Alan Jacobs

1943: La crisis del humanismo cristiano 

IES

209 págs. 

Santiago, 2021.

Este libro –otro notable aporte del IES a la reflexión, el debate y las humanidades– tiene una tesis simple pero profundísima, que puede resumirse en dos preguntas complementarias: ¿por qué ocurrió el Holocausto? Y, dado que puede volver a ocurrir (es este un supuesto más que fundado y “probado” por Alan Jacobs y los autores que sigue), ¿qué habría que hacer para evitarlo? Naturalmente que estas preguntas, además respecto de la masacre del pueblo judío, se dieron también en el contexto del literal derrumbe de Occidente tras la Segunda Guerra Mundial, incluyéndolos, pero más allá de los desastres geopolíticos, económicos y culturales. Se trató, sobre todo, de un desastre moral. 

Alan Jacobs es profesor de humanidades en la Universidad de Baylor, Texas, Estados Unidos, y el libro fue publicado originalmente por la prestigiosa Oxford University Press, en 2018. Al modo de un ensayo muy suelto, pero con toda la contundencia y lucidez de un intelectual de nota, y que escribe muy bien, Jacobs va recorriendo las ideas de Simone Weil, T.S. Eliot, W.H. Auden, C. S. Lewis y Jacques Maritain en torno a la cuestión planteada. Sin que haya existido entre ellos necesariamente un programa o una agenda común, Jacobs va hilvanando sus respectivas ideas para concluir que el verdadero y único antídoto contra cualquier otro intento totalitario –de proporciones o no–, y por cierto genocida, es, justamente, el humanismo cristiano.

Este, que difiere mucho del humanismo liberal, apunta a la imperiosa necesidad de formación de los jóvenes en la cultura clásica, en el “humanismo” presente en toda la tradición Occidental, por una parte (digamos, desde Homero a Solzhenitsyn); y, por otra, a recuperar la educación cívica, entendida esta no como mera instrucción en el “derecho constitucional” o “administrativo” de cada país o incluso de “occidente”, sino de la educación del ciudadano en la polis: la ética del que vive en sociedad, del que es responsable de una comunidad que aspira al bien común de todos quienes la conforman, y compromete al menos su voluntad en ello.

La primera cuestión sigue muy de cerca la noción del “Tao” de C.S. Lewis en La abolición del hombre: es decir, que hay ciertos valores, o mejor, principios fundamentales, imperecederos, inalienables y, por ende, no negociables, que pueden trazarse y encontrarse presentes en toda la historia de nuestra cultura y aun de la de Oriente, y que se han visto reflejados no solo en la vida ordinaria de las sociedades, la filosofía, la sociología o la historia general de las ideas, sino, especialmente, en la literatura.

La segunda reinstala, por decirlo así, las viejas aunque siempre nuevas nociones de los grandes filósofos griegos, especialmente Platón y Aristóteles, sobre la virtud cívica, la cosa pública (res publica), el bien común individual y social, todo a un tiempo. En simple: que no solo estamos hechos para vivir en sociedad, sino que en ella nos hacemos mejores personas… salvados o exigidos, por cierto, algunos mínimos comunes que no es muy difícil enumerar: libertad, igualdad en dignidad y derechos, responsabilidad y solidaridad (principios todos estos que, en su conceptualización en el libro, advierto, están bastante lejos de los ideales de la Revolución Francesa).

Tremendamente ágil pese a lo espinuda de su materia, y tras un prefacio tan incendiario como breathtaking, el libro se divide en ocho capítulos precedidos por un literal y verdadero “dramatis personae” (los autores arriba nombrados y protagonistas principales, aunque no los únicos); un interludio cerca de la mitad de los mismos capítulos titulado sugerentemente “Otros peregrinos, otros caminos”; y un epílogo notable (titulado, a su vez, “Stunde Null”, es decir, “La hora cero”), que rescata el pensamiento y las ideas de Jacques Ellul, el gran “anarquista católico”, bastante desconocido entre nosotros, pero a quien habría que considerar muy seriamente quizá hoy más que nunca.

Otro aspecto interesante, entre muchos otros, es la enorme –por no decir gigantesca– preocupación que todos estos autores tuvieron por las máquinas, por un mundo dominado por las máquinas. Si bien a este respecto uno echa de menos alguna referencia a Heidegger, se entiende por el enfoque del libro y la identidad cristiana de los autores escogidos. Pero sí se nota la ausencia del pensamiento de J.R.R. Tolkien, tal vez uno de los más preclaros escritores del siglo XX, en prever las nefastas y siniestras consecuencias de un mundo dominado por la técnica (que partió demoníacamente en Auschwitz, sin duda (¿tal vez Isengard?), pero que hoy por hoy es “Our Social Dilemma”…).

Mención aparte merecen las brillantes ref lexiones de Simone Weil sobre la noción del “otro”, principalmente en la consideración que hace Jacobs de su magnífico ensayo “La Ilíada o el poema de la fuerza”.

La edición cuenta con un muy buen prólogo de Claudio Alvarado y Joaquín Castillo, ambos del Instituto de Estudios de la Sociedad (IES). Destaco, en fin, la traducción de Andrea Torres, en todo sentido impecable.

Braulio Fernández Biggs

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