Las encíclicas como signos de profecía. A principios de octubre el Papa Francisco escogió la ciudad de Asís para firmar su tercera encíclica: Hermanos Todos: sobre la Fraternidad y la Amistad Social.

Para empezar, nos alegra ver cómo es citado en el primer capítulo de este documento, “Las sombras de un mundo cerrado”, el cardenal Raúl Silva Henríquez (n. 11) con su homilía “La Iglesia y la Patria” del 18 de septiembre de 1974, en la mirada de cómo construir y mantener la liber- tad de los pueblos. En la encíclica Populorum progressio de 1968, también fue nombrado un obispo chileno: Mons. Manuel Larraín, obispo de Talca, por su experiencia de coraje e innovación en repartir tierras de latifundios he- redados por la Iglesia Católica a los mismos campesinos que las trabajaban en condiciones con rasgos un tanto feudales. De una situación de segundo plano, pasan a ser protagonistas, convirtiéndose en dueños de esas mismas tierras. Fue una experiencia pacífica y razonada: un verdadero anticipo del protagonismo de “los olvidados” que nace desde el corazón de una Iglesia profética y una sociedad que recoge energías para reducir los efectos de la postergación humana y social.

Estos, como tantos otros signos de vitalidad, son buenas premisas para abrir el camino de muchas revelaciones a partir de una lectura de la nueva encíclica desde su dimensión espiritual con sabor evangélico, hasta la aplicación de una auténtica amistad social en los caminos de la política.

La búsqueda de “un rostro humano de la política” para cumplir con su verdadero fin pasa por caminos “redentores” que se ponen en marcha con el ejercicio de las virtudes sociales (generosidad, visión, humildad, benevolencia, justicia, etc.) en las relaciones y las dinámicas propias de todo discurso y actuar político. La amistad social unida a la fraternidad es un camino que en este extenso documento asume perspectivas que son muy sugerentes e iluminadoras.

Por lo que sabemos, la encíclica se gestó desde antes del comienzo de la pandemia, y muy probablemente porque en la línea de este pontificado hay una coherencia con los temas abordados en sus dos encíclicas anteriores: Evangelii gaudium, que nos conecta más en la relación con el Padre Dios; Laudato si’, que nos invita a la sintonía con la creación, y la actual, Fratelli tutti, que nos abre horizontes para aprender a conectarnos entre nosotros como personas.

Fratelli tutti está muy lejos de proponer para el mundo una quimérica fórmula de igualdad. Al contrario, la expresión de san Francisco usada para dirigirse a los miles de frailes, sus seguidores, articula a lo largo de todo el documento la dimensión de la fraternidad con la de amistad social. Con esto hay un explícito reconocimiento de la diversidad. “Cada hombre es único e irrepetible” es una afirmación usada por san Juan Pablo II a partir del discurso de Navidad de 1978, y Francisco también da testimonio con su cercanía a los sectores sociales más humildes, especialmente en sus viajes por el mundo.

¿Cuál es el modelo de fraternidad del Papa Francisco?

Ahora, vale la pena preguntarse cuál es el modelo de fraternidad que el Papa Francisco propone. En el mundo y en la historia ha habido y hay diferentes tipos e interpretaciones sobre el tema. Al poner al Buen Samaritano como un paradigma bíblico, salta a la vista que el tipo de fraternidad que lo apasiona es el que se produce en el accidentado y peligroso camino que de Jericó llevaba hacia el valle de Jerusalén. Tanto  el sacerdote del templo judío como el levita (el encargado de los servicios en el templo) andaban apurados o tenían miedo de acercarse al judío herido y a ellos cercano cultural y políticamente. Les correspondía algún deber de detenerse y atenderlo, pero no fue así. Pasaron de largo, tal vez cruzando en la mente también alguna oración. Solo el Samaritano, con menos vínculos sociales y políticos, se para y mira al herido. Tiene compasión, supera probablemente el miedo de que pudiese ser una trampa, lo carga en su caballo y llega a una posada, y se preocupa de ver cómo seguirá su recuperación.

El acto de generosidad de haberlo recogido con muchas heridas no termina, porque haciendo uso de sus bienes involucra al encargado de la posada para seguir cuidándolo. El acto de solidaridad individual se amplía al hacer responsable al posadero, y se activa el sentido de comunidad. Si bien el acto solidario es gratuito, la curación no lo es. Hay que destacar que ese dinero que el Samaritano deja para completar los cuidados del publicano herido habla sobre la autoridad y la capacidad del dinero, y la generosidad del Samaritano para dar curso a la curación recompensando el trabajo del hombre de la posada: salva la vida al herido y enaltece su sentido de la vida cuando le dice “si gastas más, a mi regreso arreglamos”.

Fraternidad y amistad social

Sin duda que Francisco aquí manifiesta el rostro de su concepción de la fraternidad, y con eso mira justamente a quien está más lejano, afuera del círculo, en la vereda opuesta, y no sabe o no tiene cómo cruzar la calle. En esta visión se involucra la comunidad y el juego de la reciprocidad, y las palabras que san Francisco de Asís usaba, Fratres Omnes, hoy son la mirada que el Papa Francisco extiende a la humanidad entera, y hace coincidir la fraternidad con el ejerci- cio cotidiano de aprender a “pensar y actuar con el otro”, y no solo moverse en función de “para el otro”.

