Esta encíclica es una suerte de “testamento espiritual” del Papa Francisco, como la ha llamado Rafael Navarro Valls, puesto que recoge, según el propio Papa, 

las cuestiones relacionadas con la fraternidad y la amistad social que han estado siempre entre mis preocupaciones. Durante los últimos años me he referido a ellas reiteradas veces y en diversos lugares. Quise recoger en esta encíclica muchas de esas intervenciones situándolas en un contexto más amplio de reflexión. (n. 5)

¿Cuál es este contexto más amplio de reflexión? No solo habría que mencionar ciertamente la irrupción de la pandemia del Covid-19 que ha dejado a muchos difuntos y tiene encerradas a varias personas en los hospitales y en sus casas, sino también sus encuentros interreligiosos frecuentes con los cristianos ortodoxos, los judíos y musulmanes, sus alocuciones a los gobiernos y a las Naciones Unidas, sus visitas pastorales a distintas iglesias y sus prédicas cotidianas en Santa Marta. Pero sobre todo y muy especialmente destaca su devoción a la figura del santo de Asís, a quien venera como padre:

Él no hacía la guerra dialéctica imponiendo doctrinas, sino que comunicaba el amor de Dios... De ese modo fue un padre fecundo que despertó el sueño de una sociedad fraterna porque ‘solo el hombre que acepta acercarse a otros seres en su movimiento propio, no para retenerlos en el suyo, sino para ayudarles a ser más ellos mismos, se hace realmente padre’. (n. 4)

Me parece muy importante destacar esta alusión paternal de su discurso y de su actitud vital, puesto que muchas veces, cuando el Magisterio examina temas sociales, se le reprocha con buena o mala voluntad abandonar su enfoque religioso para concentrarse exclusivamente en el profano. Pero como plantearon también sus predecesores en el pontificado, no se puede hablar de la creación sin hablar de Dios y de aquella huella profunda que dejó en su obra. Con cuánta mayor razón vale lo mismo para el ser humano hecho a su imagen y semejanza y llamado a un diálogo amoroso y fecundo con su Creador. Pero, además, como señala el Papa en la cita antes expuesta, el carácter paternal de Dios no se manifiesta de una vez y para siempre, sino que, conforme al dinamismo vital de su propia criatura, se manifiesta paso a paso según la madurez de la conciencia y de  la libertad que ella logre desarrollar mostrando su carácter filial en cada circunstancia. El dinamismo humano no es separable, en consecuencia, del dinamismo paternal de Dios mismo.

Este planteamiento permite comprender mejor no solo la antropología, sino además el carácter evolutivo de la sociedad o, como preferimos hablar los sociólogos, la dimensión siempre “procesual” de los hechos sociales. Así como Dios se manifiesta paternal y creativamente en la vida humana de forma progresiva, así también la sociedad estructura el fenómeno humano con un dinamismo temporal en constante movimiento y adecuación a las circunstancias históricas cambiantes. Cuando hablamos de “globalización”, por ejemplo, no nos referimos a un fenómeno estructurado de manera fija e invariante, sino a un proceso que ha tardado varios siglos en madurar y manifestarse y que queda abierto también hacia el futuro. Por ello, el principal error conceptual de lo social en que puede incurrir la inteligencia es dejarse llevar por “las sombras de un mundo cerrado”, como titula el Papa el primer capítulo de su encíclica y que aquí comentamos. Se trata de un encierro ideológico, normativo, pedagógico, comunicacional y existencial que es también un encierro temporal que oscurece el misterio vivo de Dios, reduciéndolo a uno de los tantos ídolos que proliferan en el foro.

¿Cuáles son –según el Papa– las sombras principales de este encierro? Bajo el manto genérico de la globalización identifica dos dinamismos, a la vez antagónicos y convergentes: la dinámica del mercado y la dinámica del populismo. Aunque nacidos en esferas distintas, ambos han logrado converger en una sola gran dinámica que mueve al mundo contemporáneo. Por una parte, la dinámica del mercado se ha autonomizado cada vez más por medio de la estabilidad de los mecanismos financieros, regulando crecientemente las expectativas sociales, con independencia de los derechos particulares y colectivos reconocidos a los actores económicos. Por la otra, se ha agudizado la  dinámica de las peticiones de la población a los organismos públicos y privados respecto de sus niveles de vida, de la seguridad social de los jubilados y de los adultos mayores, de la estabilidad en el empleo y la protección de los desocupados, como también de la seguridad ciudadana frente a la delincuencia (particularmente del narcotráfico), generando todo ello tendencias populistas, muy violentas en ocasiones, que lejos de proteger los derechos personales los utilizan para propósitos coyunturales alejados del bienestar de las personas. Ambos dinamismos tienden a contradecirse entre sí, aun cuando en  ocasiones también converjan  y se apoyen recíprocamente en el uso de la violencia. La contradicción entre ambos dinamismos representa en el presente, según el Pontífice, una de las más grandes tensiones sociales, más allá del debate ideológico y geoestratégico de los poderes mundiales.

