Entrevista al joven humanista mexicano, Rodrigo Guerra, quien, invitado por el Papa, participó como consultor experto en el Sínodo extraordinario sobre la Familia.

Este joven humanista mexicano, Rodrigo Guerra, que no cumple aún los 50, es profesor en diversas universidades de su país y de otros, colaborador del Celam, miembro del Pontificio Consejo Justicia y Paz y de la Academia Pro Vita, en Roma. En Chile ha sido profesor visitante de la PUC y ha colaborado con el Centro UC para la Familia. Autor de libros sobre antropología, ética y filosofía social, estuvo recientemente en Santiago para cumplir diversos compromisos académicos y dictar un curso a lideres católicos sobre Doctrina Social de la Iglesia en el Papa Francisco. En el último tiempo su nombre ha estado particularmente en las redes sociales y son de destacar sus clarificadoras intervenciones en discusiones respecto de la exhortación Apostólica postsinodal Amoris laetitia. Invitado por el Papa, Guerra participó como consultor experto en el Sínodo extraordinario sobre la Familia. Humanitas conversó con él.

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- En su célebre discurso “Pro eligendo pontifice” (2005), Benedicto XVI hizo época con su advertencia respecto de una “dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo…”. El Papa Francisco, en su exhortación apostólica Evangelii gaudium y en la encíclica Laudato si’ habla de la predominancia hoy de un relativismo práctico, peor aún que el doctrinal. En buenas cuentas, el que quiere y puede, hace, sin reparar en razones… En este marco actual -expresado en términos muy genéricos-qué significado tiene “la ontología” y cuál el “ kerygma”.

- El Papa Juan Pablo II, el Papa Benedicto XVI y el Papa Francisco, cada uno tiene sus diferencias de personalidad y estilo, y sin embargo, hay varias líneas por donde se ve una profundísima continuidad y una de ellas es precisamente en que los tres han anunciado con gran fuerza la irreductibilidad de la persona de Jesucristo a cualquier planteamiento doctrinal o ético. ¿Qué quiere decir esto? Que la persona —no el concepto de persona, sino la real y empírica—, siempre es más grande que las teorías sobre la persona. Un buen manual de filosofía del hombre no agota la riqueza que se encuentra al interior de la vida de un hombre real.

Esto, que es muy sencillo de enunciar, tiene importancia capital para entender el método cristiano. El cristianismo no solamente es una propuesta de ciertas verdades, sino que es principalmente un método de seguimiento no de una idea, sino de una persona. Lo digo con las palabras del Papa Benedicto XVI: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o con el encuentro con una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento (ereignis en alemán) a partir del cual la vida adquiere una nueva orientación, una orientación decisiva” (Deus caritas est, n° 1). Esta afirmación de Benedicto XVI lo que coloca en el centro de la vida cristiana es, justamente, la proclamación alegre y gozosa de que Jesús es una persona viva que se hace encuentro, que está resucitado y que la resurrección significa que ha vencido mi pecado y mi muerte. Entonces, la esencia, el anuncio inicial —inicial no solamente en el tiempo, sino el anuncio base que sostiene todo otro anuncio al interior de la vida cristiana— no es una afirmación teológico-doctrinal de ningún tipo, sino que es el testimonio alegre y gozoso de que Jesucristo resucita y resucita en mi vida venciendo mi pecado. Dicho de otra manera el kerygma es la persona viva de Jesucristo.

Así las cosas hay una relación muy íntima entre doctrina y acontecimiento cristiano. La doctrina ha de expresar de la manera conceptualmente más exacta ese acontecimiento cristiano, pero ese acontecimiento cristiano siempre será más grande que la expresión conceptual más afortunada.

- A la luz de esa explicación, ¿cómo se sigue entendiendo la expresión tan querida de Benedicto XVI: “El Logos precede al Ethos”?

