Prólogo de monseñor Fernando Chomali al libro “La crisis de la Iglesia en Chile. Mirar las heridas” (Ediciones UC, 2021)

Es de felicitar y agradecer el esfuerzo desplegado por un grupo de profesores de la Pontificia Universidad Católica de Chile, bajo el alero del profesor Eduardo Valenzuela Carvallo, por sacar adelante un libro acerca de la crisis de la Iglesia en Chile. Se trata de un libro que, sumado a otros libros que se han escrito en varias partes del mundo, puede darnos más elementos de juicio para comprender de mejor manera por qué y de qué manera el flagelo de los abusos se instaló al interior de la Iglesia. Agradezco que me hayan solicitado este artículo a modo de reflexión para incluirlo en el texto. Espero que hechos los diagnósticos nos pongamos todos en movimiento para que nunca más haya abusos al interior de la Iglesia. Quisiera además que este clamor y el actuar que le sigue, sea escuchado por todos aquellos sectores de la sociedad donde el abuso está presente.

El asunto tratado, que revierte la máxima gravedad, responde a que una de las características de nuestros tiempos es la creciente conciencia compartida de la dignidad del ser humano y el conocimiento de la gran cantidad de abusos cometidos hacia la persona, particularmente los relacionados a menores de edad en el ámbito de la sexualidad.

También en la esfera eclesial este mal está presente. Si bien es cierto que siempre los efectos de estos males y delitos son gravísimos, en el caso del daño causado por los ministros de la Iglesia que han abusado de niños, jóvenes y adultos es inconmensurable y reviste una especial gravedad.

El abuso sexual es ante todo un delito y de la máxima gravedad, que no puede quedar en la esfera de lo privado, como puede ser un pecado, sino que en la esfera de lo penal y, por lo tanto, tratado como tal. Ello exige un cambio de conciencia de toda la sociedad.

Las secuelas físicas, familiares, sociales, sicológicas y también espirituales, acompañan a las víctimas por años, sino por el resto de sus días. Con dolor he constatado que muchos sobrevivientes han perdido la fe y la esperanza. El daño infligido se extiende a sus familias, la comunidad eclesial, la sociedad entera y a los miles de ministros y agentes pastorales que de manera íntegra y abnegada realizan su labor eclesial movidos por un genuino y generoso amor a Dios y al prójimo.

En el caso del abuso por parte de clérigos y consagrados, se traiciona el bien esencial de la confianza al existir un claro aprovechamiento de la condición clerical, y un inexcusable abuso de la buena fe de quienes iban en busca de un encuentro con Dios en un lugar que, por su naturaleza, implica acogida, fraternidad y seguridad.

Estos hechos no admiten excusa alguna. Siempre y bajo toda circunstancia, deben ser rechazados y ejemplarmente castigados. Debemos decir con claridad y sin ambigüedades que en la Iglesia, el sacerdocio y la vida consagrada no hay espacio para quienes abusen. Este ha de ser siempre el principio rector al interior de la Iglesia, pero también de toda la sociedad.

Para lograr que no hayan más abusos al interior de la Iglesia se debe conocer en toda su extensión lo que ha pasado, analizar, con espíritu crítico, sus causas y las falencias que hubo en el ámbito de la prevención, así como las negligencias que cometieron los llamados a velar por la integridad de la vida ministerial, y, frente al delito, aquello que impidió una investigación adecuada y un castigo oportuno. Nadie duda que tras este doloroso proceso hay elementos antropológicos, sicológicos, sociológicos, teológicos, morales y pastorales que no fueron bien comprendidos, seriamente abordados y analizados y, obviamente, adecuadamente atendidos.

Es de mucho interés también conocer qué fue sucediendo a lo largo de la historia de quienes dijeron tener vocación para servir y dedicar su vida al servicio de otros en nombre de Dios y se comprometieron públicamente a vivir celibatariamente, en pobreza y obediencia, y al final o durante el transcurso de su vida ministerial no sólo no cumplieron lo prometido sino que también delinquieron y provocaron gravísimos males a inocentes, a la comunidad eclesial y a la sociedad en su conjunto.

Junto con seguir investigando la extensión de los abusos al interior de la Iglesia para, una vez conocida la verdad hacer justicia y reparar, también es menester seguir profundizando acerca de los procesos de selección, de los procesos formativos y del acompañamiento de los ministros por parte de sus superiores y de la comunidad.

