En vísperas de las celebraciones por el nacimiento de Cristo, compartimos columnas de dos de nuestros colaboradores habituales: Mons. Fernando Chomali y Nello Gargiulo, y aprovechamos de desear a todos nuestros lectores que puedan vivir una significativa Navidad.

Invito en este tiempo de Navidad a escuchar con mucha mayor atención a Francisco. Tengo la impresión de que la “globalización de la indiferencia”, según sus palabras, vale también para nosotros los católicos. Su enseñanza en los ámbitos pastoral, social y moral escrita es un llamado a llevarla a la práctica ahora. Usando sus palabras, muchos nos dedicamos demasiado a “balconear” lo que pasa en nuestro entorno pero sin involucrarnos realmente.  

Nos inunda el miedo de salir de nosotros mismos para emprender el camino del Evangelio. Para él, es mejor una Iglesia herida porque sale al encuentro de la sociedad sin miedos ni prejuicios que enferma porque está encerrada en sí misma. Creo que seguimos muy encerrados en nosotros mismos. Ello nos impide ser una “Iglesia en salida” a la que nos invita de manera insistente. Este ensimismamiento nos ha dificultado ser una Iglesia “pobre para los pobres” y con “olor a oveja”. Lo que está en juego al seguir o no sus enseñanzas es el futuro de la Iglesia y, por la tanto de la humanidad.

El Papa apela a que cambiemos nuestros estilos de vida en el modo de vincularnos con los demás, especialmente las personas más vulnerables y el medio ambiente. Cuando Francisco dice que hemos convertido nuestro ambiente en un “gran basural” y que en la sociedad de consumo hay muchos descartados, significa que debemos mirar nuestro modo de relacionarnos con las personas y el planeta de un modo nuevo. La perspectiva de que todo está interconectado he de ser analizada con mayor profundidad. La encíclica Laudato si’ está aún por ser asumida. También corresponde, con mayor agudeza y espíritu crítico, analizar el vínculo que existe entre el sistema económico que hemos adoptado –sobre todo en occidente– y la pobreza, así como de qué manera nos hacemos cargo del que está en la calle, de aquel ser humano solo en el lecho de enfermo, o indefenso en el útero materno, susceptible de ser abortado por el equivocado supuesto del derecho a elegir de la madre o la falsa idea de que como el cuerpo es mío, hago con él lo que quiero. Cuán lejos estamos de la profética enseñanza plasmada en Fratelli tutti y de Amoris laetitia y al interior de la Iglesia en Evangelii gaudium.

Francisco se da cuenta que una fe encerrada en sí misma es estéril y que solo con la mediación valiente de cada uno de nosotros podremos dejar un mundo mejor a las futuras generaciones. Las guerras fratricidas, el terrorismo, el trato deshumanizante hacia los migrantes y tantos otros males que aquejan al mundo, nos obligan a los católicos a –usando sus palabras– ampliar la mirada, salir a la periferia y comenzar desde nuestro propio ser a fomentar la civilización del amor. El Papa ha vuelto a retomar la parábola del Buen Samaritano como regla de vida del católico porque es allí donde se juega la credibilidad de la profesión de fe que hacemos cada domingo. La palabra ternura está en el corazón del mensaje del Papa y tan lejos que estamos de vivirla, de hacerla propia y de transmitirla.

El Pontífice está convencido que esta conversión surgirá solo en la medida que volvamos a la fuente única y primera de la fe: la persona de Jesucristo. Solamente centrados en Él podemos evitar la tentación de espiritualizar todo y separarnos de la realidad o convertir la fe en una ideología. Francisco vuelve al convencimiento de que solo desde Jesús podemos comprender adecuadamente al hombre, a la mujer, a la sociedad y solo desde Él podemos vivir en concordancia con nuestra dignidad de hijos de Dios. Hace muy bien volver a leer Christus vivit para recuperar el celo apostólico y la urgencia de predicar a tiempo y a destiempo. A Francisco le incomoda de sobremanera –usando sus palabras– “la mundanidad espiritual” que no solo no ayuda a propagar el mensaje del Señor sino que aleja al oyente. El Papa tiene más problemas con los hipócritas que con los pecadores. Ha sido doloroso constatar que personas declaradamente católicas están involucradas en hechos de corrupción de la máxima gravedad. Doloroso ha sido constatar que clérigos abusaron de quienes debían cuidar. Una y otra vez nos vuelve a recordar el Pontífice que no hay espacio para quienes abusan en el sacerdocio y que sigamos con fuerza y convicción los casos que se denuncian, hagamos justicia y reparemos a las víctimas.

