Tomás de Aquino no tendría dificultades en aceptar la cosmología del Big Bang, incluyendo sus recientes variaciones, y al mismo tiempo afirmar la doctrina de la creación de la nada. Por supuesto, él haría una distinción entre los adelantos de la cosmología y las reflexiones filosóficas y teológicas sobre esos adelantos.

Un día un niño preguntó a su madre de dónde venía él. Su madre, contenta de poder discutir sobre un asunto tan importante con su hijo, empezó presentando una elemental explicación de la biología humana, haciendo incluso varias referencias a la teoría de la evolución. Para que su análisis no quedase confinado a la esfera de lo puramente físico, habló del rol de Dios en la creación de todas las almas humanas y, al final de Dios como origen de todas las cosas. Después que su madre terminó, el niño, pareciendo un poco confuso, le dijo se había preguntado esto porque su amigo de al lado le había dicho que él venía de Argentina.

Es fácil equivocarse sobre los diferentes tipos de origen. La falla de mantener semejantes tipos de origen distintos ha guiado a una confusión considerable en el discurso en torno a las implicaciones teológicas de la cosmología contemporánea. Hay historias sobre los orígenes en el centro de cada cultura y, en cosmología y filosofía, los análisis sobre los orígenes proporcionan importantes comprensiones de la relación entre ciencia y religión.

Al día de hoy, no hay prácticamente ninguna duda entre los científicos de que vivimos en la secuela, o más bien en el medio, de una explosión gigante que empezó hace quince billones de años. La mayoría de los cosmólogos se refieren al Big Bang como a una “singularidad”, es decir, un último límite o borde, un “estado de infinita densidad” donde el espacio-tiempo ha cesado. Así, esto representa un extremo límite de lo que podemos conocer sobre el universo, puesto que no es posible especular, al menos en las ciencias naturales, sobre las condiciones antes de o más allá de las categorías de espacio y tiempo.

Sin embargo, en las dos últimas décadas algunos cosmólogos han propuesto teorías que explican el Big Bang mismo como una fluctuación de un vacío primordial. Tal y como las partículas subatómicas parecen emerger espontáneamente en los vacíos en los laboratorios, como resultado de lo que se llama quantum tunneling from nothing (fluctuación cuántica a partir de la nada), así el universo entero podría ser el resultado de un proceso similar. Otros cosmólogos, como Stephen Hawking, sostienen que la noción de una “singularidad” inicial tiene que ser rechazada. El universo, según Hawking, no tiene un confín: “es algo completamente autocontrolado y no afectado por nada fuera de él mismo”. Piensa que la única manera de obtener una teoría científica es si “las leyes de la física valen en todas partes, incluso al inicio del universo”. Para Hawking, la teoría cuántica contemporánea nos lleva a rechazar la propia noción de un asunto como el inicio del universo.

Estas recientes variaciones en la cosmología del Big Bang han conducido a algunos a preguntarse si estamos al borde de una explicación científica del propio origen del universo. La contención de las nuevas teorías es que las leyes de la física son suficientes para justificar el origen y existencia del universo. Si esto es cierto, entonces, en un sentido, vivimos en un universo que se crea sí mismo y que ha brotado a la existencia espontáneamente a partir de una nada cósmica. O, en el análisis de Hawking, dado que la cuestión de un inicio del universo pierde todo significado, un creador no tiene papel alguno. Como observa Quenti Smith, un filósofo de la ciencia, si la cosmología del Big Bang es verdadera, “nuestro universo existe sin una explicación… Existe innecesariamente, improbablemente e infundadamente. Existe absolutamente por ninguna razón”.

En un universo de tal manera independiente, entendido completamente en términos de leyes de la física, parecería que no hay sitio para el Dios de la revelación de los judíos, de los cristianos y de los musulmanes. La tradicional doctrina teológica de la creación parece obsoleta contra los adelantos de la ciencia moderna. ¿Es que la noción de un creador representa un artefacto intelectual de una edad menos ilustrada? Quizás el Dios de la teología tradicional no es más que una hipótesis, que se presenta ahora como innecesaria.