- La palabra Logos en Benedicto XVI —a la hora de mirar el primer renglón del Evangelio de San Juan— es principalmente explorada en su significación analógica. Y él se da cuenta de que Dios, al principio, aparece, en San Juan, como el Logos: “Y el Logos de Dios se hace carne y habita entre nosotros” (Jn. 1). La palabra Logos la explora sobre todo Ratzinger, y luego Benedicto XVI, entendiendo por ella racionalidad. Racionalidad de un ser personal que hace, de la adhesión a la verdad, un camino existencial, no una mera “adaequatio rei et intellectus”.
En otras palabras, para Benedicto XVI la verdad principalmente es acontecimiento, antes que adecuación. No significa que no sea adecuación, sino que significa que hay una primacía de la verdad personal que se revela en Cristo, por encima de la comprensión intelectual, más o menos afortunada, de una verdad en términos conceptuales.

- En su libro reciente, “Últimas conversaciones” del Papa Benedicto XVI con Peter Seewald, el Papa emérito se refiere de un modo muy hermoso, afectivo, al Papa Francisco. Relata ahí que, a la sorpresa de su elección, sigue una gran satisfacción, muy explicable también en el marco de la inmediata recepción que tiene en el pueblo romano. Es asimismo para él la constatación de una Iglesia que está viva, que en ella suceden siempre cosas inesperadas. Comenta por su parte que lo ve latinoamericano y europeo también por su ascendencia.
¿Qué significa la figura de este Papa argentino, de raíces italianas, para la Iglesia latinoamericana? Recuerdo que el cardenal Ezzati, cuando fue recién elegido Francisco, dijo, en una conferencia de prensa: “esto prueba cómo 500 años después la fe ha madurado en América, este continente puede dar a la Iglesia un Papa”.

- Sí, yo creo que el Papa Francisco, principalmente lo que significa, es que existe la providencia de Dios. Desde mi punto de vista es un don providencial que Dios le regale a la Iglesia este Papa para responder a los desafíos de nuestro tiempo. El Papa Francisco es un Papa para nuestro tiempo. ¿Qué significa esto? Que su particularísimo perfil humano y biográfico, como sacerdote, como argentino, como metido en ciertas coyunturas sociales, peculiarísimas en la historia argentina, como el peronismo, luego su formación jesuítica y luego su ministerio pastoral como obispo, todo va forjando un perfil que hoy, providencialmente, responde, de manera particularmente afortunada, al cambio de época en que vivimos.

- Aquí también se inserta, por ejemplo, su amistad con un pensador como Methol Ferré…

- También, como un ingrediente importante de su biografía, ¿no? Todo esto es muy afortunado. ¿Por qué? Porque le permite varias cosas, en su biografía y en su perfil.

Primero, tener una interpretación analítica y diferenciada de la modernidad. Es decir, para el Papa Francisco la modernidad no es un enemigo a vencer, sino que es un territorio a conquistar. Esto yo creo que lo aprende en buena medida, a nivel conceptual, de Methol. Y Methol lo aprendió de Augusto Del Noce que, a diferencia de Cornelio Fabro y Etienne Gilson, juzgan —particularmente Del Noce— que la modernidad no es un camino indefectible, más o menos determinista hacia la decadencia, hacia el inmanentismo, sino que hay múltiples vías.

Así Del Noce ve que no es la misma la vía que va de Descartes a Kant y de Kant a Hegel y de Hegel a Marx; que aquella otra que va de Descartes a Pascal, de Pascal a Malebranche, de Malebranche a Rosmini, de Rosmini a Max Scheler y de Max Scheler a Wojtyla. En otras palabras, hay distintas modernidades al interior de la gran modernidad. Unas tienen un perfil ilustrado o materialista y otras tienen un perfil espiritualista, de recuperación de un cierto neoagustinismo. Esto a mí me parece que también se aplica en buena medida a Ratzinger.