En esta perspectiva se abre a los jóvenes la mirada para soñar y colocarse al centro de la transformación de los rasgos individualistas de la sociedad en que viven, volcados hacia componentes de mayor integración y cohesión social, que las complejas comunidades nacionales e internacionales hoy requieren para asegurar las condiciones de la justicia y de la paz.

Los primeros efectos de la fraternidad franciscana

No está de más reflexionar cómo es que el carisma de san Francisco se concreta en una fraternidad llevada afuera de los conventos. Ya desde el siglo XIII moviliza iniciativas para luchar en contra de la usura: cofradías de época se organizaban para prestar dineros con altos intereses que destrozaban al final la vida de artesanos y sus familias. De este estilo y carisma franciscano nacen los primeros bancos de piedad (que prestaban con intereses bajos) como un acto de fraternidad hacia aquellos que eran víctimas de la usura.

Obras financieras, como eran ese tipo de primeros bancos, fueron el antídoto en aquel entonces para superar ese flagelo y generar las condiciones adecuadas para el desarrollo de las primeras experiencias de economía de libre mercado. San Bernardino de Siena, que fue un misionero y predicador franciscano muy apasionado por la economía y sostenedor del naciente mercado, ya en aquel entonces en sus Obras mencionaba: la fábrica como lugar de conocimientos técnicos y de eficiencia; responsabilidad en sacar las cuentas; el trabajo como compromiso para llevar adelante la fábrica. Sus apuntes de economía, homilías, discursos etc. se alimentaban con el sabor y la coherencia de pronunciar con sentido profundamente vivencial las palabras Fratres Omnes de su fundador Francisco.

Nuevos desafíos para la Doctrina Social de la Iglesia

La solidaridad y la fraternidad superan la etapa en que han sido formulados también como principios de la Doctrina Social de la Iglesia para guiar el abordaje de los problemas sociales hacia los cuales los pontífices de los últimos 150 años han estado muy atentos. El concepto de solidaridad requiere una revisión acorde con los cambios culturales, que vaya más allá de la buena disponibilidad de ir en ayuda de quien lo necesita. Sobre este principio, de alguna manera, se ha construido también un cierto tipo de colonialismo que, en definitiva, no ha llevado de una manera suficientemente digna la autonomía y el ser de los pueblos.

Ahora que nos abocamos a tener remedios y vacunas para el Covid-19, y dar seguridad a la existencia humana, nos afligen también como nunca tantos males “del alma y de las relaciones entre los pueblos”. Las culturas diferentes invocan con una única voz una vacuna para recuperar el camino de curación de este mal y de la economía misma. Es aquí donde el tema de la fraternidad en las agendas de los gobiernos, de las comunidades y de los organismos internacionales, asume relevancia justamente porque es tanto a nivel de relación entre generaciones como a nivel de países y organismos internacionales que las paradojas de los cambios tienen una mirada común. Intentos no fáciles, porque el primer obstáculo a superar son las culturas de los encierros y proteccionismos que dominan gran parte de los escenarios planetarios.

Debemos dejar de entender a la solidaridad y fraternidad como acciones solo de beneficencias, y que por lo general solo mueven a un sentimiento de conmoción o compasión para tender la mano a quien pide ayuda. Los alcances son más amplios, y se hace necesario experimentar nuevos caminos y criterios para actuar con aquella amistad social que Aristóteles ya consideraba superior a las que se establecen por utilidad o por placer, es decir, aquella amistad que conduce al bien común que es el fin de la política.

La buena política

Todo el quinto capítulo de la encíclica está dedicado a este punto. En esto no cabe duda de que la política y los políticos pueden darse por invitados de honor. El documento se complementa con Caritas in veritate promulgada en plena crisis financiera de 2008-2009 y, en ese caso, dirigida más direc- tamente a los empresarios. Aquí, con la crisis sanitaria, el medio ambiente también amenazado, y la economía que se ve más afectada por el Covid-19, se hace explícito que es el momento de la política, y de la buena política.

En este sentido, hay buenas razones para pensar que esta encíclica debe ser leída y meditada mucho bajo este prisma. Hay un elemento más que es necesario poner de relieve y que representa la continuidad de Bergoglio cuando era arzobispo de Buenos Aires, con su actual Pontificado, que asume en el año 2013 con el nombre de Francisco. Con su acento porteño, Bergoglio estimulaba a superar las dudas de los sectores que el ama llamar “periferias existenciales”. Cuando los pobladores que se sentían excluidos manifestaban su resignación a vivir en la postergación, Bergoglio los estimulaba preguntando: “Y vos qué hacés”. Esta experiencia de Bergoglio es el comienzo de una cultura del rescate de los sectores populares.

Francisco, en continuidad con su estilo y su ser precursor de aquella Teología del Pueblo, traslada a la encíclica este método, y a los postergados, los pobres, los trabajadores informales, los presenta como nuevos sujetos y actores no solo sociales, sino como actores políticos y no de partido.

El desafío es a rediseñar el rostro de un mundo que debe cambiar y volver hacia aquella sintonía a tres dimensiones: Dios con su paternidad universal; la Creación como casa común con las huellas del mismo Dios Creador; y el hombre sujeto de fraternidad y de reciprocidad al estilo propio de la dimensión Trinitaria, intérprete y actor del desarrollo humano integral.

Nello Gargiulo es secretario ejecutivo de la Fundación Cardenal Raúl Silva Henríquez y editor en Chile del periódico quincenal Presenza, entre otras tareas en la comunidad ítalo-chilena.

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