Fechada el 8 de abril de aquel año 2016, llegaba una semana después a la oficina de la dirección de revista Humanitas, ubicada entonces en Alameda 390, una carta firmada por el Segretario Particolare di Sua Santitá Benedetto XVI, Papa emerito, el padre Georg. Era una respuesta a la escrita el mes de enero anterior por el entonces director de la revista al Papa emérito, agradeciendo el constante, efectivo y sentido apoyo dado por Su Santidad tanto a la creación como al desarrollo de la revista, que a lo largo del 2015 había celebrado de distintos modos sus 20 años de existencia.

La comunicación enviada por el padre Georg en nombre de Benedicto XVI invitaba a un encuentro con el Papa emérito, si posible fuese, en el lugar, el día y la hora señalados en el título que encabeza estas líneas, davanti alla “Grotta di Lourdes” nei Gardini Vaticano… dopo il suo rosario.

Como se indicaba en una nota al pie que ingresara en Vaticano alla Porta Sant’Anna (Guardia Svizzera Pontificia) alle ore 19 –vale decir, a la derecha de la columnata de Bernini, a la altura de Plaza San Pedro–. Mi reacción inmediata fue escribir al padre Georg para implorarle mayor tiempo para esta operación. Se me figuró en seguida que llegar desde el bajo a la cima de la colina vaticana solo en diez o quince minutos de apurada y ascendente caminata, arriesgaba a que mis condiciones para esta circunstancia no fuesen las mejores. Pero nada en ese entorno está dejado al azar, de manera que, cruzando el magnífico y sobrio espacio concebido en el siglo XV por Bramante y Rafael, conocido como patio de San Dámaso, no muy lejos de la entrada de Sant’Anna, fui identificado por la guardia, que me puso en manos de un “suizo” que me llevaría hasta el lugar de la Grotta, casi en la cima de la colina. Sería “mi Virgilio” en ese nunca antes imaginado ascenso. Hombre que se desenvolvía con toda seguridad en el lugar, trabamos en seguida conversación, me habló de su origen y yo del mío, mientras a muy lenta velocidad, en un pequeño vehículo eléctrico, subíamos los senderos de aquel Jardín terrestre y a la vez celeste. En cierto momento se detuvo y me señaló que había que hacer un alto. Hablábamos. No pasaron cinco minutos, y me hizo observar que, tras una hermosa arboleda, venía un vehículo similar, donde se trasladaba al Papa emérito acompañado por el padre Georg, quienes cruzaron a poca distancia nuestra, pero sin vernos, rumbo a la mencionada Grotta. Fue la impresión primera.

Reiniciado el ascenso solo después de recibir una orden venida de la cima, viramos por aquí y por allá hasta salir a nuestro paso otro guardia. Estábamos ya a la altura de la Grotta. Me despedí de “mi Virgilio” agradeciéndole y rehusando su ofrecimiento de hacerme el camino del descenso al término de mi encuentro con Benedicto XVI. Advertí que esa bajada a pie y solo, al caer la tarde, en aquel lugar extraordinario, sería un momento privilegiado para asumir interiormente lo que habría de seguir.

Nada más abandonar el vehículo que me transporta, otro “suizo” que nos aguardaba me llevó hasta un punto cercano donde, amable pero enfáticamente, me indicó me parase y esperase, allí, en ese metro cuadrado, sin dar un paso hacia otro lugar. No era el minuto para desobedecer. Pocos instantes después pude admirar el cuidado que suponía la medida, pues desde aquel lugar –con ser muy grato– hacía yo realidad la impresión segunda: podía ver al Papa emérito acompañado de su secretario hacer la ronda, cruzando la bella y extensa explanada, mientras rezaba su rosario, pero solo alcanzándolos con la mirada de la cintura hacia arriba. Era imposible a quien estuviese allí detenido –pensé en las fechorías de tanto “paparazzi”– fotografiarlo registrando cualquier apoyo ortopédico que Benedicto requiriese para ayudarse en la marcha. Otra precaución pensada con civilización. Nada había allí al azar, como dijimos.