En el caso de Francisco es fundamental, porque se nota que él vive bajo la premisa de tener una simpatía elemental con todas las personas, con todas las posiciones, con todas las ideas. No porque todas las ideas estén igualmente avaladas o sean verdaderas, sino porque siempre logra detectar el puntode encuentro, la posibilidad de construir un puente, el lugar donde hay un factor de comunión. Yo creo que esto es muy providencial y afortunado.

Y segundo, ya desde el punto de vista cristiano, también su perfil biográfico e intelectual le ayuda mucho a re-proponer que la esencia del cristianismo, como decía Guardini, es Cristo. Y no un ideal de esencia.

- Esto que recuerda de Benedicto XVI aparece también en la biografía que Ratzinger hace de sí mismo, “Mi vida”. Después de la guerra, al retomar sus estudios, dice él que se siente en cierta dificultad ante la escolástica; no al tomismo, pero sí al lenguaje de la escolástica. Por su inquietud en conocer a los pensadores modernos y dialogar con ellos, justamente en la línea de esa modernidad como un territorio a conquistar.

- Así es. En el libro “Mi vida” de Joseph Ratzinger-Benedicto XVI, él lo dice taxativamente: “yo no me sentía a gusto con la fría escolástica”. No con Santo Tomás, sino con los manuales tomistas, escolásticos, que se estudiaban en las universidades romanas a mediados del siglo XX. Dice que él se sentía más cómodo con el personalismo. Particularmente en su interpretación teológica. Y pone de ejemplo, justamente, a Romano Guardini, precisamente como una manera de recuperar la reflexión teológica viva de la Iglesia, con carácter personalista y, por lo tanto, neo-agustiniano.

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El tiempo es superior al espacio

La conversación con nuestro entrevistado bordea algunas arduas polémicas que a través de las redes han cruzado los cinco continentes en los meses pasados. En ellas, el profesor Rodrigo Guerra ha tenido una destacada participación, clarificando y respondiendo oportunamente a objeciones provenientes de sectores eclesiales o académicos, que se han parapetado, frente al magisterio del Papa Francisco, en una trinchera calificada por los medios como “neo-conservadora”, estereotipo a lo mejor artificial e impreciso.

- Tengo la impresión de que algunas de las discusiones, en distintos temas, que se han suscitado al interior de la Iglesia en los últimos meses o años -más que problemas doctrinales, que pueden explicarse desde el punto de vista de corrientes filosóficas y teológicas- son controversias que se esclarecen mejor cuando entendemos que el Papa Francisco las afronta, aun las mismas discusiones doctrinales, desde un enfoque que privilegia la sabiduría y la experiencia de la Iglesia en materia de la Teología de Vida espiritual y de Teología Pastoral. Muchas de las enseñanzas doctrinales del Papa Francisco nacen más bien de una aproximación teológico-espiritual y pastoral que de una aproximación puramente teológico-moral.

Aun las afirmaciones en el ámbito teológico-moral que se puedan encontrar, por ejemplo, en un documento como Amoris laetitia están al interior de una matriz mayor, que es la del itinerario vital-existencial del alma hacia su encuentro, transformador, con Jesucristo.

Pongo un ejemplo para ilustrar esto. Un tema muy estudiado al interior de la Teología Moral es justamente el de la indisolubilidad del matrimonio, el de los divorciados vueltos a casar, el del acceso a la eucaristía. Y la teología moral nos ha enseñado principios muy fundamentales: qué condiciones hay que tener para poder acercarse a la eucaristía, es decir, estar en estado de Gracia, no cometer pecado mortal; cuáles son las características del pecado mortal: materia grave, pleno conocimiento, deliberado consentimiento, etc.

