La última encíclica del Papa Francisco, reflexión hondamente personal y en la que abre su corazón de padre y pastor, puede ser leída en continuidad con la carta Laudato si’.

En aquel documento el Pontífice planteaba la obligación de cuidar “la casa común” y las exigencias que derivaban de ello. En Fratelli tutti se señala que para cuidar de esa “casa común” es necesario que los hombres nos constituyamos en un “nosotros”, que supere todo individualismo y nos haga conscientes de pertenecer a una misma comunidad humana.

Por la naturaleza del texto del Papa insiste en aquellos puntos que pueden ser asumidos por todos los hombres, incluidos los no cristianos y los agnósticos. Llama la atención que, así como en Laudato si’ reconoce la inspiración del Patriarca Bartolomé, ahora mencione el estímulo del Gran Imán Ahmad Al-Tayyeb. En este sentido parece importante leer esta encíclica en relación con el texto conjunto firmado en Abu Dabi en febrero de 2019: “Documento por la fraternidad humana, por la paz mundial y la convivencia común” (4 de febrero de 2019). Sin embargo, con frecuencia, señala cómo los cristianos no dejan de tener una mirada específica sobre el mundo y los hombres, y por ende, a pesar de la oposición recibida de algunos ambientes eclesiales, lejos de diluir la fe en una vaga filantropía, hace vivo el diálogo y presenta su mirada de pastor preocupado por la suerte de la humanidad como una profundización que permite descubrir en cada hermano abandonado al mismo Cristo en el dinamismo del encuentro y la voluntad de Dios en la búsqueda de la fraternidad universal.

En la propuesta del Papa, como ha mostrado en tantas otras ocasiones, es manifiesta la preocupación por los más débiles y por los que quedan exclui- dos. Si es urgente profundizar en los lazos de fraternidad entre todos, esto no puede hacerse de cualquier manera. Por ello el Papa apela a un “consenso” que debe hacerse desde la verdad. E invita a buscarla en el diálogo, que también es escucha atenta de las posiciones del otro, y que incluye el que ha de darse con las diferentes generaciones, culturas, pueblos y en el interior de cada comunidad humana.

Entre esas verdades Francisco recuerda particularmente: “Que todo ser humano posee una dignidad inalienable es una verdad que responde a la naturaleza humana más allá de cualquier cambio cultural” (n. 213). En efecto, en el trasfondo de toda la argumentación de la encíclica subyace la defensa de la dignidad inalienable de toda persona humana. Esta pertenece a cada hombre con independencia de la época o situación cultural en que se encuentre. La dignidad de la persona es plena cuando va unida a la pertenencia a un pueblo. Al mismo tiempo dicha dignidad no solo exige ser respetada, sino que cada persona descubre que está llamada a no enclaustrarse en sí misma, sino a trascenderse en el encuentro con otros. El hecho de que la vida la hayamos recibido cada uno gratuitamente orienta también a dar gratuitamente. El Papa hace referencia a los diferentes niveles de amistad, desde la que mantenemos con los más cercanos hasta la que puede darse en el ámbito de la política y en la solidaridad intergeneracional y entre los diferentes pueblos.

Con actitud de diálogo, pues, pero desde el corazón mismo del Evangelio, Francisco propone en esta encíclica la parábola del buen samaritano como “ícono iluminador, capaz de poner de manifiesto la opción de fondo que debemos tomar para reconstruir este mundo que nos duele” (n. 67). A la luz de esta parábola, y sobre el marco abierto por la actitud de san Francisco de Asís, el Pontífice realiza una lectura del drama del mundo contemporáneo y muestra una salida esperanzadora para reconstruir la comunidad humana.

La lectura de la encíclica muestra a modo de testimonio espiritual el corazón del Pontífice. De un modo más personal, si cabe, ahonda en aquellos aspectos centrales en su pontificado y señala con firmeza y con actitud paterna el “lugar” esencial desde el que se debe proceder para hacer posible un mundo en el que no haya exclusión y todos tengan lugar.

Para leer la encíclica puede ser interesante considerar ciertas “claves teológicas” que se reiteran en el pensamiento de Francisco.

En primer lugar, la clave trinitaria, el misterio de Dios, comunión de personas. El misterio trinitario ilumina el sentido de la vida familiar y social, enraizada en la posibilidad del don. La vida trinitaria es relación de personas, infinitamente abierta e infinitamente comunicativa, y por eso el mundo es también un lugar donde todo está en relación y vinculado por el nexo del amor. La comunidad humana debe consiguientemente ser un mundo abierto, que integre a todos los hombres sin exclusión. A la luz de la vida divina, como comunión de personas, se puede entender que Dios, al crear al género humano, quería que formaran un solo pueblo.

