El 13 de julio de 1900: nace en Santiago Juanita Fernández Solar.

22 de enero de 1901: nace en viña del Mar Alberto Hurtado Cruchaga

13 de julio de 2001: Santa Teresa de los Andes recibe una visita muy especial, con ocasión de su cumpleaños 101: el Beato Alberto Hurtado.

Un aniversario es una fecha digna de celebrarse. En el cielo, júbilo y regocijo; en la tierra, la Iglesia chilena conmemora a su primera santa, Auco se viste de gala. Como otros años, muchos peregrinos concurren a saludarla, pero esta vez sucede algo diferente: una imagen del Padre Hurtado, una reliquia suya y la camioneta verde se acercan. En la Iglesia superior, la imagen de Teresa de los Andes a la izquierda, la imagen de Alberto Hurtado a la derecha. Frente a frente: se miran.

Un beato chileno, muy próximo a ser canonizado, visita a una santa chilena. ¡Qué bendición para nuestro país que, con una diferencia de seis meses, lleguen a la vida dos personas tan ejemplares! Aunque con un mismo rumbo –el seguimiento de Cristo- ambos siguen caminos bastantes diferentes cuando ya deciden su manera peculiar de ir tras los pasos del Maestro: el Carmelo de los Andes, la Compañía de Jesús. Juanita permanece solamente 11 meses en el convento, desde el 7 de mayo de 1919 al 12 de abril de 1920, pues fallece a los 19 años. En ese año el Padre Hurtado estudia Leyes en la Universidad Católica y posteriormente ingresa al noviciado de los jesuitas en 1923, es decir, después que Juanita ha partido de este mundo. La muerte de Juanita seguramente fue comentada en el hogar de Alberto Hurtado, ya que sus familias se conocían y el ambiente social que interactuaban era relativamente reducido.

No obstante lo anterior, resultan curiosas varias semejanzas entre ambos, especialmente durante su niñez y adolescencia.

Las familiar de Juanita y Alberto son antiguas y tradicionales dentro de la sociedad de Santiago. Tienen relaciones y parentescos con personas destacadas del ambiente político, cultural, religioso.

También las familias de ambos se vinculan con la agricultura. Los primeros años de estos dos chilenos tienen lugar en ambientes campesinos en contacto con su gente, la tierra, las plantas, los animales. Sus padres son dueños de tierras.

La presencia de sus madres es continuada e influyente en el crecimiento de Juanita y Alberto; los padres, en cambio, están aparentemente más ausentes. Don Alberto Hurtado Larraín muere en 1905, cuando su hijo tiene solamente cuatro años. El padre de Juanita, por diversos motivos, particularmente por su trabajo en el campo, vive largas temporadas separado de los suyos.

Las dos familias pasan por penurias económicas. La familia Hurtado- Cruchaga, a la muerte de don Alberto, queda en malas condiciones y vive en casas de parientes. Es sabido que el Padre Hurtado debe postergar su entrada a la Compañía de Jesús por este tipo de problemas. Con la familia Fernández-Solar pasa algo parecido. Los negocios agrícolas no funcionan bien y debe deshacerse de la hacienda Chacabuco, de la cual Juanita tiene tan buenos recuerdos. Los cambios de casa son frecuentes. Los Hurtado van siendo acogidos por distintos parientes, los Fernández van reduciendo el espacio de las casas en que residen.

Los colegios a los que asisten están situados espacialmente bastante cerca. El Externado del Sagrado Corazón, donde Juanita estudia desde 1907 a 1915, antes de cambiarse al Internado, se ubica en la Alameda Bernardo O’Higgins casi esquina de San Martín. El Colegio San Ignacio, al cual asiste Alberto Hurtado de 1909 a 1917, en Alonso Ovalle entre Lord Cochrane y San Ignacio, es decir, más o menos a dos cuadras de distancia del anterior Además, tradicionalmente muchos de los hermanos de las alumnas del Sagrado Corazón estudiaban en San Ignacio. «Juanita y Rebeca caminaban con sus amigas adelante. La mamá las vigilaba desde atrás. Al estar ubicado el Sagrado Corazón muy cerca del colegio San Ignacio, los muchachos se les acercaban en el trayecto para conversarles. Esperaban ver a Juanita y era a ella a quien abordaban especialmente. Como a toda joven le agradaban estos encuentros, sonreía y les respondía con amabilidad» [1].

