Eugenio Yáñez R.
Ediciones Universidad San Sebastián
Santiago, 2020
171 págs.

Eugenio Yáñez –director del Instituto de Filosofía de la Universidad San Sebastián y del Magíster en Doctrina Social de la Iglesia de la misma Universidad– nos ofrece este estudio sobre el pensamiento económico del Papa Francisco. La pregunta del subtítulo nos inserta en la interrogante que guía su presentación: con sus palabras sobre la economía, ¿el actual Papa tiende puentes con los economistas, empresarios y defensores del capitalismo?, o más bien ¿levanta muros?

El libro consta de cuatro partes: la primera dedicada a introducir las vigas maestras del pontificado de Francisco, explicando su estilo, su ADN latinoamericano y su Teología del Pueblo. La segunda parte pretende contestar a la pregunta de si hay continuidad o ruptura en el pensamiento económico del Papa Francisco respecto de sus predecesores. La tercera parte busca responder a la hipótesis de si el Papa Francisco es anticapitalista. La cuarta y última parte plantea la interrogante de si el actual pontífice tiende puentes o levanta muros con el mundo de la economía.

El Dr. Yáñez introduce el pensamiento y el estilo del Papa Francisco haciendo referencia, entre otros temas, a la Teología del Pueblo. Las diferencias con la Teología de la Liberación, en sus versiones más extremas, son explicitadas en varias páginas de este libro. Por ejemplo, cuando explica el sentido de la opción preferencial por los pobres en el Magisterio de la Iglesia y lo compara con lo que han escrito algunos autores de la Teología de la Liberación (páginas 58-65). En el momento de interrogarse por el pensamiento económico del actual Santo Padre, explica que “Francisco se expresa como un pastor, no como economista o científico, preocupado por los pobres, los desempleados, los niños que trabajan en condiciones miserables, los ‘excluidos del sistema, etc.” (página 36). Por otra parte, nuestro autor explica por qué el Papa Francisco afirma que el sistema económico actual “crea una cultura del descarte”. En un completo apartado (páginas 75-95) el Dr. Yáñez desarrolla cada una de las críticas de Francisco al sistema económico actual: una visión sesgada del ser humano, poner al centro de la economía al dinero y no a la persona, falta de ética y de regulaciones a la economía, una desigualdad escandalosa producto de la concentración de la riqueza, críticas a la “teoría del chorreo”, al consumo exacerbado, a la idolatría del dinero, a los malos empresarios, al paradigma tecnocrático, y por último a la necesidad de un salario justo.

La pregunta sobre la continuidad o ruptura del pensamiento económico del Papa Francisco respecto de sus predecesores, sobre todo de los papas Juan Pablo II y de Benedicto XVI es relevante, pues para varios críticos del actual Pontífice habría una ruptura con el anterior Magisterio social. De manera muy documentada y analizando muchos tópicos, el autor de este libro defiende la tesis de que “nada nuevo hay bajo el sol” (¡nihil novum sub sole!), frase de la Sagrada Escritura que es aquí citada repetidamente para argumentar la continuidad entre el Papa Francisco y sus inmediatos predecesores los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI. La misma doctrina social de la Iglesia se autocomprende como continuidad y renovación en su mensaje. La renovación viene no solo de los nuevos contextos sociales, económicos y políticos de cada documento, sino además su novedad proviene del estilo y de la aproximación que entrega cada pontífice.

El Dr. Yáñez nos ofrece un interesante excursus sobre la economía social de mercado. Como experto en “el modelo alemán” y conocedor de sus grandes pensadores, el autor de este libro defiende la tesis de las coincidencias entre la doctrina social de la Iglesia y la economía social de mercado en aspectos tan relevantes como la concepción del ser humano, la libertad, la subsidiariedad, la solidaridad y la justicia social.

A la pregunta sobre si el Papa Francisco es anticapitalista, nuestro autor ofrece, en la tercera parte del libro, una serie de distinciones para comprender mejor los documentos del actual Pontífice –Evangelii gaudium y Laudato si’– y así responder negativa o afirmativamente, dependiendo de cuál capitalismo se está hablando. El autor responde de manera análoga a como lo hace el propio Juan Pablo II ante la pregunta por el capitalismo en su famosa respuesta que aparece en el número 42 de Centesimus annus.