El Papa asume del todo esta enseñanza, pero al interior de algo que, principalmente, los grandes maestros de la vida espiritual descubren en su práctica pastoral y espiritual. Que es que la vida cristiana va teniendo etapas. Momentos de mayor alegría y consuelo, o momentos de aridez y purificación. Por decirlo de una manera esquemática: todas las moradas pares, en la explicación que da santa Teresa de Jesús, son muy áridas, son muy oscuras, son muy difíciles. Son momentos en donde el alma experimenta su verdad, es decir, su fragilidad constitutiva, su pecado. Todas las moradas “nones” (impares) son momentos, en el itinerario de la vida espiritual, donde hay consuelo, en donde hay una certeza de la compañía que Dios nos regala. Y el ir mirando que Dios va purificando poco a poco el alma través de momentos de consuelo y de oscuridad ha sido parte de la enseñanza de la Iglesia, de san Ignacio de Loyola, de santa Teresa, de san Juan de la Cruz, de la Madre Teresa de Calcuta y de tantos otros. Y hoy esa percepción la introduce el Papa en el mismo corazón de su exhortación Amoris laetitia, con el conocido principio de que el “tiempo es superior al espacio”. Que la vida cristiana es un proceso. Que hay que acompañar y discernir paso a paso. Y por eso es tan importante la expresión de Francisco sobre el “discernimiento dinámico” de la vida cristiana, aun en sus aspectos morales. Una misma persona en una situación compleja, en su vida propiamente conyugal, puede tener una valoración moral de un modo en un cierto momento, y de otro, en otro momento, dependiendo, por ejemplo, en la variación de las atenuantes, de los condicionamientos interiores o exteriores que pueda sufrir al enfrentar un cierto desafío.

El mismo tema de la “gradualidad pastoral” consiste en esto. La gradualidad pastoral, dice Francisco, “no es una gradualidad doctrinal, sino es la paciencia que ha de tener el pastor de almas con el ritmo y la velocidad con la que Dios obra al interior de la vida del penitente”. Y en algunos casos será más rápida, y en otros será más lenta. Y en algunos casos habrá más fragilidad y en otros menos. Y habrá retrocesos, y avances misteriosos, pero en todos los casos se requerirá un acompañamiento dinámico, un “discernimiento dinámico”, y un esfuerzo de integración dinámica, a la plenitud de vida en Cristo en comunión de vida con la Iglesia. Entonces tengo la impresión de que el Papa realmente no innova doctrinalmente, sino lo que hace es mostrar, principalmente, que el cristianismo requiere de un camino educativo, espiritual, al momento de tener que afirmar las verdades de siempre en el ámbito de la moral cristiana.

- El Papa ha acuñado un término, que es el de “rigidismo”, incluso antes de publicar la Amoris laetitia.
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- Rigidismo, rigorismo, fariseísmo y otros términos que ha usado Francisco tienen una rancia tradición al interior de la enseñanza de la Iglesia. Para no remontarnos a los Padres y demás, basta recordar el libro “Amor y Responsabilidad” de Karol Wojtyla, donde hace una fuerte crítica al rigorismo moral en materia de vida sexual. El segundo capítulo de “Amor y Responsabilidad” incluye, en efecto, una reflexión muy fuerte sobre que hay dos extremos que distorsionan la vida cristiana. Algunas personas, sin querer tal vez, creemos que entre más rígidos seamos, más a la segura vamos. Como diciendo: “si yo no sé muy bien por dónde hay que resolver una cuestión moral, pues opto por la solución mas rigorista como para no equivocarme”.

Ese problema lo afrontó la Iglesia hace muchos años, a la hora en que se meditaba sobre los llamados “sistemas de moralidad”, y tiene un nombre, se llama “tuciorismo”, que en su versión más extrema es rechazado por la Iglesia, en el Denzinger. Se impugna al que sostenga que cuando la conciencia está perpleja, dudosa, no sabe qué hacer, opta, de manera automática, por la aplicación a rajatabla de la norma, sin comprender la circunstancia en la que hay que aplicarla. Es decir, este rigorismo, está rigidez, de aplicación mecánica, no prudencial de la norma, es contraria a la doctrina de la Iglesia más clásica. De hecho lo sabemos quienes de repente nos acercamos al estudio, por ejemplo, de Tomás de Aquino, y vemos que por un lado la razón práctica descubre la norma moral. Pero también sabemos que existe en el proceso, digamos interior, de la persona, para juzgar su propia conducta, o la conducta de un tercero, no solamente la norma moral, sino también la prudencia, que es el auriga de las virtudes, que es como el cochero, que nos dice: “en este momento sé fuerte, en este momento sé templado, en este momento sé justo”. La prudencia va moderando el modo de proceder virtuosamente, que no siempre es el mismo, sino que, como diría el Papa Francisco, habrá que descubrir en cada caso cómo es que prudencialmente hay que proceder para vivir la norma universal. Por supuesto, que es realmente universal, pero que requiere de un discernimiento prudencial.

