Celebrar el año del rosario es una confirmación más que la Virgen María es el punto humanísimo en el cual el acontecimiento de Cristo es puesto a salvo de todas las reducciones a las que se somete en la cultura actual y, a la vez, proponer una verdadera escuela contemplativa desde donde se puede recordar, comprender, configurarse, rogar y anunciar a Cristo con María.

El anuncio del año del rosario y la lectura de la carta Apostólica del Papa (Rosarium Virginis Mariae = RVM), que reafirma el gran valor espiritual de esta oración que sintetiza el Evangelio, me han hecho recordar un diálogo presente en el libro del conocido apologista y escritor inglés Robert Hugh Benson “El amo del mundo[1]. Con decenios de anticipación (1907) Benson, uno de los más destacados conversos del anglicanismo al catolicismo (era hijo del primado de la iglesia anglicana y este año es el centenario de su aceptación en la Iglesia católica, acontecida en 1903), descubre algunos aspectos hacia los cuales se va encaminando nuestra sociedad. Nos conduce en un mundo en el cual el hombre ha alcanzado los extremos confines del progreso natural e intelectual, donde todo está mecanizado y programado hacia un único y gran proyecto: el triunfo del Humanitarismo, en el cual “la filantropía toma el lugar de la caridad; la satisfacción sustituye a la esperanza y la fe es derribada por la cultura[2]. Los rasgos de esta sociedad global que también el reciente documento de la Santa Sede sobre el New Age [3] ayuda a descubrir de manera tan actual, identifican una nueva religiosidad sin Dios y donde el hombre disputa a Dios el dominio del mundo. La obra de Benson describe proféticamente la fascinación de una imposible armonía y progreso capaz de volver al hombre dueño del mundo y de la naturaleza. En este escenario de tipo totalitario el cristianismo se reduciría a una inocua moral privada para ser insertado como elemento no discordante en el nuevo orden mundial de la globalización y de lo políticamente correcto.

En este nebuloso paisaje se mueven los personajes descritos por Benson, sobre todo Juliano Felsenburgh, figura que más que cualquier otra encarna la idea de que la vida ya no es el don de Otro, una gratuidad para custodiar, sino un objeto para poseer, manipular e instrumentalizar.

Otro personaje es Percy Franklin, un sacerdote internamente dividido por la intensa lucha que ve, a ratos, vacilar su fe, para después confirmarse más viva y verdadera. Justamente al Padre Percy pertenece el diálogo que ha suscitado en mí la asociación entre el rosario y este libro. El Padre Percy se encuentra frente al Papa y se expresa sobre la situación que la Iglesia atraviesa durante la persecución que se ha desatado diciendo:
“Al final, casi con toda seguridad, el Humanitarismo triunfará, vistiéndose de los hábitos de la liturgia y del sacrificio: después de esto, sin la intervención de Dios, la Iglesia perecerá”.

Temblaba. Se apoyó en una silla para encontrar alivio.

“Sí hijo mío. Y ¿qué se podría hacer?”

Percy dejó caer sus manos.

“Santo Padre: la Misa, la oración y el rosario. Estas son las primeras y las últimas cosas. El mundo niega su poder; sin embargo es en todo esto que el cristiano debe encontrar apoyo y refugio. Todas las cosas en Jesucristo ahora y siempre. Ningún otro medio puede servir: El debe hacerlo todo, porque nosotros no podemos hacer nada”

La blanca cabeza del santo padre se inclinó, en señal de aprobación” [4] .

El poder del rosario 

Quizás alguien, frente a la iniciativa del Papa Juan Pablo II de reafirmar la validez del rosario y de publicar un documento para ese propósito, habrá pensado que se trata sólo de una iniciativa menor de un Papa en el ocaso de su pontificado; una “pietista” digresión en medio de los verdaderos e importantes pronunciamientos e intervenciones acerca del nuevo orden mundial o de la economía global. No han faltado, y me ha tocado oírlo personalmente, quien mostrando una absoluta pobreza de mente y de corazón, ha divisado en la iniciativa del Santo Padre una hábil operación comercial, puesto que con la “modificación” de la oración del rosario al cual se han añadido los misterios luminosos, estaría obligando a comprar “las nuevas coronas” con el consiguiente aumento de ventas. Exactamente lo que decía el Padre Percy: “El mundo niega su poder, y sin embargo, es en todo esto que el cristiano debe encontrar apoyo y fortaleza”.

