Un acontecimiento fundamental fue la celebración de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe en Aparecida, Brasil, del 13 al 31 de Mayo de 2007, ante el reto de “mostrar la capacidad de la Iglesia para promover y formar discípulos y misioneros que respondan a la vocación recibida y comuniquen por doquier, por desborde de gratitud y alegría, el don del encuentro con Jesucristo” (DA 14). El Documento de Aparecida sigue vivo y actual quince años después y el matrimonio chileno que formó parte de la reunión recuerda su experiencia. Para ellos, “Aparecida fue vida fecunda que se irradia, algo mucho más significativo que ideas o propuestas bien formuladas”.

La vivencia de Aparecida 

Sin duda fuimos los primeros sorprendidos al recibir la carta del Papa Emérito Benedicto XVI que nos invitaba a formar parte de la V Conferencia del Episcopado Latinoamericano y el Caribe, representando al Movimiento Apostólico de Schöenstatt. De hecho, fuimos una excepción: único matrimonio y primera vez que invitaban a Movimientos eclesiales, fueron cinco y dos con sus respectivos fundadores.

En dos meses nos concentramos en la preparación y nos sorprendió constatar que el Papa Juan Pablo II fue el que abrió la puerta a que América Latina continuara con su modo de decidir y proponer propios. En todo el mundo el método empleado para discernir el plan de Dios en el tiempo es el Sínodo, solo aquí tenemos la modalidad de conferencias porque partimos antes del Concilio Vaticano II. Luego, la fecha y el lugar, Aparecida, fueron definidos por el Papa Benedicto. En perspectiva se revela que el desarrollo de la historia, conducida por el Espíritu Santo, vincula de una forma extraordinaria a este acontecimiento eclesial con la Iglesia universal: el presidente de la Comisión de Redacción del Documento de Aparecida, el cardenal Jorge Mario Bergoglio, es ahora nuestro Papa Francisco.

En perspectiva se revela que el desarrollo de la historia, conducida por el Espíritu Santo, vincula de una forma extraordinaria a este acontecimiento eclesial con la Iglesia universal.

La metodología de “proceso” que tuvo Aparecida ha sido un aporte que ha ido construyendo caminos en toda la Iglesia: se realizó una consulta amplia a las bases, incorporando los medios digitales; se tabularon todos los aportes y se sistematizaron en un documento preparatorio, que fue también material de trabajo para los asistentes. Al inicio de la Conferencia se decidió en el plenario elaborar un documento entre todos y votado por todos. Un desafío importante motivado por la experiencia de la última Conferencia y diferente a la forma de trabajo de los Sínodos, en los cuales el documento es elaborado con posterioridad en Roma por una comisión que sistematiza los aportes de los participantes.

Durante las tres semanas de trabajo todos pudimos participar, aportando cada uno en nuestras áreas de conocimiento a través de las respectivas comisiones de trabajo (familia, mujer, cultura, vida) y enviando “modos” al resto de los textos que se iban elaborando; exponiendo en el plenario lo trabajando con los pares, en nuestro caso con los movimientos; dialogando en los pasillos y las pausas creadoras. En paralelo había grupos representantes de diferentes corrientes eclesiales que hacían sus aportes a través de miembros de la conferencia que sintonizaban con ellas. Fue una experiencia de apertura ya que los medios digitales permitían transmitir el desarrollo de los temas y a la vez recibir aportes, comentarios y críticas en línea. El resultado fue que el documento final recibió una gran acogida, ya que de alguna manera recogió las corrientes de vida que circulaban en nuestro continente y pudo hacer una síntesis propositiva.

El documento final recibió una gran acogida, ya que de alguna manera recogió las corrientes de vida que circulaban en nuestro continente y pudo hacer una síntesis propositiva.

La vivencia cotidiana estuvo marcada por el lugar. Es difícil transmitir la atmósfera que irradia el Santuario de Aparecida por la presencia de María, pequeña envuelta en el sol de Cristo; la fe sencilla de los peregrinos mayoritariamente trabajadores, artesanos, que le pedían a los obispos que les bendijeran sus manos porque con ellas laboraban y le daban el sustento a su familia, de rostros transparentes de una fe probada en la vida, testimonios actuales de la historia del Santuario, de los aportes de María a las necesidades vitales del pueblo; la arquitectura y el arte de la basílica plasma la historia de la Antigua y la Nueva Alianza, los hitos de nuestra fe y los incultura en la historia y naturaleza de Brasil, en el marco del paraíso original y del agua que fluye, transforma y santifica todo. 

