En su columna de este mes, el autor reflexiona sobre el rol social que ha tenido el laicado católico en la historia reciente, con el fin de sensibilizar y generar reacción, caminos originales, y propuestas concretas.

Partamos estas consideraciones con la ciudad de Taranto al sur de Italia, lugar en el cual concluyó hace diez días la “semana social” de los católicos italianos: la número 49. Significativa ha sido la elección de este lugar, porque es el emblema de la ciudad herida en la sanidad ambiental, justamente porque desde el año 1960 hospeda una de las más grandes industrias del acero de Europa, que para el sur de Italia es un polo de importancia industrial muy relevante. 

Sin embargo, en paralelo a ser una constante fuente de empleo, los problemas de contaminación han ido aumentando en intensidad y alcance; grave realidad, porque el cierre de este gigante del acero dejaría sin trabajo a miles y miles de familias. Aquí se está jugando un partido muy complejo en términos de ruptura del círculo vicioso que pone en contraposición la sustentabilidad de la economía y del empleo con las problemáticas medioambientales. Un problema común a muchas otras ciudades y áreas del mundo. Por ello, entre otras razones, el tema del cambio climático y de la contaminación sigue siendo central en las agendas de las cumbres mundiales sobre el clima, desde la primera celebrada en Río de Janeiro el año 1992, a la actual que se está desarrollando en Glasgow.

“La res novae (las cosas nuevas) evolucionan con el correr de la historia del mundo, y por eso requieren miradas adecuadas y acordes a los tiempos. Sería simplista si se mira a las enseñanzas sociales de la Iglesia como a un tratado o compendio de recetas para aplicarse específicamente”.

Semana social como punto de encuentro de los católicos 

La semana social de Taranto está en continuidad con la celebrada por los católicos italianos en 1907 por primera vez. Bajo la intuición y guía del economista y escritor Giuseppe Toniolo (hoy beato, en camino a la santidad) realizaron en el centro norte de Italia, en la ciudad de Livorno, esta actividad basada justamente en la premisa de una organización social subsidiaria. Aquella experiencia fue el fundamento sobre el cual el Papa Pio XI construyó la Encíclica Quadragesimo anno haciendo frente a los totalitarismos imperantes en Europa: nazismo, racismo y comunismo. Los protagonistas fueron las primeras asociaciones laicales de la época animadas siempre por la figura de Toniolo. Después de su muerte, la Universidad Católica de Milán se hizo cargo de organizar este tipo de reflexiones por un tiempo. Dos años antes, en 1905, los católicos franceses habían realizado su primera cita periódica con esas características.

Vale la pena mencionar que la base tanto de esta primera reflexión, como de las que han seguido, ha tenido como eje los principios y los criterios de la Doctrina Social de la Iglesia que, desde el comienzo en 1891 con el Papa León XIII hasta hoy con el Papa Francisco, vive aquel dinamismo y luz que el Espíritu no niega, aunque se estén mirando los problemas que afectan temas importantes de la existencia humana. La res novae (las cosas nuevas) evolucionan con el correr de la historia del mundo, y por eso requieren miradas adecuadas y acordes a los tiempos. Sería simplista si se mira a las enseñanzas sociales de la Iglesia como a un tratado o compendio de recetas para aplicarse específicamente. Hoy, en tiempos muy complejos, justamente los católicos italianos en Taranto han querido mirar al futuro bajo la perspectiva del “Ambiente y del Trabajo” colocando al centro de su reflexión los lineamentos claves de la Encíclica Laudato si’, que es una obra maestra del pontificado del Papa Francisco. 

Laudato si’ es un documento para leerse y releerse, y no dejarlo en los archivos. Es clave hoy para encontrar, primero, una perspectiva personal, y luego para construir una visión común en temas de medioambiente, clima, economía, y política internacional, entre otros. Tenemos conciencia que los caminos del hombre y de la Humanidad están amenazados por los cambios climáticos y la excesiva emisión de C02 debido a la prevalencia de producción de energía con carbones fósiles. El naturalista de 94 años, David Attenborugh, con la experiencia y prudencia de la vida en su intervención en la Cumbre de Glasgow, ha invitado a actuar con medidas adecuadas mirando a los cambios climáticos no con miedo sino con esperanza. Greta Thunberg, desde afuera de la cumbre con el estilo directo de la juventud, ha protestado frente a un banco en Londres para que no se financien programas y proyectos mineros que son altamente contaminantes.

indice Semanas sociales

“La publicación del Índice Cronológico Ilustrado y Temático pretende ser una herramienta para acceder al valioso material elaborado durante las veintiún Semanas Sociales realizadas en Chile, entre los años 1963 y 1992. Estas jornadas fueron reunidas con el deseo de rescatar un testimonio doctrinal e histórico de lo realizado, y con él afrontar la permanente contingencia, sin violencia” señala el autor, Alfredo Pesce.