Claramente se han ido mejorando los procesos de selección de los candidatos a los seminarios. Para ingresar no basta con querer ser sacerdote, también hay que poder serlo. Ello exige un verdadero discernimiento de la existencia de vocación, cualidades humanas y espirituales adecuadas, salud mental compatible con una vida célibe correctamente asumida, y el manejo de la autoridad comprendida como servicio y no como poder. Estas condiciones no se deben improvisar y exigen diagnósticos adecuados y constantes en el tiempo de la formación inicial y posteriormente, así como una apertura a la gracia divina de la llamada, de la cual muy frecuentemente nos olvidamos.

Ha quedado demostrado -por la experiencia vivida- que muchos de aquellos que ingresaron al Seminario o a alguna Congregación ya mostraban cierta tendencia a relacionarse de manera impropia con personas dependientes afectivamente, o con carencias de diversa índole, para luego pasar lisa y llanamente a abusar de ellos. Todo lo que se haga para evitar que pederastas ingresen para formarse como sacerdotes contribuirá a terminar con este flagelo y es una obligación de la Iglesia y de los Obispos adecuar todos los medios de los que se dispone para que no suceda. Este ejercicio humilde de reflexión y de revisión de los procesos de selección y formación es también un acto de reparación a las víctimas.

Es por ello que hemos tomado mayor conciencia de este mal y una nueva disposición para combatirlo. Se han establecido varias medidas que nos dan mayores garantías de que hechos repudiables como los abusos no se volverán a repetir. Cito algunas de ellas: a. renovadas normas y exigencias en los procesos de ingreso en los seminarios y lugares de formación; b. el adecuado y profundo tratamiento de estos temas durante la etapa formativa; c. el uso de las herramientas que nos brinda la sicología y la siquiatría para la detección de parafilias; d. normas actualizadas acerca de la conveniencia de continuar en el Seminario en los que cabe alguna duda respecto de su idoneidad; e. las recientes disposiciones penales, que prontamente entrarán a regir, con un tratamiento más adecuado de estos delitos.

Es menester reconocer que durante los procesos formativos también hubo deficiencias. En efecto, una formación demasiado logocéntrica y espiritualizada, y a veces, muy encerrada en sí misma, no permitió conocer las actitudes de los candidatos al sacerdocio en la vida real. Obviamente que a ello hay que sumar la poca transparencia y falta de honestidad de aquellos que teniendo esta tendencia no lo dijeron en su momento. Omitir tendencias que claramente son incompatibles con la vida sacerdotal es gravísimo. Esa máxima en la que creen algunos que “en el camino se arregla la carga”, en estos casos no resulta. Pareciera ser que dichas tendencias están muy arraigadas, que casi forman parte del ser de quien las posee, y que tarde o temprano afloran. Creo que una vocación sacerdotal cimentada en la poca transparencia de los candidatos sumado a la escasa experiencia de los formadores para detectar tendencias incompatibles con el sacerdocio y la deficiente compañía profesional en el ámbito psiquiátrico han llevado a este fenómeno, lamentablemente tan extendido en el mundo anglosajón y en Chile.

En relación al acompañamiento durante el ministerio, se ha podido percibir que los sacerdotes que han sido denunciados por abuso sexual, muchos, en grados distintos y formas diversas, solían tener una tendencia al aislamiento de la vida eclesial ordinaria, estar acompañados regularmente de niños y jóvenes, y presentar -en algunos casos- un carisma muy marcado y atrayente. Creo que hubo superficialidad en el tratamiento de este fenómeno por parte de la Iglesia, tanto de los pastores como de los laicos cercanos a ellos. Absolutamente ninguna obra social -por más extraordinaria que sea-, ningún carisma especial, -por ejemplo, para generar vocaciones al sacerdocio-, ninguna causa en nombre de la justicia y de los pobres, compensa el enorme daño que produce un abuso sexual. En eso hemos de tener claridad meridiana. Más aún cuando es justamente ese carisma -que se realizaba en nombre de Dios- el que era fuente de atracción de quienes los buscaban en la parroquia, el movimiento, el colegio, o en una obra social. El bien, por muy grande que sea, jamás puede ser fuente para justificar o hacer caso omiso del mal. Pienso que, como lo dijo el Papa Francisco, esta mentalidad elitista que rodea a algunos sacerdotes y la pastoral de elite -cerrada por naturaleza- pueden dar espacio a ambientes susceptibles de cometerse estos delitos.

En este contexto, La Conferencia Episcopal de Chile, ha desplegado un acucioso trabajo en la formación de nuestros agentes pastorales, desde las Líneas Guías Cuidado y esperanza del año 2015[1], para abordar adecuadamente estos asuntos, hasta documentos como el de las Buenas Prácticas para ambientes sanos y seguros en la Iglesia, del año 2018[2], así como el importante documento sobre la Integridad en el Servicio Eclesial (ISE)[3]. A ello se suma la creación, el año 2011, del Consejo Nacional de Prevención de Abusos y el 2018 del Departamento de Prevención, para abordar de manera más sistemática y profesional esta dolorosa temática.