También el tiempo litúrgico fue determinante: fue en tiempo pascual próximo a Pentecostés, comenzó el 13 de mayo (fiesta de Nuestra Señora de Fátima), celebramos Pentecostés el 27 de mayo y finalizó el 31 de mayo (fiesta de la Visitación). Nada de esto fue accidental.

El acontecer cotidiano estuvo marcado por la vida humilde de los peregrinos habituales del Santuario. Estábamos distribuidos por orden alfabético de nuestros países en los hoteles sencillos vecinos al lugar: había un clavo para colgar el gancho de la ropa. Ninguna pieza estaba pensada para ser utilizada tres semanas por el mismo peregrino. Compartíamos una mesa larga tipo picnic para todas las comidas. La familia dueña del hotel era la que atendía y una noche nos invitaron a compartir las especialidades de su hogar, eran inmigrantes árabes. Estamos seguros de que estas vivencias personales, sencillas y cotidianas marcaron el desarrollo de la conferencia. 

El inicio de cada día con el desayuno compartido en esta mesa de campaña con obispos, expertos consagrados y laicos conformaba una atmósfera familiar. Luego peregrinábamos al Santuario a celebrar la Eucaristía diaria donde nos esperaba un viento frío que se colaba por los ventanales aún sin vitrales. Ninguno estaba preparado para soportarlo (fueron varios los que cayeron enfermos). La presencia de los peregrinos del lugar y los que acompañaban a través de la transmisión televisada de la misa (anticipo a la pandemia), generaban una experiencia de Iglesia viva, real y universal que aseguró el tener siempre el pulso de la situación concreta de las personas y la búsqueda de propuestas adecuadas. De aquí, de la mesa eucarística, pasábamos a la mesa de trabajo y si sumamos la oración del oficio a lo largo del día, se fue generando una identificación vital con el lema de la conferencia “en Cristo”, tanto así que la evolución que tuvo en el texto el “discípulo y misionero” a “discípulo-misionero” para terminar simplemente como “discípulo misionero” fue una manifestación de esta transformación interior de los participantes. Alguno mencionó que al parecer varios obispos se habían transformado en discípulos misioneros. Las palabras del Papa Benedicto en su discurso inaugural sobre la esencia de nuestra fe que parte del encuentro con la persona de Cristo, nos transforma en sus discípulos y esa plenitud genera la actitud misionera, dejaron sentado que es un encuentro el punto de partida.

Nos pareció importante comenzar con esta ambientación de la Conferencia para poder entender mejor lo que quisiéramos transmitir a continuación sobre la irradiación de Aparecida hasta ahora en nuestra Iglesia. Evidentemente es una visión de acuerdo con nuestra experiencia. Aparecida fue vida fecunda que se irradia, algo mucho más significativo que ideas o propuestas bien formuladas. Para nosotros el desarrollo de esta experiencia fue y sigue siendo un “acontecimiento de la Gracia”, un nuevo Pentecostés que es mucho más que un evento, una celebración o un seminario de eruditos.

Aparecida fue vida fecunda que se irradia, algo mucho más significativo que ideas o propuestas bien formuladas. Para nosotros el desarrollo de esta experiencia fue y sigue siendo un “acontecimiento de la Gracia”, un nuevo Pentecostés que es mucho más que un evento, una celebración o un seminario de eruditos.

Durante la Conferencia fuimos testigos de este proceso de volver a la fuente, al encuentro personal con el Señor y desde ahí tratar de proponer vida nueva a las diferentes realidades que componen nuestra Iglesia Latinoamérica, alma de la cultura de nuestros pueblos. El abanico que abarca va desde la renovación pastoral, la síntesis desafiante entre Iglesia diocesana y movimientos eclesiales junto a las nuevas comunidades, la centralidad de la familia fundada en el amor matrimonial y todas las realidades de vínculos personales que se dan en el entramado social, el cariño y cuidado de la vida en todas sus circunstancias, especialmente las situaciones más vulnerables relacionadas con su inicio, la pobreza y las amenazas al final de sus días. 

Un hecho muy significativo fue observar en forma palpable la acción del Espíritu Santo a partir de la Celebración de Pentecostés, cuatro días antes del fin de la Conferencia. Antes de la pausa de ese fin de semana había una serie de nudos muy complejos que a simple vista no se podía imaginar una solución. Sin embargo, desde el lunes en la mañana al jueves todo comenzó a converger y a respirarse una atmósfera de concordia que culminó con la aprobación del Documento de Aparecida con votaciones casi unánimes de la mayoría de los párrafos. Después hemos comprendido lo necesaria que fue esa conclusión para en Cristo dar vida a nuestros pueblos a pesar de todos los embates internos y externos que sobrevinieron en todos estos años.

