Algunos elementos centrales de la nueva encíclica del Santo Padre Francisco, sobre la fraternidad y la amistad social.

Fratelli tutti es el nombre que lleva la tercera encíclica de Francisco, escrita en su octavo año como Papa y dedicada al tema de la fraternidad y la amistad social. Esta es, sin duda, un punto de confluencia de gran parte de su enseñanza y sus intervenciones. Desde que se asomó al balcón de San Pedro, la fraternidad ha aparecido como una pieza fundamental de su pontificado. Ahí definió la relación obispo-pueblo como un “camino de fraternidad”, expresando este deseo: “Recemos siempre por nosotros: el uno por el otro. Recemos por todo el mundo, para que haya una gran fraternidad”.

Así, esta nueva encíclica nos invita a emprender un camino de fraternidad, a ser un pueblo de hermanos, a reconciliarnos. La fraternidad es un mensaje con un componente social importante, pero sobre todo político: implica reconocernos también como ciudadanos iguales, como dignos de llamarnos hermanos.

Uno de los principales antecedentes de la encíclica se encuentra en el documento histórico sobre la fraternidad firmado en febrero de 2019 en Abu Dhabi entre Francisco y el Gran Imán de al-Azhar. En aquella ocasión, los dos líderes religiosos se reconocieron como hermanos y encontraron en la fraternidad la única alternativa para salir de las lógicas de confrontación que existen hoy.

El primer capítulo de la encíclica nos muestra las sombras de un mundo cerrado, las barreras para una verdadera fraternidad universal. Las lecciones aprendidas de las tragedias del siglo XX se han ido olvidando y, en cambio, aparecen nuevos conflictos, nuevos nacionalismos, nuevas agresividades. Hace un duro juicio sobre la política, que pareciera hoy más interesada por el marketing que por el bien común (n. 15). Este tipo de política que ha olvidado la lucha por la justicia, por la libertad y por la unidad, favorece la cultura del descarte (nn. 19-20), la no atención a los derechos fundamentales del hombre (n. 22) y la creación de barreras para la migración (n. 39). A su vez, llama la atención sobre los riesgos que nos plantea la comunicación digital: desarrollo de actitudes de intolerancia y promoción del espectáculo escenificado por movimientos de odio, prevalencia de la información por sobre la sabiduría. El Papa recuerda la inmensa riqueza que tiene el encuentro presencial con el otro, con rostro, sudor, perfume (n. 43), con apertura y tiempo para la escucha y la comprensión (n. 48). Sin embargo, “a pesar de estas sombras densas que no conviene ignorar”, señala el Papa, “en las próximas páginas quiero hacerme eco de tantos caminos de esperanza. Porque Dios sigue derramando en la humanidad semillas de bien” (n. 54).

El segundo capítulo está dedicado a la parábola del buen samaritano: Un extraño en el camino. Habla de una motivación para ampliar el corazón y de un llamado al amor fraterno. Es el buen samaritano modelo de amistad social. “Hoy, y cada vez más, hay heridos”, es la inclusión o exclusión de esos heridos lo que define los proyectos económicos, sociales, civiles, pero también personales. Y la pregunta que se nos plantea hoy es la misma que hizo Jesús al proponer la parábola: “¿Quién es mi prójimo?”.

El capítulo tercero, pensar y gestar un mundo abierto, es una invitación a ir “más allá”, más allá de nosotros mismos, de nuestras pequeñas comunidades, más allá de nuestras nacionalidades, rasgos físicos y morales. La amistad social y la fraternidad requieren de una apertura del amor, de una actitud hospitalaria, especialmente con el extraño. Esta apertura, sin embargo, no debe confundirse con un falso universalismo de aquellos que no aman a su pueblo y su cultura, o de quienes pretenden homogenizar, estandarizar y dominar. La verdadera fraternidad salvaguarda las diferencias y las valora. Al mismo tiempo, amar y buscar el bien de los demás, también implica procurar su maduración en distintos valores morales. Las sociedades requieren que los valores se transmitan, si no, se promueve el individualismo y la indiferencia. Por ello vuelve a destacar lo mencionado en Laudato si’: “ya hemos tenido mucho tiempo de degradación moral, burlándonos de la ética, de la bondad, de la fe, de la honestidad, y llegó la hora de advertir que esa alegre superficialidad nos ha servido de poco. Esa destrucción de todo fundamento de la vida social termina enfrentándonos unos con otros para preservar los propios intereses” (n. 113). En este capítulo el Papa vuelve a recordar los valores de la solidaridad y el destino universal, como criterios que se extienden también a las relaciones internacionales.