La congregación del Sagrado Corazón, de origen francés, fue fundada en 1800 por Magdalena Sofía Barat, quien fue beatificada en 1903, pocos años antes que Juanita ingresara al Externado, y canonizada en 1925. Las religiosas llegan a Chile en septiembre de 1853, al acoger una solicitud del Arzobispo Rafael Valentín Valdivieso. La intencionalidad de la fundadora se orienta a «edificar la Sociedad del Sagrado Corazón según el tipo apostólico ignaciano, con el fi n de propagar el conocimiento y el amor a Cristo; reconstituir la sociedad sobre valores cristianos, por medio de la educación de las niñas de las clases dirigentes» [2]. Las huellas de San Ignacio están, pues, presentes en el ideario pedagógico de las religiosas del Sagrado Corazón. Precisamente a Juanita la prepara para confesarse por primera vez el Padre Artemio Colom, jesuita, quien es también su director espiritual por aproximadamente una década. Cuando se dispone a recibir la Primera Comunión, además de la instrucción que le ofrece el colegio, «el Padre Colom y el Padre Falgueras se encargaban (...) de enseñarle en la Iglesia de San Ignacio» [3]. Estas circunstancias son señales que vinculan a Juanita y Alberto y que pueden ayudar a comprender aspectos o estilos análogos de su formación escolar y religiosa.

La palabra de Dios se encarna en las distintas culturas de la humanidad; por esto también las formas de religiosidad tienen matices y características acordes a los tiempos y espacios en que se desarrollan. En la sociedad actual, bastante proclive a la comodidad y el placer, las palabras que indican acciones de sacrificio, esfuerzo, mortificación, abnegación, inmolación, purificación, desapego, negación, vencimiento su hijo tiene solamente cuatro años. El padre de Juanita, por diversos motivos, particularmente por su trabajo en el campo, vive largas temporadas separado de los suyos. Las dos familias pasan por penurias económicas. La familia Hurtado- Cruchaga, a la muerte de don Alberto, queda en malas condiciones y vive en casas de parientes. Es sabido que el Padre Hurtado debe postergar su entrada a la Compañía de Jesús por este tipo de problemas. Con la familia Fernández-Solar pasa algo parecido. Los negocios de la voluntad, disciplina y otras similares no son bien recibidas; sin embargo ellas están muy presentes en los escritos tanto de Juanita como de Alberto. El lema del Sagrado Corazón –«el deber ante todo, el deber siempre»– valora el sacrificio e impulsa su realización como una manera de progresar humana y espiritualmente y de acercarse a Cristo, ejemplo máximo de entrega. Juanita expresa en su Diario: «Jesús me dijo que quería que sufriese con alegría. Esto cuesta tanto, pero basta que Él lo pida para que procure hacerlo. Me gusta el sufrimiento por dos razones: la primera porque Jesús siempre prefirió el sufrimiento, desde su nacimiento hasta morir en la cruz. Luego ha de ser algo muy grande para que el Todopoderoso busque en todo el sufrimiento. Segundo: me gusta porque en el yunque del dolor se labran las almas. Y porque Jesús, a las almas que más quiere, envía este regalo que tanto le gustó a Él» [4]. Por su parte el Padre Hurtado tiene una postura muy exigente en materia de crecimiento personal. Se expresa con palabras duras al referirse al debilitamiento del esfuerzo: «cuando el espíritu de sacrificio se ha perdido y el hombre considera lícito entregarse a cualquier placer, por más repugnante que sea, antes que imponerse un sacrificio, el hombre se convierte en bestia» [5]. En este contexto se comprende mejor su famosa afirmación: «el que no es héroe, no es hombre» [6] y el que considere mucho más importante formar la voluntad que la inteligencia, pues es precisamente la facultad volitiva la que nos hace aptos para enfrentar con fortaleza las actividades más arduas. Evidentemente lo escrito por Teresa de los Andes o por el Padre Hurtado no propone vencerse por vencerse; muy por el contrario, el sentido de lo afirmado por ellos se orienta al ofrecimiento personal y libre realizado por amor a Dios y en bien del prójimo.

El balneario de Algarrobo posiblemente también haya sido escenario de un encuentro entre ambos jóvenes, ya que se sabe que estuvieron allá de vacaciones.

¿Se conocieron? Es casi seguro, aunque muy difícil afirmarlo con total certeza.