Nuestra experiencia en el ámbito de la familia en la Iglesia y el Papa Francisco

A pocos meses de iniciado su pontificado el Papa Francisco nos sorprendió al anunciar en su viaje de regreso del Encuentro Mundial de Jóvenes en Río de Janeiro que el próximo Sínodo de Obispos programado para el 2015 sería sobre la familia. Mayor fue la sorpresa cuando llamó a un Sínodo Extraordinario el 2014: “Los desafíos pastorales sobre la familia en el contexto de la evangelización” para preparar el Sínodo Ordinario: “Vocación y Misión de la Familia en la Iglesia y en el mundo”. Para nosotros esto significaba generar un proceso extraordinario en toda la Iglesia sobre nuestra propia realidad: tomarle el pulso a la situación de la familia en el mundo y la Iglesia abriéndose a todas las realidad y propuestas que están presentes en nuestra cultura, el gran desafío del primero y luego volver a encender la misión a partir de la vocación. Una actualización de lo que ya había elaborado la Iglesia en el Sínodo de 1980 que dio origen a Familiaris Consortio.

La siguiente sorpresa fue que la metodología del Sínodo fue la de Aparecida; después supimos que para lograrlo, el Papa debió cambiar al equipo organizador de Roma. Comenzó con una consulta amplia a través de las estructuras eclesiales para llegar a todas las bases, tanto diocesanas como de las comunidades vivas en la Iglesia, abierta a quien quisiera aportar a través de los medios digitales. Se recogieron todos los aportes y una comisión elaboró un documento de trabajo a partir de ellas. Hubo un gran interés mediático, ya que muchos vieron la oportunidad de una apertura democrática en la Iglesia y así poder actualizar la moral sexual, el matrimonio igualitario, o la participación de los cónyuges en segundas nupcias en el sacramento de la eucaristía, por mencionar los tópicos que motivaban titulares. Fue una enorme y acuciosa misión que culminó con la elaboración de un documento de trabajo para el Sínodo difundido abiertamente, por lo tanto, disponible para cualquier persona. Este es un aporte de la experiencia de una forma más participativa del pueblo católico en el proceso, que en Aparecida dio frutos.

Aún había una sorpresa mayor: el 31 de mayo recibimos una llamada del Nuncio Apostólico para comunicarnos que el Papa Francisco nos invitaba como auditores al Sínodo Extraordinario. Ahora tendríamos el regalo de participar en un “acontecimiento” eclesial de carácter universal en el cual vimos la atmósfera de Aparecida presente: apertura a los medios tanto para recibir propuestas desde todos los grupos interesados, como para transparentar el desarrollo del proceso. También participaron a través de ponencias al plenario todos los obispos representantes de sus Conferencias o Dicasterios y al hacerlo tenían que hacer referencia a un párrafo del documento de trabajo. La segunda mitad fue una reedición del trabajo de comisiones de Aparecida para elaborar un texto sobre la temática, divididos en cinco idiomas. Con eso se escribió un documento final votado en el plenario, algo que también fue aplicación de la forma de trabajo de Aparecida, que quedó en manos del Papa Francisco.

Podríamos decir que fuimos testigos de un proceso que involucraba a toda la Iglesia a través de los presidentes de las respectivas Conferencias Episcopales, los Prefectos de cada Dicasterio, algunos Superiores de Ordenes Religiosas y representantes de otras Iglesias cristianas, junto a expertos y algunos auditores laicos que buscábamos los principales desafíos de la familia en la Iglesia y el mundo. Un desafío central planteado en el Documento de Aparecida.

Otra lección dada por el Papa Francisco en este Sínodo fue su presencia personal, cercana, cotidiana que recordaba esa atmósfera de Aparecida de encuentro familiar, espontáneo que mediante el gesto dice más que cualquier texto. Aprendimos que hay que tratar de leer el acto del Papa además de lo que dice o escribe. Fueron muchos detractores de Humanae Vitae que encontraban en este Sínodo la oportunidad para derogar su norma moral. Sin entrar en ninguna discusión al respecto, Paulo VI fue beatificado en la Misa dominical en la mitad del encuentro y el regalo para todos los asistentes fue su bibliografía. 

