Entre el 22 y 23 de septiembre el Papa visitó Marsella donde participó en la sesión conclusiva de los “Encuentros del Mediterráneo”, cuyo tema central fue el fenómeno migratorio. Se trata de la primera vez que un Obispo de Roma viaja a la ciudad después de cinco siglos.

Después de una semana de crecientes tensiones dentro de Europa en medio de un aumento en las llegadas de inmigrantes, con algunos países, incluida Francia, tomando medidas contra los solicitantes de asilo, el Papa Francisco en Marsella desafió la “propaganda alarmista” sobre la inmigración y abogó por una política unificada de recepción equitativa.

El tema de la visita del Papa fue “Mosaico de esperanza”, basándose en la imagen de un mosaico de diferentes religiones, etnias y culturas que componen la región mediterránea, así como en el deseo de encontrar soluciones a los diversos problemas que aquejan a la zona.

Marsella, la ciudad más grande del sur de Francia y una importante base comercial para el Mediterráneo, es conocida por su carácter multicultural, una dinámica que, según los organizadores, otorga a la ciudad un gran potencial para ayudar a unir a personas de diferentes culturas, idiomas y tradiciones.

Cada vez que ocurre un acontecimiento feliz o doloroso, todo marsellés, de cualquier religión, sube la colina para encomendarse a la Virgen María, la Virgen de la Guardia, a la que en esta ciudad del sur de Francia veneran como la "Buena Madre" (la Bonne Mère). Esto fue precisamente lo que hizo el Santo Padre apenas llegado a Marsella el viernes 22 de septiembre. Su primera actividad pública fue una oración mariana con el clero diocesano en este templo cuyo nombre representa un símbolo de esperanza y protección de los marineros, los pescadores y los marselleses, siendo uno de los edificios más emblemáticos. Situado al sur del Puerto Viejo, sobre un pico de piedra caliza de 162 metros de altura, la Basílica de Nuestra Señora de la Guardia engalanado para la ocasión con las banderas de países del Mediterráneo.

Al tomar la palabra, Francisco recordó a "los grandes" que fueron como peregrinos a esta misma basílica: Allí rezaba San Carlos de Foucauld cada vez que pasaba por Marsella, antes o después de sus numerosas travesías por el Mediterráneo. También la pequeña Teresa de Lisieux, en su peregrinación a la Ciudad Eterna, vino a contar a la Virgen su proyecto de pedir al Papa que la autorizara a entrar en el Carmelo pese a su corta edad. Y en este mismo lugar el joven abad polaco Karol Wojtyla, cuando era estudiante en Roma, venía a celebrar la Eucaristía justo antes de ir al presbiterio donde vivía Jacques Loew, este dominico que fue el primer sacerdote obrero de Francia, contratado como estibador en el puerto de Marsella.

Se refirió también a la exhortación a la confianza y a la alegría, contenida en el pasaje bíblico leído poco antes, que remite a la historia de la misma basílica, no edificada para recordar un milagro o una aparición mariana, sino porque desde el siglo XIII los fieles han buscado y encontrado en esta colina “la presencia del Señor a través de los ojos de su Santa Madre”.

A los sacerdotes y consagrados los exhortó a “hacer sentir a la gente la mirada de Jesús y, al mismo tiempo, llevar a Jesús la mirada de los hermanos. En el primer caso somos instrumentos de misericordia, en el segundo instrumentos de intercesión.”

En particular a los sacerdotes, Francisco recuerda la belleza de poder liberar del peso del pecado a tantos hombres y mujeres a través del don del perdón del Señor e iluminar la vida de las personas con los sacramentos y, con su presencia, transmitir la cercanía de Dios.

Tras la plegaria a la Madre del Cielo, Francisco se dirigió hacia el memorial de marinos y migrantes desaparecidos en el mar, frente al que dirigió un breve momento de recogimiento con líderes de diversas confesiones religiosas. Este monumento consiste en la cruz de Camarga, que simboliza la caridad por el corazón, la fe por la cruz, y la esperanza por el ancla.

Ante el Memorial, el Papa dirigió su pensamiento a los numerosos hermanos y hermanas “ahogados en el miedo, junto con las esperanzas que llevaban en el corazón”.

No nos acostumbremos a considerar los naufragios como noticias y a los muertos como cifras; no, son nombres y apellidos, son rostros e historias, son vidas truncadas y sueños destrozados. […] Frente a semejante drama no sirven las palabras, sino los hechos. Pero antes de todo, hace falta humanidad, hace falta silencio, llanto, compasión y oración.

Estamos ante una encrucijada, afirmó, fraternidad o indiferencia, encuentro o confrontación. No podemos resignarnos, dice, “a ver seres humanos tratados como mercancía de cambio”.

