Evocación de Joseph Ratzinger - Benedicto XVI

De la teología de Joseph Ratzinger o Benedicto XVI se recuerda especialmente su insistencia en la unión entre “fides et ratio”, entre el Dios de los filósofos y el Dios de la revelación. ‘Solo puedo conocer porque soy conocido, y amar porque he sido amado’.

Una preocupación especial de Benedicto fue el fideísmo, la aceptación acrítica de la fe como mera creencia, despojada de toda fundamentación racional. Quien no puede ver en Jesucristo el camino, la verdad y la vida, es decir lo más hondo y profundo de la verdad de lo humano, no ha conseguido una fe crítica y madura. Ratzinger decía que desde el comienzo el cristianismo se puso del lado de la filosofía y no del de las religiones, es decir, del mito y del simbolismo, y de la fe ciega. El cristianismo afirma algo perfectamente real, la encarnación de Dios en su hijo amado, y entiende todo lo que dice como afirmaciones verdaderas (no como interpretaciones o narraciones), por lo que se encuentra cara a cara y rápidamente con la razón filosófica e histórica. Precisamente por esto era escandaloso para los filósofos y hubo enormes dificultades para aceptar la verdad cristiana, aunque fue su referencia a la verdad la que terminó cautivando al pensamiento racional.

Si bien la fe no puede oponerse nunca a la razón, esta no está enteramente contenida en ella. La fe no es solamente un libro, decía Ratzinger, el resultado de una interpretación crítica de los textos o de una confrontación con un mensaje y una palabra dicha. Es participación en la realidad espiritual que proporciona una comunidad viviente, y pertenece, por consiguiente, al acto de la fe el acto de incorporación a la Iglesia, el bautismo y lo demás. La Iglesia es indispensable para entrar en el misterio y en el amor de Dios. No se puede experimentar la misericordia de Dios al margen de la comunidad eclesial, ni siquiera en la familia o en los amigos. Desde temprano los católicos lucharon contra los gnósticos, ‘que declaraban al cristianismo eclesial como un cristianismo ingenuo y cultivaron la arrogancia de la razón, despojada de arraigo en la comunidad viva’.

Ahora bien, la Iglesia no es solamente comunidad (una realidad más bien antropológica que no es propiamente cristiana, según Ratzinger), sino sacramentalidad, presencia viva de Cristo en la comunidad de los creyentes. El único mediador es Cristo, el obispo y el sacerdote no entregan nada que no les haya sido dado (nada peor que el sacerdote que se predica a sí mismo, decía), y tampoco la comunidad tiene eficacia salvífica por sí misma. Cristo no se hace presente en cualquier parte y de cualquier modo, la realidad sacramental de la Iglesia es lo que asegura esa presencia salutífera y donde se realiza de modo eminente, sin perjuicio de que la gracia de Dios se pueda entregar por doquier, incluso en aquellos que no profesan explícitamente la fe.

Toda la Iglesia vive pendiendo del hilo del “ya, pero todavía no”, certidumbre de la visita de Dios en Cristo y apertura hacia la venida de los últimos tiempos. Ratzinger tuvo que hacerse cargo de un complejo panorama teológico marcado por el esfuerzo general por desprenderse de la carga metafísica y escolástica que pesaba entonces sobre el catolicismo. Lo más característico del debate teológico de su época fue la tensión entre ontología e historia. El cristianismo no es pura ontología, es decir, reflexión sobre lo universal y sobre la ley natural. El Dios de los filósofos es Ser puro, sin cambio ni modificación, pero el Dios de la fe es creación y revelación; por ende, acontece en la historia humana. Para la teología de Ratzinger el historicismo fue demasiado lejos con una orientación histórico-salvífica que trataba de corregir la visión metafísica, pero que conducía a callejones sin salida tanto en el lado católico, con una teología de la liberación o de la revolución, como en el lado protestante, con una interpretación escatológica de la salvación. Demasiado olvido del “ya”, del acontecimiento crístico, de la presencia irrevocable e inmediata de Dios en la vida humana que se hizo realidad en Cristo; y demasiado énfasis en el “todavía no”, que obligaba a mirar siempre al Cristo por venir.

Por otra parte, Ratzinger se hizo especialmente cargo de las maldiciones de Nietzsche contra el cristianismo. La del pecado, que Nietzsche consideraba una invención judía que el cristianismo se había encargado de difundir a todo el mundo, y la del cristianismo como enemigo acérrimo de la vida. Se dice que la psiquiatría francesa acuñó la expresión ‘maladie catholique’ para definir la neurosis específica que surge de una pedagogía torturadora centrada en el sexto mandamiento. Ni tanto ni tan poco. El cristiano vive en la alegría del evangelio, en la certeza de que Dios nos ama y que siempre transforma el llanto en risa. Pero esta certidumbre no puede hacer olvidar el “todavía no”, ninguna persona está completamente a salvo y todavía es preciso una ofrenda y un acto de humildad. La realidad del pecado es visible, pero no puede ser nunca torturadora. El cristiano es de suyo optimista, alegre y risueño, pero no olvida sus limitaciones.

Como todos sabemos, a Ratzinger le preocupaba la apertura indiscriminadamente positiva hacia el mundo que impregnó al catolicismo posconciliar. No se trata de negarle al mundo la sal y el agua, ni de desconocer la posibilidad de que surgiera algo bueno del esfuerzo puramente humano. Pero la era actual, decía, es neopagana, no solo se ensombrece la realidad de Dios, sino también se abandona la razón y, entre ambas, se escurre toda preocupación genuina por la verdad, el bien y la belleza. ¿Cómo decir hoy que hay cosas definitivamente falsas o actos terminantemente impuros y pecaminosos? ¿O que la verdad de Jesucristo resplandece sobre cualquier otra?

En su famosa conversación con Jürgen Habermas se recuerda esto: que el destino de la fe cristiana y de la razón ilustrada están íntimamente unidos. Cuando la fe se ha desprendido de la razón y se convierte en pura decisión individual y en mera creencia, es decir, cuando se coloca del lado de las religiones, se deshace y desvirtúa, y seguramente se convierte en el mejor camino hacia la secularización. Al revés, cuando la razón se ha desprendido de la fe, como sucedió con la primera ilustración, pierde su eficacia colectiva (¿qué razón puede impulsar a alguien a dar la vida por los demás?) y no es capaz de controlar la deriva nihilista, es decir, la que convierte a la razón en pura voluntad de poder.

EDUARDO VALENZUELA

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