Pero, ¿es realmente tan “poderoso” el rosario? Si tomamos nota de las solas intervenciones magisteriales que se ha sucedido en estos dos últimos siglos habría que responder afirmativamente. No se trata por cierto de sacar de una observación cuantitativa, apuradas conclusiones teológicas y desproporcionadas respecto a la jerarquía de la verdad. Por ejemplo no existe ninguna encíclica sobre la oración del “Padre Nuestro” y, sin embargo, este es el modelo y el contenido de toda la oración cristiana, brotada del corazón del Hijo, para los hijos. ¿Dónde está, entonces, la peculiar fuerza de este “método”, que, como el mismo Juan Pablo II ha querido recordar, “es válido” también porque respeta nuestra naturaleza y sus ritmos vitales desatando la dinámica sicológica propia del amor? (RVM, nº 27). La respuesta creo que se encuentra ya en las primeras líneas del documento pontificio: “El rosario, en efecto, aunque se distingue por su carácter mariano, es una oración centrada en la cristología. En la sobriedad de sus partes, concentra en sí la profundidad de todo el mensaje evangélico, del cual es como un compendio. En él resuena la oración de María su perenne Magnificat por la obra de la Encarnación redentora en su seno virginal. Con él, el pueblo cristiano aprende de María a contemplar la belleza del rostro de Cristo y a experimentar la profundidad de su amor. Mediante el rosario, el creyente obtiene abundantes gracias, como recibiéndolas de las mismas manos de la Madre del Redentor” (RVM, nº 1).

Poderoso porque posee un baricentro cristológico 

El rosario es “poderoso” porque posee un baricentro cristológico. Al centro de cada Ave María está el nombre de Jesús. Corazón de toda la peregrinación de la fe que el rosario nos hace recorrer, está la obra redentora de Cristo que justamente en el corazón y a partir del corazón de María ha tenido su primer y más espléndido fruto (Cf. Sacrosanctum Concilium, nº 103). Sacar a Cristo del centro de gravedad de la fe de la Iglesia significa el derrumbe de todo el edificio mismo de la fe. Esta es la acción del anticristo, o del amo del mundo que lúcidamente describía Benson en su novela donde divisaba ese humanitarismo totalitario identificado con un pensamiento único, agnóstico y demo-liberal que vaticina un gobierno mundial y que, como ha escrito el filósofo italiano Augusto Del Noce, hace que hoy día el catolicismo “no sea perseguido, sino más bien, absorbido”, convirtiéndolo así en una mera sección de rito católico del ecumenismo agnóstico-humanitario mundial.

El ya citado documento Vaticano sobre el New Age, frente a la disyuntiva introducida sobre la elección entre Cristo y el acuario, reafirma con absoluto gozo que “el único fundamento de la Iglesia es Jesucristo, su Señor. Él es el centro de cada acto cristiano y de cada mensaje cristiano. Por esto la Iglesia vuelve continuamente al encuentro con su Señor” (nº5).

Resulta sumamente interesante por lo tanto leer la carta apostólica del Santo Padre Rosarium Virginis Mariae, sobre el entramado de la que es la mayor herejía de nuestro tiempo tan magistralmente anticipada por Benson y que se encuentra esbozada en el documento sobre el New Age: “La Nueva Era que ahora está amaneciendo estará poblada de seres perfectos, andróginos, que estén al mando total de las leyes cósmicas de la naturaleza. En este escenario, el cristianismo tiene que ser eliminado y dejar paso a una religión global y a un nuevo orden mundial” (Ibid. Capítulo 4).

El rosario es poderoso porque, en su sencillez, vuelve a vencer sustantiva y metodológicamente todas las herejías contestando a esa serie de preguntas que el New Age pone a la conciencia cristiana: ¿Existe un solo Jesús o los hay por millares? ¿Dios es un ser con el cual entramos en relación o es algo para usar o una fuerza para volvernos más poderosos? ¿Existe un solo ser universal o existen muchos individuos? ¿Nos salvamos por nosotros mismos o la salvación es un don gratuito de Dios? ¿Inventamos la verdad o la recibimos? Cuando rezamos, ¿nos dirigimos a nosotros mismo o a Dios? ¿Tenemos la tentación de negar el pecado o aceptamos su existencia? ¿Estamos animados a rechazar el sufrimiento y la muerte o a aceptarla?