Un nexo entre ellos es Luis Fernández Solar, más tarde abogado, hermano de Juanita y compañero de curso del Padre Hurtado, a quien la santa llama cariñosamente «Lucho» y con el cual mantiene especial amistad. Este hermano fue consultado en el proceso hacia la santidad de su hermana y de su amigo.

En una de sus declaraciones dice: «Yo traía algunos jóvenes compañeros o amigos míos a casa por razones de estudio o simplemente a tomar onces. Juanita los saludaba con exquisita cortesía, pero no mostró interés por ninguno. Yo fui bastante amigo de Alberto Hurtado, compañero mío en el colegio San Ignacio y hoy Siervo de Dios, cuya causa de beatificación ha sido iniciada. Alberto conoció a Juanita superfi cialmente» [7].

Uno de los biógrafos de Juanita Fernández, con motivo de su canonización como Santa Teresa de los Andes, es el carmelita descalzo Eduardo T. Gil de Muro. En su libro Teresa de los Andes cada vez que mire el mar... afirma que ambos se conocieron, aunque «superficialmente». Agrega: «el Padre Alberto Hurtado llegó a conocer a Juanita Fernández Solar. La conoció en su casa. En la de Juanita. Alberto Hurtado iba algunas tardes con Lucho, que fue buen amigo del jesuita y por el que siempre tuvo un enorme respeto». Finalmente sostiene: «ni ella ni él se dieron cuenta de que entre los dos iban a sostener un día el pulso espiritual de Chile» [8]. Las palabras que se usan en la biografía inclinan a creer que proceden de la fuente ya citada.

Desde la otra perspectiva, el Padre Hurtado, en varios escritos, nombra a Luis Fernández S.

En carta a un compañero de curso, Manuel Larraín, futuro sacerdote y obispo de la Iglesia Católica, fechada el 15 de enero de 1917, sostiene: «Creo que a Lucho Fernández le hizo mal Chacabuco y está probando varias playas» [9]. En otra carta, esta vez a Carlos Larraín H., también compañero de curso, del 29 de agosto de 1923, quince días después de haber entrado al seminario, lo trata como amigo al decir: «un saludo muy cariñoso a tu papá y hermanos (no se te olvide) a Lucho Fernández, Paco y todos los amigos» [10].

Posteriormente en un escrito llamado Lo que podría hacerse en Chile recuerda a su antiguo amigo e indica varias cosas que podrían llevarse a cabo en este país, entre ellas sugiere que «un magnífico trabajo para los congregantes sería la rehabilitación de los menores, como lo hace la visitadora». Dice, además, «yo no creo que haya nada así en Santiago. Podría tal vez hacerse en función del Hogar de Cristo. Hablar con el juez y que nos entregue muchachos. Buscarles trabajo; organizarles deporte, y proporcionarles hogar, amistad, consejo... Jorge Hurtado, ¿no se interesaría? ¿Lucho Fernández?» [11] Si se considera que la idea inicial para el Hogar de Cristo se origina en 1944, han pasado bastantes años desde que egresaron del Colegio, en 1917, y el Padre Hurtado sigue acordándose de él y de su posible colaboración.

En todo caso el Padre Hurtado nombra, por lo menos cuatro veces, a la santa, lo que es señal que la vida y muerte de Juanita ya eran comentadas mucho antes de su canonización: en un libro, en dos posibles pautas de preparación de retiros o charlas y en una prédica en el Estadio de la Universidad Católica.

Puntos de Educación (1941) es el título del libro en que se refiere a «los santos con mayúscula que están en los altares y los innumerables santos anónimos, que podríamos llamar santos con minúscula, que se debaten en la vida cotidiana contra el mal que los cerca y realizan su vida en la pureza y en la caridad» [12]. Luego nombra a varios de estos últimos, entre ellos a «Juanita Fernández Solar» [13].

En un texto inédito sobre la muerte, considera distintas facetas de esta realidad y al referirse a muertes santas nombra a «Juanita Fernández» [14]. En otro escrito inédito donde alude a personas de distintos estados –reyes, pobres, jóvenes, sacerdotes, políticos, sirvientes– que han dejado todo por Cristo, ubica a nuestra santa como: «niña: Juanita Fernández» [15].