En determinado momento fui avisado de pasar a la explanada. Crucé la gruta e ingresé en ese espacio extenso, de diseño renacentista, en medio dei Giardini, sobre el cual caía en ese momento, desde un cielo claro y azuloso, un sol primaveral de atardecer. Al medio, a una distancia de cien metros, de pie, la figura venerable del anciano Papa emérito acompañado de su fiel secretario. Era la impresión tercera. Para no perder un segundo, apuré el paso, con la mirada dividida entre esas dos figuras en la distancia y la bella y florida cerámica del piso. Cuando ya me acercaba, pero todavía a varios metros, escuché la voz tan familiar de Benedicto XVI decir “caro professore, tanto gusto en verlo, ¡cuánto tiempo!”.

Me detendré solo en algunos momentos y en dos temas que brotaron desde la completa espontaneidad que envolvió cada instante de la conversación, continuando con lo que he llamado impresiones.

Antes de viajar para tan excepcional y privilegiado encuentro, me propuse no contar en absoluto dónde iba, salvo a personas de mi absoluta confianza, las que al final resultaron no ser tan pocas (hecho que por supuesto me reconfortaba…). Entre ellas consideré algunas familias religiosas, lo cual ya suma bastante. Iniciado el cruce de palabras con Benedicto XVI, con la apacibilidad y la vibración tranquila que siempre fue propia en él, me pareció justo y oportuno decirle que no estaba yo allí, en ese segundo, solo mi persona, sino muy acompañado, pues todos cuantos tuvieron noticia de mi feliz circunstancia me pidieron transmitirle su enorme afecto y que le dijera (se lo expresé así, en italiano) “quanto lo amano e quanto stanno pregando per lei”. Lo escuchó, siguió un silencio, y luego sonrió expresivamente, con una divina y profunda alegría en el alma, que hacía perceptible el eco de lo expresado en las fibras más íntimas de su sensibilidad, la de un ser que representó la unidad de la Iglesia y que llevó a “todas las iglesias” en su corazón de pastor universal, dejándose crucificar por todas ellas, añadamos. Momento de gozo y plenitud asimismo para las tres personas de pie en esa soledad, por una candente y envolvente comunión en el misterio de la fe. Lo mismo se repite unos minutos después, cuando se recuerda la Jornada Mundial de la Juventud en Madrid el año 2011, que visiblemente dejó en él una huella de felicidad importante y muy profunda. Son como anticipos y súbita encarnación en el Pontífice de lo que escatológicamente advendrá y que la lex orandi implora así: “ut mentes nostras ad caelestia desideria erigas”.

Muy en su estilo amigable y paternal, me preguntó en seguida si pensaba quedarme para “caminar Roma” –no había ciudad en el mundo que apreciara tanto–. No eran mis planes, había llegado el día anterior y continuaba al siguiente, por compromisos con dos hijas en otras capitales del Viejo Continente. De este tema surge una cuarta impresión. Cualquier interlocutor pasa inadvertida una observación doméstica de tal naturaleza. En Joseph Ratzinger, recuperado del estado de salud que padecía al momento de su renuncia tres años antes, pero con 89 años, la conexión con la realidad es sin embargo total. Se agrega una pregunta de don Georg y fluyen con rapidez de labios de Su Santidad consideraciones ágiles y afectuosas sobre la formación o ejercicio profesional de los jóvenes, sobre los lugares distintos en que habitan. Es decir, en el anteparaíso no desaparece el vínculo de la caritas terrena; por el contrario, se transforma en una fuerza que une lo inmanente con lo trascendente. Es un tema que no tiene nada de tesis o axioma: trátase de una realidad que, amén de poética, tiene fuerza ontológica.