Este esfuerzo desplegado, con la mirada puesta en lo que nos ha dicho el Santo Padre, Francisco, seguirá con el documento sobre reparación de los daños causados.

Pero siempre será insuficiente, necesitamos saber más de la sicología del ser humano y de sus complejos procesos síquicos para detectar a tiempo a estas personas que tanto daño han hecho a las víctimas, a nuestra Iglesia y a la sociedad. Necesitamos una mayor apertura a la gracia de Dios que actúa en nuestras vidas, valorar más el ser que el hacer y promover más la vida espiritual que la del mero actuar que puede ser fuente de hondos vacíos, que mal asumidos pueden terminar en abusos. Pareciera que un auténtico espíritu de oración, poniendo al centro a Jesucristo, no siempre estuvo en el corazón de quienes abusaron de otros.

Terminar con los abusos de toda índole es una tarea que todos debemos emprender y perseverar en ella, porque es de largo aliento en virtud de que vivimos en una sociedad donde el abuso -lamentablemente- forma parte de la cultura. Los datos entregados por la autoridad a nivel nacional en materia de abuso son alarmantes, ya sea al interior de las familias, los barrios, y comunidades cerradas por su naturaleza. Hemos de emprender una gran misión educativa de respeto a la dignidad del ser humano y a estar muy atentos a lo que acontece al interior de los espacios donde por su estructura puedan enquistarse estas personas que tanto daño hacen.

He tenido la oportunidad de conversar con varias personas abusadas por sacerdotes. Es muy difícil no emocionarse hasta las lágrimas, ni conmoverse. Debo reconocer que no tengo las capacidades que se requieren para acoger de manera adecuada tanto dolor, tanta ira, tanta rabia contenida -y con razón-. Si bien hay mujeres que han denunciado abuso de poder y de conciencia, en general la mayoría de los procesos que conozco se trata de abusos a niños y jóvenes. Sólo me cabe agradecer a quienes después de años de sufrimiento se atrevieron a contar situaciones dramáticas que les estropearon sus vidas. Un acto de valentía digno de destacar y valorar.

El contexto de los abusos suele ser similar. Se da en una lógica en que la autoridad religiosa tiene poder -abusivo por cierto- sobre la víctima. En muchos de los casos que he visto, el dinero o los bienes materiales están de por medio, así como el sentirse elegido -falsamente por supuesto-. Ha sido un aprendizaje doloroso pero necesario, porque nos quedó claro que en casos de denuncias siempre hay que actuar y de manera diligente. Aprovecho de agradecer públicamente la ayuda de un grupo de sacerdotes y laicos muy comprometidos y profesionalmente competentes para llevar adelante estos procesos. Tomar muy en serio cada denuncia es una forma concreta de decir que llegó la hora de un rotundo y radical nunca más.

Con todo, no pierdo la esperanza en un futuro más promisorio. El mal no puede vencer al bien porque Jesucristo dijo que estará con nosotros hasta el fin de los tiempos y que nada nos separará del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. Esta nueva primavera que el Pueblo de Dios espera con ansias y que esperamos los obispos promover con fuerza, se dará, pero no tanto en virtud de nuestras capacidades sino en virtud de la belleza del mensaje de Jesucristo, la extraordinaria labor pastoral, educativa y social de la Iglesia Católica que, ampliamente conocida y valorada, no puede detenerse y menos ser opacada por quienes, al final de cuentas, no creían en nada ni en nadie, sólo en sus demoníacas perversiones que malograron la vida de tantas personas inocentes.

+Fernando Chomali G.

Arzobispo de la Santísima Concepción

Vicepresidente de la Conferencia Episcopal de Chile

Septiembre 2021


 Notas

[1] Conferencia Episcopal de Chile; “Cuidado y Esperanza. Líneas guía de la Conferencia Episcopal de Chile para tratar los casos de abusos sexuales a menores de edad”. 2015.
[2] Consejo Nacional de Prevención de Abusos y Acompañamiento a Víctimas, Conferencia Episcopal de Chile; “Buenas Prácticas para ambientes sanos y seguros en la Iglesia”. Documento Ad experimentum 2018-2021. 2018.
[3] Conferencia Episcopal de Chile. “ISE. Integridad en el ervicio Eclesial. Orientaciones al Pueblo de Dios para el ejercicio del servicio en la Iglesia”.

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