El tema que se definió para el Sínodo ordinario fue “Vocación y Misión de la Familia en la Iglesia y en el mundo” una puesta al centro del principal desafío pastoral de Aparecida. Al mes siguiente, respondiendo a otra de las polémicas sobre el matrimonio igualitario, se organizó un coloquio interreligioso en Roma sobre la “Complementariedad del Hombre y la Mujer”. Para el Sínodo Ordinario del 2015 se vuelve a aplicar la misma metodología de consulta amplia, documento de trabajo, elaboración de documento por los miembros del Sínodo. Culmina todo este proceso con la Exhortación Apostólica Amoris Laetitia en marzo del 2016.

En agosto del 2016 se crea el Dicasterio para Laicos, Familia y Vida que tiene el encargo de fortalecer todo lo que ayude a hacer vida lo que este proceso ha generado en la Iglesia, que tendrá un momento culminante en junio del 2022 durante el X Encuentro Mundial de las Familias en Roma. Tenemos esperanza de que este llegue a ser otro “Acontecimiento de la Gracia” que se replique en todas las diócesis y en cada familia católica que trate de construir en la vida cotidiana su Iglesia doméstica con las gracias de su sacramento.

Se podría intentar una descripción de cómo las otras propuestas de Aparecida en el ámbito de las personas, de la cultura, de la pastoral, de las estructuras eclesiales han ido tratando de dejar huella en la vida de nuestros pueblos…

Quisiéramos concluir con la convicción de que el Espíritu Santo asiste a nuestros Papas: en el caso de Aparecida tenemos la concurrencia de tres y creemos que lo que ahí aconteció y se plasmó en el Documento es la “hoja de ruta” del pontificado del Papa Francisco. Así como él siempre nos pide oraciones, quisiéramos dejar la invitación para que además nos animemos a contribuir con su misión tratando de hacer vida en Cristo alguna propuesta de Aparecida que nos llegue al corazón.

Así como él [Francisco] siempre nos pide oraciones, quisiéramos dejar la invitación para que además nos animemos a contribuir con su misión tratando de hacer vida en Cristo alguna propuesta de Aparecida que nos llegue al corazón.


* Luis Jensen A. y Pilar Escudero P. forman parte del Instituto de Familias de Schöenstatt, y son miembros del Dicasterio para los Laicos, la Familia y la Vida.

 

 

 

 