Muy a menudo, los debates contemporáneos sobre la relación entre ciencia y religión sufren de un desconocimiento de la historia y, respecto a las teorías sobre el origen del universo, de una ignorancia sobre los sofisticados análisis de las ciencias naturales y de la creación que tuvieron lugar en la Edad Media. En el siglo trece, como resultado de las traducciones al Latín de las obras de Aristóteles y de sus comentadores musulmanes, doctos del calibre de Alberto Magno y de Tomás de Aquino lucharon contra las implicaciones para la teología cristiana de la ciencia más avanzada de aquel tiempo. Siguiendo la tradición de los pensadores musulmanes y judíos, Tomás de Aquino desarrolló un análisis de la doctrina de la creación de la nada que permanece como uno de los logros perdurables de la cultura occidental. Su análisis proporciona una claridad refrescante también para un debate, frecuentemente confuso, sobre la relación entre ciencia y religión.

A muchos contemporáneos de Tomás les pareció que había una incompatibilidad fundamental entre la afirmación de los físicos antiguos que nada viene de la nada y la afirmación de la fe cristiana de que Dios produjo todo de la nada. Además, para los griegos antiguos, puesto que algo tiene que venir de algo, algo tiene que existir siempre: el universo tiene que ser eterno. Recientes especulaciones cosmológicas sobre el origen del universo en términos de la fluctuación cuántica a partir de la nada, reafirman el antiguo principio griego de que no se puede obtener algo desde nada. Dado que el “vacío” de los físicos de la moderna partícula, de cuya “fluctuación” algunos consideran como si diese la existencia a nuestros universo, no es la nada absoluta. No es nada parecido a nuestro presente universo, pero aún es algo. ¿De qué otro modo podría fluctuar?

Un universo eterno pareció ser incompatible con un universo creado de la nada, así que algunos cristianos medievales pensaban que la ciencia griega, especialmente en la persona de Aristóteles, tenía que ser prohibida, pues contradecía las verdades de la revelación. Tomás, reconociendo que las verdades de la ciencia y las verdades de la fe no se podían contradecir las unas a las otras, ya que Dios es el autor de toda la verdad, empezó a trabajar para reconciliar las verdades de la ciencia aristotélica y de la revelación cristiana.

La clave para el análisis de Tomás de Aquino es la distinción que establece entre creación y transformación. Las ciencias naturales, tanto aristotélicas como contemporáneas, tienen como sujeto el mundo de las cosas mudables: desde las partículas subatómicas hasta las bellotas y hasta las galaxias. Cada vez que hay una transformación tiene que haber también algo que cambia. Los antiguos tenían razón: de la nada, nada viene; esto es, si el verbo “venir” significa una transformación. Todo cambio exige alguna realidad material subyacente.

La creación, por otro lado, es la causa radical de toda la realidad de lo que existe. Causar completamente que algo exista no es producir en algo una transformación: crear, de esta manera, no es trabajar en algo o con algo material ya existente. Si hubiera algo anterior ya utilizado en el acto de producir una nueva cosa, entonces el agente productor no sería la completa causa de la nueva cosa. Pero tal completo causar es precisamente lo que es el acto de la creación. De este modo, crear es dar existencia y todas las cosas dependen de Dios por el hecho de que existen. Dios no toma la nada y hace algo a partir de “ella”. Más bien, cualquier cosa dejada totalmente a sí misma, separada de la causa de su existencia, no sería absolutamente nada. La creación no es exclusivamente algún evento distante; es la continua, completa causa de la existencia de todo lo que existe. Así que la creación es objeto de la metafísica y la teología, no para las ciencias naturales.

Tomás no vio contradicción alguna en la noción de un universo creado eterno, porque aún si el universo no hubiera tenido un inicio temporal, dependería de Dios para su propia existencia. No hay conflicto entre la doctrina de la creación y cualquier teoría física. Las teorías de las ciencias naturales explican el cambio. Tanto si estos cambios son biológicos como si son cosmológicos, tanto si son incesantes como finitos, son siempre procesos. La creación explica la existencia de las cosas, no los cambios en las cosas.