El planeta que esperamos

El planeta que esperamos para el futuro va más allá del debate italiano, porque la búsqueda del progreso que combine en forma armónica y equilibrada el aumento de los puestos de trabajo con el cuidado del ambiente se amplifica en todas partes como un acordeón de norte a sur del mundo, la globalización ha uniformado las problemáticas y la pandemia está endureciendo la necesidad de cambiar la manera de enfrentar estos problemas. 

Las crisis sociales y las crisis ambientales, siempre –el Papa Francisco insiste– deben mirarse y abordarse en su conjunto. Necesitamos ir más allá de la necesidad del mundo interconectado física y virtualmente para sacarnos de las espaldas la mochila del paradigma sobre el cual se ha construido el concepto del progreso y del bienestar, midiéndolos solo con los parámetros del crecimiento y de distribución de la riqueza producida. Estamos frente a una manera de ver y pensar la economía que debe cambiar, porque de seguir con estos esquemas difícilmente se podrán curar los grandes males de la economía moderna, como son la inflación y el desempleo, para mencionar lo más inmediatos. Más aún si consideramos la pandemia que sigue demostrando los puntos débiles de una economía que debe reponer en la agenda el tema del bien común y de los bienes comunes, como la dignidad del trabajo, el ambiente sano y la seguridad en la curación. 

Chile en el debate de los cambios

Estamos en un periodo en que se proponen nuevas maneras de repensar la economía del país. Aparece y reaparece la crítica por un lado y la defensa por el otro del neoliberalismo. Parece que olvidamos que este sistema se ha instalado en la sociedad misma como una filosofía que abarca el sentido global de la existencia y ha penetrado el estilo de vida de la sociedad, más allá de los efectos sobre la economía misma. El término neoliberalismo es del siglo XX y se desarrolla a partir de los escasos resultados de las economías planificadas con los socialismos reales, y con eso se reclaman mayores libertades individuales en el campo de las iniciativas productivas. El ambiente en que prospera coincide con la secularización de las sociedades occidentales, y con eso se asiste también a una desconexión de la ética de la ciencia económica. Esta manera de hacer economía, si bien ha sido un impulso a la libertad y al crecimiento en algunos sectores, ha repercutido sobre las miradas globales a los problemas sociales, generando fracturas que resultan difíciles de recomponer.

Un camino sinodal de los católicos chilenos

La hora es propicia para que el mundo católico que se siente interpelado busque cómo ser parte del nuevo camino sinodal –el término moderno expresa la búsqueda de la identidad como Pueblo– mirando a las indicaciones del Documento Preparatorio al Sínodo publicado en octubre en el Vaticano, con el cual se ha dado comienzo a los caminos Sinodales en todas las Diócesis del Mundo. En otro momento la Iglesia tal vez hubiese convocado a un Concilio para abrir desde lo alto el camino de la renovación. Hoy el camino parece ser al revés, porque parte desde el pueblo y los laicos como corresponsables de los cambios que vendrán. A lo mejor este camino confluirá en un Concilio en un futuro cercano enriquecido por la experiencia de comunidad y de comunión que se aprenderá a construir.

Hace falta una presencia efectiva de la comunidad no solo eclesial. Con la pandemia se ha demostrado que hay grupos de la sociedad civil que pueden hacerse cargo de muchas necesidades para las cuales ni el Estado ni el mercado pueden. Pensemos que ya en el siglo XIII San Buenaventura, teólogo y filósofo, hacía referencia que entre lo público y lo privado debía estar presente por lo menos con la misma dignidad también “lo civil”. Las responsabilidades y las propuestas de soluciones deben pensarse a diferentes niveles: desde la formación en sustentabilidad que deben implementar las universidades, hasta las comunidades energéticas entre vecinos, o empresas que conjuntamente combinan el trabajo y la responsabilidad ecológica. Habrá que prepararse a una transición ecológica y cultural que no puede prescindir de una antropología que también debe combinar las libertades individuales con el bienestar colectivo.

