utiliza para referirse a la ciencia como conocimiento sistemático y riguroso, abarcando no solo a las ciencias formales.
[3] Cf. Jn 8,32.
[4] Du Bois, William Edward Burghardt; Las almas del pueblo Negro (The Souls of Black Folk, 1903). Traducción de Héctor Arnau. Capitan Swing Libros, Madrid, 2020, pp. 231-232.
[5] Ibid., p. 234.
[6] Du Bois, William Edward Burghardt; “Careers Open to College-Bred Negroes”, en: Idem, Writings, pp. 827-828. (Traducción propia)
[7] Ibid., pp. 828-829.
[8] Du Bois, William Edward Burghardt; “Credo”, en: Idem, Darkwater: Voices from within the Veil. New York, Harcourt, Brace and Howe, 1920, pp. 3-4. (Traducción propia)
[9] Zuckerman, Phil (ed); Du Bois On Religion. Walnut Creek, AltaMira Press 2000, pp. 43-44. (Traducción propia)
[10] Mt 16,3.
[11] Así figura en la inscripción de la Gran Sala del edificio de la Academia Nacional de Ciencias en Washington D.C.
[12] Gen 11,4
[13] Cf. Hch 2,8.
[14] Readings, Bill; The University in Ruins. Cambridge/London, Harvard University Press, 1995, p. 160. (Traducción propia)
[15] Cf. Is 46,1.
[16] Is 46,3-4.
[17] Derrida, Jacques; L’université sans condition. Paris, Galilée, 2001
[18] Weber, Max; “La ciencia como vocación”, 1919. Traducción tomada de la edición de la UACM titulada El político y el científico, 2007, pp. 82-83.
[19] Ibid., p.92 
[20] Ibid., p. 83.
[21] Eliot, Thomas Stearns; Coros de la Roca, 1934. Traducción de Eduardo Vargas, Editora Universitaria UASD, Santo Domingo, 1989, p. 181.
[22] Cf. Derrida, Jacques; “The Future of the Profession or the University without Condition (Thanks to the “Humanities,” What Could Take Place Tomorrow)”, en: Cohen, Tom (ed); Jacques Derrida and the Humanities: A Critical Reader. Cambridge, Cambridge University Press, 2002, pp. 24-57/pp. 43-44.
[23] Tito 1,1.
[24] Aristóteles; Metafísica. Introducción, traducción y notas de Tomás Calvo Martínez, Editorial Gredos, Madrid, 1994, p. 69.
[25] Latour, Bruno; Nous n’avons jamais été modernes. Publicado por primera vez en Francia en 1991 y traducido luego a diversos idiomas.
[26] Daniel 3,32-96.
[27] Agamben, Giorgio; La comunidad que viene (La comunità che viene), publicado originalmente en 1996.
[28] Cf. Pieper, Josef; El silencio de Santo Tomás (The Silence of St. Thomas), publicado originalmente en 1953.
[29] Francisco; Constitución apostólica Veritatis gaudium sobre las universidades y facultades eclesiásticas. Roma, 27 de diciembre de 2017, n. 1.
[30] Francisco; Veritatis gaudium, n. 3.
[31] Francisco; Veritatis gaudium, n. 3.
[32] Francisco; Veritatis gaudium, n. 5.
[33] Francisco; Veritatis gaudium, n. 5.
[34] Francisco; Veritatis gaudium, n. 5.
[35] Francisco; Exhortación apostólica Evangelii gaudium sobre el anuncio del evangelio en el mundo actual. Roma, 24 de noviembre de 2013, n. 116.
[36] Francisco; Discurso del Santo Padre en el II Encuentro Mundial de los Movimientos Populares. Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, 9 de julio de 2015.
[37] Francisco; Evangelii gaudium, n. 236.
[38] Cf. 1 Cor 2,16.
[39] Francisco; Veritatis gaudium, n. 4.d. También en Videomensaje al Congreso Internacional de Teología organizado por la Pontificia Universidad Católica Argentina “Santa María de los Buenos Aires”, 1-3 de septiembre de 2015.
[40] Francisco; Veritatis gaudium, n. 4.d. 
[41] Newman, John Henry; Discourses on the Scope and Nature of University Education Addressed to the Catholics of Dublin (1852). Cambridge University Press, 2010, p. 153. (Traducción propia)
[42] Ibid. Discurso 5, “El conocimiento como fin propio”, n. 101. (Traducción propia)
[43] Tomás de Aquino; Sermón Puer Iesus II, “Coliación”. Traducido por Athanasius Sulavik, n. 3.
[44] 2 Cor 10,5.

 

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