Como oración de los humildes, el rosario ilumina de manera contemplativa este sustancial desafío puesto al corazón de la fe. Llevados de la mano de la Virgen Madre somos conducidos, sin los humos de la arrogancia ideológica, a reconocer al Dios creador del cielo y de la tierra y fuente de toda la vida personal, como aquel que trinitariamente entra en la historia personal de una muchacha de Nazareth, no como una fuerza o energía de base, sino como “amor que es absolutamente diferente del mundo y que, sin embargo, está presente de manera creativa en cada cosa y conduce a los seres humanos a la salvación”. María hace la experiencia de un encuentro personal con el Totalmente Otro, en el cual no se anula, ni se vacía su yo humano y femenino, aún reconociéndose como la sierva sobre la cual descansa la mirada del Altísimo.

Su Hijo, el fruto bendito de su seno, cantado así decenas y decenas de veces, nada tiene que ver con tantos sabios, iniciados y avatares de los cuales abunda la mentalidad dominante. En el rosario, simple y poderosa síntesis del Evangelio, Jesucristo es Jesús de Nazareth. El hijo de María es el único Hijo de Dios, verdadero hombre y verdadero Dios, la plena revelación de lo que no son ya “misterios desconocidos” para conocimiento de unos pocos iniciados e iluminados, sino acontecimientos gozosos, puesto que la cercanía de Dios con el hombre se da dentro de la historia; luminosos porque desvelan los grandes secretos de Dios no como una gnosis, sino como realidades que brillan en el rostro de Jesús; dolorosos porque sólo en el ágape de la cruz el amor y la verdad se vuelven un don concreto; y gloriosos porque el destino que espera al hombre es de comunión y de plena participación con la Trinidad gloriosa. Estos sucesos se han realizado primeramente en la vida de María. La vida de la Virgen ha sido el primer rosario desgranado en el transcurrir de los días, en el seguimiento de lo que le había brotado en el vientre y no en la gnosis de su mente. Rosario peregrinado detrás de un Hijo que no siempre se podría entender, casi como si se tratara de un teorema, pero a quien se debía obedecer “guardando y meditando todas las cosas en su corazón” desde Nazareth a Caná, desde la cruz hasta la mañana de Pascua sobre el telón de fondo de una tumba vacía.

La salvación que María experimenta es muy distante de ese pelagianismo difundido que reduce a autocumplimiento, autorrealización y autorredención el modo de comprender la naturaleza humana. Ella es la primera de los redimidos porque hace coincidir toda su salvación en la participación íntima a la pasión, muerte y resurrección de Cristo y por una relación personal directa con Dios, más que sobre una técnica de conquista de Dios. El rosario todo esto nos lo enseña bajo la guía de María, plenamente salvada, “llena de gracia” porque ha sido sustraída a la corrupción del pecado no como transformación autoinducida de la conciencia, sino como acto amoroso que salva gratuitamente. Por esto puede rezar “por nosotros los pecadores”, porque la experiencia de la salvación obtenida la mueve hacia una solidaridad amorosa con el prójimo.

En verdad la escuela del rosario consiste en la apertura de la propia vida a aquel que se ha definido a sí mismo “el camino, la verdad y la vida” (Jn 14,6). La verdad no se conquista con un esfuerzo prometeico de sustraer el fuego a los dioses, sino se acoge como “uno entre nosotros, según la extraordinaria síntesis agustiniana contenida también anagramáticamente en la frase latina: “Quid est Veritas? Vir qui adest” (¿Qué es la Verdad? Uno entre nosotros). Con el rosario se cumple un verdadero éxodo del yo hacia el Tú de Dios, de acuerdo con la doble orientación de la oración cristiana que es también introspección, pero, y por sobre todo, es encuentro con Dios. María cuando entra en diálogo con el mensajero celeste (dialogizeto, esta es exactamente la palabra griega usada en el texto de Lucas 1, 29), éste experimenta la turbación y empieza a rezar (a dialogar) justamente a partir de la pregunta por lo que ese saludo significaba. La oración que busca el significado no se agota en la introspección de la propia capacidad de alcanzar lo divino, sino que empieza a salir de sí para llegar a ser un “Fiat” (Hágase), o sea: se cumpla en mí lo que Tú has pensado de mí. La oración es un dejarse hacer por Dios, modelar por su Espíritu que obra sobre nosotros y dentro de nosotros. La oración o llega a ser el Sí dicho a Otro o no es oración cristiana. A todo esto el rosario nos educa, llevándonos de la mano en este incesante éxodo desde la tierra de la esclavitud a la patria del Amén, del sí pronunciado en el gozo y en el dolor a aquel que es el Destino del hombre.