Tomás no pensaba que el comienzo del Génesis presentara dificultades para las ciencias naturales, dado que la Biblia no es un libro de texto de ciencias. Según Tomás, para la fe cristiana, lo esencial es el “hecho de la creación” no la manera o el modo de la formación del mundo. La firme adhesión de Tomás a la verdad de la Sagrada Escritura sin caer en la trampa de lo que llamamos una lectura basada sobre la significación estrictamente literal de las palabras, ofrece una valiosa corrección de algunas exégesis contemporáneas de la Biblia que sacan la conclusión de que hay que elegir entre la interpretación literal de la Biblia y la ciencia moderna. Para Tomás, el sentido literal de la Biblia es lo que Dios, su autor, pretende que las palabras signifiquen. El sentido literal del texto incluye metáforas, símiles y otros modos de hablar útiles para adecuar la verdad de la Biblia a la comprensión de sus lectores. Por ejemplo, cuando leemos en la Biblia que Dios extendió la mano, no tenemos que pensar que Dios tiene una mano. El sentido literal de estos pasajes se refiere al poder de Dios, no a Su anatomía. Tampoco tenemos que pensar que los seis días al inicio del Génesis se refieren a la acción de Dios en el tiempo, porque el acto creador de Dios es instantáneo.

Adhiriéndose a la lectura tradicional del libro del Génesis y a la proclamación doctrinal del Cuarto Concilio de Letrán (1215), Tomás sostenía que, en base a la sola razón, no se podía saber si el universo es eterno. Además, si el universo fuera eterno, continuaría siendo un universo creado. Afirmar, con base en la fe, que el universo tiene un inicio temporal no comporta contradicción alguna con lo que las ciencias naturales pueden declarar, puesto que, por lo que a ellas toca, dejan esta cuestión sin resolver. La negación de Hawking de un inicio absoluto en el tiempo, mientras afirma también un pasado finito, implica una complicada especulación sobre la gravedad cuántica, la cual no queda completamente formulada. A pesar de la inteligibilidad de las afirmaciones científicas de Hawking, las conclusiones que él y otros obtienen de ellas son falsas.

El Big Bang descrito por los cosmólogos modernos no es la creación. Las ciencias naturales no proporcionan por sí mismas una explicación acerca del origen último de todas las cosas. Los defensores de la doctrina cristiana de la creación no deberían pensar que la inicial “singularidad” de la cosmología tradicional del Big Bang ofrece una confirmación de sus perspectivas. Tampoco los que rechazan la doctrina de la creación deberían pensar que las recientes variaciones en la cosmología del Big Bang sostienen su perspectiva. Aún si el universo fuera el resultado de la fluctuación de un vacío primordial, no es un universo que se crea desde sí mismo. La necesidad de explicar la existencia de las cosas no desaparece si negamos, como algunos, que haya una singularidad inicial que debe ser explicada. Contra la afirmación de que el universo descrito por la cosmología contemporánea no deja nada que hacer a un creador, si no hubiera un creador como causa de todo, ¡no habría nada hecho!

Tomás de Aquino no tendría dificultades en aceptar la cosmología del Big Bang, incluyendo sus recientes variaciones, y al mismo tiempo afirmar la doctrina de la creación de la nada. Por supuesto, él haría una distinción entre los adelantos de la cosmología y las reflexiones filosóficas y teológicas sobre esos adelantos.

Las variaciones en la cosmología del Big Bang, que he mencionado, son solamente especulaciones teoréticas y probablemente pueden cambiar. Sin embargo, especular no justifica el error al hacer distinciones entre los dominios de las ciencias naturales, de la metafísica y de la teología. Tampoco justifica imaginarias conclusiones filosóficas y teológicas sobre un universo sin causa. Tomás de Aquino no tenía la ventaja de un Telescopio Espacial “Hubble”, pero, en muchos aspectos, él puede ver más lejos y más claramente que aquellos que lo tienen.


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