La conversación habrá de arribar, necesariamente, a revista Humanitas, publicación de la Pontificia Universidad Católica de Chile fundada en la rectoría del Dr. Juan de Dios Vial Correa, y entramos así, directamente, en el segundo tema que convida a esta cita. Benedicto XVI no es breve en palabras para expresar la alegría y satisfacción que le produce la existencia de este testimonio, que implica una communio entre americana y europea, pero que alcanza también a oriente. Puede recordarse que había antes escrito y enviado, a los cuatro meses de haber firmado su renuncia canónica, una carta[1] en alemán al director de la revista, reiterando su invariable compromiso con ella, que seguiría en adelante, pondera allí, “in die Zeit der Stille” (“en el tiempo del silencio… al que ahora me he retirado”). Un cardenal me previno que se trataba de un documento de precioso valor, pues era la única comunicación de las propias manos de Benedicto XVI entonces conocida, desde su retiro. No solo se refería al significado que para él tenía la revista, sino que extendía la mirada a una colaboración antigua de por los menos un cuarto de siglo. Queda para otra oportunidad hacer el relato de los extraordinarios hechos y signos que jalonan ese espacio.

Hácese tarde ya y el director de Humanitas, temiendo cansar al Papa emérito, se apresura a “poner en tabla”, antes que vaya a desaparecer la luz, un propósito que se ha guardado hasta ahora, punto importante de este segundo tema: matizar el ánimo que vivamente infunde el Santo Padre en orden a continuar desarrollando una obra que con 20 años muestra robusta salud, informándole que el director está pronto a pasar una barrera acaso problemática… ¡va a cumplir 70 años! Benedicto XVI no se deja persuadir y en seguida exclama, mirando hacia arriba, como acordándose de sí mismo a esa edad: “ma un giovane!”. Un momento de risa familiar invade a los tres presentes.

A la distancia se acerca su pequeño vehículo eléctrico e il giovane se arrodilla para recibir la bendición del Papa emérito. Pone él sus dos manos sobre la cabeza de este: “Benedictio Dei omnipotentis…”. Recibo un recuerdo de ese encuentro y obsequio una pequeña artesanía litúrgica. El Papa emérito es apoyado para subir al móvil que lo transporta. Esta vez se ubica atrás, mirando a su invitado a quien otra vez bendice, ya a distancia, mientras emprende su retiro de la explanada. Impresión quinta. Es casi seguro que no veré esa mirada ni escucharé esa voz hasta el momento de la resurrección final.

Desciendo, antes de oscurecer, caminando por otra ala de los jardines, cruzando pequeños puentes donde corre el agua de vertientes, llegando a ladear el exterior del deambulatorio de San Pedro, antes de arribar a la plaza Santa Marta, donde están las estatuas, entre otros santos, de dos monumentos del Carmelo en el siglo XX. Uno, en cuyo solo nombre resuena toda nuestra América, santa Teresa de Los Andes; otro, el de una copatrona de Europa, la filósofa Edith Stein, santa Teresa Benedicta de la Cruz, declarada por Juan Pablo II mártir de la fe en Jesucristo y de su pueblo Israel.

Todavía sin abandonarme la impresión de lo vivido, mientras atravieso esos lugares, me viene al recuerdo algo dicho por Benedicto XVI, cuando todavía era cardenal, refiriéndose a Newman, a quien veinte años después, como Papa, él mismo beatificaría en Birmingham: La característica de todo gran Doctor de la Iglesia, señaló, es que enseña no solo mediante su pensamiento y su palabra, sino también con su vida, porque dentro de él, pensamiento y vida se funden y se definen mutuamente. Lo cual es completamente visible a lo largo de la prolongada vida de quien acabo de visitar y de despedirme minutos antes. También una característica suya universalmente reconocida fue la carismática cualidad de tocar los corazones de hombres muy diversos y al mismo tiempo iluminar su pensamiento. En Benedicto XVI, podemos muchos de sus contemporáneos testificarlo, pensamiento y vida se fundieron y definieron mutuamente a fuego.

Late una generalizada impresión, incluso antes de llegado el fin de sus días, que no tan tarde será esto afirmado y proclamado por la Iglesia universal.


Notas

[1] Ver “Carta de Benedicto XVI, Papa emérito”, del 6 de julio de 2013 en Humanitas n. 71

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