Rezando el rosario no escapamos del dolor y de la muerte, inutilidad a la que aparentemente se puede hacer frente con unos fáciles métodos para alcanzar el éxito: evolucionismos de sucesivas reencarnaciones e ilusiones utopísticas de una medicina holística que entregará la receta para los males del hombre y del mundo. El rosario nos hace recordar el “ahora”, tejido de fragilidad; la “hora de nuestra muerte”, como apertura a la eternidad en la que nos socorre Aquella que ya ha pasado del “ahora” al gozo de su Señor, que ha vencido definitivamente la muerte. Nos hace invocar la liberación del mal: “líbranos de nuestro mal”, fiándonos del Padre que no deja caer ni siquiera un pelo de nuestra cabeza sin que esto tenga una resonancia en su corazón. El rosario nos hace recorrer, sin eufemismos y dulzonas mistificaciones, el misterio de la muerte y del dolor acogidos como un cáliz amargo, pero que bebido junto a Cristo en la obediencia a la voluntad del Padre, se vuelve redentor. Qué poderoso llega a ser el rosario sobre todo en las manos del enfermo, del sufriente, del angustiado y del pobre.

Este es el poder del rosario, “dulce cadena que nos une a Dios”; o sea, que nos hace decir “Heme aquí”, soy tuyo(a). Esto hace añicos los presupuestos ideológicos del Homo faber sui (Hombre autoconstructor de sí mismo) y te restituye a la condición verdadera de criatura e hijo contra todo esto el “amo del mundo” no puede hacer nada.

María: ley de totalidad

Celebrar el año del rosario es una confirmación más que la Virgen María es el punto humanísimo en el cual el acontecimiento de Cristo es puesto a salvo de todas las reducciones a las que se somete en la cultura actual y, a la vez, proponer una verdadera escuela contemplativa desde donde se puede recordar, comprender, configurarse, rogar y anunciar a Cristo con María. Son cinco verbos que en el documento pontificio trazan un verdadero itinerario catequético-orante, con un marcado centro cristológico que hace de esta oración un método válido. Esta capacidad enorme de síntesis que encierra el misterio de María hace de ella una clave privilegiada para entender la lógica de lo divino y de lo humano, una aproximación existencialmente densa a la totalidad de la economía de la salvación, que es historia de Dios e historia del hombre desplegada desde la creación hasta su consumación futura. Con gran fuerza pudo por eso afirmar san Juan Damasceno, a quien en Oriente llama “sello de los Padres”, que “El nombre de María contiene en sí todo el misterio de la economía de la Encarnación[5]. Quien desconoce a María termina por no entender más a Dios y a los hombres. Quien la ignora extravía el sentido antropológico y teológico del cristianismo, permanentemente encerrado en la relación hombre-mujer en la cual se ha manifestado la Encarnación del Hijo de Dios. ¿No es acaso esto lo que querían decirnos los obispos en Puebla cuando escribieron: “por medio de María, Dios se hizo carne; entró a formar parte de un pueblo; constituyó el centro de la historia. Ella es el punto de enlace del cielo con la tierra. Sin María el Evangelio se desencarna, se desfigura y se transforma en ideología, en racionalismo espiritualista” . El evento Cristo está íntimamente ligado al “Misterio de la mujer”. La plenitud del tiempo, como momento cumbre de todo el despliegue de la economía de la salvación, nos recuerda el apóstol Pablo, tiene en el “nacer de mujer” (Gál. 4,4) su concreta condición y su causalidad para recuperar nuestra condición de hijos y nuestro rescate de la ley.

