"No debemos dejar de pensar y hablar de la belleza, porque el corazón humano no solo necesita el pan, no solo necesita lo que garantiza su supervivencia inmediata: necesita también la cultura, lo que toca el alma, lo que acerca al ser humano a su profunda dignidad".

El pasado viernes el Papa dirigió un bello mensaje durante la inauguración de una Sala de Exposiciones de la Biblioteca Apostólica Vaticana. Compartimos una traducción del mismo realizada por Humanitas.


¡Queridos hermanos y hermanas!

Mi cordial saludo para todos ustedes. Agradezco al Cardenal Archivero y Bibliotecario por sus palabras. Saludo al Cardenal Farina que ha querido honrarnos con su presencia. Saludo al Prefecto, al Viceprefecto, a los miembros de la comunidad de trabajo de la Biblioteca Apostólica Vaticana y a todos los distinguidos invitados y amigos presentes.

En el Evangelio de Juan, el adjetivo kalòs (hermoso) se usa exclusivamente en referencia a Jesús y su misión. Es aquí, por ejemplo, donde aparece en los labios de Jesús el apelativo cristológico “Io sono il bel pastore” (10, 11), que solemos traducir como “Yo soy el buen pastor”. Es cierto, Jesús es el pastor bueno, pero también hermoso. En el Evangelio de Mateo, por su parte, Jesús habla de la belleza de sus discípulos: los desafía a brillar, a hacer visible la belleza de sus obras como una forma de alabanza a Dios: “Así brille vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas acciones y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (5:16).

La belleza no es la ilusión fugaz de una apariencia o un adorno: nace en cambio de la raíz del bien, la verdad y la justicia, que son sus sinónimos. No debemos dejar de pensar y hablar de la belleza, porque el corazón humano no solo necesita el pan, no solo necesita lo que garantiza su supervivencia inmediata: necesita también la cultura, lo que toca el alma, lo que acerca al ser humano a su profunda dignidad. Por ello la Iglesia debe dar testimonio de la importancia de la belleza y la cultura, dialogando con esa particular sed de infinito que define al ser humano.

También por estas razones, me complace inaugurar hoy la sala de exposiciones de la Biblioteca Vaticana, y mi deseo es que brille su luz. Ciertamente brilla a través de la ciencia, pero también a través de la belleza. Y agradezco a todos los que han trabajado tan duro para crear este espacio, hecho posible gracias a la generosidad de amigos y benefactores y la atención y el cuidado arquitectónico y científico de los profesionales.

Han querido que la muestra de apertura fuera una reflexión sobre la encíclica Fratelli Tutti. La han dispuesto como un diálogo construido entre obras que pertenecen a la Biblioteca y obras de un artista contemporáneo, a quien saludo y agradezco. Aprecio esta apuesta por crear un diálogo. La vida es el arte del encuentro. Las culturas se enferman cuando se vuelven autorreferenciales, cuando pierden la curiosidad y la apertura a los demás. Cuando excluyen en lugar de integrar. ¿Qué ventaja tenemos cuando nos convertimos en guardias fronterizos, en lugar de guardianes de nuestros hermanos? La pregunta que Dios nos repite es: "¿Dónde está tu hermano?" (Génesis 4: 9).

Queridos amigos, el mundo necesita nuevos mapas. En este cambio de época que ha acelerado la pandemia, la humanidad necesita nuevos mapas para descubrir el significado de la fraternidad, la amistad social y el bien común. La lógica de los bloques cerrados es estéril y está llena de malentendidos. Necesitamos una nueva belleza, que ya no es el reflejo habitual del poder de algunos, sino el valiente mosaico de la diversidad de todos. Que no sea el espejo de un antropocentrismo despótico, sino un nuevo cántico de las criaturas, donde se concretice efectivamente una ecología integral.

Desde el comienzo de mi pontificado, he llamado a la Iglesia a convertirse en una "Iglesia en salida" (cf. Exhortación apostólica Evangelii Gaudium, 20-24) y protagonista de la cultura del encuentro. Lo mismo ocurre con la Biblioteca. Tanto mejor sirve a la Iglesia si, además de custodiar el pasado, se atreve a ser frontera del presente y del futuro. Sé que son conscientes de esto: que nuestra responsabilidad es mantener viva la raíz, la memoria, siempre acercándonos a las flores y los a los frutos. Soñemos juntos con "nuevos mapas". Pienso en particular en la necesidad de pasar de lo analógico a lo digital, para traducir cada vez más nuestra herencia a nuevos idiomas. Es cierto que es un desafío histórico que debemos afrontar con sabiduría y valentía. Cuento con la Biblioteca Apostólica para traducir el depósito del cristianismo y la riqueza del humanismo a los idiomas de hoy y de mañana.

Les agradezco por este hermoso resultado de su trabajo y por el bien que hacen. Que mi Bendición los acompañe. Y por favor recen por mí. ¡Gracias!

[Al final del encuentro, el Papa Francisco se dirigió a los empleados de la Biblioteca Apostólica Vaticana con estas palabras:]

Muchas gracias por su trabajo, su testimonio: es un trabajo oculto pero que sostiene todo ... Nosotros, a veces, pensamos en el valor de las cosas o de las personas que vemos, pero hay muchísimas personas ocultas que sostienen la vida, la familia, el mundo, la sociedad, todo, la cultura… Gracias por este trabajo, gracias. Y le pido al Señor que los bendiga a ustedes y a sus familias. [Bendición] Y gracias, gracias de nuevo.

Biblioteca Apostólica Vaticana

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