Discurso del Santo Padre en la sesión final de los “Encuentros del Mediterráneo”

Durante siete días, más de 120 representantes de Iglesias y jóvenes de las cinco orillas del Mediterráneo compartieron los actuales desafíos políticos, económicos y medioambientales de la región, pero también sus esperanzas para el futuro, con especial atención a la actual crisis migratoria. Durante la sesión final de los Encuentros, el Papa Francisco realizó un extenso discurso en el que se refirió a tres símbolos de la cosmopolita Marsella: el mar, el puerto y el faro.

Sobre el mar el Papa se refirió a la vocación del Mar Maditerráneo de ser “laboratorio de paz”. El Mediterráneo ha sido cuna de civilización y espacio de encuentro entre religiones, tradiciones de pensamiento, ciencias.

Porque ésta es su vocación, ser un lugar donde países y realidades diferentes se encuentren sobre la base de la común humanidad que todos compartimos, y no de ideologías contrapuestas. En efecto, el Mediterráneo no expresa un pensamiento uniforme e ideológico, sino un pensamiento polifacético y adherido a la realidad; un pensamiento vital, abierto y conciliador: un pensamiento comunitario, esta es la palabra. ¡Cuánta necesidad tenemos de él en la coyuntura actual, en la que nacionalismos anacrónicos y beligerantes quieren acabar con el sueño de la comunidad de naciones! Pero recordémoslo, con las armas se hace la guerra, no la paz, y con la ambición de poder se vuelve siempre al pasado, no se construye el futuro.

El mar, no obstante, está hoy contaminado por la precariedad, ante ello el Papa insistió en la urgencia de decir no a la ilegalidad y sí a la solidaridad, “elemento indispensable para purificar sus aguas”: “De hecho, el verdadero mal social no estriba tanto en el crecimiento de los problemas, sino en el declive de la atención”.

Con la segunda imagen, el puerto, el Papa le dedicó atención al grito sofocado de los hermanos inmigrantes y a la responsabilidad Europea de la acogida. El Santo Padre denunció el hecho de que varias otras ciudades mediterráneas hayan cerrado sus puertos alimentando los temores de la gente: “invasión” y “emergencia”. Pero quien arriesga su vida en el mar no invade, busca acogida, aclaró. Al respecto señaló el itinerario y el estilo que debe tener la acogida: Acoger, acompañar, promover e integrar: “Si no se logra llegar hasta el final, el inmigrante termina en la órbita de la sociedad”.

Refiriéndose a la “terrible lacra de la explotación de los seres humanos” indicó que  “la solución no es rechazar, sino garantizar, en la medida de las posibilidades de cada uno, un amplio número de entradas legales y regulares, sostenibles gracias a una acogida justa por parte del continente europeo, en el marco de la cooperación con los países de origen”. Reconoció además que “la integración es laboriosa, pero de amplias miras” ya que  “prepara el futuro, que, nos guste o no, será juntos o no lo será”.

A los cristianos los exhortó a testimoniar la predilección del Señor por los pobres y el Evangelio de la caridad y la fraternidad.

No estamos llamados a añorar los tiempos pasados ni a redefinir una relevancia eclesial, estamos llamados a dar testimonio: no a bordar el Evangelio con palabras, sino a darle carne; no a cuantificar la visibilidad, sino a gastarnos en gratuidad, creyendo que «la medida de Jesús es el amor sin medida».

Finalmente, sobre la tercera imagen, el faro, señaló a los jóvenes como “la luz que señala el rumbo futuro”, subrayando la importancia crucial de la formación universitaria como espacio propicio para la construcción de relaciones entre culturas y así ayudar a superar barreras y superar prejuicios.

Homilía del Santo Padre durante la Santa Misa votiva de la Bienaventurada Virgen María de la Guarda

Finalmente, la tarde del sábado el Santo Padre presidió la Santa Misa en el Estadio Velódromo de Marsella. En su homilía el Papa señaló que, “la experiencia de la fe genera sobre todo un salto ante la vida. Saltar significa ser ‘tocados por dentro’, tener un estremecimiento interior, sentir que algo se mueve en nuestro corazón. Es lo contrario de un corazón aburrido, frío, acomodado a una vida tranquila”.

A bordo del avión: “con la vida no se juega”

En el vuelo de regreso de Marsella a Roma el Papa dio una rueda de prensa donde se refirió al drama de la inmigración, a una controvertida ley sobre el final de la vida que el gobierno francés se dispone a aprobar y a la misión de paz del cardenal Zuppi.

Zenit ha preparado una transcripción de la rueda de prensa aquí

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