Puede decirse, entonces, recurriendo a las palabras del teólogo ruso Pavel Evdokimov, que la historia de María es “un compendio de la historia del mundo, es su teología reunida en una sola palabra”, y también “que ella es el dogma viviente, la verdad sobre la criatura realizada” María remite a la totalidad del Misterio y, al mismo tiempo, lo refleja en sí misma. En Ella asoma la totalidad en el fragmento, como en lo bello. Por eso si aplicamos con coherencia esta “ley de totalidad” a la reflexión sobre María y el rosario, podemos contemplarla como un precioso icono del Misterio.


Notas 

[1] Benson H. R., Il padrone del mondo. Jaka Book, Milano 1987.
[2] Ib., pág. 140.
[3] Consejo Pontificio de la Cultura – Consejo Pontificio para el diálogo interreligioso: Jesucristo portador el agua viva: una reflexión cristiana sobre el “New Age”.
[4] Il padrone del mondo, pág. 142.
[5] Juan Damasceno (san). De Fide ortodoxa 3,12: PG 94.1029.

 ► Volver al índice de Humanitas 32

Últimas Publicaciones

"Les ruego y les pido de todo corazón: ¡Den marcha atrás!" , le habría escrito León XIV al superior general de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X, en una carta en la que también le advirtió que "desgarrar la túnica inconsútil (sin costuras) de Cristo es un pecado de extrema gravedad" 1 . Hagamos un breve recuento de esta controversia que abrió el obispo francés Marcel Lefebvre (1905-1991) hace ya más de cincuenta años. Se dice que Pablo VI no autorizó la misa tridentina solicitada por Lefebvre por temor a contravenir el Concilio Vaticano II en momentos en que se estaba recién desplegando. Luego, bajo el pontificado de Juan Pablo II, se produjeron las primeras ordenaciones episcopales (1988) que obligaron a la excomunión de cuatro obispos lefebvristas (dos de los cuales asistieron a la reciente ceremonia masiva en Écône, Suiza). El entonces Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, cardenal Ratzinger, estuvo a punto de conseguir un acuerdo que autorizaba la misa en latín y reconocía los sacramentos impartidos por los sacerdotes de la Fraternidad, pero Lefebvre no se avino a firmar el preámbulo doctrinal que reconocía la autoridad del Concilio. La controversia en torno al canon 25 de "Lumen gentium" fue el verdadero escollo: Aunque los obispos aisladamente no gozan del privilegio de la infalibilidad, sin embargo, cuando incluso dispersos por el mundo, pero en comunión entre sí y con el sucesor de Pedro, enseñan cuál es la fe y la moral auténticas, si están de acuerdo en mantener una opinión como definitiva, entonces proclaman infaliblemente la enseñanza de Cristo 2 . Lefebvre nunca reconoció el carácter inspirado y por ende autoritativo de la reforma conciliar. El cardenal Ratzinger (luego Benedicto XVI) siempre adoptó una actitud abierta y comprensiva hacia el tradicionalismo católico, tanto por razones políticas (evitar la radicalización de los sectores conservadores) cuanto por razones teológicas. En su alocución a los obispos de Chile, pronunciada con ocasión de su visita al país en 1988 3 , Ratzinger se preguntaba por el desafío que representaba monseñor Lefebvre. A su juicio, el lefebvrismo encuentra tres puntos de apoyo en las fisuras abiertas tras el Concilio. El primero es la pérdida del sentido de lo sagrado en la liturgia y la tendencia a identificar el verdadero culto exclusivamente con el amor fraterno, desplazando el centro de gravedad desde la consagración eucarística hacia la vida en comunidad y la oración común. El segundo es la interpretación del Concilio como una ruptura con la Tradición, en lugar de comprenderlo "como parte de la entera y única Tradición". Progresistas y conservadores coinciden en que el Concilio rompió con la Tradición, unos para celebrarla, otros para lamentarla, pero una interpretación justa del Concilio debería basarse en una hermenéutica delicada y precisa de la ruptura y de la continuidad. El Concilio no alteró ni un ápice la sustancia de la Fe ni la fidelidad a la Iglesia santa, pero tampoco es una mera reiteración de lo dicho. El tercero es el debilitamiento de la convicción acerca de la