En la cuarta parte del libro, el Dr. Yáñez responde a la provocativa pregunta de si las palabras del Papa Francisco –por ejemplo, que la actual economía mata– tienden puentes o levantan muros con los economistas, los empresarios o los líderes mundiales. Se esboza la respuesta de que el Papa tiende puentes, pero que estos son frágiles. Uno de estos puentes es el diálogo al que invita el Papa Francisco en distintos niveles, como por ejemplo el del encuentro de Asís llamado “Economía de Francisco”, al que fueron convocados economistas, emprendedores e investigadores menores de 35 años.

En muchos párrafos del libro su autor invita al lector a juzgar o a sacar sus propias conclusiones. Hay un esfuerzo muy loable de entregar argumentos para mostrar la continuidad de Francisco con Juan Pablo II y Benedicto XVI. A veces se ponen en un mismo nivel encíclicas o exhortaciones apostólicas con entrevistas que ha dado el Papa, lo que dificulta un análisis más crítico del pensamiento económico del Pastor universal versus sus opiniones acerca de la economía.

Cristián Hodge

Últimas Publicaciones

El cardenal Mario Grech, Secretario General para el Sínodo de los Obispos, ha definido el proceso sinodal que atraviesa la Iglesia como un tiempo para hablar. El cardenal cita el Eclesiastés 3,7, donde se escribe que existe un tiempo para hablar y otro para callar, y señala que ambos tiempos se requieren mutuamente. “El discurso sin silencio se convierte fácilmente en palabras huecas. El silencio sin palabras puede conducir fácilmente a un estado de apatía e irresponsabilidad” [1] . Muchas veces la Iglesia ha caído en este desbalance, ha permanecido en silencio cuando ha debido hablar (especialmente cuando ha sido testigo de injusticias que clamaban al cielo) o, viceversa, ha hablado demasiado cuando convenía guardar silencio. En su homilía el cardenal Grech llama la atención, sin embargo, sobre los tiempos propicios para hablar y callar, no hacia afuera, sino dentro de la propia Iglesia. Demasiadas veces se ha escogido el camino de guardar silencio sobre aquello que sucede dentro de la Iglesia y se ha ensalzado la reserva y la prudencia como atributos institucionales que han ido modelando una cultura del silencio. En el Evangelio se recuerda el detalle del demonio que enmudece a su víctima y la fuerza a permanecer en silencio. “Cuando elegimos callar, en lugar de hablar, porque es más conveniente, estamos colaborando con este mal”. Aparte de los abusos sexuales, existe un manto de silencio mucho más ominoso que pesa sobre la vida de la Iglesia, dice el cardenal Grech: se trata de las divisiones entre los católicos, las diferencias entre los que fa-vorecen esta posición o la otra en materias delicadas, como el puesto que debe ocupar la mujer dentro y fuera de la Iglesia, el alcance del sacerdocio común de los bautizados, el celibato sacerdotal, la propia sinodalidad de la Iglesia y las atribuciones de la autoridad episcopal, sin contar otras materias controvertidas, como la anticoncepción, el divorcio o el reconocimiento del matrimonio homosexual. Son cuestiones que todos reconocemos presentes pero sobre las que preferimos guardar silencio. O, peor aún, optar por plantear estos temas en grupos más pequeños formados por personas que tienen una opinión común. En lugar de tener una discusión abierta y franca, terminamos en una Iglesia formada por pandillas. En lugar de dialogar, tenemos una cultura de nosotros contra ellos. La Iglesia debería hablar sobre estos temas, pero muchas veces opta por permanecer en silencio. El proceso sinodal es un tiempo para dialogar, dice el cardenal: “Es hora de dejar que los lados liberal y conservador de la Iglesia hablen, franca y abiertamente, y expongan sus preocupaciones”. Hablar no significa desconocer la autoridad ni la tradición, aunque el diálogo debe admitir que no todo está zanjado de una vez y para siempre y que todas las materias que dividen a los católicos son susceptibles de una debida