Últimas Publicaciones

El cardenal Mario Grech, Secretario General para el Sínodo de los Obispos, ha definido el proceso sinodal que atraviesa la Iglesia como un tiempo para hablar. El cardenal cita el Eclesiastés 3,7, donde se escribe que existe un tiempo para hablar y otro para callar, y señala que ambos tiempos se requieren mutuamente. “El discurso sin silencio se convierte fácilmente en palabras huecas. El silencio sin palabras puede conducir fácilmente a un estado de apatía e irresponsabilidad” [1] . Muchas veces la Iglesia ha caído en este desbalance, ha permanecido en silencio cuando ha debido hablar (especialmente cuando ha sido testigo de injusticias que clamaban al cielo) o, viceversa, ha hablado demasiado cuando convenía guardar silencio. En su homilía el cardenal Grech llama la atención, sin embargo, sobre los tiempos propicios para hablar y callar, no hacia afuera, sino dentro de la propia Iglesia. Demasiadas veces se ha escogido el camino de guardar silencio sobre aquello que sucede dentro de la Iglesia y se ha ensalzado la reserva y la prudencia como atributos institucionales que han ido modelando una cultura del silencio. En el Evangelio se recuerda el detalle del demonio que enmudece a su víctima y la fuerza a permanecer en silencio. “Cuando elegimos callar, en lugar de hablar, porque es más conveniente, estamos colaborando con este mal”. Aparte de los abusos sexuales, existe un manto de silencio mucho más ominoso que pesa sobre la vida de la Iglesia, dice el cardenal Grech: se trata de las divisiones entre los católicos, las diferencias entre los que fa-vorecen esta posición o la otra en materias delicadas, como el puesto que debe ocupar la mujer dentro y fuera de la Iglesia, el alcance del sacerdocio común de los bautizados, el celibato sacerdotal, la propia sinodalidad de la Iglesia y las atribuciones de la autoridad episcopal, sin contar otras materias controvertidas, como la anticoncepción, el divorcio o el reconocimiento del matrimonio homosexual. Son cuestiones que todos reconocemos presentes pero sobre las que preferimos guardar silencio. O, peor aún, optar por plantear estos temas en grupos más pequeños formados por personas que tienen una opinión común. En lugar de tener una discusión abierta y franca, terminamos en una Iglesia formada por pandillas. En lugar de dialogar, tenemos una cultura de nosotros contra ellos. La Iglesia debería hablar sobre estos temas, pero muchas veces opta por permanecer en silencio. El proceso sinodal es un tiempo para dialogar, dice el cardenal: “Es hora de dejar que los lados liberal y conservador de la Iglesia hablen, franca y abiertamente, y expongan sus preocupaciones”. Hablar no significa desconocer la autoridad ni la tradición, aunque el diálogo debe admitir que no todo está zanjado de una vez y para siempre y que todas las materias que dividen a los católicos son susceptibles de una debida consideración. Jean Luc Marion ha señalado que los católicos de hoy no están divididos por ninguna materia teológicamente decisiva como lo estuvieron en los primeros siglos con las controversias cristológicas que ponían en entredicho el corazón mismo de la fe, o siglos después con el cisma protestante que cuestionó severamente la realidad sacramental de la Iglesia. Nuestras controversias no tienen ningún potencial cismático y versan casi todas respecto de la relación de la Iglesia con el mundo y con el grado de adecuación a los cambios culturales que cruzan las sociedades modernas. No se trata de desmerecer la importancia de las divisiones que tenemos entre manos, pero tampoco de exagerarlas. Hablar no significa decir cualquier cosa, sino concurrir en una intelección común de la verdad, es hablar con otros que provienen de experiencias distintas y tienen otros puntos de vista, en procura de encontrar un entendimiento. Demasiadas veces se identifica la religión con el fanatismo y la intransigencia, es decir, la incapacidad de diálogo que se disfraza de convicciones e intransables por todos lados. Hablar significa abrir la puerta a quienes no saben nada, pero tienen la lámpara de la fe prendida. Ya no en su homilía, sino en su conferencia en el simposio de Oxford, el cardenal Grech mira las cosas desde el otro lado y define el proceso sinodal como una Iglesia que escucha. Para que alguien hable verdaderamente, debe haber otro que permanece en silencio y escucha. En el momento actual es la autoridad la que escucha el talante profético del “sensus fidei” para luego discernir y actuar. El dogma de la Inmaculada Concepción de María tiene la fama de ser el colmo de la autoridad pontifical, pero en realidad fue la coronación de un sentir popular que se había conformado y madurado durante siglos. El proceso sinodal depende casi enteramente de la capacidad de estimular la capacidad de que todos hablen, con ponderación y humildad, pero que se diga lo que muchos tienen que decir, con franqueza y sinceridad de corazón. Ojalá ninguna autoridad religiosa menosprecie lo que digan sus fieles bajo pretexto de que no saben o no están suficientemente enterados. Tampoco que diga que no le importan las encuestas, que detesta las redes sociales o que ya no ve televisión, que son también maneras de escuchar. La tarea de una autoridad, dice Grech, es discernir aquello que escucha, no dejar de hacerlo. Lo mismo debe suceder con los propios fieles, entre los cuales el deber de escucharse mutuamente debe prevalecer, así como evitar situarse al menos de un modo permanente en grupos o comunidades cerradas con experiencias parecidas y opiniones afines, y sobre todo dejar hablar a todo el mundo. San Benito exigía que sus monjes se reunieran periódicamente y exhortaba a que en la asamblea se dejara hablar a los jóvenes, a los novicios que tenían menos experiencia y pocos años en el monasterio y que a menudo eran desplazados por los ancianos. Tiempo para hablar, dice el cardenal Grech, tiempo también para escuchar lo que otros tienen que decir. Notas [1] Todas las citas corresponden a una traducción propia de la homilía en la misa de apertura de la conferencia sobre sinodalidad que se realizó en Champion Hall, Oxford, el 23 de marzo de 2022.
Ad portas de la presentación del texto oficial de la propuesta de Nueva Constitución, nuestro amigo y colaborador Nello Gargiulo propone una reflexión que tiene como punto de partida su experiencia de vida en Chile relacionada con un texto histórico del magisterio del Cardenal Raúl Silva Henríquez.
“¡Soy libre, estoy libre!” fueron las primeras palabras que escuchó la superiora de esta misionera colombiana después de un largo secuestro. Invitamos a conocer su testimonio y a unirnos este domingo 26 de junio, Día de Oración por la Iglesia Perseguida, en oración por todos los cristianos que sufren acoso, discriminación y violencia.
Revistas
Cuadernos
Reseñas
Suscripción
Palabra del Papa
Diario Financiero