En Chile, también a mediados del siglo pasado, hubo un intento de ‘’semanas sociales’’ entendidas como reflexiones sobre problemáticas relevantes, sin embargo, solo entre los años 1964 y 1992 hubo una continuidad, y hoy es posible apreciar esos treinta años de camino en el Índice Cronológico e ilustrado de las semanas sociales de Chile (Alfredo Pesce, Fundación & P. Cowley, octubre 2020).

El Índice se abre con la primera semana, realizada en 1964, que tuvo el lema “La Comunidad Nacional”; y se cierra en 1992 con el lema “Atrevámonos a vivir juntos”. Desde esta fecha no hay registros de iniciativas con las características que Mons. Silva Henríquez como arzobispo de Santiago empujó, apostando a la colaboración, primero de la USEC (Unión de Empresarios Cristianos), y desde 1975 hasta el 1992 con el P. Percival Cowlwy se realizaron en la Parroquia Universitaria de la Plaza Pedro de Valdivia.

Han pasado treinta años y tal vez en estos caminos sinodales en marcha, la Comunidad Católica de Chile se abra a la posibilidad de que grupos vivos y atentos a los signos del Espíritu puedan unirse y pensar en una primera actividad conjunta en esta línea, integrando los cambios culturales de la sociedad chilena.

Ya se cumplieron dos años desde el 18 de octubre y el porqué un modelo, considerado exitoso en lo económico, no ha logrado construir una buena cohesión social entre los diferentes sectores de la sociedad, sigue siendo una interrogante que en la urna del 21 de noviembre tampoco encontrará la respuesta. Solo se resolverá cuando la mirada común converja en el bien común, y los habitantes del país se comprometan en una transición cultural, ecológica y económica, con sentido de corresponsabilidad superando las propuestas de soluciones unilaterales.

La invitación del camino sinodal no es solo para los católicos a dejar las sacristías y salir a las periferias; es para todos cuando se trata de asumir los cambios que vienen y en los cuales se juegan las mismas consecuencias.


 * Secretario ejecutivo Fundación cardenal Raúl Silva Henríquez e integrante Dirección Vinculación con el medio de la UCSH.

 