consideración. Jean Luc Marion ha señalado que los católicos de hoy no están divididos por ninguna materia teológicamente decisiva como lo estuvieron en los primeros siglos con las controversias cristológicas que ponían en entredicho el corazón mismo de la fe, o siglos después con el cisma protestante que cuestionó severamente la realidad sacramental de la Iglesia. Nuestras controversias no tienen ningún potencial cismático y versan casi todas respecto de la relación de la Iglesia con el mundo y con el grado de adecuación a los cambios culturales que cruzan las sociedades modernas. No se trata de desmerecer la importancia de las divisiones que tenemos entre manos, pero tampoco de exagerarlas. Hablar no significa decir cualquier cosa, sino concurrir en una intelección común de la verdad, es hablar con otros que provienen de experiencias distintas y tienen otros puntos de vista, en procura de encontrar un entendimiento. Demasiadas veces se identifica la religión con el fanatismo y la intransigencia, es decir, la incapacidad de diálogo que se disfraza de convicciones e intransables por todos lados. Hablar significa abrir la puerta a quienes no saben nada, pero tienen la lámpara de la fe prendida. Ya no en su homilía, sino en su conferencia en el simposio de Oxford, el cardenal Grech mira las cosas desde el otro lado y define el proceso sinodal como una Iglesia que escucha. Para que alguien hable verdaderamente, debe haber otro que permanece en silencio y escucha. En el momento actual es la autoridad la que escucha el talante profético del “sensus fidei” para luego discernir y actuar. El dogma de la Inmaculada Concepción de María tiene la fama de ser el colmo de la autoridad pontifical, pero en realidad fue la coronación de un sentir popular que se había conformado y madurado durante siglos. El proceso sinodal depende casi enteramente de la capacidad de estimular la capacidad de que todos hablen, con ponderación y humildad, pero que se diga lo que muchos tienen que decir, con franqueza y sinceridad de corazón. Ojalá ninguna autoridad religiosa menosprecie lo que digan sus fieles bajo pretexto de que no saben o no están suficientemente enterados. Tampoco que diga que no le importan las encuestas, que detesta las redes sociales o que ya no ve televisión, que son también maneras de escuchar. La tarea de una autoridad, dice Grech, es discernir aquello que escucha, no dejar de hacerlo. Lo mismo debe suceder con los propios fieles, entre los cuales el deber de escucharse mutuamente debe prevalecer, así como evitar situarse al menos de un modo permanente en grupos o comunidades cerradas con experiencias parecidas y opiniones afines, y sobre todo dejar hablar a todo el mundo. San Benito exigía que sus monjes se reunieran periódicamente y exhortaba a que en la asamblea se dejara hablar a los jóvenes, a los novicios que tenían menos experiencia y pocos años en el monasterio y que a menudo eran desplazados por los ancianos. Tiempo para hablar, dice el cardenal Grech, tiempo también para escuchar lo que otros tienen que decir. Notas [1] Todas las citas corresponden a una traducción propia de la homilía en la misa de apertura de la conferencia sobre sinodalidad que se realizó en Champion Hall, Oxford, el 23 de marzo de 2022.
Ad portas de la presentación del texto oficial de la propuesta de Nueva Constitución, nuestro amigo y colaborador Nello Gargiulo propone una reflexión que tiene como punto de partida su experiencia de vida en Chile relacionada con un texto histórico del magisterio del Cardenal Raúl Silva Henríquez.
“¡Soy libre, estoy libre!” fueron las primeras palabras que escuchó la superiora de esta misionera colombiana después de un largo secuestro. Invitamos a conocer su testimonio y a unirnos este domingo 26 de junio, Día de Oración por la Iglesia Perseguida, en oración por todos los cristianos que sufren acoso, discriminación y violencia.
Revistas
Cuadernos
Reseñas
Suscripción
Palabra del Papa
Diario Financiero