Volver a la fuente, a Jesús y a la vida sencilla de las primeras comunidades cristianas es la apuesta del Papa. Reconocer que las estructuras, los planes pastorales –buenos en sí– están al servicio de lograr el encuentro personal de cada uno con el Señor. Para el Papa así como el tiempo es superior al espacio, de la misma manera el carisma que impulsa el Espíritu Santo en la Iglesia es superior a sus estructuras. Este es un desafío permanente en toda la Iglesia. La profunda reforma que está llevando a cabo en el Vaticano debiese mirar nuestras propias estructuras y sin temor entrar en el “hospital de campaña” a sanar a los heridos y convertir a la Iglesia en un “oasis de misericordia”. 

Francisco se da cuenta que lo que está en juego es el futuro de la humanidad y de la Iglesia también. Le duele la soledad de los ancianos, así como la disminución de la natalidad, que muchas veces es fruto del temor por el futuro y un claro signo de desesperanza, al final motivado por la tibieza de la fe. El evidente deterioro de la familia, como célula fundamental de la sociedad y lugar privilegiado para experimentar el amor, es también una preocupación constante de quien cree que los seres humanos hemos sido creados para experimentar la ternura de la paternidad y la maternidad a semejanza de la ternura que nos regala el Buen Dios. Con todo, el Papa nos invita a no caer en un pesimismo estéril e infundado, sobre todo porque la promesa del Señor de que estará con nosotros hasta el fin de los tiempos sigue presente.

Francisco no deja indiferente a nadie. Su libertad lo lleva a caminar por terrenos pedregosos. Sabe distinguir muy bien entre un empresario honesto que genera trabajo y productos al servicio de la sociedad, que remunera justamente a sus trabajadores de los especuladores. “Empresarios sí, especuladores no”, es su consigna. También ha sido criticado por su visión acerca de una sociedad que gira en torno al consumo. Creo que está a la vista el desastre que significa convertir a los seres humanos en meros consumidores, que suelen ser considerados por lo que tienen más que por lo que son y también las brechas cada vez más escandalosas entre millones de pobres que no tienen acceso a tierra, trabajo y techo (las tres T del Papa) y aquellos que viven en la opulencia, que consumen más de lo que necesitan, que despilfarran la comida y son absolutamente indiferentes a lo que le pasa al vecino. El llamado urgente a la fraternidad, a la concordia mutua, a la justicia por parte de Francisco es clara y urgente, porque así no se puede continuar. Tan simple como eso.

Por último quisiera rescatar una dimensión del católico que a veces se olvida y es la alegría que se está llamado a experimentar cuando hay un encuentro vivo y verdadero con Jesucristo. El Papa nos advierte del peligro de andar “con cara de vinagre”. Ello claramente no es fruto del Espíritu que habita en nuestros corazones y nos impulsa a la misión. Hoy más que nunca la experiencia cristiana profesada y vivida se presenta como una luz en medio de la oscuridad que irradia, desde la belleza que significa ser un ser humano, a creyentes y no creyentes. La lectura de Evangelii gaudium nos anima en la tarea que llevamos todos en cuanto bautizados.

La sociedad ha cambiado, pero el Evangelio sigue siendo y seguirá siendo el mismo. El Papa nos anima a reconocer este cambio cultural y volver a pensar nuestros métodos de evangelización. Con un lenguaje sencillo pero lleno de profundidad el Papa nos invita a no confundir los medios con los fines y a poner la dignidad del ser humano al centro de todo anuncio y de toda acción a la que convoca Jesucristo, el único maestro y Señor de la historia.

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