Con ocasión de un acto religioso para conmemorar un aniversario de la Congregación de los Sagrados Corazones, el 14 de diciembre de 1946, que tuvo lugar en el Estadio de la Universidad Católica, el Padre Hurtado predica sobre la necesidad de ser testigos de Cristo, especialmente en la fe, la caridad y la esperanza. En ella alude a los que «para sí nada piden, su única ambición es dar y servir (...) su alegría es ver los progresos del Reino de Dios» [16] y cita, entre otros, a «monjitas como Juanita Fernández» [17].

Dejando a un lado las coincidencias o discordancias en sus vidas o el probable encuentro entre ellos, el ejemplo de estos dos chilenos y católicos nos ayuda a comprender algunas cosas. Entre ellas la capacidad de la Iglesia para acoger tantas espiritualidades o distintos caminos por los cuales recorrer este mundo mirando hacia la eternidad. Nadie queda excluido, basta una condición: buscar a Cristo con generosidad. Es increíble la inmensa variedad de santos que la Iglesia nos ofrece para imitar sus virtudes. En este caso una joven, hija de familia, estudiante, carmelita descalza que fallece con apenas 19 años y un sacerdote jesuita que se dedica incansablemente a múltiples actividades: reza, estudia, realiza labores apostólicas, ofrece retiros, dirige espiritualmente, enseña, despierta el sentido social, preside la Acción Católica, funda el Hogar de Cristo, crea la Revista Mensaje, organiza la Asociación Sindical Chilena, estimula y practica los valores sociales, entre otras. Muere a los 51 años.

El Padre Hurtado fue un hombre de inmensa vida espiritual y es la oración la que fundamenta y da sentido a su gran preocupación social. El mismo escribió: «La acción social de la oración es la mayor de todas, porque, como decía San Ignacio: el que ora negocia con Dios (...) La acción de la oración debe ser común a todos por más afanados que estemos en el uso de los medios externos. Sin ella ninguna acción tiene garantías de perseverar» [18]. Juanita Fernández eligió un convento de clausura para realizar su apostolado, siguiendo el ejemplo de otras Teresas carmelitas como Santa Teresa de Ávila, doctora de la Iglesia, y Santa Teresita de Lisieux, quien fue nombrada patrona de las misiones sin haber salido de su convento. ¿Cuántos frutos apostólicos del Padre Hurtado se habrán respaldado en las oraciones y sacrificios de Teresa de los Andes? ¿Qué intercambio de bienes espirituales habrá existido entre ambos, tanto mientras peregrinaron coetáneamente por este mundo como cuando ya Juanita gozaba de la bienaventuranza en el cielo? ¿Cómo habrá funcionado entre ellos la Comunión de los Santos?

«Hay un dogma sumamente consolador, es el de la Comunión de los Santos. Él nos enseña que no hay ninguna de nuestras acciones que carezca de un valor social. Jamás merecemos solamente para nosotros mismos, pues todas nuestras acciones tienen un valor social profundo. Al hacer el bien, al sufrir con paciencia, al orar, siempre aprovechamos a los demás» [19]. Lo señalado por el Padre Hurtado en esta carta es afirmado igualmente por el Catecismo Católico: «el menor de nuestros actos hecho con caridad repercute en beneficio de todos, en esta solidaridad entre todos los hombres, vivos o muertos, que se funda en la comunión de los santos» [20].