El cuarto capítulo habla de un corazón abierto al mundo entero, y plantea los retos que debemos asumir para que la fraternidad no sea solo una abstracción, sino que tome carne. En términos de migración vuelve a recordar los cuatro verbos que deben guiar nuestras acciones: acoger, proteger, promover e integrar. Y propone un enfoque local-universal que debe guiar las relaciones entre las distintas culturas, con un profundo enraizamiento y desarrollo cultural propio, que penetra hasta el fondo en su patria (nn. 143-145), y que con aquella identidad es capaz de abrirse a lo universal, dejándose interpelar por lo que sucede en otros países y dejándose enriquecer por las otras culturas (nn. 146-150).

El discurso prosigue con un capítulo dedicado a la mejor política, aquella que se pone al servicio del verdadero bien común. Aquí desarrolla algunas ideas sobre el populismo y el liberalismo. Lo populista lo contrapone a lo popular para así reivindicar la noción de pueblo, necesaria para la existencia de la democracia, y para que la sociedad no sea comprendida como una mera suma de individuos, sin un proyecto común. Afirma, a su vez, que “lo verdaderamente popular” es el trabajo, “es asegurar a todos la posibilidad de hacer brotar las semillas que Dios ha puesto en cada uno, sus capacidades, su iniciativa, sus fuerzas”. Respecto al liberalismo, el Papa ahonda en algunos de sus valores y límites, entre estos últimos su visión individualista que rechaza la categoría pueblo, los lazos comunitarios, y su visión economicista cerrada. La mejor política se expresa en el amor social, en la caridad, que es plena apertura al diálogo con todos. Propone un inaudito vínculo entre política y ternura que resulta efectivo porque la ternura es "amor que se hace cercano y concreto" (n. 194). En medio de la actividad política, el más débil debe provocar ternura y tener el “‘derecho’ de llenarnos el alma y el corazón" (ídem).

El sexto capítulo está dedicado al diálogo y amistad social: “Acercarse, expresarse, escucharse, mirarse, conocerse, tratar de comprenderse, buscar puntos de contacto, todo eso se resume en el verbo ‘dialogar’” (n. 198). "En una sociedad pluralista", escribe el Papa, "el diálogo es el camino más adecuado para llegar a reconocer aquello que debe ser siempre afirmado y respetado, y que está más allá del consenso circunstancial" (n. 211). Este es el momento del diálogo, el cual no consiste en un febril intercambio de opiniones, como sucede a menudo en las redes sociales, que se convierten en monólogos donde predomina la agresión; estilo que, lamentablemente, también predomina en el contexto político. El diálogo no significa relativismo, si lo que cuentan no son verdades objetivas o principios estables, sino la satisfacción de las propias aspiraciones y necesidades inmediatas, entonces las leyes se entenderán solo como imposiciones arbitrarias y obstáculos a evitar. Siempre es necesaria la búsqueda de los valores más altos (cf. nn. 206-210).

Caminos de reencuentro es el tema del séptimo capítulo, donde el Papa hace un llamado a sentar bases sólidas para el encuentro y a iniciar procesos de curación. El verdadero encuentro no huye al conflicto, sino que se da gracias al diálogo y al reconocimiento de los hechos.

El octavo capítulo es un llamado ecuménico, que destaca que las religiones están al servicio de la fraternidad en el mundo. Por ello, el Papa exhorta a las religiones a participar en el ámbito público, en la promoción del hombre y de la fraternidad.

De esta forma en Fratelli tutti el Papa nos invita a imitar a Francisco de Asís, quien “fue al encuentro del Sultán con la misma actitud que pedía a sus discípulos: que, sin negar su identidad, cuando fueran ‘entre sarracenos y otros infieles […] no promuevan disputas ni controversias, sino que estén sometidos a toda humana criatura por Dios’” (n. 3). Con este gesto el santo de Asís se convierte en modelo de fraternidad universal y amistad social.

 ▶ Ver aquí encíclica Fratelli tutti.

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