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El cardenal Mario Grech, Secretario General para el Sínodo de los Obispos, ha definido el proceso sinodal que atraviesa la Iglesia como un tiempo para hablar. El cardenal cita el Eclesiastés 3,7, donde se escribe que existe un tiempo para hablar y otro para callar, y señala que ambos tiempos se requieren mutuamente. “El discurso sin silencio se convierte fácilmente en palabras huecas. El silencio sin palabras puede conducir fácilmente a un estado de apatía e irresponsabilidad” [1] . Muchas veces la Iglesia ha caído en este desbalance, ha permanecido en silencio cuando ha debido hablar (especialmente cuando ha sido testigo de injusticias que clamaban al cielo) o, viceversa, ha hablado demasiado cuando convenía guardar silencio. En su homilía el cardenal Grech llama la atención, sin embargo, sobre los tiempos propicios para hablar y callar, no hacia afuera, sino dentro de la propia Iglesia. Demasiadas veces se ha escogido el camino de guardar silencio sobre aquello que sucede dentro de la Iglesia y se ha ensalzado la reserva y la prudencia como atributos institucionales que han ido modelando una cultura del silencio. En el Evangelio se recuerda el detalle del demonio que enmudece a su víctima y la fuerza a permanecer en silencio. “Cuando elegimos callar, en lugar de hablar, porque es más conveniente, estamos colaborando con este mal”. Aparte de los abusos sexuales, existe un manto de silencio mucho más ominoso que pesa sobre la vida de la Iglesia, dice el cardenal Grech: se trata de las divisiones entre los católicos, las diferencias entre los que fa-vorecen esta posición o la otra en materias delicadas, como el puesto que debe ocupar la mujer dentro y fuera de la Iglesia, el alcance del sacerdocio común de los bautizados, el celibato sacerdotal, la propia sinodalidad de la Iglesia y las atribuciones de la autoridad episcopal, sin contar otras materias controvertidas, como la anticoncepción, el divorcio o el reconocimiento del matrimonio homosexual. Son cuestiones que todos reconocemos presentes pero sobre las que preferimos guardar silencio. O, peor aún, optar por plantear estos temas en grupos más pequeños formados por personas que tienen una opinión común. En lugar de tener una discusión abierta y franca, terminamos en una Iglesia formada por pandillas. En lugar de dialogar, tenemos una cultura de nosotros contra ellos. La Iglesia debería hablar sobre estos temas, pero muchas veces opta por permanecer en silencio. El proceso sinodal es un tiempo para dialogar, dice el cardenal: “Es hora de dejar que los lados liberal y conservador de la Iglesia hablen, franca y abiertamente, y expongan sus preocupaciones”. Hablar no significa desconocer la autoridad ni la tradición, aunque el diálogo debe admitir que no todo está zanjado de una vez y para siempre y que todas las materias que dividen a los católicos son susceptibles de una debida consideración. Jean Luc Marion ha señalado que los católicos de hoy no están divididos por ninguna materia teológicamente decisiva como lo estuvieron en los primeros siglos con las controversias cristológicas que ponían en entredicho el corazón mismo de la fe, o siglos después con el cisma protestante que cuestionó severamente la realidad sacramental de la Iglesia. Nuestras controversias no tienen ningún potencial cismático y versan casi todas respecto de la relación de la Iglesia con el mundo y con el grado de adecuación a los cambios culturales que cruzan las sociedades modernas. No se trata de desmerecer la importancia de las divisiones que tenemos entre manos, pero tampoco de exagerarlas. Hablar no significa decir cualquier cosa, sino concurrir en una intelección común de la verdad, es hablar con otros que provienen de experiencias distintas y tienen otros puntos de vista, en procura de encontrar un entendimiento. Demasiadas veces se identifica la religión con el fanatismo y la intransigencia, es decir, la incapacidad de diálogo que se disfraza de convicciones e intransables por todos lados. Hablar significa abrir la puerta a quienes no saben nada, pero tienen la lámpara de la fe prendida. Ya no en su homilía, sino en su conferencia en el simposio de Oxford, el cardenal Grech mira las cosas desde el otro lado y define el proceso sinodal como una Iglesia que escucha. Para que alguien hable verdaderamente, debe haber otro que permanece en silencio y escucha. En el momento actual es la autoridad la que escucha el talante profético del “sensus fidei” para luego discernir y actuar. El dogma de la Inmaculada Concepción de María tiene la fama de ser el colmo de la autoridad pontifical, pero en realidad fue la coronación de un sentir popular que se había conformado y madurado durante siglos. El proceso sinodal depende casi enteramente de la capacidad de estimular la capacidad de que todos hablen, con ponderación y humildad, pero que se diga lo que muchos tienen que decir, con franqueza y sinceridad de corazón. Ojalá ninguna autoridad religiosa menosprecie lo que digan sus fieles bajo pretexto de que no saben o no están suficientemente enterados. Tampoco que diga que no le importan las encuestas, que detesta las redes sociales o que ya no ve televisión, que son también maneras de escuchar. La tarea de una autoridad, dice Grech, es discernir aquello que escucha, no dejar de hacerlo. Lo mismo debe suceder con los propios fieles, entre los cuales el deber de escucharse mutuamente debe prevalecer, así como evitar situarse al menos de un modo permanente en grupos o comunidades cerradas con experiencias parecidas y opiniones afines, y sobre todo dejar hablar a todo el mundo. San Benito exigía que sus monjes se reunieran periódicamente y exhortaba a que en la asamblea se dejara hablar a los jóvenes, a los novicios que tenían menos experiencia y pocos años en el monasterio y que a menudo eran desplazados por los ancianos. Tiempo para hablar, dice el cardenal Grech, tiempo también para escuchar lo que otros tienen que decir. Notas [1] Todas las citas corresponden a una traducción propia de la homilía en la misa de apertura de la conferencia sobre sinodalidad que se realizó en Champion Hall, Oxford, el 23 de marzo de 2022.
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