Aunque la encíclica se ha concentrado solo en dos de los mecanismos que estima más relevantes para el bienestar humano en la actualidad, podría decirse que mecanismos análogos atraviesan la gobernabilidad del orden social en su conjunto, como ocurre con la reproducción, la ciencia, la salud, la educación, los medios de comunicación y tantos otros subsistemas sociales que se han ido formando con la evolución de la sociedad. Los sociólogos solemos referirnos al conjunto de ellos como al surgimiento de una sociedad “funcionalmente” diferenciada, en que las personas cuentan según la función que cumplen en un determinado subsistema y sin consideración de las funciones que relevantemente cumplen en otros. La desagregación resultante vale para la sociedad como un todo, pero más importante aún para la integridad de cada persona, la que encuentra solo con dificultad un lugar para reconstruirse en su unidad y en su verdad. En ningún sistema funcional la persona se refleja como “ella misma” y donde aún parecía posible, como en la familia y entre amigos, se ve igualmente sometida a las tensiones propias del orden funcional.

A esta desagregación funcional el Papa la llama, siguiendo la  terminología en  boga, “deconstruccionismo” (n. 13), señalando que da origen a una verdadera cultura del descarte, puesto que abandona o descarta a las personas corrientes, pero más prioritariamente todavía a los débiles, enfermos, discapacitados, desempleados, apátridas; en una palabra, a todos los que pueden ser víctimas de la violencia política e institucional o no tienen herramientas para defenderse de ella. Un ejemplo emblemático de estas “sombras de encierro” lo ha encontrado el Papa, desde hace años, en el fenómeno migratorio, tanto en Europa como en otras partes del mundo. Allí queda en evidencia cómo se imponen frente a gente desvalida tensiones económicas, políticas y culturales, tanto en sus países de proveniencia como en los países de destino, sin que se respeten suficientemente sus derechos personales y sociales como se había prometido en las grandes convenciones de los primeros años de posguerra.

Pero en cierto sentido, y como resultado de las tensiones antes descritas, todos los seres humanos se han vuelto migrantes en sus respectivos países. Por ello destaca el Papa que no basta que se demande genéricamente justicia e igualdad. Se requiere también fraternidad y “amistad social”, es decir, aquella valoración interhumana que es posible en el ámbito local, en las relaciones cara-a-cara, como suele ocurrir en la relación entre varón y mujer, en las familias, en las escuelas y en todas las instituciones culturales. Con la expresión “fraternidad” y “amistad social” no solo se define un ámbito pequeño a escala humana sustraído a la complejidad social, sino ante todo un dinamismo, un impulso de desarrollo que estimule las potencialidades humanas, el deseo de un futuro compartido. La amistad combate la indiferencia con la que se observa a quienes solo se consideran material disponible para proyectos económicos o políticos y se les quita la condición de protagonistas de su propia vida. Ofrece, a cambio, participación en una vida compartida.

La fraternidad universal es sin duda una propuesta de “paz y justicia”, como ha sido la inspiración constante del magisterio del actual Pontífice. Pero en mi modesta percepción esta acentuación representa además un avance inmenso en la formulación de la Doctrina Social de la Iglesia, en cuanto la tradicional discusión ideológica de referencia entre liberalismo y marxismo queda subsumida en una reflexión más amplia acerca de los mecanismos sociales objetivos que condicionan el desarrollo de la existencia humana en el contexto de un mundo más globalizado e interdependiente. Ello exige una comprensión más profunda del Plan de Dios en estos momentos de la historia y a esto se dedica con profundidad la encíclica Fratelli tutti.

*Pedro Morandé es doctor en Sociología y exdecano de la Facultad de Ciencias Sociales de la Pontificia Univer- sidad Católica de Chile. Es también miembro fundador de Humanitas.

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