La herida del pecado hace que la humanidad quede dividida y no forma ya un solo pueblo. Pero la herida del pecado genera también e inseparablemente muchas miserias y modos de exclusión. Por eso, en segundo lugar, hay que considerar la clave cristológica en el pontificado de Francisco. El Pontífice ha recordado en numerosas ocasiones la centralidad del kerigma que anuncia el amor de Dios por nosotros, el abajamiento y la humillación de Dios para hacerse cargo de toda miseria humana y restablecer la dignidad de cada persona. El anuncio de la ternura de Dios, la necesidad de tocar la carne de Cristo en todo el que sufre y de salir a las periferias existenciales y “mancharse” por amor al hombre responden a la lógica de la encarnación redentora. Jesucristo, al recuperar la dignidad de cada uno asumiendo pacientemente nuestras debilidades, hace posible también la reconstrucción de la comunidad humana.

En tercer lugar, podríamos señalar la clave eclesiológica, la primacía del pueblo de Dios. Para Francisco, lo fundamental es lo común y no lo particular, el pueblo fiel y no la jerarquía, el sentido de fe del pueblo cristiano y no una doctrina pura pero desarraigada. En Francisco es fundamental la piedad popular, el sentido de pertenencia a un pueblo con su memoria histórica, la presencia de la sabiduría en el conjunto del pueblo más allá de las élites intelectuales o dominantes. La vida de un pueblo, su cohesión y su íntima pertenencia prevalecen sobre los intentos de dominación por poderes tecnocráticos o económicos.

A la luz de estas claves el modelo del buen samaritano nos ayuda a descubrir al prójimo, quizás mejor, a hacernos prójimos. La encíclica del Pontífice presenta como perenne novedad para la construcción de la comunidad humana asumir la fragilidad de los demás. Sin una lógica de misericordia que se abaja  para rehabilitar al caído, el bien no puede ser común, porque alguien quedará excluido. Quien ejerce la misericordia es así también necesitado, pues solo en el bien común se logra el pleno desarrollo de nuestra humanidad.

La parábola del buen samaritano da la clave para abrirse universalmente a todos los hombres, sin particularismos ni pertenencias excluyentes. Pero la parábola del buen samaritano señala también el verdadero arraigo y amor a la memoria del propio pueblo, el amor a la patria. El amor que integra se hace universal conservando su propia identidad. El olvido de la persona sufriente genera dinamismos universalistas regidos por el poder económico que buscan proteger intereses de grupos poderosos. De ahí que al restablecer la cohesión social haciéndose cargo del pobre e indigente en su singularidad, sin pasar de largo o despreocuparse de sus problemas y necesidades, funda la posibilidad de una paz con todos. Por eso el Pontífice alerta sobre políticas o modelos económicos que justifican accio- nes que dejan abandonado al hombre herido. De ahí también el llamado a que el cristiano, con la mirada del buen samaritano, participe en la vida política para posibilitar el bien de la comunidad humana.

Francisco de Asís recibe el encargo de reconstruir la Iglesia. El Papa Francisco nos recuerda cómo la Iglesia continúa la misión de Cristo, que “no ha venido a ser servido, sino a servir”. La Iglesia se regenera mirando a Cristo y practicando la misericordia. Al practicar la misericordia, la Iglesia lucha por la dignidad de todo hombre y de este modo presenta su contribución peculiar para la edificación de la comunidad humana. En este servicio la Iglesia, aunque respeta la legítima autonomía de la política, no puede quedar al margen de la construcción de un mundo mejor. Como nos había recordado en la encíclica Lumen fidei, la luz de la fe ilumina la ciudad de los hombres.

La mirada de la fe está en el corazón de la encíclica. La fe en Jesucristo, Hijo eterno del Padre, nos conduce a Dios y al orden de la creación. Dios estableció desde el principio la unidad del género humano y la fraternidad universal forma parte de la voluntad creadora de Dios. La redención obrada por Cristo, que viene a restablecer lo que se perdió por el pecado, obliga a los cristianos a ser artesanos de la paz, a trabajar duramente para buscar la unidad superando divisiones, pero sin homogeneizar o perder la identidad. La búsqueda de la fraternidad universal no es la disolución de la caridad en una vana filantropía, ni relegar la fe al ámbito común de las diversas religiones. Por el contrario, es afirmar la identidad cristiana según la voluntad de Cristo, Buen Samaritano, quien vino a hacerse cercano a todos para salvar a todos. Francisco señala de esta manera la necesidad del diálogo con las religiones, de la contribución específica de las mismas para salvar la trascendencia de Dios en el seno de la sociedad, sin la que es imposible la salvaguarda de los auténticos derechos del hombre y de la verdadera fraternidad.

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