- Las discusiones actuales sobre Amoris laetitia pareciera que reviven ese episodio que se produjo cuando el Papa Benedicto XVI habló sobre el “preservativo” y la conciencia moral.

- El caso que yo recuerdo es el del libro “Luz del Mundo”, otra entrevista con Peter Seewald, en donde el Papa Benedicto dice: Habrá que mirar que una prostituta mujer que se coloca un condón femenino antes de tener una relación sexual con su cliente, lo hace justamente para prevenirlo del contagio de enfermedades de transmisión sexual, y esto es un indicador de que esta mujer tiene una incipiente toma de conciencia moral. Más o menos esto dice Benedicto.

Y entonces, muchas personas —por ejemplo, compañeros míos de la Academia Pro Vita— dijeron: “esto está mal, porque legitima —aparentemente— el uso de un preservativo en una relación altamente promiscua como puede ser el consumo de los servicios sexuales de una prostituta”. Mi modo de explicar esto, en algunas entrevistas de aquella época, fue el siguiente: cuando un grupo de ladrones planea un asalto, está sin duda planeando algo muy malo. Pero en una de esas, este grupo de asaltantes decide usar armas de juguete, para amedrentar a los encargados del banco. Esto no legitima ni avala el robo del banco, pero sí muestra que hay una incipiente toma de conciencia sobre la dignidad de la vida humana, que no debe ser lastimada. Esta reflexión que hago sobre los ladrones no es ninguna novedad al interior de la teología moral. Siempre se ha conocido que dentro de los pecados aun mortales… ¡hay grados!, y que puede haber conductas que, al interior de la comisión de un grave pecado mortal, puedan hacer de ese pecado un pecado menos grave por haber introducido un imperfecto e incipiente elemento de virtud. Que no transforma la especie moral del acto completo,que es el asalto al banco, pero que sí ayuda.

Me parece que esto sí tiene que ver con el Papa Francisco. Porque justamente es sabiduría pastoral —de pastor de almas— que se desarrolla cuando el sacerdote confiesa o cuando el director espiritual realmente es verdadero director espiritual y pastor de almas, y ve que hay procesos complejos al interior de la vida de la gente. Es la que aplica Benedicto XVI al resolver estas preguntas de Peter Seewald, y ahora Francisco, introduciéndola al momento de enfrentar los desafíos muy contemporáneos del matrimonio y la familia.

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Gnosis contemporáneas

A Rodrigo Guerra le interesa el tema de las formas de gnosis contemporáneas cuya presencia no es extraña en los ámbitos cristianos. Comenzamos por las teologías de la liberación, lo que le permite hacer algunas diferenciaciones.