unicidad de la verdad, que termina por erosionar el impulso misionero al considerar a todas las religiones igualmente verdaderas. En "Summorum pontificum" (2007), Benedicto XVI declaró que la misa tridentina nunca había sido abolida y concedió a cualquier sacerdote la posibilidad de celebrarla sin necesidad de autorización episcopal. Al mismo tiempo, levantó las excomuniones de los obispos rebeldes en un esfuerzo por relajar las tensiones litúrgicas (y tal vez como una manera de detener el crecimiento sostenido de la Fraternidad en esos años). Con motivo del Año de la Misericordia (2015), el Papa Francisco concedió a los sacerdotes de la Fraternidad la facultad de absolver de manera válida y lícita los pecados (primero de forma excepcional y luego indefinidamente), y posteriormente reconoció también la validez sacramental de los matrimonios que efectuaran. Pero en Traditionis custodes (2021) restringió severamente la misa tridentina, prohibió que se hicieran en las iglesias parroquiales o que pudieran celebrarlas sacerdotes recién ordenados, y exigió que los obispos las autorizaran en lugares y con los oficiantes permitidos 4 . Durante este año, la Fraternidad ha vuelto a ordenar cuatro nuevos obispos sin mandato pontificio, bajo pretexto de que son indispensables para la orden sacerdotal. La respuesta vaticana ha sido la más severa: excomunión "latae sententiae" (ya pronunciada, es decir, que no requiere juicio previo) para los obispos implicados, ilicitud de los sacramentos impartidos por sacerdotes de la orden e invalidez en el caso de los sacramentos de penitencia y matrimonio, y excomunión simple para los fieles que adhieran (no para quienes asistan a una misa tridentina, pero que en su fuero interno permanezcan adheridos a la autoridad pontifical). La Fraternidad se define como una orden sacerdotal. "El fin de la Fraternidad es el sacerdocio y todo lo que se relacione con él y únicamente lo que le concierne, es decir, tal como Nuestro Señor Jesucristo lo quiso cuando dijo: 'Haced esto en memoria mía'" 5 . La defensa del estatuto y las prerrogativas sacerdotales y la concentración casi exclusiva en el culto eucarístico han sido desde el comienzo su motivación principal. La Fraternidad cuenta con un buen número de sacerdotes (733) y de seminaristas (264) y en los últimos cincuenta años este número ha crecido sostenidamente a pesar de las intervenciones papales, sea en severidad o benevolencia. Sorprende el carácter marcadamente europeo de la Fraternidad, pues un tercio de sus sacerdotes son franceses, y con suizos y alemanes se hace la mitad, aunque también se advierte un buen reclutamiento norteamericano (sobre todo por la vitalidad que está mostrando el seminario de Dillwyn). Su influencia en el continente latinoamericano es escasa, algunos argentinos (donde tienen el noviciado de La Reja), un pequeño priorato en Chile y casi nada más, porque una buena parte de los adherentes brasileños ha retornado a la comunión con el Papa. ¿Por qué el tradicionalismo católico no se asienta tan bien en suelo latinoamericano y los ecos de esta controversia nos parecen tan lejanos? Se pueden intentar varias explicaciones. La primera es que el catolicismo latinoamericano nunca fue profundamente tridentino. El tradicionalismo nace como la defensa específica de un catolicismo centrado en una liturgia solemne, el uso del latín, la exacerbación de la iglesia presbiteral, la teología escolástica y un sentido fuerte de la exclusividad institucional (fuera de la Iglesia no hay verdad ni salvación posible). Pero este modelo eclesiológico nunca penetró de manera homogénea en América Latina, donde el catolicismo ha sido más popular, mariano y devocional que doctrinal o institucional. Muy pocos han experimentado la misa —y menos aún en latín— como el centro de su identidad religiosa. El tradicionalismo europeo suele apoyarse en una memoria litúrgica muy poderosa que se remonta a la era de las catedrales y en el recuerdo vivo de un orden religioso perdido que los franceses han llamado la "civilización parroquial": la parroquia llena, las vocaciones abundantes y la escuela