NOTAS 

[1] Risopatrón, A. M. (s.f.) Teresa de los Andes, Teresa de Chile. Ediciones Paula, Santiago, p. 41.
[2] De la Taille, A. (2004) «Ana du Rousier: portadora de la pedagogía del Sagrado Corazón por el mundo». En Revista Pensamiento Educativo, Facultad de Educación de la Pontificia Universidad Católica de Chile, Santiago, Vol.24, p. 362.
[3] Risopatrón, A.M. Op. Cit. p. 30.
[4] Santa Teresa de los Andes (1995) Diarios y Cartas. Ediciones Carmelo Teresiano, Santiago, Chile, p. 44.
[5] Hurtado. A. «La crisis de la pubertad y la educación de la castidad». En Obras completas (2002), Tomo II, Dolmen ediciones, Chile, p.192
[6] Hurtado, A. «La crisis de la pubertad y la educación de la castidad». En Obras completas (2002), Tomo II, Dolmen ediciones, Chile, p. 191.
[7] Luis Fernández Solar. Citado por el Padre M. Purroy en el libro Teresa de los Andes vista por su hermano Lucho
(1994): Ediciones Carmelo Teresiano. PP. Carmelitas, Santiago de Chile, p. 10.
[8] Gil de Muro, Eduardo T. (1992) Teresa de los Andes. Cada vez que mire el mar... Ediciones Carmelo Teresiano,
Santiago, Chile, p. 49.
[9] Hurtado, Alberto (1917): Carta a Manuel Larraín E., 15 de Enero, Escrito inédito s63 y 03.
[10] Hurtado, Alberto (1923): Carta a Carlos Larraín H., 29 de Agosto. Escrito inédito s70y05.
[11] Hurtado, Alberto: Escrito inédito, s58y31.
[12] Hurtado, A. (1994): «Puntos de Educación». En Obras Completas, Tomo I,
Dolmen ediciones, Santiago de Chile, p. 326.
[13] Hurtado, A. (1941): «Puntos de Educación». En Obras Completas, Tomo I,
Dolmen ediciones, Santiago de Chile, p. 326
[14] Hurtado, A. (s/f): Muerte. s33y04
.
[15] Hurtado, A. (s/f): Sin título. s38y19.
[16] Hurtado, A. (1946): Aniversario de los Sagrados Corazones, 14 de Diciembre, s58y08.
[17] Hurtado, A. (1946): Aniversario de los Sagrados Corazones, 14 de Diciembre, s58y08.
[18] Hurtado, A. (1947): «Humanismo Social». En Obras Completas, tomo II, Ediciones Dolmen, Chile, 2001, p. 350.
[19] Hurtado, A. (1947): Carta a la Elena H. de Vizcaíno, fechada en París el 9 de Diciembre de 1947. Publicada en Cartas e Informes del Padre Alberto Hurtado, S. J. Selección, presentación y notas de Jaime Castellón C., S. J. Ediciones Universidad católica de Chile, Santiago, Chile, p. 157.
[20] Catecismo de la Iglesia Católica (1992): Asociación de Editores del Catecismo, Bilbao, N. 953, p. 224.