- Las “teologías de la liberación” nunca fueron una sola. Para ser justos, de ellas hay que hablar en plural. El Padre Juan Carlos Scannone (cfr. Humanitas 82) realizó hace muchos años una tipología básica de cuatro grandes corrientes, que a su vez se subdividen en muchas otras. Y, justamente, una de estas corrientes era la de esa forma peculiar conocida como Teología del Pueblo, porque asume, ante todo, la actitud de ser una reflexión crítica sobre la praxis liberadora de la Iglesia al interior de los desafíos sociales; pero evita metodológicamente asimilar las categorías del socio análisis marxista, que sí se encuentran, por ejemplo, en otros autores, como Giulio Girardi, como Jon Sobrino, como el propio Leonardo Boff. Aquella reflexión, la primera, de los argentinos Lucio Gera, Tello, del propio Scannone, y en cierto aspecto de Bergoglio, nunca será ideológica, nunca será marxista; sí será crítica de los modelos burgueses de vivencia del Cristianismo, como de los modelos burgueses económico-políticos. Y eso hoy nutre parte del perfil personal del Papa, lo cual, evidentemente, está resultando un bellísimo don, porque nos ayuda a poder vivir, de una manera muy latinoamericana, las tesis esenciales del Concilio, sobre todo la idea de que la Iglesia es el Pueblo de Dios que camina en la historia.

- En esta misma línea, el Papa Francisco, antes incluso de ser Pontífice, ha advertido sobre la “gnosis” como una realidad que se hace hoy muy presente. Desde el New Age (esa moda de “gnosis spray”), a las formas más sofisticadas, que están cerca de esto que recién hablamos: las distorsiones que se pueden producir en una teología de la liberación; pero que, parece, también hoy se producen en la incomprensión que sectores de Iglesia manifiestan ante el magisterio del Papa. En la exhortación Evangelii gaudium Francisco habla incluso de una “fascinación gnóstica”.

- La esencia de la gnosis, tanto de Simón el Mago como de tantos grupos posteriores, ha sido el querer domesticar la experiencia cristiana desde el conocimiento. Querer adueñarse del Reino de los cielos por vía cognitiva. A través de un camino ascensional, en donde a mayor profundización cognitiva se va depurando la aristocracia espiritual que es digna de presentarse ante Dios.

Esta idea “ascensional” se verá luego repetida de otro modo, más bien voluntarista, en el Pelagianismo. Gnosis y Pelagianismo son distintos y, sin embargo, tienen ciertas estructuras comunes, sobre todo en eso del camino ascensional. De abajo hacia arriba. Del esfuerzo del hombre para alcanzar las alturas divinas. Y hoy, a la luz del magisterio de Benedicto y de Francisco, es muy claro a mi juicio ver que esa es una tentación recurrente; hasta el momento presente, en que se muestra bajo el rostro —digámoslo así— a veces de la “izquierda” y a veces también de formulaciones de “derecha”. A veces de un modo conservador, a veces liberal.

En el momento en el que no se reconocen desde la fe cosas sencillas como, por ejemplo, que Dios es Misericordia, que Cristo a pesar de su condición divina no hizo alarde de su categoría de Dios, sino que, al contrario, se anonadó y pasó por uno de tantos, y actuando como un hombre cualquiera nos redimió, curiosamente ambos, conservadores y liberales, se olvidan de ese proceso “descencional”. Proceso en donde Dios se “anonada” en la segunda persona encarnada de la Trinidad. Cuando se olvida esto, surge el problema del gnosticismo.

En todos los problemas doctrinales que surgieron en los años 60 y 70, y luego con las teologías de la liberación, sobre todo de inspiración marxista, esto fue muy evidente. Había un proceso de “domesticación” de la Palabra viva y de la experiencia viva del cristianismo. Desde un conjunto de metodologías de análisis socio-político se la trataba de domesticar, desmitificar, etc. “Jesucristo Liberador” de Leonardo Boff me parece, a este respecto, un ejemplo monumental de gnosticismo contemporáneo.

Pero hoy está sucediendo eso mismo, curiosamente, desde las posiciones conservadoras. En donde pareciera, metodológicamente, querer afirmarse como kerygma, más la Ley natural y sus exigencias objetivas, que la persona viva de Jesucristo, su Misericordia, su camino paciente y compasivo para la vida de toda la gente, no importando cuán herida esté.

Entrevista realizada por
JAIME ANTÚNEZ y PABLO MAILLET


Humanitas 2017, LXXXIV, págs. 26 - 39

 

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