católica. Nada de esto hubo entre nosotros, salvo y apenas en las élites sociales. El tradicionalismo católico es marcadamente una religiosidad aristocrática incubada en colegios y universidades confesionales y en pequeños círculos intelectuales vinculados con el cultivo de las humanidades clásicas y de las ciencias jurídicas que conservan —como dice Yves Congar— una eclesiología dominada por una visión jurídica de la Iglesia como "societas inaequalis et hierarchica" 6 y que en cuanto "societas perfecta" se ofrece como modelo del conjunto de las relaciones sociales. La crítica del modernismo que está tomada de la famosa encíclica "Pascendi dominici gregis" de Pío X (1907) consiste en esto, en la incomodidad que despiertan las relaciones entre personas libres e iguales entre sí. Todo debe organizarse jerárquicamente, unos mandan y otros obedecen; de lo contrario, se cae en el desorden de la increencia y del pecado. Pío X escribió muchas veces que sin autoridad la fe se perdía irremediablemente, y algo de razón tiene, pero ¿cuál puede ser la calidad de una fe que no se ha elegido libremente? La controversia en torno a la libertad religiosa reconocida en el Concilio tiene este origen. Por otra parte, el tradicionalismo suele exigir mucho refinamiento cultural y, además de un sentido particular de la continuidad histórica, requiere una fuerte dosis de apreciación estética y una teología explícita concordante. También en este sentido es una religiosidad de élites. Debe considerarse asimismo que el tradicionalismo aparece como una religión de minorías intensivas en medio de un panorama amplio y profundo de secularización de masas. El tradicionalismo no suele prosperar donde el catolicismo todavía conserva una amplia presencia cultural y más bien florece cuando el catolicismo se ha vuelto una opción minoritaria y altamente reflexiva. Ser un católico tradicional implica una elección consciente, una identidad fuerte, en ocasiones agresivamente contracultural, y una práctica intensa que requiere tiempo y dedicación. Digamos, por último, que el catolicismo latinoamericano ha sido históricamente muy ultramontano, es decir, muy leal a la sede pontificia, un catolicismo conformista, decía Paul Johnson en su monumental "Historia del Cristianismo", que dedica apenas dos páginas a los quinientos años de catolicismo en América Latina como algo que no ha producido ninguna novedad de la que valga la pena escribir. Esta fidelidad papal se consolidó durante el siglo XIX y buena parte del XX y apenas ha vacilado en las últimas décadas. En suelo europeo, en cambio, ha existido una tradición intelectual y eclesial mucho más propensa a discutir, polemizar e incluso resistir decisiones romanas. El tradicionalismo necesita una élite religiosa, una memoria litúrgica y una disposición a resistir la autoridad eclesiástica. América Latina ha poseído algo de la primera, la segunda de forma débil y la tercera casi nunca. Notas [ 1 ] León XIV; Carta del Santo Padre al reverendo padre Davide Pagliarani, Superior General de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. 29 de junio de 2026. [ 2 ] Concilio Ecuménico Vaticano II; Constituciones, Decretos, Declaraciones . Edición promovida por la Conferencia Episcopal española. Biblioteca de Autores Cristianos, 2022, p. 54. [ 3 ] Ratzinger, Joseph; "Alocución a los obispos de Chile: unidad en la tradición de la fe". Humanitas, Cuaderno n°20, diciembre 2008. [ 4 ] García-Huidobro, Joaquín; " Traditionis custodes : Francisco ante una decisión difícil". Humanitas n°98, año XCVIII, 2021, pp. 638-647. [ 5 ] Estatutos de la FSSPX. [ 6 ] Congar, Yves-Marie; Le Concile de Vatican II . Les Éditions du Cerf, París, 1984.
A continuación presentamos un compilado de las diversas actividades realizadas por la Dirección de Pastoral y Cultura Cristiana UC entre mayo y julio de 2026.
Reflexiones del conversatorio "Desafíos de la IA", dentro del Seminario Comunicaciones e Iglesia que se realizó en la Pontificia Universidad Católica de Chile los días 27 y 28 de julio de 2026.
Revistas
Cuadernos
Reseñas
Suscripción
Palabra del Papa
Diario Financiero