► Volver al índice de Humanitas 39

Últimas Publicaciones

El cardenal Mario Grech, Secretario General para el Sínodo de los Obispos, ha definido el proceso sinodal que atraviesa la Iglesia como un tiempo para hablar. El cardenal cita el Eclesiastés 3,7, donde se escribe que existe un tiempo para hablar y otro para callar, y señala que ambos tiempos se requieren mutuamente. “El discurso sin silencio se convierte fácilmente en palabras huecas. El silencio sin palabras puede conducir fácilmente a un estado de apatía e irresponsabilidad” [1] . Muchas veces la Iglesia ha caído en este desbalance, ha permanecido en silencio cuando ha debido hablar (especialmente cuando ha sido testigo de injusticias que clamaban al cielo) o, viceversa, ha hablado demasiado cuando convenía guardar silencio. En su homilía el cardenal Grech llama la atención, sin embargo, sobre los tiempos propicios para hablar y callar, no hacia afuera, sino dentro de la propia Iglesia. Demasiadas veces se ha escogido el camino de guardar silencio sobre aquello que sucede dentro de la Iglesia y se ha ensalzado la reserva y la prudencia como atributos institucionales que han ido modelando una cultura del silencio. En el Evangelio se recuerda el detalle del demonio que enmudece a su víctima y la fuerza a permanecer en silencio. “Cuando elegimos callar, en lugar de hablar, porque es más conveniente, estamos colaborando con este mal”. Aparte de los abusos sexuales, existe un manto de silencio mucho más ominoso que pesa sobre la vida de la Iglesia, dice el cardenal Grech: se trata de las divisiones entre los católicos, las diferencias entre los que fa-vorecen esta posición o la otra en materias delicadas, como el puesto que debe ocupar la mujer dentro y fuera de la Iglesia, el alcance del sacerdocio común de los bautizados, el celibato sacerdotal, la propia sinodalidad de la Iglesia y las atribuciones de la autoridad episcopal, sin contar otras materias controvertidas, como la anticoncepción, el divorcio o el reconocimiento del matrimonio homosexual. Son cuestiones que todos reconocemos presentes pero sobre las que preferimos guardar silencio. O, peor aún, optar por plantear estos temas en grupos más pequeños formados por personas que tienen una opinión común. En lugar de tener una discusión abierta y franca, terminamos en una Iglesia formada por pandillas. En lugar de dialogar, tenemos una cultura de nosotros contra ellos. La Iglesia debería hablar sobre estos temas, pero muchas veces opta por permanecer en silencio. El proceso sinodal es un tiempo para dialogar, dice el cardenal: “Es hora de dejar que los lados liberal y conservador de la Iglesia hablen, franca y abiertamente, y expongan sus preocupaciones”. Hablar no significa desconocer la autoridad ni la tradición, aunque el diálogo debe admitir que no todo está zanjado de una vez y para siempre y que todas las materias que dividen a los católicos son susceptibles de una debida consideración. Jean Luc Marion ha señalado que los católicos de hoy no están divididos por ninguna materia teológicamente decisiva como lo estuvieron en los primeros siglos con las controversias cristológicas que ponían en entredicho el corazón mismo de la fe, o siglos después con el cisma protestante que cuestionó severamente la realidad sacramental de la Iglesia. Nuestras controversias no tienen ningún potencial cismático y versan casi todas respecto de la relación de la Iglesia con el mundo y con el grado de adecuación a los cambios culturales que cruzan las sociedades modernas. No se trata de desmerecer la importancia de las divisiones que tenemos entre manos, pero tampoco de exagerarlas. Hablar no significa decir cualquier cosa, sino concurrir en una intelección común de la verdad, es hablar con otros que provienen de experiencias distintas y tienen otros puntos de vista, en procura de encontrar un entendimiento. Demasiadas veces se identifica la religión con el fanatismo y la intransigencia, es decir, la incapacidad de diálogo que se disfraza de convicciones e intransables por todos lados. Hablar significa abrir la puerta a quienes no saben nada, pero tienen la lámpara de la fe prendida. Ya no en su homilía, sino en su conferencia en el simposio de Oxford, el cardenal Grech mira las cosas desde el otro lado y define el proceso sinodal como una Iglesia que escucha. Para que alguien hable verdaderamente, debe haber otro que permanece en silencio y escucha. En el momento actual es la autoridad la que escucha el talante profético del “sensus fidei” para luego discernir y actuar. El dogma de la Inmaculada Concepción de María tiene la fama de ser el colmo de la autoridad pontifical, pero en realidad fue la coronación de un sentir popular que se había conformado y madurado durante siglos. El proceso sinodal depende casi enteramente de la capacidad de estimular la capacidad de que todos hablen, con ponderación y humildad, pero que se diga lo que muchos tienen que decir, con franqueza y sinceridad de corazón. Ojalá ninguna autoridad religiosa menosprecie lo que digan sus fieles bajo pretexto de que no saben o no están suficientemente enterados. Tampoco que diga que no le importan las encuestas, que detesta las redes sociales o que ya no ve televisión, que son también maneras de escuchar. La tarea de una autoridad, dice Grech, es discernir aquello que escucha, no dejar de hacerlo. Lo mismo debe suceder con los propios fieles, entre los cuales el deber de escucharse mutuamente debe prevalecer, así como evitar situarse al menos de un modo permanente en grupos o comunidades cerradas con experiencias parecidas y opiniones afines, y sobre todo dejar hablar a todo el mundo. San Benito exigía que sus monjes se reunieran periódicamente y exhortaba a que en la asamblea se dejara hablar a los jóvenes, a los novicios que tenían menos experiencia y pocos años en el monasterio y que a menudo eran desplazados por los ancianos. Tiempo para hablar, dice el cardenal Grech, tiempo también para escuchar lo que otros tienen que decir. Notas [1] Todas las citas corresponden a una traducción propia de la homilía en la misa de apertura de la conferencia sobre sinodalidad que se realizó en Champion Hall, Oxford, el 23 de marzo de 2022.
Ad portas de la presentación del texto oficial de la propuesta de Nueva Constitución, nuestro amigo y colaborador Nello Gargiulo propone una reflexión que tiene como punto de partida su experiencia de vida en Chile relacionada con un texto histórico del magisterio del Cardenal Raúl Silva Henríquez.
“¡Soy libre, estoy libre!” fueron las primeras palabras que escuchó la superiora de esta misionera colombiana después de un largo secuestro. Invitamos a conocer su testimonio y a unirnos este domingo 26 de junio, Día de Oración por la Iglesia Perseguida, en oración por todos los cristianos que sufren acoso, discriminación y violencia.
Revistas
Cuadernos
Reseñas
Suscripción
Palabra del Papa
Diario Financiero